Nº23
revista de literatura
 
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Carlos Zambrano

 

 

Relámpago


I

Una noche de mediados de setiembre, Relámpago salvó a su padre de una sopa de crema de zapallo que su madre había envenenado. En un instante en que nadie la veía, la madre había vertido un sobrecito de robutol sobre la mezcla espesa que todavía humeaba sobre el plato. Seguramente ella quería que el padre se muriera porque él la insultaba todo el tiempo.

La sopa esperaba, inofensiva, justo en el sitio del esposo.

Cuando desde su cuarto oyó que lo llamaban, Relámpago se escondió súbitamente el antifaz dorado en el bolsillo. En la cocina su madre acomo-daba los cubiertos; su padre colocaba un canastillo de crotones con oré-gano en el centro de la mesa.

Sentados, Relámpago se sirvió de golpe más de la mitad de los crotones. Tan solo meterse uno a la boca, hizo una mueca de fastidio. Su padre dijo que así se comían los crotones, con orégano.

Prueba antes de servirte, le dijo, dándole su plato.

Esa noche, ya en su cama, Relámpago sintió severos retortijones en el vientre; imperceptibles dilataciones dolorosas que estaba seguro habrían tenido mortales consecuencias de no haber sido por la barrera protectora de su máscara dorada.


II

Para transformarse, Daniel se metía debajo de la cama, boca arriba, y pre-sionaba códigos secretos en un teclado luminoso, dispuesto sobre las tablas que sostenían su colchón.

Luego hacía los juegos con la voz. La hacía más grave para decir clave secreta requerida, y luego volvía a su voz normal para decir: cuarenta y tres, cuarenta y siete.

Finalmente fruncía la mirada y volvía a la voz grave:

Relámpago, acceso permitido.


III

Por esos días Relámpago salvó a su madre de la lluvia de cuchillazos que su padre quería clavarle por la espalda.

Su padre pretendía aprovechar una compra de doscientos gramos de ja-món para quedarse a solas con su víctima.

Por eso, temprano había estado sacando chispas a los cuchillos con la piedrita pómez del taladro. Seguramente quería clavarle los cuchillazos porque su madre solo gritaba y hablaba tan rápido que no se le entendía. Además nunca se medía con sus palabras: era terriblemente hiriente, bruta, decía su padre, venenosa.

En la cocina, Relámpago aprovechó el momento en que su padre fue a traer la billetera.

Con la supervelocidad de la máscara dorada abrió la gaveta de cubiertos y metió todos los cuchillos en una bolsa de basura.

Ya en la bodega, mientras el viejo de mandil pesaba las lonjitas, a Re-lámpago se le ocurrió que de no haber sido por la supervelocidad no habría tenido tiempo para meterse al baño y esconder la bolsa con los cuchillos afilados en el tanque del inodoro.


IV

Una noche en que habían llegado familiares a la casa, pusieron a Daniel y a sus primos en la tele a ver una película de Batman. La película era aburri-dísima porque cualquiera se daba cuenta de que ni las explosiones ni las peleas ni las persecuciones eran reales. Igual tenían que sentarse a verla y comer popcorn hasta que los adultos terminasen de conversar sus temas no aptos para niños.

Sin embargo hubo una escena casi al final de la película que a Daniel sí le pareció más o menos interesante.

La escena transcurría en la cima de un rascacielos.

El Guasón le decía a Batman que cada una de sus luchas eran en vano porque lo podrido no eran ni los villanos ni la ciudad, ni la justicia, sino la gente que ingenuamente defendía.

Son ellos los que ha creado esta inmundicia ¿no te das cuenta?

Se lo decía con su sonrisa hambrienta.

Con su mirada de serpiente.

¡Son ellos mismos la inmundicia!, se carcajeaba, desquiciado.


V

Un sábado, temprano, Relámpago salvó a su madre de morir electrocu-tada por el falso cableado de su padre al termo eléctrico.

El padre seguramente quería exterminarla porque ella lo atormentaba con los recibos del edificio y porque también lo acusaba de mediocre. Le decía que con su sueldo de pordiosero siempre vivirían angustiados.

Otras veces decía: si tan solo dejases de pasarle el dineral que le pasas a la comodona de tu madre estaríamos más tranquilos.

Seguramente por eso el padre, con el pretexto de limpiar el sodio que cada tanto se acumulaba en los orificios de la ducha, había aprovechado en pelar los cables y cruzarlos para que al contacto con el agua todo el corto-circuito recayera sobre ella.

Relámpago tuvo esta vez que emplear toda la potencialidad que la más-cara dorada otorgaba a su mente para ocurrírsele golpear la puerta del baño y decirle a su madre que tenía ganas urgentes de ocupar.

¿Justo ahora?, dijo ella.

Cuando su madre lo hizo pasar, Daniel pidió quedarse solo porque le da-ba verguenza sentarse a hacer al lado de ella.

En la ducha, forzó Relámpago los cables hasta romperlos.

Fue grande la satisfacción cuando su madre reclamó porque no había agua caliente.

Cuando veinte minutos después llegó un electricista.


VI

Por esos días empezó lo que Daniel consideró su más arduo entrenamiento.

Algunas madrugadas se despertaba y abría sus cajones.

En la oscuridad hacía enrollados con pantalones y los colocaba cubrien-do la ranura inferior de la puerta.

Solo entonces encendía la luz.

Luego se tumbaba boca arriba con las piernas y los brazos extendidos sobre el piso.

Así se quedaba varias horas, fijando la mirada fruncida en el foquito lu-minoso.

En el pequeño incendio del alambrito.


VII

Una mañana de domingo, Relámpago tuvo que intervenir antes de que su madre le aviente a su padre un balde lleno de ácido muriático. Seguramen-te la madre lo quería desfigurar porque él le decía: ¿tú crees que yo voy a desperdiciar contigo el resto de mi vida? Hace buen tiempo conseguí una mujer de verdad, estoy enamorado, tú me das asco.

Seguramente la madre quería verlo aullar de sufrimiento cogiéndose la cara en carne viva, porque el padre le gritaba: al fin con ella soy feliz, gor-da asquerosa.

Por eso la madre había llegado de la calle con una botella negra con una calavera; y para despistar, un desatorador para inodoros, así el padre no repararía en cómo tomaba un balde del patio para mezclar el ácido con agua y detergente antes de tirárselo en la cara.

Mientras su madre quitaba el plástico al desatorador, Daniel preguntó si podía orinar un rato antes.

La madre lo miró entre incrédula y colmada.

Pero tienes mucho cuidado con el balde…

Esa noche, ya en su cama, Relámpago pensó que, de no haber sido por la máscara dorada, sus pies no habrían resistido el ácido derramado por toda la mayólica tras la patada al balde con energía concentrada.


VIII

El hombre gordo, calvo y perfumado le dio la mano y le acercó un frasco, por si quería, de gomitas de colores.

La oficina era silenciosa y ordenada.

Olía a arroz con leche y a madera.

Con una sonrisa de pingüino, el hombre gordo, calvo y perfumado tam-bién dijo que estaba ahí para escucharlo.

Daniel lo miró a los ojos y metió la mano en el frasco de gomitas, tomó una y se metió en el bolsillo.

¿No comes?, dijo el hombre.

En mi casa, dijo Daniel.

Conocía bien a los hombres gordos, calvos y perfumados que ofrecían gomitas en esas oficinas silenciosas y ordenadas.

Conocía bien a los hombres que estaban ahí para escucharlo, en sus ofi-cinas que olían a arroz con leche y a madera.

El pretexto era el de siempre:

¿Cómo te sientes en tu casa?

¿Qué sientes por tus padres?

¿Duermes tranquilo por las noches?


IX

Porque está cansado de las madrugadas las angustias en las que cree oír discusiones o golpes provenientes del cuarto del costado de caminar ansio-so en medias para comprobar que nadie se insulta nadie grita que todos duermen que otra vez absurda su cabeza…

Como siempre…

es que Daniel no ha dejado de pensar toda la noche

en la sonrisa del Guasón.

Clave secreta requerida

Son casi las dos de la mañana cuando camina sobre las puntas de sus medias al cuarto del costado

Abre la puerta, muy despacio.

Relámpago, acceso permitido.


X

Fija los ojos y espera a que se adapten a la total oscuridad.

En poco tiempo ya puede distinguirlos, recostados.

Él con el mentón pegado al pecho, los labios blandos.

Ella boca abajo, medio encogida, roncando apenas.

Poderoso, Relámpago los mira.

Quince, veinte minutos, concentrado.

Entonces alza ambas manos hacia ellos.

Abre las palmas, las estira.

Las mantiene suspendidas hacia esos cuerpos vulnerables.


XI

No es suficiente.

Con el poder que lleva en estas semanas acumulado, calcula, podría crear una dolorosa honda expansiva.

Podría suspender los cuerpos y dejarlos caer abruptamente.

Pero más; por ejemplo incendiar la cama, no podría.

Ni inflamarles los pulmones ni quebrarles las costillas.

No podría por ejemplo hacerlos explotar,

desintegrarlos.

Es ese convencimiento el que hace que ya no Relámpago

sino Daniel, los brazos rendidos nuevamente,

la máscara dorada levantada sobre el pelo,

los ojos líquidos

vuelva a su cuarto, frágil y minúsculo;

pero al instante se aferre a su almohada, convencido;

¿convencido?, sí, de que apenas necesita unas semanas

Una sonrisa hambrienta le tuerce entonces la boca

Dispara sobre el foquito su mirada de serpiente

entonces, sabe, calcula, podrá acabar con la inmundicia.

 
 
 
©Carlos Zambrano, 2019
 
Carlos Zambrano (Trujillo-Perú, 1990)
Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en la Pontificia Universidad Católica del Perú y en la Universidad de Bonn, en Alemania. Sus cuentos fueron seleccionados en el 2009, 2010 y 2011 para Textura, mercado ambulante de cuentos, iniciativa organizada por la Facultad de Letras de la UNMSN. En el 2011 su cuento “Orquídeas” obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos Manuel Scorza; en el 2017 obtuvo una Mención Honrosa en el Premio Copé por su cuento “Se llevan todo”; en el 2019 su cuento “Relámpago” obtuvo el primer lugar en el Concurso de Cuentos Hispanoamericanos de la Universidad Camilo José Cela, en Madrid. Actualmente es profesor de Literatura y dicta talleres de lectura y escritura para públicos variados.
 
 
 
 
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