0

 

 

Es decir, desde el inicio, la novela nos advierte que se trata del contexto de siempre, donde sus personajes caminarán “en medio de la brutal incandescencia del día”, hundirán sus sandalias en “la arena ardiente”, se establecerán en un lugar donde “de llover alguna vez, hermanito, llovería fuego y piedras ardiendo

____________________________________________________________

El arte de la repetición: la continuidad temática en la última novela de Hernán Rivera Letelier

por Jack Martínez Arias

 

El Premio Alfaguara de Novela cuenta con doce ediciones hasta hoy. Para la mayoría de autores ganadores, el galardón español ha significado la internacionalización y difusión masiva de su obra (a través de la promoción publicitaria y la  gira del autor que organiza la editorial a lo largo de importantes ciudades de Latinoamérica y España). Para la crítica y para los lectores, por otro lado, el Premio Alfaguara aún no representa un título sólido y referencial, pues más bien se ha mostrado irregular, representado una sucesión de aciertos y desaciertos.

El flamante Premio Alfaguara 2010 le pertenece al escritor chileno Hernán Rivera Letelier (Talca, 1950) por El arte de la resurrección. Es probable que quienes se acerquen por primera vez al autor a través de esta novela encuentren en ella una historia mágica, delirante y novedosa. Basta leer la cita de la contratapa para darnos cuenta de esto: “Después de muchos años, algo nuevo y original en la literatura latinoamericana” (Magazine Littératire). Sin embargo, es claro que quien escribió esas líneas no está al tanto de que Rivera Letelier viene usando ese “nuevo y original” estilo desde la aparición de su primera novela (quince años atrás). Por ello, para los que conocen parte de la obra previa de Rivera Letelier, leer El arte de la resurrección será, simplemente, volverse a introducir en un escenario conocido, con un lenguaje ágil pero repetido incansablemente a lo largo de varios libros; será dialogar con los mismos tipos de personaje y saber de antemano la naturaleza de las acciones por venir.

Los libros de Hernán Rivera Letelier siempre se han posicionado en los primeros puestos de venta de las librerías de Chile. El prolífico escritor ha publicado once novelas en quince años, pero su obra más sólida es, paradójicamente, la novela con la que se inició como narrador: La Reina Isabel cantaba rancheras (Planeta, 1994). Así también, este libro le mereció el Premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile el mismo año de su publicación.

Es tal la habilidad del narrador en La Reina Isabel… que envuelve al lector con facilidad en un desolador escenario baldío, infértil, polvoriento, azotado por los potentes rayos solares. Con este primer libro, Rivera Letelier establece los límites geográficos del mundo que representará también más adelante: el que está enmarcado entre oficinas salitreras y desiertos infames. Un territorio poco representado hasta entonces por la literatura chilena. Sin embargo, esa virtud dejaría de ser tal con el paso del tiempo, con el transcurrir de los libros siguientes de Rivera Letelier.

En consecuencia, en El arte de la resurrección (su último libro) volveremos a leer desde la primera página que un suceso “había acontecido en el clima árido del desierto de Atacama”. Es decir, desde el inicio, la novela nos advierte que se trata del contexto de siempre, donde sus personajes caminarán “en medio de la brutal incandescencia del día”, hundirán sus sandalias en “la arena ardiente”, se establecerán en un lugar donde “de llover alguna vez, hermanito, llovería fuego y piedras ardiendo”.

Volvemos a la primera novela de Rivera Letelier, donde la protagonista (La Reina Isabel) es una respetada prostituta. La más vieja de todas las que laboran en esas calurosas pampas donde los obreros le dedican el tiempo libre a la bebida y el sexo. Aquí nos remitimos esencialmente al personaje de la Reina Isabel por una razón específica: el tema de la prostitución es clave en la obra literaria de Hernán Rivera Letelier, desde su primera (La Reina Isabel…) hasta su más reciente publicación (El arte de la resurrección).

En El arte de la resurrección, un personaje delirante se hace famoso por pasear de norte a sur y viceversa (dice haber recorrido catorce veces la franja de Chile) con la palabra de Dios en la boca, hierbas medicinales en las manos e inocultable lascivia en los ojos. Su nombre es Domingo Zárate Vega, pero todos lo conocen como El Cristo de Elqui, quien se autoproclama el nuevo Mesías. La mayoría de la gente con la que se topa a lo largo de su peregrinación no cree en él y se muestra indiferente; otros, se burlan diabólicamente del falso Cristo; sin embargo, y por otro lado, existen también algunos incautos que muestran una incomprensible fe y lo siguen por un tiempo breve cual efímeros discípulos. Finalmente, están aquellas ingenuas que caen atrapadas en la palabra del Cristo de Elqui y se entregan incondicionales a los brazos de éste confiando ciegamente en que así se mitigarán los dolores en los sacrificios que realiza el falso profeta en pos de la santa misión.

Pero al Cristo de Elqui no le bastan los coitos ambulatorios con fieles desprevenidas. Él está en la búsqueda de algo más profundo. De alguien que sea merecedora de acompañarlo por siempre en su difícil caminar. Por eso le brillan los ojos cuando escucha que el “Hombre de los Pájaros” habla de “Una puta que, además de ser la mejor de todas en su oficio (…), era poco menos que una santa”:

“Se llama Magalena Mercado, paisitas –había dicho el Hombre de los Pájaros. No sabía bien la razón, pero, aparte de lo manifiestamente apropiado para su quehacer, sentía que Magalena, así, sin la “d”, sonaba mucho más atrayente. Y si a algún cristiano distraído su nombre no le alcanzaba a graficar su oficio, su apellido venía a enfatizarlo de manera rotunda: Mercado”. (Rivera Letelier, 2010: 24).

El Cristo de Elqui se entusiasmó y decidió emprender un largo viaje en su búsqueda. Tal vez sería éste, el viaje definitivo.

“Él tenía que conocer a esa matrona piadosa, adoradora del Padre Eterno y versada en los regodeos carnales. Tenía que ganarla para su causa, convertirla en su discípula, en su apóstola puertas adentro. De ese pelaje era la mujer que buscaba”. (Rivera Letelier, 2010: 24).

Así comienza la trama principal de esta novela. El Cristo de Elqui va tras Magalena Mercado, la única prostituta del campamento salitrero La Piojo, la que era adorada y respetada por todos los trabajadores del lugar. Una mujer imprescindible en la comunidad.

Tras leer las citas, es preciso hacer un paréntesis para apuntar otra de las características natas a lo largo de la obra del escritor chileno: el uso del lenguaje coloquial y vulgar. Rivera Letelier otorga voz a los obreros (cuya idiosincrasia conoce como nadie, él mismo ha sido uno de ellos) y proyecta en sus libros la ingenuidad, las utopías y las falencias del imaginario popular en las zonas salitreras. Todo ello, reflejado en la extrema consideración hacia la única prostituta del asentamiento.  

Por ello, y volviendo al tema de Magalena Mercado, ella representaba para los trabajadores a esa ansiada salvadora, o heroína. Ella formaba parte de las reuniones sindicales, tenía voz y voto, aportaba ideas importantes y se declaraba radicalmente en contra de los abusos autoritarios. Es más, apoyaba las huelgas de los obreros y les prestaba servicios sexuales gratuitos, sumándose así a la causa general de los oprimidos.

En busca de un héroe. En eso se encontraban embarcados los obreros de La Piojo, y podemos concluir que en eso se encuentran los personajes en los libros previos de Rivera Letelier. En el caso de El arte de la resurrección, Magalena Mercado cumplió ese rol. Como La Reina Isabel lo personificó en La Reina Isabel cantaba rancheras. Como también fue héroe el protagonista de El Fantasista (Alfaguara, 2006) (un artista con el balón que se presenta como el salvador en el último enfrentamiento de dos salitreras históricamente archirivales), y podríamos seguir enumerando los ejemplos.

Por lo dicho, en el caso de El arte de la resurrección, Magalena Mercado es la verdadera salvadora. Mientras El Cristo de Elqui, que nace como personaje protagonista, se ve progresivamente relegado hasta ser acusado de tener la oscura y malévola intención de llevarse a la única prostituta del campamento (Magalena), el Cristo de Elqui se convierte en el antihéroe, en apócrifo redentor, en el contaminador de la salitrera, y termina siendo expectorado con desprecio y convirtiéndose en el objeto de una burla general. El Cristo de Elqui “fracasa” patéticamente.

-¡Sí, que no entre (el Cristo), que no entre (al asentamiento)! –gritó a coro la turba de hombres. –Este pollerudo lo único que quiere es llevarte a la Maguita!
-¡Que no entre, que no entre!
Magalena Mercado se dirigió al Cristo de Elqui.
Lo sentía mucho, Maestro, pero ella no podía hacer nada; ella se quedaba en La Piojo. (Rivera Letelier, 2010: 207)

Siguiendo a Zizek (1), podemos decir que en ese episodio, el Cristo de Elqui muere por primera vez (su rol ha terminado). Ya no representa nada para La Piojo. Es confinado para vagar solo por el desierto. Para su insano juicio, lo ha perdido todo.

Nunca en su vida se sentía más solo y desamparado que cuando se alejaba caminando bajo la oscuridad de aquella noche pampina. Atrás quedaba el fragor de la fiesta, la música, los petardos, la mujer soñada, la hembra bíblica que pudo hacerle más llevadero el calvario de su misión evangelizadora. (Rivera Letelier, 2010: 209).

El Cristo de Elqui había muerto como tal pero no es consciente de ello sino hasta dos años después, cuando finalmente deja de ser el Cristo de Elqui y vuelve a ser simplemente Domingo Zárate Vega, “vestido de ciudadano común y corriente –terno negro, camisa blanca, sombrero de paño” y “Algunos decían que para sobrevivir se las arreglaba ofreciendo, por medio de pequeños avisos en los diarios: consultas sentimentales y encargos para cualquier diligencia”.

Existen otras características comunes a lo largo de las novelas de Rivera Letelier, como la condición infrahumana en la que viven sus protagonistas, las alusiones bíblicas, la lucha constante frente al autoritarismo, o la intervención de elementos mediáticos populares como los boleros y las rancheras. Creo que es imprescindible leer alguna novela de Hernán Rivera Letelier (si esta es La Reina Isabel cantaba rancheras, mejor), pero por otro lado, no sería exagerado decir que si se ha leído con cuidado uno de sus libros, de alguna manera, se han leído todos.

Los más entusiastas seguidores de Hernán Rivera Letelier podrían decir que el escritor chileno, como todo verdadero creador, no puede referirse a otros temas que no sean netamente los suyos. Defenderán la teoría de que un escritor debe narrar lo que conoce, hablar sobre su mundo, “describe tu aldea y serás universal”. Sin embargo, con la repetición constante, los libros de Rivera Letelier pierden acaso lo más importante en una historia: la tensión narrativa. Al ser redundantes, las virtudes con las que Rivera Letelier se inició como narrador, se desgastan libro a libro.

___________________

1 “Recordemos la distinción lacaniana entre las dos muertes, y conectémosla con la teoría hegeliana de la repetición en la historia: todos tenemos que morir dos veces. Napoleón, en Elba, ya estaba muerto (su rol histórico había concluido), pero él aún realizaba agitación y trataba de recobrar el poder. ¿Por qué? Hay una sola respuesta posible: no tenía conciencia de que estaba muerto. En este preciso sentido podríamos decir que con la derrota de Waterloo, Napoleón “se convirtió en lo que ya era”, en un muerto; murió por segunda vez”. En Zizek, Slavoj (1998). Porque no saben lo que hacen. El goce como un factor político. Buenos Aires: Editorial Paidós.

 

© Jack Martínez Arias, 2010

1

home / página 1 de 1

contacto | quiénes somos | colaboraciones | legal | libro de visitas | enlaces | © el hablador, 2003-2009 | ISSN: 1729-1763
:: Hosting provisto por Hosting Peru ::
Hosting