Nº23
revista de literatura
 
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Daniel Soria

 

 

Llámame Chet

Esa noche me decidí a ir Jazz Central a tocar un poco de cool. No le daba a la trompeta hacía ocho meses desde que la gente de Nick tuvo la buena idea de partirme cuatro dedos. Con todo, fueron generosos: solo dos en cada mano. Era algo así como una advertencia. La próxima sería una de mis dos manos, y anotaron que yo podía elegir cuál. Lo bueno fue que con el yeso en las dos manos no tuve que tocar muchas puertas para juntar los dos mil dólares que le debía luego de esa triste noche de póquer en que dios me abandonó; o quizá la suerte, pues estaba con una rubia que daba miedo de tan buena que estaba. Decía amarme y todo eso, de manera que, fiel a la regla, no podía ser afortunado a la vez en el juego y en el amor. Pero como decía, con las dos manos enyesadas, mis amigos se preocuparon y juntaron los dos mil dólares en dos días. Yo mismo fui al garito de Nick. El hijo de puta se afanó mucho en atenderme. Mandó salir de la oficina a Sal, su muchacho lleva y trae, y él mismo me sirvió un bourbon doble y me alcanzó un sorbete para tomar mi trago. Qué considerado. Incluso me preguntó a qué debía el honor de mi visita. Hay que reconocer que era un bastardo, pero sabía ser simpático. Sonreí y le dije que nada, que andaba dando una vuelta por el barrio, y me acordé de que le debía unos dólares. Ah, las deudas, me dijo, siempre es bueno pagarlas. Una vez que lo haces te sientes tranquilo, ¿no crees? Le dije que desde luego, y que ya le hubiera dado el dinero si no me fuera tan difícil sacarlo del bolsillo interior de mi saco. ¿Podrías tú…? Le dije, y se acercó muy solícito. Con su cráneo pelado y su vientre abultado bajo su suéter de cachemira, sus manos regordetas y la eterna sonrisa benévola, parecía un amable sastre tanteándome para tomarme las medidas. Sacó el sobre, volvió a su silla tras el escritorio y lo metió en un cajón. ¿No lo vas a contar?, le dije. Para qué, Chet, amigo mío, nunca he desconfiado de ti. Sí, seguro, le dije. Ahora debo atender otro asuntito, Chet, pero nos vamos a reunir con los chicos mañana por la noche para una partida. Date una vuelta si tienes ganas. Miré con un poco de tristeza mis manos y le dije que esperaría un poco hasta que mis dedos no estuvieron tan rígidos. Soltó una carcajada llena de vitalidad y me dijo, ese Chet, cuando quieras, querido amigo.

Dicen que tengo el don, incluso algunos críticos. Nunca les he creído demasiado. Solo soy un chico del sur que aprendió bien las lecciones del abuelo Tom, y el sí que tocaba como los dioses. Pero nunca se le ocurrió ir más allá de nuestra ciudad, donde animó durante cuarenta años las noches de baile los fines de semana. No faltaron los descubridores de talentos que después de escucharlo le prometían el cielo si grababa un disco con ellos. Siempre dijo que no. Cuando estuve grande y ya tocaba con él en la banda le pregunté por qué rechazaba todas esas ofertas, y siempre respondía: Me gusta este pueblo chico. Nací aquí y quiero morir aquí.

El asunto que es me quitaron el yeso y me dijeron que tendría que ir a rehabilitación para que mis dedos quedaran como nuevos otra vez. Prometí al médico que lo haría, pero nunca tuve ganas. Lo que hice fue comprarme dos pelotas de goma y echarme en la cama a apretarlas mientras dejaba pasar las horas escuchando blues en mi viejo tocadiscos. El dinero de mi último contrato no se había acabado aún, de manera que asumí con tranquilidad que estaba de vacaciones.

Hacía días que miraba el estuche de la trompeta en un rincón, con una pareja y gruesa capa de polvo. No me decidía a tocar el instrumento. Incluso me dije que debía ejecutar algunos solos para ver qué tan bien me había ido con las pelotas de goma. Pero nada; era como esa maldita costumbre de dejar siempre para el final lo importante. Hasta que Sam me llamó y me dijo que me esperaba la noche del sábado en el club, que había una banda de cool que se había asentado en el tiempo que me había desaparecido. Eso es algo que siempre valoraré en Sam. Ninguna mención a mis líos con el juego, las deudas con Nick o la visita de sus muchachos que me dejó fuera de circulación. Sam podía resumirse en una palabra: discreción. Que Sam ni siquiera preguntara si había recuperado mis manos o me sentía bien era menos valioso que su actitud, algo así como un vamos, compañero, ya pasó, sabes dónde encontrarnos.

***

De repente los críticos no se equivocan. Esta primera semana en Jazz Central he sentido algo similar a eso que ellos llaman el don. Un fluir de las ideas tan placentero como se siente la proximidad del orgasmo, ese otro fluir blanco como una ceguera alba que nos aproxima mucho a eso que no sabemos cómo llamar; algunos prefieren hablar de placer, otros de plenitud y los más sencillamente de felicidad. De verdad que era bueno estar parado otra vez en la tarima, con las piernas bien afirmadas, ligeramente dobladas y conectado al beat en la batería de Art. Si hay momentos en que uno siente que necesita agradecer a la vida algo, lo que sea, estar vivo, respirar, yo lo sentí esa semana. Por eso no me sorprendió que Sam me dijera que un productor que nos había escuchado quería grabarnos. Le dijo que sería un gran disco en vivo, que él tenía olfato para ello, que lo dejaran hacer. Bueno, me dije, hemos vuelto a lo grande.

Sin embargo, hubo algo esa semana que me emocionó más que la buena química con los muchachos. Esa mujer de pelo negro y blancura tan intensa que no podía evitar mirarla con cierta frecuencia mientras separaba la trompeta de mis labios. El sábado esperé a que Sam despidiera a los empleados del bar. Como todos los días de cierre, estaba a solas con su vaso de bourbon escuchando a Mozart en su oficina, con los ojos semicerrados y moviendo sus dedos, como si rozara las notas musicales. Cuando me senté iba a decirle algo, pero me interrumpió. Ya iba a empezar a hablarte otra vez de Amadeus, ya sabes, no soporto su belleza, pero no quiero aburrirte. Quédate solo unos minutos más y me acompañas a cerrar. Sírvete un bourbon.

–Gracias, Sam, desde luego que te acompaño, pero quiero que me digas una cosa.
–Lo que quieras, amigo.
–¿Quién es esa…?
–Ja, ja, ja. Sabía que vendrías a preguntármelo. El viejo Chet no tiene remedio.
–Ja, vamos, Sam, esa parte de mí nunca va a morir, tú sabes, es más fuerte que el propio jazz.
–Van de la mano, compañero, por lo menos tú no podrías hacer una cosa sin la otra.
–Pero volviendo al punto, ¿quién es?
–Olvídala, viejo, es la chica de un grande; ja, grande y gordo.
–Pero siempre la he visto sola.
–Lo que pasa es que el tío ese no sabe ni quiere saber nada de música, así que le da permiso a su chica para que vaya a donde quiera, pero siempre con…
–Claro, claro, los de la mesa de al lado, que al final la dejan llena de botellas de agua.
–Eso, una buena compañía para su dulce muchacha. No sé si te has dado cuenta, pero lo último que hacen es escuchar música. No importa lo que le pase a ella, por mínimo que sea, las verían negras. El primer día que vinieron, hace como dos meses, no los dejaron entrar. Los de la puerta se olieron a una milla las armas, y les dijeron que no podían entrar con ellas. Hubo un poco de lío, al punto que me obligaron a salir. El más grande de ellos me dijo Sam, no vamos a incomodar al jefe por una tontería. Ni siquiera vamos a beber, solo estamos haciendo nuestro trabajo. Ya sabía de quién me estaba hablando. Todos sabemos que el jefe se rodea de lo mejor, y al grandazo yo lo conozco. Su padre y yo andábamos de arriba abajo allá en el sur. Es un hijo de puta muy violento y rápido con las armas. Así que pasaron, y desde entonces vienen regularmente.
–Ese será un gran jefe, pero no puede andar dejando por allí sola a ese bombón.
–Mira, Chet, ¿quiénes son los hijos de puta más celosos? Oye, no tengo que darte una lección elemental de psicología. Y ese tío no tiene una pizca de inseguridad. –No hay problema, Sam, sabes que mi negocio es solamente hacer música.
–Ja. De las muchas historias que corren sobre el origen de la palabra “jazz”, algunas lo entienden pegado al sexo. Y yo a ti te conozco, Chet. No te metas en líos, y no es una advertencia. Solo hazte a ti y hazme a mí ese favor.
–Claro, Sam, de todas las mujeres que hay en la ciudad, tendría que estar loco para meterme con ella.
–Sí, muchacho, tan loco como para perder dos mil dólares en una noche y encima no pagarlos.

***

Creo que más que elegir a la trompeta, ella me eligió a mí. El abuelo Tom tocaba el saxo, yo también, pero había algo más en ella a lo que no me pude resistir. Sentía que ella era más hábil para modelar, alargar y volver a formar mi aliento sin perder en ello su brillo metálico. Y tanto estiré su hermosa flexibilidad que los amigos de mi abuelo decían que yo tenía un sonido femenino. Mi abuelo callaba. Un día que no quise acompañarlo a tocar porque fingí sentirme mal me dijo sigue, muchacho, no hay nada femenino en tu espíritu, solo se trata de que has aprendido a sonar triste y solitario, y no hay nada malo en ello, para nada.

Cada noche que ella estaba me prometía no mirar, pero nuestros ojos se encontraban. Esa vez estaba con la banda tras el escenario, todos muertos de risa con los chistes de Art y vino Danny, el mesero, con una nota en la mano; solo me dijo hay una muñeca que parece querer tomarse una copa contigo. Art hizo el ademán de un redoble con un remate en el platillo y todos estallaron en carcajadas.

–Hola, qué tal.
–Buenas noches. ¿Cómo debo llamar al mejor trompetista de este mes?
–Chet, llámame Chet.
–Ann, dime Ann.
–No es poco halago lo que me dices, pero ¿por qué solo del mes?
–Por solo te he escuchado durante un mes. ¿Qué más puedo decirte?
–Que todo estaría bien si no fuera por las miradas de los chicos de al lado.
–Ah, solo hacen su trabajo, y son muy responsables en eso.
–Escucha, ¿nos demoramos diciendo esto y aquello o vamos al grano?
–¿Y por qué tan apurado, puedo saber?
–Mira, creo que si nos acercamos demasiado van a salir chispas, y eso puede no gustarle al jefe.
–¿El jefe de quién?
–Mío no, pero no quiero tener problemas con él.
–En realidad, hablar de música no puede hacerle daño a nadie, menos a ti.
–Música.
–Música.
–Como digas.
–Quiero que toques en mi apartamento, solo una noche, solo un concierto, solo un espectador. Pagaré bien.
–Pero no creo que consiga tocar tan tenue como para que no me escuche el grandazo aquel.
–No quisiera darte detalles, pero eso está arreglado, y va en camino de ponerse mejor.
–¿Cuándo?
–El otro sábado. El jefe estará en la otra costa este entonces, y puedes apostar que no solo.
–Como digas.

***

Pensé que la semana pasaría volando, pero fue lenta, muy lenta. Los chicos de la banda y yo terminamos en el estudio porque el productor que andaba tan emocionado decidió que perdíamos potencial en vivo. Nos negamos, creíamos que era muy pronto para grabar y aparte de las tocadas donde Sam nos pagaban bien en otros clubes. Dinero no nos faltaba, pero ofreció un adelanto tan bueno que cancelamos todo y nos metimos en el estudio. El productor prometió tener el disco en cuatro semanas. Pero hubo un bache. Ya saben, el corredor a veces tropieza, y no pude resistir una partida donde Nick.

Yo no quería volver a jugar, bueno, sí, pero no tan pronto. Estaba tocando como nunca, pero los dedos no habían quedado igual. Cada que vez alguno de esos huesitos, no sé cuál, hacía un pequeño crack, me decía que tenía que dejar el póquer alguna vez.

Sucedió como suele pasar todo, una cosa lleva a la otra, un brusco cambio de dirección, un retroceso, volvemos a empezar y caemos redondos. Art no llegó el viernes a grabar. El productor echaba fuego. Todos sabíamos que seguro estaba pasado de heroína, pero nos mirábamos con cara de sorpresa e inventábamos mil motivos, que ya llegará, un retraso lo tiene cualquier, tú sabes, hombre, esperemos un poco más. El asunto es que a las tres horas el productor nos echó del estudio diciendo que si no volvíamos con Art al día siguiente se aseguraría de cobrarnos cada centavo de lo adelantado, y remarcó que el conocía gente que muy bien podía cobrar ese tipo de deudas.

Salimos aguantando la risa imaginando a Art yendo por allí de putas, con los ojos brillantes de su última dosis y divirtiendo a todo el mundo. Johnny y Sonny insistieron en que tomáramos unas copas. Me dijeron para ir al bar de Nick pero se callaron de pronto, como si hubieran dicho una palabra prohibida. Me molestó un poco su actitud, así que pasé por alto el gesto y les dije que claro. La verdad no quería ir. Cada vez que pidiera un trago en la barra seguro me imaginaría lo que había tras ella. La gran mesa redonda con su paño verde brillando bajo la luz intensa del foco, el sonido de las cartas al deslizarse, adivinar en los gestos de los jugadores si tenían una buena mano o apostaban solo para disimular su mala suerte. No sé, también el humo y el cálido bourbon con mucho hielo, sin agua, como sabía Sal que a mí me gustaba. Pero fui.

***

La luz se colaba ya por las cortinas y Nick no podía ocultar su mal humor. Esa noche hubo gente pesada en la mesa, pero la suerte me acompañó todo el tiempo. Por un momento no podía creer cómo aumentaban las apuestas, pero yo estaba lanzado más allá del límite de lo sensato. No quería hacer leña del árbol caído, pero antes de despedirme de Nick llamé a Sal, le puse cien dólares en el bolsillo y le dije tú sí sabes servir un buen bourbon. Ven cuando quieras, Chet, dijo Nick como en un suspiro y cerró la puerta.

El sol estaba ligeramente cálido en la calle, pero aún se sentía frío. Me ceñí la bufanda y me fui a casa gozando con los colores de las cosas, el olor del pan en la panadería de la esquina, la agilidad del pequeño vendedor de periódicos a su paso por mi lado. No era para menos: tenía dos mil quinientos dólares en los bolsillos, todo el día para dormir y una cita en la noche con Ann.

Desperté después de las ocho de la noche con el mejor ánimo, comí algo, me afeité y me bañé. Quise tocar un poco la trompeta, pero desistí. Fui al pequeño calendario de mi escritorio para ver la palabra de ese día: decía “precaución”, lo que me había faltado toda la noche. La suerte no podía durar para siempre. Me prometí ser cauto a partir de ese mismo momento.

El edificio estaba en la mejor zona de la ciudad. Calles solitarias, jardines bien cuidados, cercas tan bonitas como de cuento infantil y autos brillantes. Me detuve frente al edificio que debía ser el que andaba buscando, busqué el papel donde apunté la dirección, por manía mía revisé su reverso antes de botarlo y me volví a topar con la palabra: “precaución”.

No es que no me guste tocar, siempre gozo haciéndolo, pero ahora más era un trámite para lo que me importaba: llevarme a la cama a Ann, pero algo en la atmósfera me dijo que fuera con calma. Quizá fue que no estaba ligera de ropas o que no se mostraba cariñosa, no sé. Me dije haz tu trabajo y punto. Lo demás vendrá solo.

No tenía ni quince minutos tocando el mejor cool que mis pulmones podían fabricar y sonó el timbre.

–¿No me dijiste que estaríamos a solas? –le dije en un susurro.
–Sht –soltó ella.
–Maldición –dije y pateé el suelo alfombrado. Lo que siguió fue el sonido de la llave en la puerta.
Me escondí tras ella y cogí una silla plegable que estaba al lado cuando vi avanzar al gran jefe con su andar pesado. No lo dudé. La silla no soportó la dureza de su espalda y se partió. Ann tenía la boca abierta tapada con una mano. No era el momento para cobrarle mis honorarios por el buen momento musical, así que fui por la billetera del jefe y la limpié por completo. Había mucho más que lo que había ganado la noche anterior.

***

Hace frío ahora en Roma y se está muy bien en sus terrazas. El café es de lo mejor y termino de escribirte esta carta impresionado por la bella ragazza que me atiende. Se merece una buena propina. El dinero ya se me va a terminar, pero acaban de contratarme en un club muy elegante. Dime una cosa, ¿es verdad lo que dicen, de que el gran jefe ha caído en desgracia? Avísame, que en un tiempo quiero volver a casa.

Chet

 
 
 
©Daniel Soria, 2019
 
Daniel Soria (Lima-Perú, 1971)
Egresado de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la PUCP y de la Maestría en Filosofía, con mención en Epistemología, de la UNMSM. En 1999 publicó la colección de relatos Tres heridas nocturnas y en 2011 la novela Monólogo en blancohumo. La década pasada formó parte de las antologías Estática doméstica. Tres generaciones de cuentistas peruanos (1951-1981) (2005) y Disidentes. Muestra de la nueva narrativa peruana (2007). Es editor independiente y dirige talleres de escritura creativa.
 
 
 
 
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