Adiós mariquita linda no tiene como blanco a la sociedad chilena actual, sino a la retrógrada, esos grupos que tuvieron su apogeo en la dictadura de Pinochet y que sobreviven y añoran el regreso de un conservadurismo que se va desvaneciendo

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Pedro Lemebel, distanciándose de la representatividad

por Jack Martinez Arias

 

Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1955) inició su participación activa en el medio cultural de su país en 1987, con el colectivo artístico Las Yeguas del Apocalipsis. Hoy, veinte años después, Lemebel es uno de los escritores más notables de Chile. Sus crónicas de temática y atmósfera ligadas al mundo gay en confrontación a las normas sociales, han trascendido las fronteras sureñas para ser reunidas en más de un libro: La esquina es mi corazón (1995), Loco afán, crónicas de sidario (1996), De perlas y cicatrices (1998) y Zanjón de la aguanda (2003); Lemebel también ha escrito la novela Tengo miedo, torero (2002) y el libro híbrido Adiós mariquita linda (2005).

Como he señalado, desde el tiempo de Las Yeguas del Apocalipsis, este autor destaca por ser un artista de activa intromisión política y social. Desde entonces se ha señalado que representa a una minoría no siempre bien ponderada en la sociedad chilena: la homosexual. Esto no solo se debe a que Pedro Lemebel es un escritor que viste pañuelo,  calza zapatos taco aguja y levanta una escandalosa voz de protesta contra todo tipo de exclusión; sino también a que los personajes, en la mayoría de sus historias, tienen las mismas características. Es por ello que sus críticos han volcado sus esfuerzos en analizar la obra literaria de Lemebel en relación directa a la ideología de tendencia izquierdista que en ella se profesa para desembocar en los estudios que denotan la condición subalterna de la voz homosexual constantemente reprimida. Sin embargo, ante esta casi natural inclinación por interpretar siempre y solo de una manera las crónicas de Lemebel se ha determinado una clasificación que limita injustamente el real alcance estético de su obra. En esto me detendré con mayor detenimiento más adelante.

Es claro que no pretendo descalificar los análisis teóricos que se han realizado sobre los escritos de Lemebel y que señalan un mundo subalterno como el eje principal, pues ello es evidente e innegable. Basta con citar fragmentos del manifiesto que profiriera el escritor chileno en setiembre de 1986, como parte de un acto político de izquierda, para ver qué tan claro resulta:

MANIFIESTO
(Hablo por mi diferencia)

No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro

(...)

Pero no me hable del proletariado
Porque ser pobre y maricón es peor
Hay que ser ácido para soportarlo
Es darle un rodeo a los machitos de la esquina
Es un padre que te odia
Porque al hijo se le dobla la patita

(...)

Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice:
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Super-buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda
Pero igual se ríen
Tengo cicatrices de risas en la espalda.

Es este un manifiesto político que, en el caso de Lemebel, ha sido trasladado al plano literario, pues sus crónicas denuncian lo mismo. Y más aún su novela Tengo miedo, torero, protagonizada por un joven guerrillero implicado en el atentado contra Pinochet en 1986 y un homosexual que tiene que sobrevivir en ese convulsionado mundo de represión constante. Así Lemebel, a través de sus escritos, reafirma el carácter realista de su obra, siempre en función del inmediato entorno social. Bajo esa premisa, se ha indicado también a Pedro Lemebel como “el símil chileno de Charles Bukosky, el gran narrador norteamericano, en su forma desenfadada de abordar los temas de la intemperie, escribiendo lo que vive, con pequeñas dosis de invención, pero siempre en los límites de la realidad” (1).

El lenguaje como principal rasgo diferencial

Lemebel es, ante todo, un cronista., aunque no precisamente en el sentido periodístico del término. No parte de investigaciones documentales ni describe sucesos mediáticos. La subjetividad desde la que enuncia su discurso hasta antes de Adiós mariquita linda se expande y obtiene, en ocasiones, un rango representativo que cubre un estamento social: el proletariado. Y en un segundo nivel de profundidad, representa a la vez a la comunidad homosexual que se encuentra dentro de esta clase: “Pero no me hable del proletariado/ Porque ser pobre y maricón es peor”.

Pero este cronista no solo destaca por la temática que aborda, sino por la manera en que la desarrolla. Por el estilo que utiliza para enmarcar su ideología. Sobre todo, por el lenguaje que ha construido y que calza perfectamente con la atmósfera que recrea.

A propósito, es oportuno citar a Berta López Morales,  quien en un estudio sobre la novela del autor acierta refiriendo que en ella, Lemebel “arrastra nuestro castellano desde los márgenes del mundo, desde la cloaca misma al florecer como la Loca enamorada y otorgarle poderosa y ciudadana voz a un sujeto que hace oír su homosexualidad (...) porque a través del lenguaje "desterritorializa" el amor heterosexual (...) para dar cabida a los hijos mestizos, a los huachos y a aquellos cuya cara o voz no coincide con su cuerpo” (2).

¿En qué consiste esta forma de narrar que el propio Lemebel ha denominado como “lengua marucha”? En una entrevista ha respondido a esta interrogante de la siguiente manera: “Yo me adscribo en parte (...) al barroco latinoamericano, donde se trabaja con el desdoblamiento del lenguaje. Se busca un juego con él, multiplicarlo a través de los sinónimos, por ejemplo, que yo uso como una forma de crear un lenguaje propio, autónomo, folclórico (...), soy un escritor y como tal tengo la libertad para elaborar un lenguaje que me represente” (3).

Y este lenguaje que, además de lo dicho, está constituido de constantes hipérboles y marcado por la adjetivación casi obsesiva, se caracteriza por incorporar jergas propias del mundo representado. Así no solo expresa un tipo de lenguaje, sino que lo traslada e inserta a la literatura a través de sus libros. Una característica clásica del arte posmoderno, donde —según Fredric Jameson— la frontera entre la cultura de elite (de apogeo modernista) y la popular se hace cada vez más invisible (4).

Recordemos además, que la maestría con la que Lemebel combina el estilo barroco y la jerga popular motivó a Roberto Bolaño, escritor reticente con sus contemporáneos chilenos, a calificar a Pedro Lemebel como “el mejor poeta de mi generación”. Y es que la prosa del cronista tiene mucho de musicalidad, de irreverencia, de experimental, pero sobre todo, de un cuidado extremo en el empleo del lenguaje. Y esto constituye el primer factor que trasciende lo temático, que nos dice que no es pertinente limitar los análisis de la obra de Lemebel al plano estricto del contenido, sino, lograr que trasciendan a lo estético. A propósito, Jorge Ruffinelli (Universidad de Stanford), en una reciente presentación a la obra del cronista chileno, apuntó:

En todo lo que escribe, Lemebel es Lemebel. Escribe con sus tripas, su corazón, su cabeza, con todo. No es un mero ‘opinólogo’, y hay en él muchas voces. Por eso es una trampa leerlo sólo desde la perspectiva de los estudios sexuales o de los estudios gay, pues sería colocar su literatura en lo que él mismo llama el ghetto gay. Es necesario leerlo también desde la perspectiva de la literatura en sí misma, algo que no abunda hoy.

También recordemos lo que Bajtin ha escrito respecto a la ideología contenida en una obra y el lugar que aquélla debe tomar. Dice que esta ideología puede ser perceptible o explícita, pero no debe ser considerada por encima del plano estético.

La comunicación artística fijada en una obra de arte (...) es absolutamente singular y no puede reducirse a otros tipos de la comunicación ideológica: en el derecho, en la política, en la moral, etc. Si la comunicación política crea las instituciones y las formas de derecho correspondientes, la comunicación estética organiza solo una obra de arte. Si niega esta tarea, si trata de crear (...) alguna otra forma ideológica, por lo mismo deja de ser comunicación estética y pierde su singularidad (5).

La sobresaliente temática, clásica en el autor chileno, no debe obnubilar sus méritos estéticos. Ambos elementos, que cumplen una función independiente pero también complementaria, los consideraremos en el siguiente apartado.

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(1) En el artículo de Aristóteles España. “Lemebel: Perlas y cicatrices”. En Centro de Estudios Sociales Avance.

(2) López Morales, Berta. Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel: ruptura y testimonio. Estudios filológicos [en línea]. Setiembre 2005, número 40 [citado 14 Agosto 2007], p.121-129. ISSN 0071-1713.

(3) En entrevista realizada por Angélica Rivera F. para el diario chileno Las Últimas Noticias del viernes 13 de abril de 2001.

(4) “Lo que sí se puede admitir, al menos, es la presencia más universal de esta característica concreta, que en las otras artes aparece con menor ambigüedad como desaparición de la vieja distinción entre la alta cultura o cultura de elite y la llamada cultura de masas. La singularidad de la modernidad dependía de esta distinción, puesto que su función utópica consistía, al menos en parte, en asegurar un ámbito de auténtica experiencia frente al entorno de una cultura comercial de nivel medio o bajo. (...) Esta diferenciación constitutiva es la que ahora parece a punto de desaparecer”. En F. Jameson. Teoría de la posmodernidad, trad. de Celia Montolío Nicholson y Ramón del Castillo, Trotta, Madrid, 2001, pág. 94. 

(5) En M. Bajtin. Hacia una filosofía del acto ético. De los borradores, trad. de Tatiana Bubnova, Anthropos, Barcelona, 1997, pág. 112.

 

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