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Cobro Revertido y El jardín de al lado coinciden en plantear las tensiones y conflictos de la experiencia del exilio chileno, contribuyendo a las memorias de la dictadura

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La memoria y la escritura en las novelas del exilio chileno: Cobro Revertido y El jardín de al lado

por Gabriela McEvoy

 

Cuando el polvo se asienta después de esos derrumbes que son las grandes tragedias colectivas, el polvo las cubre con una capa grisácea de olvido…, los gobiernos impunemente pueden entonces hacer lo que quieran, protegidos por el olvido de las grandes potencias que ostensiblemente censuran esos gobiernos, pero están implicadas en la tragedia. Luego sobreviven otras tragedias, otras revoluciones, en otras partes, otras guerras que van ocupando las primeras planas de los diarios y relegando las tragedias que uno llama “nuestras” a las últimas páginas donde ya nadie las lee (Donoso 1981: 261-261).

 

Introducción

En Chile, durante la dictadura militar de Augusto Pinochet (1974-1990), se cometió una sistemática violación de los derechos humanos —torturas, desapariciones, asesinatos—, mientras que la persecución política originó un masivo exilio de chilenos a distintas partes del mundo. El resultado de la dictadura militar —según lo señala Patrick L. O’Connell— crea “una dispersión global de exiliados chilenos y el nacimiento de una literatura chilena de diáspora en la que los escritores examinan la distancia que les impone el exilio y dan expresión a una serie de signos culturales que afectan su vida” (2001: 1). Los novelistas José Leandro Urbina y José Donoso plantean en sus obras la vida del sujeto en el exilio, como una manera de explicar la repercusión que la dictadura pinochetista tuvo en el exilio forzado o voluntario del ciudadano chileno. En ese sentido, la memoria y la escritura cumplen un importante papel en la reconstrucción de la experiencia del exiliado, ya que ambas funciones fisiológicas sirven como una estrategia discursiva que permite contextualizar la disyuntiva entre el presente y el pasado. Muchos poetas y novelistas que se hallan en el exilio escriben sobre su país desde la distancia y desde una nueva perspectiva socioeconómica y sociocultural, lo que implica un cuestionamiento a la identidad del exiliado. El hecho de que la narrativa del exilio incorpora manifestaciones culturales y prácticas de la vida cotidiana del país receptor simboliza la posición del exiliado respecto de los dos mundos en que vive. La narrativa de José Leandro Urbina (1948) y de José Donoso (1924-2003) representa algunas de las características de la diáspora, planteadas en el texto Global diáspora: An introduction de Robin Cohen (1997). Así, ambos autores chilenos sugieren en sus novelas el mantenimiento de la memoria colectiva, el sentido de solidaridad entre los coetáneos, la idea del retorno, la falta de asimilación o la incorporación a la sociedad receptora.

En el trabajo se analizarán los mundos representados en los textos Cobro Revertido (1992), de José Leandro Urbina, y El jardín de al lado (1981), de José Donoso, a partir de la experiencia del exiliado chileno en dos distintas regiones geográficas: el Canadá y España. El propósito de este ensayo es examinar cómo, desde ambas novelas, los autores muestran los efectos de la dictadura pinochetista en la subjetividad del exiliado. Estas páginas se concentrarán especialmente en la articulación de la memoria y de la escritura como herramienta histórico-literaria, utilizada por los escritores desde el exilio en un intento por recuperar la memoria de un traumático período histórico.

 

1. La memoria en el exilio en Cobro Revertido, de José Leandro Urbina

En Cobro Revertido la memoria cumple el papel de elemento estructurador en la novela. A través de los recuerdos, tanto del pasado reciente como del remoto, el lector participa no sólo en la experiencia del personaje principal: el sociólogo, en términos de su niñez y juventud en la sociedad chilena, sino también en su experiencia a partir del golpe de Estado de Augusto Pinochet. La novela de Urbina transcurre en un solo día, un sábado del año de 1979; sin embargo, el carácter fragmentario de la misma permite al sociólogo desplazarse a través de dos tiempos: el presente y el pasado. Mientras el presente sucede en la ciudad de Montreal, el pasado se subdivide en los recuerdos de la infancia, la juventud y fragmentos de su encarcelamiento y huida al Canadá. La contextualización histórica posiciona al protagonista en dos mundos; es decir, el nivel histórico nacional chileno recuenta los momentos previos al golpe de Estado y la consiguiente represión militar. A un nivel histórico canadiense, uno de los sucesos más importantes es el tema de la separación de Québec (1).

La perspectiva narrativa oscila entre la primera y la tercera persona, lo cual permite conocer tanto los sentimientos más profundos del personaje como: la frustración, la sensación del fracaso y la promiscuidad en que vive, así como el desarrollo de una apreciación crítica por parte del lector, de lo que constituye un exiliado. La construcción de la memoria tiene dos propósitos centrales. En primer lugar y siguiendo las palabras de Elizabeth Jelin, “el pasado cobra sentido en su enlace con el presente en el acto de rememorar/olvidar” (2002: 27). Se plantea así una visión retrospectiva que no cesa de mirar al pasado, produciendo un conflicto interno ante los recuerdos de la salida apresurada y de todo aquello que permanece en su ciudad natal. En segundo término, “los hechos pasados y la ligazón del sujeto con ese pasado, especialmente en casos traumáticos, pueden implicar una fijación, un permanente retorno” (2002: 14), lo cual demuestra que, a pesar de que el exiliado intenta rehacer su vida, el pasadolo persigue.

El relato se inicia con una llamada telefónica desde Chile, donde se le informa sobre la inminente muerte de la madre. El hilo telefónico establece la primera conexión entre el exiliado chileno en Canadá y su patria. Este alambre se convierte en el principal nexo entre su pasado chileno y su presente canadiense. En otros términos, la llamada telefónica abre una caja de pandora de recuerdos y es esta conexión la que produce la tensión en la novela. Es el compañero de casa, el portugués João Roberto, de ascendencia angolesa y cuya familia reside en Portugal, quien recibe la llamada telefónica con el anuncio de la muerte de la madre. A través de una diglosia (español y portugués), se representa la internacionalidad de la narrativa demostrando el carácter intercultural de la sociedad canadiense. João Roberto se contrapone a la actitud promiscua e indisciplinada del sociólogo. Desde el inicio de la narrativa:

estaba tratando de forzar la cerradura con la llave cambiada, mierda, y le dolía el costado, la puntada de un golpe de un puñetazo recibido entre los gritos y los insultos para el expulsado de la fiesta…a lo lejos sonaba la sirena de una ambulancia... al otro lado de la puerta y la respiración pesada, los quejidos del portugués que compartía su apartamento haciendo la rutina de flexiones matinales hasta que su famosa tetera de aluminio barato pifiara desde la cocina dando señal para finalizar el martirio…a preparar un café aguado que luego dejaría enfriar en una taza mientras se duchaba (Urbina 1992: 11).

Se establece una diferenciación entre el joven rutinario, saludable y atlético, frente al sociólogo, quien en la mañana, luego de una noche de diversión y de borrachera, es expulsado de una fiesta, un lugar al que no pertenece. Por otro lado, se plantea el paralelismo entre el acto de abrir la puerta y la apertura de la caja de los recuerdos del sociólogo, siendo éste un acto violento y doloroso y con un sentido de urgencia. El dilema planteado en la novela se basa en residir definitivamente en Canadá o retornar a Chile para asistir a los funerales de la madre. Si bien se plantean ciertas condiciones que posibilitan el regreso a su patria (préstamo de dinero para el pasaje aéreo, compra de ropa para los funerales), el estado caótico en que vive, tanto física como emocionalmente, impide al sociólogo tomar control de su vida y continuar con los planes del regreso.

La perspectiva de un sociólogo anónimo —como estudioso de la sociedad— permite al lector recorrer las calles de la sociedad canadiense y descubrir las vivencias que suceden en un espacio público con el cual no se identifica. El nuevo campo social no solo se explora en tipologías humanas sino también en los espacios públicos. En la exploración de estos espacios: calles, restaurantes, bares, la iglesia, plazas, se entremezclan los recuerdos a través de una distinta forma de memoria: las imágenes fotográficas tomadas por la madre (niñez, juventud). El hecho de que la novela se inicie a media res, tal como lo señala O’Connell, “con la maquinaria novelística ya en funcionamiento, el lector se ve obligado desde un principio a depender de un acto de memoria para discernir plenamente cuál es el tiempo presente de la obra” (O’Conell 2001: 3). La narrativa entremezcla la realidad, los recuerdos de su vida en Canadá (la experiencia de su matrimonio interracial y posterior divorcio) y sus recuerdos de su vida en Chile. La muerte de la madre incentiva el proceso retrospectivo; su regreso a Chile se lleva a cabo solamente a través de la recuperación de su memoria. En consecuencia, el regreso es meramente simbólico.

Jelin sostiene que el hecho de reconstruir la memoria implica que “el acontecimiento o el momento cobr[e] entonces una vigencia asociada a emociones y afectos, que impuls[en] una búsqueda de sentido” (2002: 27). Para el sociólogo, su “pasado está atragantado, cargándolo como amígdala podrida” (Urbina 1992: 145), pues el peso de sus recuerdos le ha impedido vivir plenamente en la sociedad canadiense. Podemos notar que, luego de la llamada en cobro revertido, el evento traumático o negado que había estado reprimido sale a la superficie. De tal forma, el lector se convierte en testigo de la catarsis que se produce en el personaje exiliado; esto es, la eliminación de sus recuerdos que perturban su equilibrio mental. El problema del sociólogo radica en la imposibilidad de establecer distancia entre un pasado traumático y un presente prometedor. La sensación de malestar físico y anímico ejemplifica una crisis existencialista (al estilo sartreano), en cuanto la náusea tanto concreta como simbólica demuestra el destierro como una condición que no solo le produce una falta de motivación y de dirección en la vida, sino también de un marcado escepticismo ante una posible restauración de la democracia en la sociedad chilena. La náusea representada en la novela de Urbina se puede interpretar, usando las palabras de Paul Reed, como “la degradación de la existencia” (1987: 29) y más aún el cuerpo del sociólogo es “algo que simplemente está allí” (Ibídem); pareciera no cumplir ninguna función importante en la sociedad canadiense. En todo caso, para las mujeres es un objeto de placer, un latin lover ypara los amigos chilenos es un compañero de diversión y de motivo para mantener los lazos del chilenismo. La incomodidad del exiliado, el no saber cómo se ha llegado a un lugar determinado y lo que se busca en ese espacio queda claramente representada por medio de las características fisiológicas del personaje.

El despojo de la identidad obedece, en gran parte, a la imposibilidad de encontrar el espejo donde se reflejan los rasgos identitarios que en algún momento sirvieron como referentes para la construcción de la identidad del ciudadano chileno. La fuerte crisis interna se representa físicamente a través de la progresiva decadencia del personaje y finaliza cuando colapsa “como un bicho reventado” (Urbina 1992: 200). La descripción del personaje “bañado de sudor alcohólico”, un “borracho calavera y despreciable, hediendo a cerveza y cigarrillos nauseabundos” (112) expresa el uso de lo escatológico como una estrategia discursiva y demuestra que, ante la pérdida de las raíces, se pierde el control corporal. La representación de la náusea, el vómito, el llanto y el olor pungente —de una manera concreta y simbólica— construye al cuerpo del individuo como “lugar de disociación del Yo” (Foucault 2000: 32). El cuerpo —continúa Michel Foucault— es “el estigma de acontecimientos pasados, y de él nacen también los deseos, las debilidades y los errores” (Ibídem), por lo que el conflicto de la subjetividad se expresada a través de la descripción de un cuerpo, no solo como un espacio de lucha y de insuperable conflicto, sino también como una “superficie de inscripción de los acontecimientos” (Ibídem). Por otra parte, el hecho de que el protagonista “tendrá que vivir en una sociedad en la que siempre se le escaparán los matices” (Urbina 1992: 146), implica los distintos registros culturales de quien nace y crece conjuntamente con toda una generación que puede reconocer. Por consiguiente, el exiliado desconoce muchas de las expresiones idiomáticas, los puntos referenciales que marcan la memoria de toda una generación. El reto del exiliado se encuentra en la manera cómo logra el equilibrio entre los dos mundos en que se vive. La tesis de grado del sociólogo: “Sobre pautas culturales y mecanismos de adaptación de refugiados políticos del tercer mundo en la sociedad quebecuá”, se convierte en el propio estudio sociológico del personaje exiliado.

Uno de los temas claves de la novela del exilio es la estrecha relación entre la madre y la nación, así como los efectos que causa la ruptura de la relación binaria madre-hijo y nación-hijo. En el exilio, la muerte de la madre se convierte en una alegoría a la pérdida de la nación. El contraste entre pasado y presente revelan la ansiedad del protagonista frente a la muerte de su progenitora. En una escena con ciertos elementos surrealistas se narra lo siguiente:

podía ver su cara en el vidrio del gran acuario con el que dividían las dos habitaciones. Siempre que me ocultaba en ese sector de la casa y las apagaba las luces para estar a solas y observar a los peces que se movían lentos, suspendidos entre las algas como colgando de largos cabellos invisibles, ella aparecía (Urbina 1992: 13).

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1 La novela toma como uno de los referentes históricos canadienses el movimiento independentista de Québec, liderado por René Levesque. Según Michel Lavin Espinoza, “el movimiento separatista nació en los 60 con la denominada revolución silenciosa”. Los independentistas québecois son de la opinión que constituyen un pueblo “y serán los más idóneos en promover su propio desarrollo económico, social y cultural”. Es interesante establecer el paralelismo que hace Urbina entre la revolución silenciosa, ejemplo de “civilización” del Primer Mundo y la revolución a la chilena del Tercer Mundo, que implica violencia, muerte y exilio. Para mayor información en cuanto a la historia del movimiento independentista, léase: Lavin 2006: 8-9.

 

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