Nº23
revista de literatura
 
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Omar Guerrero

 

 

Diluvio


I

Todas las desgracias comenzaron cuando llegaron las lluvias. El primer día, el cielo amaneció repleto de nubes negras, tan igual como si se tratase de una maldición que nadie se esperaba, y que de un momento a otro caería sobre todos nosotros. La gente pensaba que era el fin del mundo, o por lo menos el final de nuestras vidas, sobre todo cuando veían la enorme masa de nubes oscuras arremolinándose unas sobre otras como si se devoraran entre ellas mismas, produciendo además un ruido demasiado extraño, casi tenebroso. Un ruido que solo anunciaba una especie de fatalidad. Se trataba de un ruido ensordecedor que hacía pensar en lo peor. Cielo negro, le decían unos. Cielo maldito, mencionaban otros. Lo cierto es que la mañana nunca dejó de parecerse a una enorme sombra que nadie deseaba tener encima. Si ya hasta parecía que nunca había llegado el amanecer con el canto del gallo o de las otras aves que siempre andan por allí, y que de pronto han quedado mudas del susto, como si aquí ya estuviésemos viviendo solo en tinieblas; y esto hacía que la gente empezara a tener más miedo, al punto que las mujeres ya rezaban de rodillas, santiguándose y gritando en medio de la calle mientras sus pequeños hijos las abrazaban y lloraban de puro pánico. Por eso no se desprendían de sus pequeños, ni siquiera para enviarlos a la escuela. Incluso muchos de estos niños corrieron luego a sus cuartos y se escondieron debajo de sus camas como si se tratase del lugar más seguro que los podía librar de todo mal. Por otro lado, los borrachos que estaban tirados en la calle se despertaron asustados creyendo que se trataba de un mal sueño o una de esas alucinaciones causadas por el alcohol barato que siempre tomaban. El mismo alcohol que apenas les permitía pronunciar palabra alguna para describir lo que ahora observaban sus desvariados ojos a medida que sus ropas sucias se iban mojando al igual que sus pellejos. Ni qué decir de los perros que ya habían empezado a aullar entre tanto ladrido desatado, provocando un mayor alboroto que ponía en evidencia el gran temor que se sentía. Hasta el cura del pueblo salió de la capilla cargando una enorme cruz con la única intención de pedir un poco de misericordia divina. Pero nada de eso sirvió. Antes del mediodía, empezó este diluvio que parecía provenir del mismísimo infierno.


II

Ya ni sabemos cuántos días han pasado sin que dejara de llover. Ahora nuestra mayor preocupación es no morir ahogados porque el agua simplemente ha ido creciendo. Primero nos llegaba a las rodillas, luego se nos subió hasta la cintura. Todo se complicó cuando se desbordó el río, llevándose consigo cada cosa que encontró a su paso, desde el puente viejo que nos conectaba con el centro de la ciudad hasta los enormes camiones llenos de verduras que normalmente pasaban por allí. Fue entonces que las aguas turbias nos llegaron hasta el cuello, produciendo un mayor terror para todos nosotros, sobre todo al ver nuestras casas inundadas. A los niños pequeñitos el agua sucia los cubría por completo, por lo que tuvimos que colocarlos dentro de unas bateas para que flotaran como si se tratasen de barquitos de juguete. A ellos les producía una alegría inmensa que a nosotros nos era totalmente ajena. Algo similar sucedía con los ancianos encorvados o que ya no podían caminar, quienes no tuvieron otra opción que permanecer quietecitos, llenos de miedo, mientras sus familiares procedían a cargarlos sobre unas sillas de mimbre con la única intención de salvarlos de las inundaciones. Lamentablemente muchos de nuestros animalitos no corrieron la misma suerte. A mí se me murieron todas mis gallinas y conejos. Lo mismo sucedió con los chanchitos de don Pascual, nuestro vecino. Ni qué decir de la mula vieja que teníamos y que solo servía para jalar la carreta donde llevábamos la leña del mercado. La pobre estaba tan vieja que ni siquiera hizo el esfuerzo por querer sobrevivir. Cuando menos nos dimos cuenta, la vimos flotando patas arriba, mostrando solo sus pezuñas desgastadas y carcomidas como si a través de ellas pudiera respirar. Lo cierto es que la mulita ya no respiraba. Se había puesto completamente tiesa, yéndose con la corriente a dios sabe dónde. Así fue como la vimos alejarse hasta que la perdimos de vista al igual que muchas otras cosas que terminaron cubiertas. Y mientras me convertía en testigo de ello, mi único consuelo, a parte de mis hijos y Marcelino, eran un par de patos que habían sobrevivido de lo que fue mi corral y que ahora se les puede ver nadando por allí, totalmente sucios y llenos de mugre por culpa del lodo y las aguas turbias que están por todos lados.


III

En cuestión de días, nuestro pueblo ya se había convertido en una inmensa laguna pestífera de donde proliferaban toda especie de bichos, lo que nos obligó a irnos a vivir al techo de nuestra casa con la consigna de estar siempre barriendo para que el agua corriera por los bordes de nuestras paredes de cemento que aún se encuentran sin tarrajear. Suertudos los que tenían casas con segundo y tercer piso, así lograron protegerse mejor de la lluvia que no dejaba de caer en ningún momento, además del agua sucia que continuaba creciendo. Todo lo contrario sucedió con las familias que tenían casas de barro o de madera cubiertas por cualquier tipo de techo. Los pobrecitos simplemente desaparecieron cuando se dio la inundación. En un momento pensamos que se podían haber ido a un lugar más seguro, quizás muy lejos donde no tengan que padecer entre tantas lluvias perversas. Aunque luego imaginamos que también podían estar muertos, así como sucedió con nuestra vieja mulita. Entonces no nos quedó más remedio que rezar para pedir que sus almas descansaran en paz. Nosotros en cambio, tuvimos que continuar a duras penas con nuestras vidas, colocando unas calaminas inclinadas junto a una cantidad de plásticos para protegernos de tanta gota gruesa que caía, siempre con el temor de que no se llegara a inundar nuestro techo sino sufriríamos una mayor desdicha por el simple hecho de haber perdido el poco espacio que nos quedaba.

Debajo de estas calaminas yo dormía con mis hijos y Marcelino, siempre turnándonos para cuidar que el agua no nos vaya a invadir. A un lado se encontraba la hornilla de kerosene y una olla de barro con la que yo cocinaba. Cuando el kerosene se acabó, procedí a usar la poca leña que teníamos guardada y que siempre protegíamos que no se mojara, sino ya no podría preparar nada, mucho menos comer, y ese sí que sería el fin, mío y de mi familia.

—¡Tenemos que conseguir más leña y comida! —le dije a Marcelino, quien no se cansaba de observar las aguas mugrosas que habían inundado nuestra casa y el resto del pueblo.

—¡Estamos jodidos! ¡Nadie va a venir a ayudarnos! ¡Nosotros mismos vamos a tener que salir de este desastre! —mencionó con un gesto que nunca antes le había visto. Y enseguida empezó a buscar la mejor manera de poder trasladarse de un lado a otro con el único fin de conseguir lo necesario para no morirnos en medio de esta desgracia. Juntó unas llantas de carro que ya nadie utilizaba y las unió a unas maderas viejas que iban quedando sujetas con la ayuda de una soga que le prestó el vecino don Pascual, quien aún seguía lamentándose por la pérdida de sus chanchitos.

—Solo te pido que si llegas al otro lado de la ciudad, me traigas un poco de caña de azúcar. Ya sabes que no puedo vivir sin mascar el condenado dulce. Porque te voy a ser sincero, con todo lo que está pasando, prefiero morir con la sangre llena de miel en lugar de amargarme la vida viendo tanta penuria —mencionó don Pascual desde su techo.

Marcelino prometió que de todas maneras conseguiría caña de azúcar para don Pascual y también para nosotros. Y mientras recibía otra serie de pedidos y recomendaciones, él continuaba sujetando las maderas junto a las llantas solo para terminar de armar esta pequeña embarcación que lo ayudaría a mantenerse a flote. Luego buscó un par de palos que le servirían como remos y también como medio de defensa en caso de que alguien quisiera robarle, pues ya nos habíamos enterado que la gente de otras zonas afectadas estaba haciendo saqueos debido a la desesperación de no tener nada que llevarse a la boca. Como era de imaginar, esta pobre gente también se encontraba igual que nosotros.

Marcelino colocó sobre el agua sucia esta estructura construida con llantas y madera, se montó encima con la esperanza de no hundirse debido al excesivo peso de su cuerpo, manteniendo al inicio un equilibrio descontrolado que lo hacía moverse de un lado a otro, hasta que poco a poco se fue estabilizando. Una vez quieto y completamente seguro de que ya no iba a terminar bajo del agua por culpa de su gordura, dirigió la mirada hacia nosotros solo para despedirse, indicando que muy pronto estaría de regreso. Nosotros también le pedimos que volviera cuanto antes. Lo mismo hacía don Pascual, que no dejaba de mover su mano como una forma de despedir a Marcelino, quien ya había empezado a remar con todas sus fuerzas con la única intención de encontrar a la brevedad un poco de alimento y ayuda. Y así continuó, hasta que ya no pudimos verlo más porque simplemente había dejado de ser un punto en el horizonte. Mientras tanto, mis hijos y yo permanecimos abrazados arriba de nuestro techo, siempre bajo la lluvia que no dejaba de caer, rezando para que mi esposo regresara lo más pronto posible.


IV

Han pasado varios días y Marcelino aún no regresa a casa. Las lluvias continúan y la angustia también debido a que no he recibido ninguna noticia acerca de él. El temor que sentía era cada vez más grande, al punto que ya ni siquiera entraba en mi pecho. Imaginaba muchas cosas terribles que no podía borrar de mi cabeza, como que a mitad del camino la embarcación había terminado hundiéndose junto con él, o quizás un turba de gente lo había asaltado dejándolo muy mal herido. Podría ser que también haya encontrado en su camino a una de esas sirenas de río que muchas personas del pueblo aseguran haber visto. Dicen que ellas solo salen de noche emitiendo cánticos que más parecen lamentos, además de agitar los brazos para llamar la atención de los incrédulos que terminan entrando en sus aguas para nunca más volver a salir. Yo nunca he visto una, aunque el mismo Marcelino llegó a contarme muchas veces que estas sirenas sí existen, que él mismo las ha visto, pero que no son como se mencionan en los cuentos para niños, porque estas de aquí son feas, viejas y desdentadas. Por supuesto que tienen cola de pez y el cuerpo de mujer, pero un cuerpo completamente arrugado y opaco, como si estuviese todo amoratado, siempre con las tetas caídas y salpicadas de verrugas. Llevan además los cabellos largos y llenos de canas que brillan cada vez que hay luna llena. Dicen que hasta sus ojos son horribles, como los de esos animales endemoniados que solo se encuentran en el fondo del mar y que dejan sin habla a los pescadores. Si de solo imaginarlas me pongo a rezar de paporreta sin dejar en ningún momento de temblar debido a que siempre permanezco empapada por culpa de la lluvia. Y allí, mojada hasta los huesos, pido de todo corazón que a Marcelino no le haya sucedido ninguna de estas cosas que pasan por mi cabeza; pues no puedo evitarlas, porque estas surgen por el constante miedo que siento de quedar desamparada o sola. Sucede que aún soy muy joven para andar de viuda con mis dos pequeños hijos, y porque en realidad no puedo dejar de extrañar a este hombre de enorme barriga que nunca ha dejado de protegerme, pero que ahora se ha ido remando sobre las aguas con la única intención de encontrar cualquier cosa que nos mantenga con vida.

—¡Voy a ir a buscar a mi papá! —dijo de pronto el mayor de mis hijos.

—¡Tú no vas a ningún lado! —le grité ante el temor que sentía al creer que ya había perdido a mi esposo y ante la negativa de no querer perder al mayor de mis hijos, pues se trataba de un mocoso enclenque de nueve años que solo tenía la misma cara de su papá.

—¡Pero yo puedo nadar hasta la salida del pueblo! ¡De seguro que allí encontraré a alguien que haya lo visto! —volvió a insistir.

—¡Ya he dicho que tú no te mueves de aquí! —refuté a medida que mi voz se llenaba de ira para luego quebrarse a través de unas lágrimas que brotaban sin ningún permiso.

Don Pascual me observaba desde su techo rascándose la cabeza pelada y llena de lunares por donde también corrían las gotas de lluvia. En su mirada podía reconocer el mismo desánimo que yo sentía al igual que mis hijos, lo que nos obligaba a ya no decirnos más nada. Y así nos quedamos, siempre sobre nuestro techo que nunca dejaba de estar mojado, por lo que nunca dejamos de barrerlo, hasta que llegó la noche trayendo consigo una mayor lluvia que no se comparaba a las que habíamos tenido antes. Si hasta relámpagos salían del cielo oscuro que teníamos encima y que con su ruido apenas iluminaba nuestros rostros llenos de pavor. No teníamos luz, mucho menos radio ni televisión, por lo que no sabíamos siquiera que es lo que nos podía suceder a continuación. Fue a partir de ese momento que abracé muy fuerte a mis hijos sin dejar de maldecir este diluvio que nos estaba matando de a pocos y que nos hacía creer que ahora sí había llegado nuestro fin.


V

No sé en qué momento paró de llover. Tampoco sé en qué momento el nivel del agua fue bajando, aunque no del todo. Esto motivó a que la gente empezara a transportarse con cualquier cosa que flotara sobre las aguas que otra vez nos volvía a llegar a la cintura. Muchas de estas embarcaciones se parecían a la que había construido Marcelino, hechas también con llantas y maderas viejas. Hasta llegó a aparecer un muchacho con un flotador en forma de dibujo animado, cuyos colores tan vivos contrastaban con el lodo y las aguas turbias que aún nos rodeaban. Y a todas estas personas que pasaban remando por mi casa les preguntaba entre gritos si es que habían visto a mi esposo, si es que habían visto a Marcelino. Les decía que era un hombre gordo de pelo hirsuto y piel morena. Y a pesar de estas descripciones solo recibía como respuesta una serie de negativas que cada vez más me iban restando las esperanzas, sobre todo porque seguíamos incomunicados y con poca comida. Se sumaba el intenso calor de la región que de pronto apareció junto con millones de zancudos que no se demoraron en hacer criadero con tanta agua estancada. Lo único bueno es que ya podíamos bajar al primer piso de nuestra casa para intentar rescatar lo poco que nos quedaba, como fue el caso de un par de muebles y otros enseres que ahora flotaban tan igual como lo hacía la pareja de patos que continuaban nadando por allí sin ningún problema. Por mi parte, aún me resistía a la idea de vestir de luto para el resto de mis días, y eso me restaba las fuerzas para gritar siquiera el nombre de Marcelino. Sin embargo, mis hijos continuaban mencionando a su padre al igual que don Pascual, quien de vez en cuando me hacía llegar una bolsa de galletas para que pudiéramos comer un poco más de lo que yo tenía guardado. Para ese momento, ya ni siquiera me lamentaba porque más pensaba en qué iba a ser de mis hijos y de mí de aquí en adelante, porque había llegado a nuestros oídos la noticia de que este no sería el último diluvio, porque allá a lo lejos aún se podían distinguir que venían muchas más nubes oscuras. Tampoco sería la última vez que el río se desbordaría, por lo que volveríamos a sufrir de lo mismo, con más agua inmunda, con más miedo, con más personas y animalitos muertos, con más lamentos y hasta con posibles sirenas viejas y feas que aparecerían cada noche. Ante esta amenaza, mis hijos me decían continuamente que tenían hambre, mucha hambre. Y al oírlos, me sentía en la obligación de buscar alguna solución. Entonces al mayor le daba las galletas que me regalaba don Pascual. Al más chiquito no me quedaba más remedio que darle de mi pecho, a pesar de que ya tenía seis años, edad que ya no era propicia para estar amamantándolo, pero qué voy hacer si el niño me pide comida. A continuación, lo coloco entre mis brazos y me descubro lo necesario para que mi pequeño hijo empiece a lactar al mismo tiempo que observo el horizonte lleno de agua con la remota idea de que Marcelino vuelva aparecer. Y en estas largas horas no me quedaba más que esperar a que venga cualquier tipo de ayuda, tan igual como lo hacían mis hijos, y también don Pascual, que ante la falta de caña de azúcar empezó a morder los palos de escoba no sin antes echarles un poco de miel de abeja solo para darles un poco de sabor dulce.

—¡Allá viene la ayuda! —gritó mi hijo mayor.

—¡Es el ejército! —mencionó don Pascual desde su propio techo.

Yo me acerqué al borde de mi techo solo para ver si entre esos hombres se encontraba Marcelino. Eran muchos, sin duda. Venían en botes que se movían a través de unos motores que hacían demasiada bulla. Ellos llevaban megáfonos, pitos y linternas para poder ver cuando llegara la noche. Unos estaban equipados con máscaras y tanques de oxígeno. Decían que eran buzos que se internaban en estas aguas para encontrar los cuerpos sin vida que se habían quedado debajo y que por diversas razones ya no podían salir a flote. Cuando se acercaron lo suficiente a mi casa les pregunté si habían visto a Marcelino. Y otra vez volví a describirlo con todo tipo de detalles, recibiendo una vez más una respuesta negativa que daba a entender que no se sabía nada de él, ni vivo ni mucho menos muerto. Lo peor es que tampoco había noticias de su embarcación. Simplemente no existían noticias de mi esposo. Nadie lo había visto, ni a él ni a su embarcación. Parecía que la tierra se lo hubiese tragado o que las aguas lo habían absorbido, o quizás alguna sirena de río, esas que dicen que existen, se lo hubiese llevado muy lejos.

—Hay muchos muertos que hemos encontrado en el camino y por distintas zonas, pero ninguno como el que usted describe. Incluso hasta hemos hallado sin vida a una sirena. No hay duda que estas lluvias han sido una desgracia para toditos, inclusive para los seres que pensábamos que no existían —dijo uno de los buzos.

Yo quedé en silencio después de escucharlo. Sin embargo, mis hijos seguían preguntando por su padre. También preguntaban si al agua sucia en algún momento iba a desaparecer. Por su parte, Don Pascual solo preguntaba si los sembrados de caña de azúcar habían sobrevivido a las inundaciones. Y ante estas preguntas, surgía como respuesta el leve movimiento de cabeza de los buzos y los demás militares, que en su silencio no solo daban a entender una negativa sino también su frustración ante tanta desdicha.

—¡Es necesario que los saquemos de aquí! ¡Su pueblo ya no volverá a ser el de antes! ¡Sus casas tampoco volverán a ser las de antes! ¡Sus vidas ya nunca más serán las mismas si se quedan en este lugar!

Yo respondí que no me iría, que yo debía quedarme con mis hijos esperando a que regresara mi esposo, pues aún tenía mi casa, o lo que quedaba de ella. Aún tenía una vida, o lo que también quedaba de ella. Y al decirlo, me fue imposible no volver a llorar…

—¡Yo solo pedía un poco más de leña y comida para alimentar a los míos! ¡Marcelino fue a buscar lo que necesitábamos solo para poder sobrevivir, por eso debo quedarme aquí a esperarlo! —dije a medida que mis hijos ahora también lloraban conmigo.

Los militares se apiadaron de lo que les conté, por lo que desistieron de llevarnos lejos, no sin antes entregarnos un poco más de leña seca, aparte de unas bolsas de arroz junto con unas botellas de agua limpia que nos servirían para beber y cocinar. Quien sí se animó a irse con ellos fue don Pascual, porque después de haber perdido a sus chanchitos, que era lo único que le quedaba después de haber enviudado y de haber perdido a su único hijo en un accidente de carretera, sentía que no tenía más motivo para quedarse en este lugar tan lleno de tristezas.

—Me voy con los cachacos a ver si con ellos consigo un poco de caña de azúcar. Solo te pido que cuides de mi casa. Y si no regreso, que tu hijo mayor se quede con ella siempre y cuando se case y tenga hijos cuando sea grande, cuando sea como su papá. Necesitamos que nuestro pueblo se llene de más niños. A ver si algún día la naturaleza o dios se apiadan de los que aún viven aquí.

Mis hijos se despidieron de don Pascual como si él fuera el abuelo que nunca tuvieron. Yo también lo abracé muy fuerte porque hace tiempo necesitaba abrazar a alguien que no fueran mis niños. Y al sentir la forma de sus viejos huesos, imaginé la gordura de Marcelino, por más inútil que esto pareciera. Luego caminé de regreso a mi casa junto con mis hijos, sin dejar de sentir el agua que nos cubría las piernas y la cintura. Sentíamos también el lodo que hundía nuestros pies y que nos dificultaba cada uno de nuestros pasos. A estas alturas ya ni siquiera teníamos miedo de pisar un clavo o un vidrio roto porque sabíamos que ya nada peor nos podría suceder. Ingresamos a nuestra casa, cargando en lo alto de nuestras cabezas las cosas que nos habían entregado los buzos y los militares. A nuestro alrededor, aún flotaban algunos utensilios y otras pertenencias que ya no nos servían pero que aún manteníamos con nosotros. De pronto, volvió aparecer la pareja de patos mugrosos que esta vez nadaban con unas crías que habían nacido en alguna parte de nuestra casa sin que nosotros siquiera nos hayamos dado cuenta. Mis hijos se alegraron de ver a los patitos amarillos que eran muchos y que ahora seguían a sus padres que parpaban en medio de las aguas y el desastre.

—Hoy ya no pasaremos hambre. Hoy vamos a comer como lo hacíamos antes. Hoy comeremos con gusto sin dejar de estar atentos a que llegue su padre —les dije a mis hijos a medida que encendía la leña para empezar a hervir el agua con la que cocinaría el arroz. La olla de barro ya estaba lista al igual que el resto de ingredientes, aunque solo me faltaba uno. Y a continuación, sin que mis hijos se dieran cuenta, bajé al espacio que correspondía al interior de la casa, caminé otra vez entre las aguas estancadas hasta que atrapé a uno de los patos mugrosos que seguía nadando por allí, no sin antes cerciorarme que se trataba del macho adulto, lo cogí del pescuezo y enseguida se lo partí sin darle tregua a que hiciera ningún tipo de ruido. Una vez quieto, empezaría a desplumarlo rápidamente. Sabía que allá fuera, en el cielo y a lo lejos, otra vez venían más nubes negras.

 
 
 
©Omar Guerrero, 2019
 
Omar Guerrero (Lima-Perú, 1977)
Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, cursó la Maestría de Estudios Culturales en la misma casa de estudios y una especialización de Marketing para aplicarlo en el rubro editorial. Ha colaborado en diversas revistas literarias. En 2010 publicó su primera novela, Paterson City, en el sello Estruendomudo. Actualmente se desempeña como editor en Penguin Random House Perú.
 
 
 
 
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