Nº23
revista de literatura
 
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Francisco Izquierdo-Quea

 

 

Noche arriba el gato y la luna


Un incendio consume una casa en medio de la noche de Lima. Al interior, el escritor y tallerista Esteban Grignoli muere junto con otras trece personas en plena celebración de su cumpleaños. Al otro lado de la ciudad, en Breña, completamente vendado y casi paralítico, Héctor observa desde la cama de Claudia cómo la noticia surge en los medios, día tras día, hasta descubrirse a los autores del crimen. ¿Por qué asesinan a Grignoli? ¿Y qué tiene que ver ese hecho con Héctor? A partir del incendio, él reflexiona sobre lo que ha sido su vida hasta ese momento: los días en Chorrillos, las caminatas nocturnas, los paseos en el malecón mirando el mar, sus encuentros con Telma y Kurt, los tiempos felices con sus amos Claudia y Germán, la separación de ambos y su mudanza a Breña, en donde envejece detestando a sus actuales compañeros de casa y escapando de noche por las enredaderas y los techos. También es la historia de Claudia y Germán, y de su amor efervescente junto al gato que adoptaron. Ella, enfermera, con un presente en los pasadizos y salas de operación de la Clínica Internacional, y con un pasado oscuro y de luces de neón en un bar solo para hombres en uno de los distritos más acomodados de Lima. Él, un cineasta frustrado que se dedica a filmar bautizos y matrimonios, haciendo lo que antes despreciaba, esperando el momento que nunca llega, el momento para comenzar a filmar en serio, para hacer cine de verdad.

(Sinopsis de la novela Noche arriba el gato y la luna,
de próxima publicación)



Vi lo del incendio. Lo mejor que puede hacer uno con ese tipo de noticias es cerrar el periódico y dejarlo de lado, o mejor, romperlo en dos. No hay que ceñirse a lo que pueda decir la prensa, no vale la pena. No vale la pena. No vale la pena. Esa frase me la dijo Kurt alguna vez y yo sí que sé discernir entre lo que vale la pena y no. Se puede vivir bien así. De todas maneras yo vivo bien. ¿Problemas? Todos los tenemos. Nadie está exento de eso. Nadie.

He vivido en algunos sitios. En realidad solo en tres. También he hecho algunas idas y vueltas a otros lados y siempre en taxi. Me agrada subir a un auto, sentir su movimiento, ver todo desde la ventana. Me gustan las ventanas, las ventanas de todo tipo. En la casa de Chorrillos hay muchas ventanas, es una casa muy iluminada porque aparte de que tenga muchas ventanas estas son enormes y las cortinas están continuamente de lado, como si no existieran. Germán dice que la alquiló el día que unos ricachones le pagaron una buena plata por el video de una boda. Claudia se vino con él a mediados del verano y se la pasaron bajando a la playa y comprando pescado y ese tipo de cosas sabrosas en el muelle. Yo nunca he ido al muelle, pero lo he visto desde el malecón. Salvo las veces que me llevaban al médico, ni Claudia ni Germán me dejaban salir a la calle. Pero yo no soy tonto. Por las noches, mientras ellos dormían, me escapaba por el tragaluz del baño y corría a buscar a Telma y Kurt y los tres nos íbamos a conversar y dar vueltas por ahí. Todas las veces procuraba regresar a la casa lo más limpio posible, pues al menor rastro de polvo Claudia se ponía histérica y me agarraba para bañarme.

Poco después que Claudia llegara a la casa llegué yo. Germán me recogió de donde Celeste y yo dejé a mi mamá y a mi gemela ahí, mirándome con pena. A mí no me dio pena. Yo estaba contento apenas vi a Germán y cuando supe que me iba a ir con él me puse más contento aún. Pero tampoco soy un canalla. Antes que Germán me meta a la cajita me despedí lo mejor que pude de mi mamá y de mi gemela, las abracé y les di besitos y luego les dije me voy con él, voy a ser un buen muchacho, no se preocupen, y mientras mi gemela lloraba mi mamá me dijo nosotros los gatos enmascarados estamos en el mundo desde que llegó el hombre, no te olvides de eso, adonde vayas lleva siempre con honor a nuestra raza. Yo las abracé y besé de nuevo justo antes que Germán y Celeste aparezcan al lado nuestro para meterme en la cajita. Entonces me fui con Germán e hicimos el viaje en un taxi destartalado y ahí vi algo de la ciudad y me asombré y asusté un poco también y luego el taxi entró al circuito de playas y yo me quedé boquiabierto viendo las olas agonizando en una espuma espesa sobre la orilla y también el acantilado y Germán de seguro se dio cuenta de esto porque para tranquilizarme me dijo ese es el mar, Héctor, no te preocupes, ya vamos a llegar, y fue cierto porque a los pocos minutos el taxi subió por una rampa inmensa, entró a una avenida iluminada, luego a una calle bonita con faroles y finalmente se detuvo en un casa altísima de muchas ventanas. Entonces entramos y ahí estaba Claudia esperándonos y Germán me dijo mira, Héctor, ella es Claudia, ella va a ser tu mamá ahora, y Claudia me tomó entre brazos y me hizo mimos y yo como que medí un poco la situación, me fasciné y luego también la abracé porque Claudia sí que es bonita y porque se veía que me quería mucho también.

Claudia tiene los ojos rasgados y oscuros, una boca rosada, un lunar bajo esta y su cabello es negro e infinito. Me gustaba recostarme entre sus piernas, si ella estaba sentada, o sobre su vientre y sus senos si ella se hallaba sobre la cama o el sofá. Claudia va algunos días temprano a trabajar, otras veces en la tarde y otras de noche. Cuando va temprano ella sale radiante, imprimiendo un taconeo sobre toda la casa que anuncia su partida inminente, dejando a Germán entre las sábanas y a mí en el marco de la puerta. Vuelve cuando ya está todo a oscuras, cansada y siempre cargando una bolsa con algunas compras que ha hecho en el camino. Leche, queso, pollo, pan, pasta y unas cosas para mí. En casa comíamos juntos los tres en la cocina, ellos alrededor de la mesa, yo a sus pies. Solo me permitían subir a alguna de las sillas restantes, pero nunca a la mesa. Yo miraba todas las cosas que comían y les pedía que me invitaran algo, pero ellos solían negarme todo. Allí tienes tu comida, Héctor, y me señalaban mis platos, y yo vamos, muchachos, estoy todo el día con eso, ya me cansé de tantas galletas y paté, y no, cero. Solo algunas veces que venían visitas y cocinaban algo en la olla grande, algo que siempre era especial y suculento, ellos vertían una partecita de su comida en uno de mis cuencos. Pero eso era en algún fin de semana o cuando aparecía alguien. Generalmente yo comía lo que había en mis platos, y Claudia y Germán algo rápido de preparar, como sánguches, ensaladas o fideos.

La casa tenía techos altos y era grande. Abrías la puerta de la calle y había una escalera que te llevaba directo al salón, que también era grande y muy iluminado. A un lado estaba un cuartito en donde Germán almacenaba sus cintas, discos y aparatos; y al otro un lugar donde tenía su computadora con más de esos cachivaches y muchos cables colgando y desperdigados por todos lados. El salón tenía un juego de sofás de madera y espuma, y una mesita al centro. De este lugar partía un corredor que pasaba por el baño, el cuarto de Claudia y Germán y otra habitación en donde se guardaban libros y sobre todo cosas de Claudia y su trabajo. Al fondo estaba la cocina, con mis platos, y la lavandería, que era donde estaba mi arena. Mi cama, que es amarilla y redonda y de colchón naranja, estaba a un lado del salón. No me gustaba mucho dormir ahí, prefería meterme al cuarto con ellos, deslizarme bajo las frazadas hasta tocar las almohadas. Yo llegaba maullando y con ganas de mimos, y ellos algunas veces me tomaban en brazos y jugábamos y reíamos y nos abrazábamos viendo televisión y así hasta el día siguiente, u otras veces era solo Claudia quien me tomaba, y otras, las peores, ambos me decían no, Héctor, bájate ya, anda a tu cama, y yo en el salón no me gusta estar, quiero quedarme aquí con ustedes, y ellos no, Héctor, tú lo que quieres es jugar y mañana trabajamos temprano, así que tenemos que dormir, y yo no seas mentiroso, Germán, aquí solo Claudia se levanta temprano, tú siempre te levantas a partir de las diez, y Germán ¿qué cosa?, y yo jeje, nada, nada, ya me voy, y salía despacito por la puerta y me iba al salón o a la cocina a hacerme el tonto un rato, esperando que se confiaran que seguía por allí o que Claudia no tuviera ganas de ir al baño a orinar y que por ahí pase a buscarme para volver a decirme buenas noches o algo así. Entonces cuando esto sucedía, yo me deslizaba con mucho sigilo hacia el tragaluz y salía por el techo hacia la calle. Casi todas las ocasiones, no muy lejos de la casa, en la azotea de los viejitos Pandolfi, estaban Telma y Kurt, ahí, hablando de cualquier cosa, tonteando un poco. Entonces me encontraba con ellos y conversábamos sobre lo que había pasado en el día, o en los días que llevábamos sin vernos (ya he dicho que no siempre salía a encontrarlos, mucho menos las noches en donde Claudia y Germán me dejaban dormir en el cuarto, que era el lugar en donde yo siempre quería pasar la noche), y luego dábamos un paseo corto, que terminaba en el malecón mirando el mar y oyendo sus olas reventando en el horizonte.

Las veces que venían visitas yo me quedaba en el cuarto viendo televisión. No me gustaba la gente extraña y era ahí cuando Claudia y Germán me venían a buscar y me decían sal y preséntate, Héctor, y yo no quiero, y ellos sal y preséntate, tienes que ser educado, y yo no fastidien, ya les dije que no quiero, y ellos Héctorrr, y entonces como no me quedaba otra salía, me iba directito a la sala y al llegar las visitas decían ohhh, un gatito enmascarado, y me cargaban y luego decían qué bonito y todo eso (siempre era lo mismo) y luego me tomaban fotos, mientras yo trataba de poner mi mejor cara (una cara de circunstancia, a decir verdad) y me quedaba ahí un rato hasta que cambiaban de tema y luego sin que nadie se diera cuenta regresaba al cuarto a ver televisión y odiando a todos. Claro que eso era al comienzo. Siempre me ha costado tomar confianza con las personas. Tampoco es que Claudia y Germán recibieran muchas visitas. El problema era yo. Por ejemplo, Claudia siempre recibía a Carmen una o dos veces por semana. Carmen era hermana de Claudia. Tenía unos ojos grandes que siempre recaían sobre mí junto a una voz dulce. Me gustaba estar con ella y revolotear entre sus faldas largas y sus piernas. Claudia también recibía a algunas amigas de su trabajo o universidad, y eventualmente a su abuelo, un viejito de bigotes y cabellos blancos que me trataba siempre con afecto. Del lado de Germán, la cosa era un poco más confusa, con personas extrañas que eventualmente trabajaban en los videos con él, pero sobre todo cuando aparecían Bautista y Matsahide. Una tarde, a pocas semanas de mi llegada, Germán regresó de la calle con un par de tipos obesos. Cuando los vi llegar a la sala me horroricé y entonces sin saber dónde meterme como que me quedé paralizado y no tuve otra que permanecer sobre el sofá meditando qué hacer. ¡Germán! ¡Germán! ¿Qué haces con esos sajinos? ¡Claudiaaa! Cálmate, Héctor, son mis amigos, ven que te quieren conocer. Al instante Claudia apareció en escena diciendo ah, ya llegaron, y yo no me digas que ya sabías de esto, Claudia, lo único que me faltaba. Fue Bautista quien vino hacia mí y me tomó con sus manazas. Era un tipo de mediana estatura, cabello corto peinado al centro y ojos fisgones. Bautista tenía una boca de dinosaurio, lo que le daba más gracia al aire jovial que todas las veces mostraba. Hola Héctor, fingió gritar, qué gusto verte, y comenzó a hacerme cosquillas en la barriga riéndose, jajaja, y yo también me reí un poco, pero no de las cosquillas sino por lo que hacía ese sujeto y de cómo podía sorprenderme con su carota y sus muecas. Atrás suyo estaba el chino Matsahide, un gordinflón de cabello ralo, voz delgada y aire melancólico. Hola gatito, me dijo manteniendo cierta distancia. Hola, le dije balanceándome entre los brazos de Bautista. Esa tarde Claudia se la pasó trabajando en sus cosas, y yo me quedé con Germán y sus amigos en el cuarto de los videos. Los tres estuvieron fumando y bebiendo muchas cervezas, mientras cambiaban de música y clips cada tres minutos y hablaban de mil cosas a la vez. Yo me mantuve un poco al margen, jugando con los cables que se entrecruzaban por cientos en esa habitación, y de vez en cuando subiéndome encima de ellos para que me acariciaran. Horas después Germán dijo oigan, como que hace hambre, ¿no? Vamos a la cocina a preparar algo. Y así nos movimos los cuatro hacia la cocina. Germán sacó cosas del refrigerador, se instaló a un lado del lavabo y comenzó a partir carne y papas; yo me quedé a sus pies diciéndole espero que prepares uno de tus famosos estofados, Germán, yo también tengo hambre, y él cuidado que te pise, Héctor, ponte aquí mejor, y yo que me hice a un ladito, y atrás nuestro en la mesa estaban los dos gordos tomando cervezas y fumando cigarrillo tras cigarrillo, como chinos en quiebra, diciendo ¿qué hacemos nosotros?, ¿te ayudamos a picar algo o qué?, y Germán tranquilos, yo me encargo de todo. Hubo música. Bautista puso algo de Supertramp que sonaba a Like a king without a castle / Like a queen without a throne / I'm an early morning lover / And I must be moving on, y el ambiente se puso como que más distendido entre risas ligeras y algunos vozarrones. Al poco rato comimos. Claudia permaneció en la otra habitación, supuestamente trabajando (eso explicó Germán), de modo que cuando ya estuvo todo listo el propio Germán tuvo que llevarle su plato hacia allá. El estofado que había preparado estaba muy bueno. Me bastó solo un plato para quedar out. Ellos sí repitieron, y en esa segunda ronda cuando Germán acabó de comer dijo listo, ya estoy. Bautista y Matsahide preguntaron si había más y Germán les dijo claro, acábense todo si quieren, también ha quedado arroz. Los dos se pararon al mismo tiempo y se acercaron como muertos vivientes hacia las ollas. Allí vertieron el estofado y el arroz sobre sus platos y comieron primero de pie, luego acercándose a nosotros, y luego con nosotros en la mesa. Le dije a Germán tus amigos son muy simpáticos pero comen demasiado. Él encendió un cigarrillo y me puso sobre sus piernas. Después comenzó a acariciarme el cuello.

Hay dos cosas que no me agradan, la gente extraña que llegaba a la casa y los perros, los perros en general. Odio a los perros. Todo comenzó con la vecina de la planta de abajo, una gorda con cabeza pequeña y cuerpo de ambulancia, y Lorenzo, el terrier con el que vivía. A mí me gustaba apoyarme en la lavadora y desde allí miraba por la ventana el patio de la gorda. Ahí solía estar Lorenzo, ladrando y dando vueltas persiguiendo su cola, como un retrasado mental. Yo sacaba la cabeza por la ventana y Lorenzo me observaba desde abajo gruñendo y mostrándome los dientes, impotente de no poder alcanzarme. Yo seguía ahí, riéndome de esa piltrafa, sacándole cachita y mentándole la madre. No hay nada mejor que fastidiar a un tonto que se cree bravucón. Por la calle, en mis paseos nocturnos, dos o tres veces me habré topado con perros de todo tipo. Evidentemente lo primero que han hecho esos abusivos es venir sobre mí. Así que he corrido y corrido, y en dos piques he llegado a un techo o a una superficie alta a ponerme en buen recaudo. En teoría, es imposible que un perro alcance a un gato. En teoría, esas amebas babosas y rapaces no podrían hacer nada sin el hombre. Nosotros sí.

Germán es un flaco desgarbado, un tipo de barba y rostro amable, lentes plateados y una voz aguda que él suele modular como grave cuando está serio o molesto. Germán trabaja en casa, edita videos, lee libros, revistas de los mundiales, escucha música a todo volumen, y ve televisión conmigo en el cuarto. Otras veces sale, se ausenta unas horas, incluso ha llegado tarde y borracho en algunas noches. Esas noches que Germán se ausenta yo me quedo con Claudia en la cama viendo televisión y hablando, y así hasta quedar los dos dormidos. Después llega el huevón de Germán intentando ser silencioso pero riéndose como un psicópata. Claudia duerme pero yo lo escucho desde que gira las llaves en la puerta de entrada. Ahí viene ese cojudo, me digo. Y escucho los pasos lentos de Germán, riéndose solo él sabe de qué, pasando a la cocina a beber agua, luego al baño a mear y lavarse los dientes, y luego entrar desnudo a la habitación a echarse a la cama. Yo lo observo con la cabeza fuera de la manta, ahí, oliendo a alcohol y cigarrillos, con la respiración de Claudia, aún dormida a mi lado, y de pronto Germán abre la manta y me dice bájate, Héctor, voy a dormir, y yo al comienzo como que le decía algo, algo tipo ¿y no puedo quedarme aquí con ustedes?, y luego no seas conchudo, Germán, llegas a esta hora y me quieres sacar de la cama, pero como todas las veces él se mostraba intransigente terminaba cediendo y retirándome en silencio hacia la sala. Entonces a veces Claudia se despertaba y luego ellos se ponían a discutir. Pero esas llegadas nocturnas de Germán no han sucedido siempre. En general él estaba en casa, y cuando no trabajaba jugaba conmigo, me hablaba de música, de fútbol y la historia de los mundiales. Una vez que regresé cojeando después de una bronca en Huaylas, Claudia y él me curaron la patita, y luego Claudia se puso triste y comenzó a llorar y a decirme ¿por dónde te has escapado?, ¿qué has hecho en la calle?, ¿cómo así te has ido a la calle?, y yo en silencio nomás, hasta que ella se fue a dormir, y Germán también, y yo maltrecho permanecí sobre mi cama en el salón. Al día siguiente ella salió temprano con su taconeo imperturbable por toda la casa, pero antes me dejó la comida y el agua lista en mis platos, me dio un beso y me dijo te quiero, ya vuelvo. Esa mañana, Germán me tomó en sus brazos y dijo esto no va a volver a pasar. Eres un gato y sé que está en tu naturaleza escaparte y tener tus rollos en la calle. Claudia ve las cosas de manera distinta, y yo solo te pido que te cuides y que seas responsable. A los pocos días cuando me retiraron las vendas, comencé a andar con normalidad y estuve pronto recuperado, Germán me tomó del cuello y me atrajo a su pecho. ¿Qué pasa, todo bien? Pero él no dijo nada, y en movimientos lentos, casi rítmicos, nos fuimos hacia la habitación, y luego hacia la cama, y él me dejó sobre esta, apagó el televisor y tras un soplo prolongado me puso delante a dos de los estúpidos peluches de Claudia, un Sebastián y un Simba gigantes y yo le dije ¿qué es esto, Germán?, ¿te crees que soy maricón? Él comenzó a carcajearse, un poco como el Germán de siempre y otro poco como el Germán que entra de madrugada y borracho a la casa, pasando de habitación en habitación y cruzando umbrales como Michael Myers. Te voy a enseñar a pelear y defenderte, dijo él. Y así fue. Empecé aprendiendo a protegerme. Con Simba y Sebastián sobre mí, Germán me instruyó en bloqueos, anticipación y redirección. Después pasé al ataque, primero con lo más simple, patadas, barridos y tacles, y luego a lo más elaborado, jabs, cross y cabezazos. Los peluches sufrieron todos mis embates, y por más que Germán se esforzaba en coserlos y repararlos, estos terminaron muy maltrechos: Simba sin un ojo y con la lengua partida, y Sebastián con el algodón saliéndole por el cuello y encima de la espalda. Pero yo ya estaba listo y cuando, al tiempo, Claudia encontró a sus muñecos en ese estado, vino hacia mí con la sandalia en la mano y comenzó a corretearme por toda la casa.

Ya he dicho que antes que me enseñara a pelear, Germán me hacía escuchar todo el día música. Yo hubiera preferido ver televisión o jugar con la bolita de lana o irme a los techos, pero Germán dale con la música y hablándome de grupos y cantantes y yo le decía ya pues Germán, no jodas con la música, déjame tranquilo, y él no, Héctor, tienes que aprender, tienes que estar listo para todo. Y así estábamos parte del día Germán y yo. En los otros ratos Germán se ponía a editar sus videos, a fumar y a veces a hablar con alguien por teléfono, o solo, o a leer cosas en voz alta. A Claudia la veía antes de que se fuera a trabajar, cuando me daba mi desayuno o almuerzo, y cuando volvía, siempre cansada y con ganas de que la abrazara y le diera besos. A mí me gustaba estar con ellos en la casa. Las veces que me dejaban solo me venía como un malestar y los detestaba con toda mi alma, y entonces me ponía a tirar la comida y a romper una que otra cosa. Un par de buenos sandaliazos me habrá metido Claudia diciendo eso no se hace, y Germán por su lado, entrando al ambiente, con los ojos sobre el suelo gritando carajo, Héctor, ¿qué es este basurero? Yo aguantaba todo en silencio, y a la siguiente vez que me dejaban solo pasaba lo mismo. Pero entre nosotros cualquier malestar se olvidaba rápidamente. Casi al instante éramos amigos de nuevo, y comíamos o hacíamos algo juntos, como ver televisión o jugar. Yo aprovechaba esos instantes, porque apenas ellos se ponían a trabajar en lo suyo (Claudia redactando sus informes en la computadora, y Germán editando sus videos o tomando notas en sus libretas) no me hacían el más mínimo caso. Yo me les acercaba, me trepaba diciendo Claudia, hazme mimos, quiero dormir en tus piernas, o a Germán con Germán, para de trabajar, vamos a jugar, pero ellos me agarraban y me sacaban de las habitaciones con su no, Héctor, ahora estoy trabajando. Entonces me quedaba fuera, en el pasadizo, frente a sus puertas, maullando y maullando. Y maullaba, maullaba un buen rato, es verdad, y si al final ninguno de ellos volvía a abrir me daba media vuelta rumbo al salón para dormir sobre los sofás.

Una noche dije ¿y por qué no bajamos al muelle?, de seguro podremos encontrar más de un pescado por allí. Telma y Kurt rieron. Luego me miraron serios. Había un aire fresco en el malecón. La brisa del mar llegaba límpida hasta donde estábamos y la sensación que producía era muy agradable. Nosotros no somos bien recibidos en el muelle, Héctor, dijo ella, y Kurt agregó hay quienes a los que no les gustamos y quieren hacernos daño. ¿Daño?, ¿se refieren a otros gatos?, pregunté. Si fueran solo gatos no habría mucho problema, habló Telma. Los gatos tenemos códigos. Son personas. Personas que nos atacan, que nos tiran cosas, que sueltan a perros enormes encima de nosotros, personas que nos dejan comida con veneno, personas que disfrutan con nuestro dolor. ¿Y ustedes cómo saben eso? ¿Quién se los ha contado? Ambos se observaron con una expresión de fatiga. Pensé, acá algo anda mal, ¿pero qué? Fue Kurt quien habló. Su voz sonó clara y ni la brisa ni la oscuridad del cielo han podido borrarla de mi mente. Yo una vez estuve ahí, dijo él, enderezándose sobre sus patas traseras y dando un suspiro cansino. Bajé con el Zorro y Carlitos. Éramos jóvenes, un poco mayores que tú, y veloces, muy veloces. Fue una noche de primavera, estábamos aquí en el malecón hablando, igual que ahora. El cielo estaba descapotado, sin ninguna nube, y podía verse La Punta iluminada, brillando al otro lado de la costa. No sé quién tuvo la idea, creo que fue Carlitos. Sí, fue él. La soltó medio en broma y medio en serio, o al menos así me sonó a mí. Claro que habíamos escuchado todas las historias sobre lo que les pasaba a los gatos en el muelle, las gatas viejas siempre hablaban de eso con los más pequeños, pero ese aire de leyenda y la prohibición de nunca bajar hacía más atractivo al hecho de descender y ver todo desde allí mismo. Nos habíamos encontrado una lata de cerveza medio llena cerca de una de las bancas y nos la bebimos entre los tres. Estábamos borrachos y felices y le seguimos la cuerda a Carlitos, y dijimos ya, claro, ahora mismo, y pasado un rato Carlitos se levantó y dijo vamos entonces. El Zorro y yo nos quedamos fríos. Carlitos agregó que fuéramos bordeando el malecón y que bajásemos por el Regatas, que es donde más tranquilo parecía ir todo. Yo seguía en seco y miré al Zorro, que despabilándose dijo ya pues, qué chucha, vamos. Nos fuimos andando los tres, Carlitos y el Zorro a paso ligero, contando chistes colorados, imaginando lo que podríamos encontrar allá abajo, como dándose seguridad el uno al otro; yo un poco más rezagado, tratando de no perder el paso de mis amigos, y ellos diciéndome no te quedes atrás, Kurt, bajamos los tres y subimos los tres, todos juntos, compadre. Bajamos entonces y cuando llegamos al Regatas vimos a los guachimanes que estaban a un lado de la garita, apoyados en la barra que ellos levantaban cuando aparecía un carro. Los habíamos visto desde arriba. No eran los mismos pero siempre hacían un trabajo idéntico. Entonces los tipos al percatarse de nosotros nos llamaron con afecto, gatitos, gatitos, decían. Vamos para otro lado, dije yo, sintiendo la inminencia de que algo iría mal, de que todo no sería más que una trampa. Los hombres eran grandes y con uniformes marrones, y tenían un palo y una pistola en el cinturón. Tranquilo, dijo Carlitos, si se acercan la picamos. Quedémonos acá. Tienen pistolas, dijo el Zorro. Gatitos, gatitos, repetían los sujetos. Esperen, ya regreso, dijo Carlitos. ¿Adónde vas?, grité yo. Déjalo, dijo el Zorro, él sabe lo que hace. Carlitos caminó hacia los dos tipos, primero de frente y luego de lado. Ambos lo esperaban en cuclillas, repitiendo gatito, gatito, y haciéndole movimientos con los dedos de la mano. Van a esperar a tenerlo a alcance y le van a meter un palazo, pensé yo. O van a esperar a tenerlo a media distancia, sacarán sus pistolas y le dispararán. El Zorro permanecía a mi lado, quieto, como una estatua. Debía estar pensando lo mismo que yo. Carlitos se acercó a los dos hombres y estos lo rodearon de caricias, desde la cabeza hasta la cola. Qué bacán eres, le dijeron, ¿cómo te llamas? Carlitos, dijo él, y uno qué bonito gato, ¿qué estará haciendo acá?, y el otro está con sus amigos dando una vuelta, mira cómo se han quedado al frente esperándolo, y Carlitos seguía con sus vaivenes entre las cuatro manos, y en eso llegó un auto y los tipos volvieron a sus puestos, y Carlitos se quedó solo y confundido, como si recién hubiera despertado, y un Saab rojo entraba al Regatas con las luces bien encendidas iluminando la pista, y nosotros Carlos, ven, y uno de los tipos de seguridad le dijo vete ya, que te pueden atropellar, y Carlitos dio un par de piques y cruzó hacia nosotros. Volvió sonriente, canchero, moviéndose de un lado a otro. ¿Vieron?, nos dijo, no pasó nada, es gente muy amable. Lo abrazamos con alegría, observándolo como por primera vez. Estábamos felices, Carlos estaba de vuelta, nada le había pasado, y más que nunca la noche era nuestra, lo sentíamos. Entonces el Zorro preguntó ¿y ahora?, y Carlitos ahora vamos a lo que vinimos, al muelle. Kurt se acomodó sobre su cola, miró a Telma que lo escuchaba con aire sosegado, y luego a mí, que lo atendía con los ojos abiertos como platos. En el muelle no había nadie, continuó Kurt. No hay nadie, dije yo, a lo que Carlitos dijo ajá, vamos por aquí, y entramos al mercadito, donde los puestos estaban vacíos y el piso limpio, como recién baldeado. Vamos a buscar pescado, Carlos, dijo el Zorro. Vamos, dijo él, y comenzamos a husmear entre los rincones y encontramos un cangrejito por aquí y unos pejerreycitos por allá. Qué rico está esto, dije yo. Carlitos y el Zorro solo movieron la cabeza, masticando satisfechos y sonrientes. Cuando terminamos, decidimos buscar un poco más. Fue el Zorro quien se adelantó, huelo algo por aquí, vengan, y se trepó a uno de los puestos, arriba nuestro. Ahí empezó la pesadilla. Primero vino el ruido al otro lado del ambiente, después el Zorro cayó con las patas arriba, junto a mí. De ahí aparecieron los gritos, las risas y el le di, le di. Miré al Zorro, sobre el suelo con los ojos desorbitados y el vientre abierto en dos. Zorro, Zorrito, dije. Kurt, me cagaron, me siento mal, ¿qué está pasando? Corre, Kurt, corre, gritó Carlitos. Yo corrí sin mirar atrás, escuchando las piedras estallando alrededor mío. Llegué a la berma y seguí de largo por todo Agua Dulce. Ellos venían por mí, con sus ondas y risas, gritando tírale, apúntale bien, y yo zigzagueando, viendo a mi lado y frente a mí las explosiones en las baldosas. Corrí, corrí hasta el puente peatonal, lo subí y crucé a pasó veloz. Cuando llegué al otro lado, vi que los que me seguían regresaban al mercadito, en donde otra parte de ellos los estaba esperando. Tenían a Carlitos. No quise seguir mirando. Me fui de largo hasta la subida, y de ahí lo más rápido que pude hacia la Escuela Militar. Corrí y corrí. Continué corriendo. Luego entré a mi casa y no salí durante un mes. Nunca más volví a ver a mis amigos.

Claudia usaba faldas y sandalias, y su cabello iba suelto y flotando sobre su espalda. Usaba el perfume de un frasquito azul. Claudia siempre olía a jazmín. Ya dije que sus ojos son negros, pero también rasgados y bonitos. Claudia se maquilla los ojos. Usa rímel en la base, y unas leves sombras negras en los párpados. Pero sobre todo rímel y lápiz en la base de los ojos. Su mirada brilla y es muy profunda y su voz es musical y acompasada. Claudia trabajaba mucho. Cuando trabajaba usaba zapatos altos, o mejor dicho, cuando salía al trabajo usaba zapatos altos. Una vez volvió a casa con su traje de enfermera y me pareció muy rara verla así. Pero eso fue excepcional. A Claudia no le gusta estar en la calle con la ropa de la clínica. Es una cosa suya, que para algunas amigas y colegas resultaba extraño. Unas veces estas venían a casa a conversar y beber algo. Eran chicas simpáticas y amables, pero ninguna tan bonita como Claudia. A la casa también venía Carmen, que es como Claudia, pero bajita y con el cabello liso. Todas estas visitas sucedían con una frecuencia estándar, una o dos veces al mes, y coincidían con los amigos de Germán en los cumpleaños de uno o de otro. Eran eventos notables donde ambos lados se entremezclaban primero con amabilidad y mucha desconfianza, pero luego entre música, alcohol y otras cosas, con la misma amabilidad y cierto descaro. Claudia riendo y tratando de controlar todo, y Germán riendo, poniendo música y haciendo tonterías.

Ser gato puede tener muchas interrogantes. Mi mamá me decía que los gatos estamos hechos para provocarlas, pero también para buscar siempre soluciones y, por ende, una vida mejor. Pobre mamá, estará siempre con Celeste, supongo. Nunca más he vuelto a ver a Celeste. Ni a mi mamá. ¿Qué será de ellas y mi gemela? En otros tiempos me hacía muchas preguntas. Poco a poco las fui dejando de lado y comencé a asumir la afirmación que implicaba mi propia existencia junto a Claudia y Germán en la casa. Pero eso ahora es parte de mis recuerdos. Los gatos tenemos memoria eterna. Sabemos sentir y pensar en base a todo lo que nos ha ocurrido. La gente malinterpreta eso. Lo he visto en televisión, por ahí he escuchado a algún idiota decir que somos soberbios, que no somos cariñosos, e inexactitudes así, cuando no, cuando lo que realmente pasa es que ya sabemos cómo son las cosas, y que es raro que algo pueda sorprendernos o emocionarnos. Y cuando esto sucede, casi siempre es algo malo. Lo ideal sería poder olvidar. Pero olvidar lo malo es difícil.

Miro las palomas. Están en el techo de la quinta de al frente, en la primera casa que da a la calle. Cada mañana muy temprano el chino Carlos sube al techo cubierto con una casaca de Brasil y comienza a rociar el suelo de arroz o de otros granos. Es un hombre viejo y flacuchento cuyo pelo le cubre toda la frente. Hay tres o cuatro recipientes, botellas de plástico cortadas hasta la base que sirven de bebederos, que el chino Carlos llena de agua. La imagen: un improvisado palomar que acoge todos los días a una centena de esos animales. Son palomas grises y chuscas, de las grandes. Llegan aleteando de todos lados. Otras están minutos antes en los techos aledaños esperando que el chino Carlos, aquel viejo de mirada sagaz y paso lento aparezca con su bolsita y comience a repartir arroz y esas cosas en toda la superficie de esa suerte de albergue de aves. Entonces todas van directo a comer. Llegan otras y el chino Carlos se muestra satisfecho y comienza a decir algunas cosas que no oigo pero sí imagino como frases afectuosas, porque el chino Carlos sonríe mientras termina de esparcir los granos y luego toma una garrafa y comienza a verter agua en los recipientes mientras su improvisado pero bien pensado palomar continúa llenándose de esas alimañas. Veo sus alas flotando desde el cielo y posicionando sus cuerpos sobre el suelo de cemento, dando picotazos. Las miro y quiero ir sobre ellas, pero el cristal de la ventana me frena, y también Claudia y Germán, que siguen durmiendo en la cama. Además, yo solo salgo a la calle de noche.

Los viejitos Pandolfi tenían su casa muy cerca de la nuestra, en la misma avenida. La mujer estaba todo el día en la puerta mirando a la gente pasar con sus ojos grandes y el ceño fruncido. El marido a veces la acompañaba, instalado en una sillita de mimbre leyendo el diario. Otras veces permanecía dentro, viendo televisión a todo volumen o resolviendo crucigramas. Telma vivía con ellos. Había llegado muy pequeña a la casa. Dice Telma que un sobrino de los Pandolfi la dejó ahí para hacerles compañía. Los viejos la querían mucho, pero conforme pasaba el tiempo y la edad y las lagunas caían sobre ellos, a veces se olvidaban de limpiarle la arena o darle de comer, y ella tenía que gritar y reclamar por sus cosas. Alguna vez he tenido que cazar algún pericote u otro bicho, nada grave, pero tampoco es algo que me guste, me dijo ella en cierta ocasión. La encontré por primera vez sobre la azotea de su casa, una noche de luna, en mis inicios de escaparme para conocer el barrio, una noche de luna en mayo, una noche bonita. Me había pasado de techo en techo buscando nada en particular, con miedo y curiosidad, escuchando los pocos carros pasar, el ruido del mar a lo lejos, y las voces de los chicos de la cuadra siempre perdiendo el tiempo entre risas y vozarrones. Telma estaba de espaldas a mí, mirando el morro y su luz incandescente. Yo la había visto desde la quinta de la esquina, su pelaje gris, su espalda firme, sus orejas pequeñas y romas. Cuando llegué atrás suyo, Telma volteó con lentitud y solo me dijo hola, como si me hubiera estado esperando, como si fuera normal que yo estuviera ahí. Era una gata grande y bella. Por un instante no supe qué hacer y me quedé ahí, quieto, intentando mirar lo que ella miraba. Ese es el morro, me dijo. Ven, ponte a mi lado. Me acerqué cauteloso y me acomodé a su izquierda, a lado de una antena sucia de óxido y moho. Miré lo que ella miraba, la luminosidad del morro allá en lo alto y dos o tres coches que descendían en piques hacia la playa. Luego la observé un poco de reojo, brillando bajo la luz blanca que descendía del cielo. Vi sus pupilas enormes, sus bigotes blandiéndose con la brisa que venía del mar. ¿Cómo te llamas?, me despertó ella. Héctor, dije, ¿y tú? Me dijo su nombre y este me sonó a noche-de-luna-en mayo. ¿Cuánto tiempo tienes, Héctor?, repiqueteó como un eco (Telma tenía una voz que todavía sonaba uno o dos segundos después de que hubiera hablado). Tengo cuatro meses, soy nuevo acá. ¿Y sales mucho? Dije que no, que apenas tenía idea del barrio. Ya veo, dijo ella, y continuó. De modo que hoy te has escapado para salir a conocer un poco lo que te rodea. Sí, respondí. Telma me dijo entonces que si quería dar un paseo con ella. Hoy hace bonito, podemos ir a caminar un poco. ¿Adónde?, pregunté. Vamos al malecón, siempre hay algo en el malecón, quizá allí encontremos a Kurt, dijo, estirándose sobre sus patas traseras, te dará gusto conocerlo. ¿Quién es Kurt? Un amigo, respondió ya en marcha. La seguí. Los movimientos de Telma eran más rápidos y sigilosos que los míos, mientras yo trataba de imitarla, siguiendo su paso y el camino. Cuando bordeamos la Casa Riva-Agüero y llegamos a Grau, cruzamos por el parquecito central y de ahí por la siguiente pista, hasta llegar a los bordes del malecón. Ahí, sentado sobre una de las bancas, estaba un gato enorme de pelaje amarillo y cabeza grande. Era Kurt.

Kurt vivía con la señora Nelly, una mujer flaca que tenía una bodeguita en Huaylas, a un lado de la Estación Garibaldi. Era un gato viejo e insomne, que dormía en las mañanas, o cuando las alarmas de incendio se lo permitían. Había vivido toda su vida allí, acostumbrado a los gritos, movimientos y a las feroces partidas de los bomberos. Es cuestión de habituarse, decía él; hay mucha gente que pasa por la calle y se queda mirando cómo los bomberos corren de un lado para otro alistando todo, cómo suben a los carros y ambulancias y salen disparados con las sirenas girando y estallando en ruidos por toda la avenida. Algunas personas aplauden, se emocionan, y cuando los bomberos parten quemando llanta a toda velocidad, aún les queda tiempo para quedarse un rato hablando entre ellas, y luego siguen su camino, seguras de haber tenido el momento más emocionante de su día. Y es probable que sí, porque ver eso de vez en cuando puede llamar la atención. Pero si vives al lado de la bomba estás todo el día con eso, con las sirenas, y esto por aquí y por allá, tanto que terminas aburriéndote. Al comienzo me costó. No podía dormir mucho y me despertaba asustado al primer ruido, maullando hasta más no poder. Nelly siempre me sostuvo en esto. Me compraba cosas como juguetes o mantitas, y siempre me arrullaba entre brazos para que lograra calmarme. No sé si realmente me calmé o acabé medio jodido, acostumbrándome a todo. Quizá ha sido una mezcla de ambas cosas, uno termina constituyéndose de lo bueno, lo malo, y también de lo confuso y predecible. Kurt hizo una pausa, bajó de la banca y fue a husmear algo cerca de la baranda del malecón. ¿Qué hace?, le pregunté a Telma. Busca cerveza, dijo ella. Siempre hay alguien que deja una botella o una lata a medio llenar. Ya sabes, gente que viene a mirar el mar, enamorados, amigos. No me gusta mucho la cerveza, pero puedo probar algo, dije, recordando las veces que Bautista intentó hacerme beber. A mí no me gusta nada, dijo Telma, pero a Kurt sí. ¿Y eso?, dije yo. Telma se encogió de hombros y luego me señaló algo con la nariz. Era Kurt, que volvía con una lata de Pilsen apretada con los dientes. Queda más de la mitad, así que podemos compartir, ¿quieres probar?, me dijo él. Acepté y bebí un poco. Luego él elevó la lata sobre sí y comenzó a beber sorbo tras sorbo. Después dejó el recipiente sobre el suelo, mirándonos satisfecho. ¿Y te gusta el mar, Héctor? Asentí. Dije que acababa de llegar no hacía mucho, que vivía en Olaya, cerca de la casa de Telma, y que desde los balcones podía ver el mar gris y resonando al fondo. El mar es gris porque el cielo es gris, ¿lo sabías?, dijo Telma. No, dije yo. El mar es como un espejo, afirmó Kurt, y siguió con la cerveza.

La primera vez que me llevaron al médico, le dije a Telma, Claudia me encontró dando vueltas sobre el suelo con la boca llena de las bolitas de uno de sus collares. A esa vez le siguieron otra y otra y otra. Siempre terminaba mordiendo algún artefacto y siempre terminaba atragantándome con este o con alguna de sus piezas. En todas esas ocasiones, era Claudia quien me encontraba, y era ella quien entre gritos y desesperación arrastraba a Germán junto a nosotros para buscar un taxi en la calle e ir directito a la clínica del doctor Einstein. En los trayectos yo iba como desvariando, la mirada hacia arriba, escuchando de lejos a Claudia y su voz entrecortada por el llanto, y Germán a un lado, dándole indicaciones al chofer. Una vez hicimos esa ruta en el auto de Matsahide, que por casualidad estaba de visita en la casa junto a Bautista; era un viejo Nissan plateado, repleto de hojas sueltas, fotocopias, latas de cerveza y envolturas de hamburguesas baratas. En todas esas veces el doctor Einstein y sus enfermeras me recibían en brazos, me llevaban bajo mil luces y mil instrumentos de inspección, y luego extraían por mi boca bolitas o pedazos de objetos y cables. A través de sus ojos iluminados, Telma me miró un rato sin decir nada, pero luego habló, dijo algo con su voz de gata grande y adulta, su voz que ya se me hacía inconfundible, dijo algo que al comienzo no entendí muy bien, porque Telma habló entre muy rápido y muy como de lado, y cuando yo le dije qué, ¿puedes repetir lo que has dicho, Telma?, su eco todavía seguía sonando, entonces ella irguió su cuerpo hacia adelante y me mostró su cuello largo y hermoso, el cuello de una gata con la voz y el porte de Telma, un cuello radiante, y Telma esta vez habló claro. Nunca pensé que alguien como tú habría estado tantas veces muy cerca de la muerte, además de toda esa locura del médico, los taxis y tus amos. ¿La muerte? ¿Acaso significa algo para ti la muerte, Telma? Sí, dijo ella. Pero más por los que conocí y ya no están que por los que están y pueden irse. ¿Y tú?, me preguntó, ¿no tienes miedo de morir? Dije que no, y ella afirmó con la cabeza y volteó a mirar el cielo y sus estrellas. Dijo ahí: Para nosotros no existe nuestra propia muerte, Héctor. ¿Te has dado cuenta de eso? Tenemos miedo a nuestro dolor pero no a morir. Por alguna razón matamos y vemos morir pero no somos conscientes de aquellas posibles muertes reflejadas sobre nosotros mismos. Intenté reflexionar aquello pero no lo conseguí. A veces la presencia y la mirada de Telma terminaban por bloquearme. Déjalo, no pienses en eso, dijo ella. ¿Entonces?, pregunté. Ella solo sonrió y continuó mirando las estrellas.

La frase de Kurt, esa del espejo, como muchas otras, la recuerdo con especial nitidez. Yo nunca había visto un espejo, ni sabía lo que era. Me había percatado de Claudia y Germán mirándose en el baño, al momento de maquillarse, ella, o de afeitarse, él; pero no más. Eso hasta un día que llegaron de compras con bolsas y cosas, y de entre todos los paquetes sacaron un marco inmenso que colocaron en su habitación. Era un espejo de dos metros desde donde podía verse todo. ¿Qué te parece?, ahí estás tú, mírate, me dijo Claudia. Yo vi a Claudia de pie, tal como la tenía a mi lado, pero también vi a un gato enmascarado mediano y horrorizado. Recordé a mi madre y a mi gemela. Recordé más a mi gemela. De modo que esto es a lo que se refería Telma, pensé: la muerte reflejada sobre uno mismo. Me acerqué luego tambaleante al reflejo, mientras Claudia me observaba en silencio y sonriendo. A cada paso que daba, el gato enmascarado también daba uno. Lo miré con la cabeza inclinada, me miró con la cabeza inclinada. Al llegar frente a él vi los ojos de mi madre en mis ojos, sus bigotes, sus orejas en las mías. Vi la boca de mi gemela, su aire frágil, su cola oscura y firme. ¿Viste lo guapo que eres?, preguntó Claudia. Yo me quedé en silencio un rato. No sé bien qué pensé. Supongo que un poco en mí y en mi familia. ¿Mi familia? ¿Qué familia? ¿La familia que dejé, de la que me arrebataron con mi consentimiento, o de la que ahora formaba parte con Claudia y Germán? Quizá también pensé en lo que estaba viendo en ese instante. No lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que luego comencé a maullar y maullar y vi que el otro gato enmascarado maullaba y maullaba como yo, y que Claudia se vino a mí como la Claudia del espejo con el otro farsante, y que yo seguí maullando y luego llorando, y que ella me llevó hacia el pasadizo y que al instante vino Germán diciendo qué pasa, y que yo no paré de llorar y llorar, un rato, un buen rato, así hasta quedarme dormido en los brazos de Claudia o Germán o quizá de ambos, precisamente cuando la luz del cielo comenzó a languidecer, cuando caía la noche, otra vez la noche, aquella oscuridad sobre nosotros tres.

Un sábado hubo una fiesta extraña en la casa. Germán celebraba con unos colegas el fin de la grabación de unos comerciales. Así era Germán. Le salían de vez en cuando esos trabajos que eran los que mejor pagaban y lo primero que hacía era un fiestón con excesos que Claudia intentaba controlar a medias. Aquella vez yo me encontraba en el cuarto viendo una serie de policías, viendo cómo los detectives iban tras la pista de los criminales, escuchando de lejos el bullicio que venía del salón, que pasaba por el corredor y que llegaba hasta la cocina. En eso la puerta se abre rápidamente y entra Germán con la cara feliz, los ojos desorbitados y oliendo a alcohol, diciendo la misma cantaleta de siempre, han venido visitas, Héctor, vamos a que saludes. No jodas pues, Germán, estás borracho, yo estoy muy bien aquí, no quiero salir, y además, ¿dónde está Claudia? Y Germán jajaja, qué dices, Héctor, ven un rato conmigo, y entonces él se acercó a la cama, me tomó en brazos y me llevó fuera. En toda la casa había gente que no conocía, hablando, fumando y bebiendo de vasos y botellas, y todos me saludaban y me hacían caricias, mimos y me decían cosas bonitas, pero ya he dicho que no me gusta la gente extraña, y encima no encontraba a Claudia por ningún lado, y mientras más pasaban los minutos más me aferraba a Germán, sacaba mis garras poco a poco para afirmarme a su casaca, y la gente seguía hablándome y Germán a ellos y yo dónde está Claudia, Germán, no me sueltes, Germán, ¿quién es esta gente?, te cagaste conmigo, Germán, y luego alguien puso los famosos discos de Germán y sonó The Smiths y luego Joy Division y luego Happy Mondays y todos comenzaron a bailar, y alguien me tomó en brazos y no, no era Claudia, era otra mujer, una mujer rubia con un lunar pequeño sobre los labios, y luego apareció Bautista, a quien no había visto en absoluto, pero que apareció ahí, de súbito, como salvándome y torturándome también, y Bautista baila conmigo, Héctor, uno, dos, uno, dos, y yo que comencé a marearme un poco, y entre tanta vuelta vi de lejos en el extremo del salón a Matsahide, solo, fumando y tomando cerveza tras cerveza y ni rastro de Claudia, ni rastro de Germán tampoco, y pasaron las canciones, y la cosa se tornó algo absurda pero también onírica, porque ya no estaba mareado sino como en ensueño, como relajado y próximo de todo, y la gente Héctor por aquí, Héctor por acá, y un tipo de barba y cabello largo preguntó a gritos dónde está Germán, y en ese momento Germán salió del baño con la cara pintada de betún, como comando, diciendo en voz alta: ¡Escuchen! Este es mi verdadero yo, ¡soy negro, soy dark! Entonces la música cambió y aumentó de volumen y le gente comenzó a reír, más. Quien me tenía en brazos me soltó, y yo inmediatamente fui a meterme debajo de una silla mientras Germán iniciaba un trencito con Bautista y un buen grupo de esos payasos. Sigilosamente salí de ese ambiente hacia las habitaciones que estaban a lo largo de corredor y luego a la cocina, buscando a Claudia. No la hallé. Cuando volví al salón el espectáculo seguía siendo el mismo pero yo ya no tenía ganas de seguir ni un minuto más ahí. La puerta del baño estaba entreabierta. Enfilé hacia allí y de un par de saltos de torpedo trepé hacia el tragaluz, saliendo así a la azotea. La noche mostraba la luna llena en el cielo y hacía un poco de frío. No pasó mucho rato cuando escuché la voz de Telma maullando al otro extremo de la calle. ¿Telma?, me dije, y me puse inmediatamente en camino. Pasé de casa en casa hasta el techo de los Pandolfi. Llegué agitado, pero al verla allí, quieta, en un rincón, observándome, me restablecí de golpe. Estaba hermosa, mucho más que otras veces. Comprendí que sucedía algo pero no sabía qué. No hablamos. Miré su boca y luego sus ojos. Ella sonrió y yo pude percibir un aroma que jamás olvidaré. Telma se incorporó y de un salto subió a la baranda de cemento, caminando lentamente. La seguí. Cuando llegamos al muro que limitaba con la casa vecina ella se detuvo y yo continué hasta llegar a sentir su respiración y todo su olor inundándome. Ella volteó y me dio un golpe ligero en el rostro. Yo mordí su cuello y comencé a acariciarle la cabeza. Telma cerró los ojos. Su cola se hizo a un lado y yo me acomodé atrás suyo. Oh, ¿qué era eso? ¿Qué era eso, por Dios? Ella contorneaba su espalda bajo mi pecho, sus patas traseras se abrían frente a las mías y un líquido cálido comenzó a verterse de su interior humedeciendo toda mi pelvis, goteando hasta el cemento, formando un pequeño charco tibio, muy tibio, que terminó envolviéndonos. Telma gemía y gemía, y yo concentré todo mi aliento en decirle cosas al oído, en decirle que la amaba, que la había deseado desde siempre, que quería que esté conmigo todas las noches en ese techo, en el de al lado, en el del chino Carlos, en todos los techos del mundo. Fue algo rápido y violento. Cuando terminamos intenté retener esa imagen, la suavidad de su pelo y la brutalidad de su olor, buscando las estrellas en el cielo. Ella volteó súbitamente mordiendo mi mandíbula a gritos, mirándome furiosa y asestándome un par de golpes que no pude esquivar. Escapé, pero en ese trance también recibí un arañazo en el lomo. Telma se vino atrás mío, pero yo corrí con todas mis fuerzas hacia Huaylas, dejándola atrás, como un punto gris en la oscuridad.

 
 
 
©Francisco Izquierdo-Quea, 2019
 
Francisco Izquierdo-Quea (Lima-Perú, 1980)
Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima) y en la Université Sorbonne Nouvelle (París). Autor del libro de cuentos Bonitas palabras y codirector de El Hablador, ha realizado trabajos periodísticos y de edición para El Comercio, La Primera, Radio Programas del Perú, Radio France International, ESAN, Grupo Chaski, y Editorial Norma; y de docencia en la Maison d’Éducation de la Légion d’Honneur y en la Université de Versailles. Actualmente es profesor de la Université de Cergy-Pontoise y del Lycée Le Rebours en París.
 
 
 
 
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