Escríbale al autor

Gerardo León Araujo
(
Lima, 1974)

 

Seguí mis estudios de primaria y secundaria en el colegio Manuel Polo Jimenez. Realicé estudios superiores en el IST "Toulouse Lautrec" en la
carrera de Diseño Publicitario.
Ingresé en la Universidad "Enrique Guzmán y Valle" a la Facultad de Literatura y Lengua Española. Mi estudio autodidacta sobre poetas y escritores, tanto nacionales como extranjeros, y las corrientes literarias me animaron a
incursionar, en una primera instancia, en la vertiente de la poesía y luego adentrarme en la prosa.

 

 

 

 
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FRASCOS
(Tiempo estimado de lectura: 16')


Si de suertudos habláramos, creo que todas las miradas se dirigirían hacia Francis. Desde la secundaria siempre tuvo suerte al momento de levantarse chicas, mujerie-go empedernido, me ha ganado por puesta de mano muchas más veces de las que quisiera recordar pero aún así siempre ha sido un buen amigo, mi mejor amigo y creo que nunca dejaremos de serlo. Aunque debo reconocer que hay veces que sale con cada cosa... sobretodo favores y no siempre se está de ánimos para ser tan servicial, pero uno es esclavo de la amistad.

Y así, ensimismado en mis pensamientos, no me percaté que gastaba mi dedo en vano, pues el maldito timbre se encontraba malogrado. Algo enojado, casi derribo la puerta.

—Oye Ray, estás apurado! —gritó Francis desde su ventana.

—¡No, este... lo que pasa es que tengo una... cita! —contesté medio sorprendido de mis palabras.

—¿Es en serio? —preguntó. Me parece chévere, ya es tiempo que despiertes, amigo ¿y se puede saber con quién?

—No es alguien que conozcas... es de mi universidad. Pero dejémoslo ahí —dije cohibido.

Él se encogió de hombros y nos fuimos a comprar. Demoramos más de lo que usualmente yo demoro, pues Francis no pierde su costumbre de florear a cada chica con la que se cruza. Y así casi al borde del aburrimiento llegamos al mercado.

—Ahora que estamos aquí ¿qué es lo que vas a comprar? —pregunté curioso.

—Pues, frascos de vidrio —contestó sin mirarme.

—¿Qué dices?- volví a preguntar.

—Sí, lo que oíste. Lo que pasa es que a mi madre se le ha dado por preparar mermeladas y jaleas de todos los sabores y colores que puedas imaginar... ¿tú sabes no? La menopausia. Y eso que aún debemos buscar unos que son herméticos y no recuerdo muy bien donde los venden —dijo tanteando.

—¡Uhmm! —gruñí.

—Espera Ray, tampoco pongas esa cara, pues también necesito algunas cosas para mí. Así que tranquilízate, por favor —casi suplicó mi amigo.

—Ya, no te preocupes que sólo bromeaba —respondí mientras una sonrisa burlona se dibujaba en mi rostro.

—¡Ay Ray! Ojalá no cambies amigo —dijo también sonriendo.

Tanto caminar hizo su efecto después del almuerzo y no tarde en caer rendido a mi cama, aunque con la mente puesta en lo que me esperaba esa noche.

En Barranco las noches son siempre extrañas y yo aguardaba a que apareciera mi cita. Mientras esperaba; un frío inclemente me congelaba los huesos y de la flaca ni la sombra. O eso creí porque ni bien terminaba de quejarme, un ligero golpe en el hombro me hizo voltear y encontrarme con la cara sonriente de ella.

—¡Hey nene! ¿Pensaste que ya no venía? —susurró aún con la media luna brillando en su rostro.

—Ah... no que va, para nada —contesté sin creérmelo.

—Hace rato que esperas ¿cierto?... pobrecito el nene, pues bueno no te preocupes que aquí estoy yo, así que vamos a tomarnos unas copas —replicó la guapa sin dejar de sonreír.

Entramos a un pub, ya muy de noche, el cual desbordaba de gente, música y tragos. Después de que nos sirvieron una jarra de cerveza, me dispuse a aclarar unos pequeños detalles con ella.

—Ya que lo estamos pasando tan bien- dije. ¿Me podrías decir tu nombre?

Ella se echo a reír, agitando la cabeza de un lado a otro, lo que hacía con una gracia única, casi estudiada, y dejando que sus dorados bucles cobraran vida propia en su cabeza.

—Disculpa, me invitas un cigarrillo —dijo primorosa.

Sacándome de mi estupor, con su nívea sonrisa, le ofrecí el cigarrillo, el cual encendí con mecánica rapidez.

—Laila —respondió la bella.

—¿Perdón? —pregunté absorto.

—Pues que mi nombre es Laila... Laila Brondi —respondió; a la vez que me lanzaba toda la bocanada de humo en la cara.

—Pues es un gusto conocerte... Laila —contesté algo asfixiado.

—De igual manera lo es para mí, el conocer a alguien tan majo como tú —respondió, acotando. ¿Qué, mi amiga no te dijo como me llamaba?

—Pues la verdad que no, sólo me dijo que te gustaría conocerme —dije presuroso—. Y también que eras española.

— Así es nene. O mejor dicho Ray... Linares —dijo mirándome fijamente a los ojos.

—Vaya, parece que tú si estabas informada —contesté nervioso mientras bajaba la mirada a mi vaso medio lleno, medio vacío.

Al levantar la vista, me di con la sorpresa que Laila se contoneaba, en su asiento y con los ojos cerrados, al compás de una melodía. Tuve que aguzar mis oídos para darme cuenta que el pub se impregnaba del psicodélico furor de "Strange Days", no esperé demasiado para tomarla de la mano y salir a bailar.

—¡Hasta que por fin, Ray! Ya te estabas demorando en reaccionar... sólo espero que no te canses mucho —dijo la muy española.

Pasamos la noche bailando, tomando y conversando, hasta que me propuso ir a un sitio más privado.

Ya afuera del pub, me pareció ver entre la multitud a Francis, quien iba muy bien acompañado. Así seguí caminando, guiado por Laila, pensando en mi amigo, y por qué no me había dicho nada sobre su cita. Hasta que ella me sacó de mis pensamientos.

—Bebé, despierta, que ya llegamos —dijo con los ojos risueños.

—¿Y este lugar? —pregunté. Es increíble, pero... ¿de quién es esta casona?

— Pues, es mi casa —contestó simple.

—¿Tu casa? ¿Es en serio? —volví a preguntar aún pasmado del asombro.

— Bueno, en realidad es herencia de mi madre. Por si no lo sabias mi madre era peruana y mi padre es español —acotó sencilla.

—No sabes cuántas veces pase por aquí y nunca hubiera imaginado que vivías en este lugar —dije aún obnubilado.

—¿Ya terminaste de alucinar? —preguntó la muñeca.

Después de asentir, ingresamos raudos a la casa más hermosa que yo haya visto en mi vida. La oscuridad era casi total pues difusos halos se filtraban al interior, creando extrañas figuras fantasmales y sólo la mano experta de Laila me deslizó hacia su habitación. Ahí pude darme cuenta que la noche aún no llegaba a su fin. Todo a mi alrededor se fue diluyendo, cerré los ojos y me dejé llevar sin oponer resistencia.

Cuando desperté me encontraba en mi cama y completamente vestido, ¿qué pasó? ¿Cómo llegué hasta aquí? intenté recordar, pero no podía, quise seguir durmiendo pero la voz de mi madre a lo lejos no me dejaría hacerlo.

—¡Ray! —gritó.

Mi mente aún divagaba... ¿por qué gritas?

—¡Ray, despierta! —volvió a llamar—. Voy a salir a hacer las compras; y por si acaso, te llamó una chica llamada Laila.

Levanté la cabeza de la almohada, ¿Laila llamó?... ¡Laila llamó! —dije mientras bajaba las escaleras en búsqueda del teléfono.

Marqué su número con emocionada premura, esperé unos segundos hasta escuchar su voz.

—¿Hola? —dijo la bella.

—¡Aló, Laila!... soy Ray —contesté nervioso. ¿Estás bien?

—Sí que lo estoy y después de lo de anoche aún más. Parece que eras el secreto mejor guardado de Lima, nene —dijo con ese marcado acento.

—Este... pues gracias, no pensé que... bueno tú ya sabes, ¿es en serio lo que dices? —pregunté asombrado.

—Pues claro que sí —contestó riendo. Pero ante todo quería decirte algo...

—¿Qué? —pregunté, añadiendo—: Por cierto mi madre dijo que llamaste temprano.

—Así es, y me sorprendí con lo super encantadora que es ella, debe ser la hostia en persona —dijo sincera—. Pues bueno lo que te debía decir es que... debo viajar urgente a España; mi padre no me explicó más, sólo que eran asuntos familiares y que no me preocupara demasiado.

—Pero Laila, ¿cuánto tiempo vas a estar por allá? —pregunté melancólico.

—Pues cerca de dos meses y medio, pero espero que no te pongas triste —susurró algo trémula—. Sobre todo después de lo bien que lo pasamos ayer, y por eso te voy a estar recordando cada día.

—No te preocupes que voy a estar bien, aunque se me van a hacer largos todos estos días de vacaciones sin ti —dije, aún tratando de esconder la pena.

—Igual lo van a ser para mí —contestó dulce y lejana.

El silencio se tornaba en una fina garúa que inundaba la ciudad y nuestros corazones por su inminente partida. Y en silencio nos despedimos para no alargar la agonía del adiós. Tuvo que pasar una semana completa para que Francis me sacara de mi desidia y casi obligarme a salir de la cama.

—Sabes, lo que a ti te falta es un clavo —dijo sonriendo.

—¿Un clavo? —pregunté mientras levantaba la cabeza de la almohada.

—Claro pues, no ves que un clavo... saca otro clavo —contestó desternillado de risa.

—Ja, ja, ja, qué gracioso eres —respondí mientras me volvía a hundir en la almohada.

—Ahora hablando en serio, eso es lo que te falta Ray —dijo animado—. Y por eso estoy aquí visitándote, pues tengo a un par de nenas recién conocidas y necesito que nos acompañes, que te parece Ray, ¿aceptas?

—Pues no creo que sea conveniente —respondí agónico. Además no estoy de humor como para una de tus salidas y...

—...y gracias por aceptar Ray ya sabía que no me fallarías, así que te busco en la noche —dijo terminando la frase.

—Uhmm... —contesté hundiendo la cabeza entre las piernas. Mi desgano era inmenso y agobiante pero algo en mi interior me obligó a no fallarle a Francis esa noche.

No tuvimos que esperar demasiado a las chicas; aunque me pude dar cuenta que eran lo bastante desinhibidas como para ir tan ligeras de ropas con el frío reinante de esta época y eso aumentaba mi nerviosismo a cada instante. Fuimos a un pub de moda, demasiado para mi gusto, y nos pertrechamos en una esquina donde dis-frutábamos de un amplio panorama del lugar.

Las dos chicas bailaban y bebían, y aquí también incluyo a Francis, como si la vida se les fuera en eso; yo, por mi parte, en aquellos momentos me encontraba muy lejos, sólo faltaba que me pusieran un clavel y enterrarme.

Entre la oscuridad reinante pude observar a Francis desaparecer con su chica, mientras que la mía se enganchaba con un modelito de televisión. Al verme libre, decidí ir a caminar un rato por los alrededores del acantilado.

El malecón se extendía interminable en ráfagas de sombras y luces adormecidas, como la ciudad que la cobija. El frío del invierno se expandía a cualquier rincón existente y en esa situación mis cigarrillos eran una buena compañía. Seguí por aquél lindero y me detuve al ver entre la penumbra a una pareja que se besaba de forma lujuriosa. La curiosidad hizo que me escondiera detrás de un arbusto muy crecido y así continuar observando. Todo parecía ir en calma y de acuerdo a la situación que se desarrollaba, hasta que unos cuantos forcejeos me decían que no era lo que yo imaginaba. El tipo en cuestión tomó del cuello a su pareja, mientras le susurraba palabras que no alcanzaban a llegar a mí, y después de una corta lucha, un golpe en la cabeza de la chica contra un poste de luz, le puso fin al ajetreo dejándola inconsciente. A continuación sacó un objeto de su pantalón, tomó una de las manos de la infortunada y de un seco y rápido golpe cercenó uno de los dedos, lo envolvió cuida-dosamente y lo guardó dentro de su casaca, aunque aquí se demoró bastante, y mi lejanía no ayudaba para fijarme en los cruentos detalles; luego cerciorándose que no era observado, emprendió veloz fuga, sólo dejando tras de sí a la malhadada chica. Mi corazón latía a mil por hora y una voz lejana y extraña me sacó del trance en el cual me encontraba. Corrí, corrí y corrí como nunca antes lo había hecho, las imágenes giraban borrosas en mi cabeza y sólo deseaba olvidar aquella hemoglobínica escena, pero algo ajeno a mí no me permitía olvidar aquello, más aún sabiendo que yo era testigo presencial del hecho.

Acostado en mi cama las imágenes, antes borrosas, comenzaban a mostrarse tal cual eran y sus detalles tan puntuales como no creí recordarlos. Poco a poco mi cuerpo se fue adormeciendo y mi mente encontró descanso.

Ni bien desperté, que no fue sino hasta el mediodía, me dirigí a casa de mi amigo.

—Francis ¿dónde diablos te metiste anoche? —pregunté curioso.

—¿Eres o te haces? —contestó huraño—. Es obvio adonde fui anoche, teniendo en cuenta a la jugadoraza que me acompañaba. No iba a perder esa oportunidad.

—Me lo imaginé, pero acaso no te diste cuenta de lo aburrido que estaba, y para colmo la tipa esa que me tocó terminó ligando con otro tipo, la muy puta —dije bufando.

—¡No jodas! ¿Es en serio? —inquirió muy asombrado. ¡Carajo, tú no cambias amigo!

—Es en serio, pero para lo que venía era para contarte... —aquí mis pensamientos dieron un giro de 180 grados— en realidad quería preguntarte si sabías algo de ella.

—¿Ahora te preocupas? Sabes, a mí ni me viene ni me va con esa tipa —contestó maldiciendo, fijando sus ojos a los míos, y ver si le respondía.

Sólo atiné a sonreír y dejar todo en calma, así que me retiré antes de decir alguna tontería.

Las noticias sobre chicas atacadas, aparecían una vez a la semana y a pesar de que siempre rondaba un mismo lugar no se tenían más datos sobre el tipo en cuestión. Quien estaba muy entusiasmada era Laila, y cada vez que llamaba siempre me pedía que le contara algún nuevo detalle sobre las investigaciones; hasta que sugi-rió, en forma de broma, que averiguara por mis propios medios la identidad del sujeto. Aún mis pensamientos se negaban a borrar aquella escena que me tenía cautivo y así sin querer, me animé a poner en marcha la arriesgada idea de Laila.

La noche llegó lenta pero segura y poco a poco se vio salpicada de luminosas estrellas. Un par de tragos sirvieron para entrar en calor y una vez cumplida mi cuota de alcohol; me encaminé al malecón y opté por no tomar una ruta fija. Los arbustos reinantes me servían de refugio en ese malecón románticamente lúgubre y mis inseparables cigarrillos apaciguaban el frío imperante.

El lugar estaba vacío, totalmente vacío, no se divisaba ni un alma en pena o por pena de mí. Y casi abandonando uno de mis improvisados refugios, la intempestiva presencia de unos pasos me obligó a observar. Todo volvía a repetirse, como si de una grabación se tratara, y ante mis absortos ojos la escena se desplegaba una vez más. Regresé a mi casa pero seguía sin sacarme esas imágenes que queria olvidar y que se negaban a morir, la angustia hacia presa de mí y sólo el cansancio me derrumbó en la cama.

Desperté con la horrible sensación de resaca y aún oscilante salí a caminar por el parque y ordenar mis pensamientos. ¿Qué me había pasado? ¿Por qué no pude hacer nada? ¿Qué me lo impedía? Ser testigo preferencial de las atrocidades de este individuo y no saber que hacer. Estas interrogantes se me colgaron a la sien, como una agobiante migraña, durante todo ese mes.

Aunque recibía regularmente la visita de Francis, para contarme sus encuentros con esta, esa o aquella suripanta que tanto le gustan; en realidad a mí lo que me preocupaba eran las noticias sobre "El Filatélico" (sólo a la prensa amarilla se le podía haber ocurrido ese nombrecito) y yo como testigo no sabía que hacer, y creo que en el fondo de mi ser tampoco lo deseaba. Lo seguí una tercera, cuarta y quinta vez, y siempre empleaba el mismo sistema tan frío y calculado. Aunque para mí esta noche era la última pues se acababan las vacaciones y estaría de regreso en la estúpida universidad.

Ya casi habituado a la larga espera, me recosté en un árbol y perdí mi mirada en las estrellas que colmaban el cielo gris de Lima. Al escuchar todo el preámbulo al que ya estaba acostumbrado, observé casi sosegado la escena una vez más, y todo hubiera seguido así de monótono si es que no escucho el ruido de un objeto quebrándose contra el suelo. Atónito vi como el tipo recogía algunos pedazos y huía raudo del lugar. Mi corazón latía como nunca y ante mi propio asombro poco a poco me fui acercando, la sorpresa fue mayúscula al observar de cerca toda la escena y mi mente una vez más comenzó a luchar pero el motivo esta vez era distinto. Regresé a casa caminando, sólo con mis pensamientos y dormí más tranquilo que noches anteriores.

Fui temprano en la mañana a casa de Francis y saber como se encontraba.

—Hola Ray ¿qué ha sido de tu vida? —preguntó sereno.

—Pues como ves un poco más recuperado como para devolverte las visitas —respondí amicalmente mientras me percataba de un detalle. ¿Qué te ocurrió en la mano?

—Ah esto, pues solo fue un pequeño accidente —contestó cauto mientras se cubría con la otra mano.

—¿No habrá sido con algún frasco de vidrio? —inquirí vehemente.

Francis levantó la mirada de su herida y me observó pasmado. Los segundos parecieron eternos y nadie pestañaba, hasta que una sonrisa cómplice de mi parte desvaneció toda censura, ahora él sonreía.

—Muy pronto estaré de regreso en la universidad; y también volverá Laila —dije tranquilo. Así que cuando quieras ir a comprar más frascos sólo avísame.

—Gracias Ray, lo tendré en cuenta —contestó sonriendo y lanzando una mirada de aprobación.

—No hay por qué, Francis —repliqué, mientras me despedía y me iba en dirección a casa. Después de todo, si los amigos no están para eso, entonces ¿para qué están?

 

© Gerardo León Araujo, 2004 descargar pdf

 

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