Nº23
revista de literatura
 
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Pedro Moreno Vásquez

 

 

Cave Canem

Para Yasmeen Abdel Majeed


Su padre adoraba a los gatos. Su madre adoraba a los perros. En la casa sólo hubieron gatos; jamás un perro. Por eso Elvirita nunca entendió porque su padre trajo a ese cachorrito. Su padre lo halló en el caminito a la chacra. Hasta entonces, Elvirita vivía rodeada de los cuatro gatos de su padre. Chuscos, apestosos, garrapatosos, mugrientos, aj, zafa, zafa, aj, decía su madre. Los gatos no tenían nombre. ¿Y para qué? Todos se parecían: grises, cachetones, bigotones, y de colas erizadas. Todos los llamaban Mishi. “Mish...mishi...vengan...Mish..vengan...,” gritaban las criadas, Cristina y Valentina. Ellas los alimentaban y limpiaban sus feces.

Mario, el cachorrito, tenía manchas marrones. Solía hacer piruetas ante la madre de Elvirita. Pero ella sólo lo miraba en silencio. Ni una sonrisa, ni una caricia. Entonces Mario movía la colita en frente de Elvirita. Qué perro tan cariñoso, pensaba la niña. Quería acariciarlo, hablarle, pero no intentó nada. Luego sintió por Mario la misma apatía que por los gatos.

No hubo fricción entre Mario y los gatos. Los Mishis vivían ensimismados, durmiendo, y lamiendo sus colas erizadas. Una mañana todo cambió. Sucedió en el desayuno. Su padre ya estaba en la chacra, y su madre en la universidad. Elvirita se acomodó en el comedor. Cristina puso la tetera en la mesa mientras Valentina freía los huevos. En eso Mario empezó a ladrar bajo la mesa. Tenía hambre. Cristina le dijo a Elvirita, échale agua a ese perro. Elvirita bajó la mirada. Allí estaba Mario, con sus ojitos alegres y su lenguita. La niña cogió la tetera y la vació sobre Mario. Escuchó un chillido estruendoso. Aún lo sigue escuchando. Antes de desaparecer para siempre, Mario tropezó con las sillas, la puerta y una pared. El agua le había dañado los ojos. Repentinamente los gatos aparecieron en la sala. Merodearon el comedor por unos instantes. Luego se marcharon con lentitud.

Al volver del trabajo, su madre le preguntó por qué había quemado al perro. Elvirita replicó: Cristina me lo ordenó.

Desde entonces los gatos jamás se acercaron a su madre.

****

No me gustan los animales, decía Elvira. Cambia de tema, mejor. Sus amigas quedaban desairadas. En ese año Lalo trajo un gato siamés a la casa. Anduvo merodeando una de sus fábricas y lo adoptó. Elvira lo recibió reluctante. Tití, su niño, se encariñó con el gato. Tabatha, su hija menor, lo detestó. Se armaba un lío cuando Totó (así se llamaba el condenado) entraba al cuarto de Tabatha. Tití y Tabatha nacieron para pelearse, eso sí. Tu Totó asqueroso hace apestar mi cuarto. Deja a mi gato en paz, orejona. Tu y tu gato apestan igualito, aj. Tití cargaba a Totó en brazos para llevárselo. A solas, en su cuarto, las pupilas de Totó se dilataban al observar a Tití. Este gato me entiende. Te quiero Totó, pensaba Tití.

Una tarde, el gato desapareció. Tití lo buscó por la casa y toda la urbanización. Pasó una semana buscándolo. Ni rastro. Así son los gatos, dijo su madre, mirando el televisor. Tabatha, a su lado, sonreía frente a la pantalla.

Dos años después, Lalo trajo a Príncipe. Un pekinés de pelambre rojiza. Fue la mascota de un amigo X. Quería críarlo y Elvira aceptó renegando. Tití trató al perro con cariño. Pero el cambio de Tabatha fue radical. Andaba de arriba abajo con Príncipe. Lo mimaba, lo bañaba, lo peinaba, le cantaba canciones. “A mi hija le encantan los animales,” se lamentaba Elvira con sus amigas. Y lo peor, no come ni camote, ni verduras, ni frutas. ¡Sólo come carne! “Es que mi perrito es fino” se ufanaba Tabatha. Chicharrón, churrasco, pollo, atún, este perro sí sabe vivir, pensaba Tití. Y los líos surgieron. ¡Orejona, tu perro se orinó en mi cama otra vez! Por algo será, decía Tabatha. ¡No patees a mi perro! ¡Eres un desgraciado, Tití!¡Te odio!¡Oye, tu perro se orinó en mi polo! Tabatha bailaba con Príncipe y reía. Tití se tragaba la rabia. Tabatha era feliz con Príncipe.

Un día, Príncipe desapareció. Alguien dejó la puerta abierta. Las nanas de Tabatha recorrieron toda la urbanización. Tabatha lloró tanto que hasta Tití salió a buscarlo. Ni rastro.

Así son los perros, dijo Elvira, mirando el televisor.

****

Me lo regalaron en la compañía, dijo Tití. Tabatha arrugó la nariz. El gatito era raquítico, y daba sordos maullidos. Ayudan a curar la depresión, agregó Tití. Compartían un departamento en Bethesda. Miau. Tabatha trabajaba en el Pentágono, y él en Hewlett-Packard. Se llamará Cuchi. Miau ¡Con tal que lo tengas limpio!, gritó Tabatha, dándole la espalda. ¿Porqué te molesta? Nunca estás aquí. Te la pasas en Georgetown con lobistas, congresistas y otros snobs. Cuchi, ya más gordo, se escondía entre los libros de Tití. Miau. El departamento apesta. Llevas años deprimido. Miau. La vida es bella. Tú sólo te encierras a leer. Tu hermana tiene razón, dijo Elvira, quien venía de un tour por Israel. Basta, basta. Tití se disolvía en la prosa de Gibbon y Boswell. Cuchi ronroneaba a su costado. Ya, listo, me mudo. Te quiero pero tu quieres más a tu gato. Tu hermana sabe pensar. A tí la depresión te lo impide, dijo Elvira. Regálalo antes de que viaje a Lima, hijo. Mi gato me hace feliz, entiéndanlo. Miau. Míralo. No le digas que los gatos callejeros invadieron tu jardín desde que él y Tabatha se fueron. Miau. No le digas de toda la mierda que has limpiado. Miau. No le digas que ya vas envenenando a seis gatos. Míralo. Nada más. Miau. Adiós, Cuchi, pensó Tití, al abandonarlo en un parque. Miau. Si hay otra vida, ojalá que no sea en este mundo.

Mi padre se deshizo de él. Dijo que no había espacio ni comida. Éramos cinco y mamá no trabajaba. Tabatha miró a John con otros ojos. Su papá alcohólico los maltrataba. Entonces pienso: Mi perro se libró; tuvo suerte. Este Rottweiler es igual al que tuve de niño. Se llama Ross. Como el personaje de Friends, mi show favorito. John y Tabatha se casaron y se mudaron a Virginia. Ross era negro, gordo, y dormilón. Tabatha vivía un sueño. John la hacía muy feliz. Ross no era tan dulce como Príncipe. Nadie sería como Príncipe. Una tarde John llegó con un Terrier escocés. Una cadete de su base rompió con su novio y anularon su lease. Ninguno quiso quedarse con Dusty. Era obvio, ¿no? Y además de inmaduros eran idiotas. Nunca entrenaron a Dusty. Gruñe. Ladra a cualquiera. Por eso traje una jaulita. Para ponerla en regla.

Dusty movió la colita ante Tabatha. Ella arrugó la nariz.

****

En su jardín frontal había un letrero: “La vida es más bella con un perro.” En el umbral, ya se oían seis ladridos distintos. Conan, Ross, Delta, Charlie, Molly, y Dusty. Y también a sus tres niñas gritar: ¡Silencio! Eran lindas las niñas: Gia, Gabriela y Alicia. Durante una visita, Elvira dijo: No sé para qué crías tantos perros. Tabatha tiró la sartén al lavadero. ¡Yo hago lo que quiero en mi casa! Tabatha era la ama de casa ideal. Le daba atenciones a todos; menos a Dusty. Es la perrita mas amorosa que he visto, decía Tití. ¿Por qué la tienes en esa jaula? Aj, no, esa perra enferma, decía Tabatha, acariciando a Conan. El San Bernardo que siempre quiso. Era inmenso y parecía un oso. Lo adquirió de cachorro y le costó una fortuna. Lo lleva al peluquero y al masajista. Y su veterinario lo adora. Conan es un amor. No sabía que podía querer tanto a un perro. En la sala hay una foto de Conan con un birrete. Se graduó de la mejor escuela canina. Me dí el lujo, aunque mis perros son obedientes gracias a John. Sabe cómo disciplinarlos. Últimamente he recordado a Príncipe. Aj, Dusty sólo duerme. Es una llorona. No sé qué mal tiene, que le salen costras. Aj. Enferma. Supongo que ya se morirá. Alicia es la única que juega con ella.

39 grados de temperatura no es nada. Soporta, Conan. Es sólo dos vueltas por la cuadra. ¡Avanza, Conan!¡Conan, ya basta! Espera que lleguemos a la casa. ¡Ya verás!¿Qué pasa? preguntó Tabatha, desde el jardín. No obedece, dijo John. Viendo Friends, John le cortó las uñas con la tijera. Conan chillaba. Algo le pasa; no respira bien, dijo Tabatha. Necesita una palmada. Paf. No reacciona. Apura, levántalo. Alisto el carro. ¡Conan! ¡Nooo! Lo lamento, tuvo una hipertermia letal, dijo el veterinario. Es muy tarde. ¡Conan, nooooooo! Conan yacía tieso sobre la mesa metálica. Las manchas rojas en sus patas. Tabatha lloró por más de un mes.

Alicia le teme a los insectos, dijo Tabatha. Cortaba una pechuga, en la cocina. Grita histéricamente cuando ve a un mosquito. La hemos llevado al psicólogo. Ross, Delta, Charlie y Molly se recostaron en la alfombra. Tití estaba en el sofá, viendo el canal infantil. A su lado Alicia, abrazándolo, en el otro, Dusty, lamiendo sus manos.

En la pantalla apareció la caricatura de un gato. Alicia miró a Tití, posando su cabecita sobre su regazo. Me gustan los gatos, tío Tití. Cuando crezca, tendré muchos, muchos gatos.

Tití le sonrió.

 
 
 
©Pedro Moreno Vásquez , 2019
 
Pedro Moreno Vásquez (Lima-Perú, 1979)
Ha realizado trabajos de edición y escritura para publicaciones underground en Nueva York. Es profesor voluntario en la comunidad de Harlem, donde vive. Fue columnista de El Hablador, y este es el tercer cuento que publica
 
 
 
 
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