Nº22
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Gonzalo Silva Infante

 

 

Comercial Rodríguez

1

Rodríguez era el dueño de ‘Comercial Rodríguez’, distribuidora principal de la calle San Pablo, cerca al entonces popular mercado de La Parada, en La Victoria, una de las zonas comerciales más conocidas y peligrosas de la ciudad. En esa calle, a lo largo de tres cuadras de trochas empozadas con meados y derrames, se concentraban locales de venta de bebidas, básicamente alcohólicas, rubro en el que Rodríguez destacaba como el más conocido y respetado de los empresarios, tanto por sus clientes como por sus competidores. Estos eran migrantes internos con capital suficiente para continuar con la segunda parte de sus vidas dedicándose al comercio. Aunque en sus inicios no contaran con stock variado, las primeras ganancias continuaban el ciclo del progreso, se reinvertían, y poco a poco iban aumentando la oferta. Entre ellos se podía ver a los gaseoseros, que tenían todas las marcas y precios que el mercado demandaba; los de la cerveza y su particular destreza para mover pilas de diez cajas llenas sin hacerlas caer, precisos movimientos que emulaban a los terrestres rotación y traslación; estaban también los que vendían alcohol metílico en cajas de doce botellas de vino reutilizadas, licores llamados de fantasía, que contenían sabores a anís, menta y pisco, a cinco soles la caja, como para calmar la angustia de los más recalcitrantes alcohólicos de la ciudad. En ese emporio del líquido, el éxito de Rodríguez radicaba en distintos factores, pero destacaba principalmente por su seguridad para los negocios. A pesar de ser el más bajo entre sus hermanos, era también el primogénito, responsabilidad que lo guio cada vez que se enfrentaba a un nuevo proyecto. Eso y su pulcritud, que ilustraba en su conciso metro cincuenta con lentes de montura al aire rectangulares, jeans entallados, camisas de color entero remangadas y dentro del pantalón, gruesa correa y botas, ambas de cuero. Llevaba el rostro afeitado al ras y el cabello alto y engominado, con raya al costado, como un breve Johnny Bravo con más éxito en los negocios que en el gimnasio y, aunque su peinado perteneciera a otra época, él lo resucitaba para hacerlo suyo. Se había convertido en su sello distintivo, en parte de su composición como hombre de negocios en el que su local licorero era su centro de operaciones.

La ostentación de Rodríguez, sin embargo, no era extensiva a su vida privada. Fuera de su recargada apariencia no tenía grandes excentricidades, tampoco manejaba autos del año ni moraba en lujosas mansiones, como muchos de sus clientes sospechaban, conocedores de las riquezas que acumulaba. Era el jefe de su propia distribuidora, pero también era el dueño de algunos grifos y otros tantos hoteles desperdigados por distintos barrios de la ciudad para los que sí contaba con administradores, familiares cercanos y de total confianza: sus hermanos Pedro y Rosa. Ambos le rendían cuentas, cada martes y cada miércoles, respectivamente, en su despacho de San Pablo. Se movilizaba en un Toyota Corolla azul metalizado, cuidadosamente encerado que contrastaba por su brillantez con una calle muy marginal, y vivía en un departamento cuidadosamente decorado de un edificio en San Borja, frente a un frondoso parque. A pesar de su elegancia y privilegiada vista, distaba mucho de las inmensas casonas que otros empresarios de sus ingresos poseían. Era consciente de que, dada la zona en la que se ubicaba, por su trabajo transitaba mucha gente y a cualquiera se le podría ocurrir conseguir dinero a costa suya. “No quiero que me secuestren”, le dijo, coqueto, alguna vez a Pérez, uno de sus clientes más risueños y curiosos con quien carcajeaba despreocupadamente y al único al que le regalaba confianza para que se despache con bromas de doble sentido que intentaban abrir el debate sobre sus preferencias y gustos sexuales.

La amistad entre ambos surgió cuando Pérez iniciaba su sueño del negocio propio y consideró que los licores constituían un rubro que ofrecía importantes utilidades. Había desertado de Economía en la Universidad de San Marcos y luego de juntar el suficiente dinero haciendo taxi en su viejo Volkswagen amarillo modelo escarabajo del 68, inauguró su primer local. Necesitaba abastecerlo y para eso llegó a la calle San Pablo. Por distintas recomendaciones se apareció en el local de Rodríguez, a quien convirtió en su asesor. El rápido estudio de mercado que realizó Rodríguez se basaba en preguntas que buscaban indagar acerca de la zona en la que se ubicaría el local, el presupuesto con el que contaba y el porcentaje de ganancias que esperaba obtener. Esta fórmula dio como resultado un listado de productos y sus respectivos precios de venta con los que podría empezar. El negocio funcionaba, Rodríguez había atinado en los gustos y en los bolsillos de los clientes de Pérez y este, debido a su repentino éxito, llegó a abrir hasta dos sucursales de su licorería ‘El Bebe…dor’ en la misma cantidad de años. Desde entonces, sus visitas a San Pablo se volvieron asiduas, lo que le permitió mayor tiempo para poder ganarse el cariño y la confianza, tanto de Rodríguez como de los demás trabajadores, que lo recibían y despedían con algarabía cuando lo veían llegar o irse en el bullanguero Volkswagen, ahora de color rojo. Su éxito, sin embargo, resultó efímero. La crisis de la época obligó a Pérez a cerrar los dos nuevos locales y quedarse tan solo con el primero, único sobreviviente de su reducida empresa, que nunca llegó a formalizar del todo ante lo engorroso que significaba realizar los trámites correspondientes. Pero no fue impedimento para que siguiera siendo uno de los clientes de mayor frecuencia. Encontró razones para seguir yendo a pesar de ya no tener la necesidad de comprar tanto. Las buenas relaciones con Rodríguez y con los estibadores lo mantenían vigente, y las anfitrionas de turno lo motivaban para ir hasta tres veces por semana. Y cómo no, si lo engreían y reían con él, le hacían degustar sus productos (con repetición incluida), le reservaban los polos con los diseños más bonitos y cualquier otro material de merchandising que tuvieran a la mano para regalárselo. Era normal ver a Pérez partir de regreso a ‘El Bebe…dor’ con camisetas de distintas marcas, recompensa por alegrar las tardes de las jovencitas con su agudo ingenio y facilidad para hacerlas sentir cómodas y bellas, seduciéndolas con formal distancia. Sabía muy bien que los días en los que las chicas iban por ‘Comercial Rodríguez’ eran los viernes y sábados, días de mayor movimiento. Ellas se dedicaban a promocionar con información, degustación y sonrisas licores que entraban al mercado o darle mayor salida a lotes de vino barato sin suerte en sus ventas, opacados por la publicidad de la competencia en televisión y revistas.

Uno de esos viernes se apareció Cucha González, la vedette más cotizada del momento. Sus comienzos fueron como los de todas las bailarinas de su época, en la que los programas cómicos de los sábados por la noche sumaban a sus elencos a jovencitas de escasos recursos, lo suficientemente desinhibidas para lucir sus cuerpos bajo diminutas prendas que sus propias madres confeccionaban. Solo algunas alcanzaban el estatus del que gozaba Cucha, sin embargo. Ser una vedette cotizada requería contar a su favor con una serie de factores que no todas sabían o podían reunir. Un método eficaz era relacionarse con futbolistas locales. Esta fue la entrada de Cucha al estrellato. Tuvo un promocionado romance con Tijerita Chávez, capitán de uno de los equipos más populares del país, y su nombre empezó a ser mencionado en los periódicos todos los días. Las fotos con el futbolista y los ataques de las colegas bailarinas que buscaban colgarse de su popularidad eran motivo de portada de los diarios de mayor circulación. Su nombre se había convertido en una marca muy solicitada y sus bonos subieron notablemente. Que llegara a San Pablo, zona de accidentadas aceras y asfalto inexistente, se debió a las gestiones del propio gerente comercial de la marca de ron más conocida del mercado, quien la contrató personalmente, y porque el pago estuvo a la altura de su prestigio. Su presencia generaba acalorados y a la vez contenidos comentarios entre los estibadores y clientes de turno, que se animaban a hacer pedidos excesivos respecto a las proyecciones de sus ventas, aunque valiera la pena, decían, por un beso en la mejilla de la deseada Cucha.

Cuando Pérez llegó pudo observar el alboroto inusual que se había armado en la tienda de Rodríguez. Curioso, procurando entender la causa de tanto movimiento, fue acercándose y vio a Cucha rodeada de hombres lascivos que la asediaban y le pedían fotos y autógrafos, y le dedicaban palabras de amor. Fue buscando el espacio que le diera la oportunidad de brindarle un trato superlativo y más directo respecto al que les había dado a otras tantas guapas señoritas, que finalmente cumplían la misma función, pero sin tanto éxito como Cucha González. Cuando por fin pudo plantarse frente a ella disparó: “Eres realmente bonita. Y no digo ‘realmente’ porque antes lo dudara, sino porque es la primera vez que te veo en persona y es inevitable decírtelo”, se atrevió, mirándola a los ojos fijamente. Cucha sonrió y le agradeció sus palabras con gesto condescendiente que parecía sincero (inclinación de cabeza, sonrisa imborrable y mirada fija también), solo para continuar con su trabajo, por lo que le ofreció ron con gaseosa en un vasito de plástico. Pérez lo bebió de un solo sorbo y entró sonriendo y moviendo ligeramente la cabeza al despacho de Rodríguez, ya ebrio.

Rodríguez estaba contento con Cucha, no tanto por su innegable belleza, sino porque las ventas del ron en cuestión aumentaron considerablemente y porque atraía a clientes ajenos y curiosos fáciles de persuadir. Lo mejor de todo era el nulo costo que implicaba para él la presencia de Cucha González. ‘Comercial Rodríguez’ había sido el seleccionado para que la cotizada vedette fuera en su mejor vestido de verano a promocionar el ron que de por sí era el de mayor venta en el mercado. Fueron tres horas en las que estuvo parada detrás del mostrador haciendo degustar el licor, explicando sus bondades y diciendo que, particularmente, era su favorito. Por su trabajo cobró quinientos dólares. El pago era más por un tema de imagen que por la promoción de un producto que andaba firme en el mercado; sin embargo, logró que las ventas se dispararan en esas tres horas. Se vendieron más de cincuenta cajas de ron de tres años, una venta histórica, más por la cantidad despachada y el desfile de cajas en hombros de los cargadores que por la ganancia efectiva. Y es que a Rodríguez, aunque le importaba mucho el dinero, era lo último en lo que realmente pensaba. Sabía cuánto tenía en cada una de sus cuentas, los movimientos que sobre ellas realizaba, pero no era hacia el final de la jornada, cuando los estibadores habían partido ya y el negocio estaba cerrado, que se sumergía en su placer máximo, el cual reservaba para sí mismo en su calidad de jefe y administrador: sumar con la calculadora el total que arrojaba el fajo de boletas emitidas.

En el transcurso del día lo mantenía feliz ver desfilar a sus trabajadores, jóvenes entre quince y veinticinco años que no tenían más oportunidad en la vida que la cantidad de litros y kilos que pudieran montarse sobre los hombros. Y para ese espectáculo tenía vista privilegiada. Su escritorio se ubicaba en el medio del tránsito entre el depósito y el umbral de la salida. Las cajas estaban dispuestas de tal forma que solo había espacio para su escritorio y el suficiente para que los clientes dictaran su pedido, uno por uno, esperando su turno conversando entre ellos, haciendo cuentas personales o bromeando con el flaco que pasaba con un par de cajas a cuestas. A Rodríguez le gustaba compartir su espacio con sus clientes, siempre lapicero en mano derecha y calculadora en mano izquierda, apuntando descripción y precio con una y digitando con la otra los numerales que sumaban y sumaban hasta terminar el pedido con el cliente de turno y pasar al siguiente, solo para seguir aumentando sus ventas de manera frenética. Detrás de su silla de cuero con ruedas, giro y palanca para regular la altura, había vitrinas a base de espejos sobre las que se acomodaba una colección de botellas de licor en miniatura. Destacaban los whiskeys y vodkas. Era este el marco de su despacho, que se completaba con una mesa llena de boletas, engrapadoras, lapiceros, sellos, tampones, papel carbón y demás materiales de oficina necesarios para su trabajo. Desde ahí despachaba y veía el tránsito de sus cargadores.

Entre sus empleados destacaba uno que había llegado con apenas dieciséis años, tímido, pero respetuoso. Era de los que mayor confianza inspiraba en Rodríguez y, con los años, su trayectoria fue digna de reconocimientos. Los aumentos de sueldo eran constantes y a Carlos -bautizado cariñosamente por el simpático Pérez como Canebo debido a su parecido con aquel precoz delincuente, procesado por asesinar a sangre fría a decenas de cambistas- empezó a alcanzarle el dinero para actividades que iban más allá de la alimentación y vivienda. Tras quedar huérfano como resultado de los enfrentamientos entre sus padres y las autoridades municipales que trataban de poner orden en la ciudad y, mientras trabajaba como estibador en el mercado de La Parada, un amigo de su padre le dio el dato del trabajo en ‘Comercial Rodríguez’.

Se presentó diez minutos antes de la cita, con un polo de color beige, blue jeans, zapatillas blancas de lona y con la disposición y ganas de asegurarse la plaza. Rodríguez le explicó que su trabajo consistiría en recibir los pedidos por parte del capataz y buscar lo requerido en el depósito, montárselo en los hombros y dejarlo en la puerta para que el capataz lo pueda revisar y el cliente lo suba a su transporte. Aprendió rápido, por lo que Rodríguez quedó muy contento con su trabajo y su gran destreza. Le agarró cariño porque era el más puntual y quien más cajas despachaba, además de ser el que mejor se llevaba con los clientes. Muestra de esto fue la nueva identidad que le dio a Pérez, a quien bautizó con un curioso apodo. Lo llamó Chibolín. “Es que te portas como un chibolo pues Chibolín”, le explicaba Canebo. Los demás trabajadores también lo empezaron a llamar así, los otros clientes reían y algunos con mayor confianza se sumaron. Incluso Rodríguez, que siempre demostró respeto hacia cada uno de sus clientes, encontró la oportunidad perfecta para devolverle tantos intentos por sacarlo del closet. Y lo hizo con ese apodo que devolvía tantas jodas. “Ese Chibo… Chibolín”, le decía, otra vez coqueto, con sonrisa perfecta. Desde ese momento Pérez dejó de existir y Chibolín adoptó su nueva identidad. Todo esto sirvió para consolidar una sociedad de risa y chacota entre Chibolín y Canebo, en la que a veces terciaba Rodríguez.

En los tres años posteriores a su primer día, Canebo vería cómo sus colegas llegaban y se iban. Muchos no soportaban las duras jornadas de trabajo. El éxito de Rodríguez los obligaba a cargar cajas, incluso, por más de diez horas al día; otros eran descubiertos tratando de robar confabulados con clientes que, al verse descubiertos, no volvían a poner la cara por ‘Comercio Rodríguez’. Al final todos se enteraban de los traidores, se sabía si el whisky solicitado era de etiqueta roja y no negra, si el pedido indicaba seis y no nueve botellas. A Rodríguez no se le pasaba ni una. Sus ojos eran los de su capataz, cargo que usualmente le correspondía al cargador con más años y más experiencia de ‘Comercial Rodríguez’. Por aquel entonces el puesto era de Richi, el primer engreído de Rodríguez.

Richi era un tipo dicharachero que siempre estaba sonriendo, revisando cada contenido de las cajas que salían, marcando los ítems de la lista antes de dar su visto bueno y permitir, así, su salida definitiva. “Tantos años cargando y ustedes se quejan. Vamos, vamos, que faltan más botellas. Al Chibo… A Chibolín me lo dejas al último. Compra cuatro botellas de ron y puro vino barato y así quiere que lo atiendan primero, y rápido encima. Canebo, ya, apura, faltan dos cajas de Borgoña Queirolo”. Quería dar la impresión de recto, pero la involuntaria sonrisa de su rostro, en la que mostraba sus prominentes encías y sus dientes llenos de sarro, se lo impedía. Agitaba las boletas pendientes e increpaba por la lentitud que exhibían sus subordinados. “Todavía faltan estos pedidos”. Las boletas se movían en el aire, agitadas como extensión final de su brazo izquierdo. Chibolín reclamaba por el suyo, que no salía, que se demoraba mucho, que ya de una vez, pero Richi le contestaba que ahora le tocaba esperar, que así como se vaciló perdiendo el tiempo con las anfitrionas, poniéndose lanza y gileando sin discreción, ahora debía esperar a que termine con los demás. Chibolín sobreactuaba indignado, sabía que era parte de la dinámica y lo disfrutaba; le gustaba pasar horas de la tarde en ‘Comercial Rodríguez’, bromear con Canebo, quedarse hasta el final de la jornada, ser parte de la frugal cena de los obreros. Entre los seis u ocho compraban en el negocio vecino una Coca Cola de tres litros y chancáis. “Chibolín tiene que poner más. Él, que es todo un micro empresario. Aclarando lo micro, claro”, se burlaba Canebo. Chibolín sacaba su monedero, un pequeño portarrollos fotográfico y aportaba para la colecta común. Con la gaseosa y los bizcochos se sentaban sobre las rumas de cajas desarmadas. Pipo, Rata, Loquito, Chiri y Kikín charlaban entre ellos, con Chibolín, con Richi, contaban anécdotas, los planes para el fin de semana; Canebo contaba sus figuritas del álbum del Mundial.

A sus 19 años se había jugado ya tres Mundiales y se estaba jugando el cuarto, que tampoco lo iba a poder ver, siempre porque tenía que trabajar. Pero esta vez podía, al menos, cobrarse una revancha personal. Como se mencionó, en esos tres años sus ingresos habían aumentado considerablemente, así que no escatimaba al momento de disponer parte de su sueldo en álbumes y figuritas. Llenó dos aquella vez. A Rodríguez no le molestaba que Canebo se entretenga intercambiando figuritas con los hijos de algunos clientes. Todo lo contrario: le causaba ternura. Además, Canebo sabía maximizar tiempos. Entregaba su lista de yalas y nolas actualizada con borrones y esperaba hasta que el cliente tuviera su pedido en el filtro de Richi. Terminada su labor se metía la mano al bolsillo y realizaba el intercambio. Cuando llenó el primer álbum se hizo costumbre verlo pasando y repasando sus páginas, aprendiéndose de memoria las fechas de nacimiento de cada uno, los clubes en los que los mundialistas militaban y sus posiciones, aunque no pudiera ver los partidos, salvo los que se jugaban los domingos. Solo esos días disfrutaba del fútbol de calidad en una cantina, llamada ‘Sport Bar’, ubicada en la esquina del cuarto que alquilaba en el distrito de Ate. Ahí coincidía con caras conocidas del barrio. Conocidos nomás porque las obligaciones lo mantenían muy ocupado para cultivar amistades fuera del trabajo. Se sentaba en una de las sillas de plástico y pedía agua o gaseosa para acompañar, nunca cerveza. Canebo no bebía alcohol.

Una tarde de lunes en la que no se presentaba mucho trabajo Rodríguez llamó a Richi para invitarlo a almorzar. Fueron a la cebichería ‘El Rey Filo’ y mientras apuraban sendos vasos de chicha morada Rodríguez le planteó la posibilidad de viajar a Huancayo, donde estaba por abrir un nuevo hotel. Tenía a Pedro y a Rosa en Lima, ya con algunos negocios bajo su responsabilidad, y necesitaba a alguien de total y absoluta confianza para encargarse de la administración del hotel, la primera incursión de Rodríguez fuera de la capital. Richi se vio sorprendido, más por la confianza que le entregaba Rodríguez que por la posibilidad de viajar al interior del país. En Lima no tenía a nadie en especial a quien dejar. Tal como era el caso de la mayoría de trabajadores de la zona, había venido de una región distinta, en su caso de Otuzco, y no había problemas en aceptar el nuevo encargo. El mozo llegó para tomar el pedido y Rodríguez ordenó cebiche mixto y jalea norteña para ambos. Richi empezó a bombardear de preguntas sobre su futuro inmediato a Rodríguez. El viaje debía hacerlo tres días después y quería estar al tanto de cada uno de los detalles necesarios para poder cumplir como tenía acostumbrado a Rodríguez. “¿Y quién va a quedar como capataz?”, se preguntó a sí mismo y levantó la mirada buscando la respuesta en boca de Rodríguez. “Canebo pues. Canebo es el indicado. Tiene tres años trabajando conmigo y tú eres testigo de lo bien que lo hace. Merece su oportunidad. Regresando de almorzar ambos le comunicaremos su ascenso. Se va a poner contento...”. A Rodríguez le salían bien las cosas, sus negocios seguían prosperando. Bebió un sorbo más de chicha morada y cuando dejó el vaso las fuentes con la comida llegaron a la mesa.

2

Antes de ser Chibolín, Pérez soñó con ser un comerciante de éxito. Para él ese deseo se concretaría cuando tuviera una red de licorerías, cada uno con su respectivo administrador, y a las que pudiera acudir al final de la jornada para cuadrar caja y seguir reinvirtiendo el dinero ganado. Ese era su sueño. Su padre había sido suboficial de la Policía y en ese entonces las precariedades económicas de la Policía Nacional del Perú no distaban mucho de la actual realidad. Su oportunidad se concentraba, entonces, en ingresar a la universidad. La competencia era alta, pero Pérez consideraba que ser universitario le daría una gran ventaja al momento de crear su empresa. Era una idea que fue construyendo desde pequeño, cuando comprobaba que las personas más exitosas que iba conociendo durante su vida tenían estudios superiores.

En ese entonces eran pocos los privilegiados que podían entrar a la privada Universidad Católica o a San Marcos. Peor panorama era el que le tocaba, pues las limitaciones económicas familiares lo dejaban solo con una opción, la de la universidad pública, la Decana San Marcos. Pero le costó mucho ingresar. De hecho, su filiación a San Marcos se dio por traslado externo. Desesperado por fallar hasta en tres intentos, ya con veintiún años, decidió viajar a Huancayo para postular a la Universidad Peruana Los Andes. En la capital juninense tenía un tío lejano que le podía dar techo y comida para su incursión por la sierra central. Los tres años de preparación a conciencia que tuvo en su habitación para ingresar a San Marcos fueron más que suficientes para lograr su objetivo. Ingresó en buen puesto y empezó sus estudios en Economía, que le parecía una carrera más importante que Administración de Empresas, aunque en realidad se quería dedicar a esto último.

En Los Andes estuvo apenas dos ciclos, el mínimo requerido para pedir el traslado. Había pocas vacantes, pero Pérez postuló muy bien recomendado con cartas de sus profesores. Había destacado por su condición de capitalino, sus compañeros lo veían como una referencia, lo querían como líder de sus comités, de distintas organizaciones, pero Pérez tenía otra meta en la cabeza. Lo suyo -él lo sabía muy bien- era cumplir el tiempo mínimo para retornar a Lima como estudiante sanmarquino. Y así lo hizo. Se hizo de una de las dos vacantes y, aunque pudo convalidar apenas un par de cursos, continuó (o sería mejor decir volvió a empezar) sus estudios en San Marcos.

Acostumbrado al trato diferenciado que recibía de sus compañeros y profesores, sintió el fuerte impacto de ser un estudiante de San Marcos. Era apenas un código más entre tantos miles y ya no tenía las mismas gollerías huancaínas, que ahora echaba de menos. Los cursos de matemáticas para economistas eran su peor pesadilla. Jalando unas veces y aprobando con lo justo otras tantas pudo avanzar algunos ciclos. Para mantenerse hacía taxi en las noches y aprovechaba fechas con feriados largos como Semana Santa o Fiestas Patrias para realizar viajes a Huancayo en una camioneta que alquilaba por un par de días. Iba a los paraderos informales y ofrecía sus servicios como chofer hacia Huancayo por tarifas menores a las que ofrecían los buses de empresa. Se hacía de grupos de diez o doce personas y, conocedor de la ruta por tanto ir y venir, manejaba las siete horas que tardaba en llegar. Los dejaba y regresaba con el dinero suficiente para pagar el alquiler y ganancias que sumaban para construir su sueño. Al final pudo juntar el capital necesario para empezar con su primer local y apenas vio una posibilidad real dejó de sufrir con los exámenes y los sustis, y decidió largar definitivamente la carrera. Mucho más no podía aprender para manejar su negocio, se decía a sí mismo, buscando justificar de esta manera su prematura renuncia.

Estos recuerdos, huancaínos y universitarios, invadieron súbitamente la mente de Chibolín mientras manejaba por la avenida México el último viernes que se apareció por ‘Comercial Rodríguez’. Estaba sumamente pensativo cuando finalmente llegó. Bajó del auto sin mirar a nadie y Canebo lo recibió con la noticia: Richi había viajado para hacerse cargo del nuevo negocio de Rodríguez, el Hotel Géminis, y Canebo era el nuevo capataz. “Ahora yo soy el capataz, Chibolín. Así que ya sabes, más respeto si quieres que te despache rápido”, le advirtió, buscando una respuesta cómplice en su amigo que nunca encontró. Chibolín parecía no estar ahí. Sus pensamientos no estaban en la chacota, sino en su pasado huancaíno. Cuando salió de su abstracción preguntó por Richi. “Ya te dije, Chibolín. ¿Oe, qué te pasa? ¿Estás bien? Se ha ido a Huancayo. Rodríguez ha abierto un nuevo hotel y él se lo va a administrar”. A Chibolín le costó procesar tamaña coincidencia. ¿Realmente dijo Huancayo? Sus recuerdos lo habían alterado y escuchar en labios de otro el nombre de esa ciudad que le dio asilo académico y en la que justamente estaba pensando aceleró el proceso que en su interior se construía.

Había pasado largamente los cuarenta años, los cincuenta eran inminentes y Chibolín no se reconoció en el espejo esa mañana de viernes, se sentía cansado sin mayor explicación, un cansancio de espíritu. Detrás de la alegría que mostraba cada tarde que visitaba ‘Comercial Rodríguez’, la misma que lo convertía en el alma de la fiesta, escondía la gran frustración de no haber podido mantenerse a flote tras su primer y esperanzador despegue. El cierre obligado de sus siguientes locales había dejado en él una huella indeleble, pero imperceptible para los demás, un callado dolor que paliaba con sus visitas a San Pablo y sus flirteos con las impulsadoras, con la amistad de Rodríguez, que buenamente le regalaba un champagne francés cuando era Navidad o un buen whisky cuando su cumpleaños, siempre con el siguiente mensaje: “Para que lo disfrutes con alguien especial”. Un tipazo Rodríguez, lo sabía bien, pero en el fondo lo envidiaba. Solo quería tener su éxito, porque no le interesaba estar sentado todo el día detrás de un escritorio, sino paseando por su viejo barrio en Breña, visitando a su madre, ya viuda, perdiéndose por la ciudad y esperando la noche para cuadrar las cajas; sin embargo, su vida era otra, estaba esclavizado a un solo local que apenas le rendía para sus gastos personales. Era su propio jefe, es cierto, pero un jefe que detestaba, un jefe que nunca quiso tener, ni ser.

En esas largas madrugadas Chibolín no estaba solo. Era visitado por ‘los chicos de humo’, apelativo que le puso a una banda de alcohólicos y adictos a la pasta básica de cocaína que encontraban en ‘El Bebe…dor’ un punto de concentración en las noches y en Chibolín un cantinero detrás de la reja. Pasadas las doce, aparecían de uno en uno, con monedas de diez, veinte céntimos, que juntaban para comprar cigarrillos de tabaco negro, insumo necesario para vaciar los ketes en sus cerebros; llenar sus copas con anisado o menta o pisco (en realidad pequeños vasitos descartables, como el que le dio aquella vez Cucha González) por cincuenta céntimos, productos exclusivos de ‘El Bebe…dor’, únicos en todo el barrio de Chacra Ríos, cerca al antiguo Coliseo Amauta.

Ese era su presente. Con el tiempo había dejado de vender tragos importados, añejos de colección y vinos de reserva para darle espacio a litros de alcohol barato. Resultaba curioso ver cómo ‘los chicos de humo’ daban cuenta de botella tras botella en una sola noche llenando una y otra vez sus vasitos. Haciendo cuentas les salía largamente más barato comprar una botella que consumirla de a pocos en dosis de cincuenta céntimos, pero la dinámica de poner el vaso y esperar el chorreo producía en los alcohólicos una sensación de bienestar y de voluntaria moderación, pues todos querían llegar al final de la madrugada, intercalando líquido y humo. A Chibolín le beneficiaba este método y su clientela se sentía a gusto con el bar que tenían a su disposición cada noche. Le conversaban, Chibolín los escuchaba de pie, detrás de la reja, en un silencio reflexivo que iba carcomiendo su orgullo.

Ese último viernes apenas compró un par de cajas de anisado barato y media docena de botellas entre rones y vinos. Una compra bastante pobre para el viaje que había realizado, pero es que en realidad no tenía mucho que renovar de su cada vez más alicaída licorería. Aquella tarde no bromeó, estuvo sorprendentemente parco, pero aprovechó en preguntarle a Rodríguez por el nuevo hotel que había abierto en Huancayo. Rodríguez le dio la dirección y le dijo que pasara cuando quisiera, que para los amigos había tarifa especial. Bastaba con avisarle para que se lo comunique a Richi y sea atendido como se merecía. Chibolín se lo agradeció, le dio la mano y cuando tuvo su pedido listo se fue sin hacer mucho alboroto. Canebo se acercó a la ventana antes de que arranque y le volvió a preguntar si se encontraba bien. Chibolín le dijo que sí, que estaba un poco distraído, nada más, y que lo felicitaba mucho por el ascenso, que realmente se lo merecía porque era un chico trabajador y seguro le seguiría yendo bien. Le regaló una sonrisa final y aceleró el viejo Volkswagen con la última compra que hizo en ‘Comercial Rodríguez’.

No volvió a aparecer nunca más. Cuando Rodríguez, intrigado por la sostenida ausencia (sumaban semanas) de su cliente favorito, fue a buscarlo en Chacra Ríos, se encontró con un restaurante de menú donde había estado la licorería a la que abasteció por tantos años. Preguntó por Pérez, el dueño de la licorería que antes ocupada ese lugar, lo que era evidente pues la fachada estaba intervenida con siluetas de botellas y en una pared lateral, que servía como barra y como asiento para ‘los chicos de humo’, leyó ‘El Bebe…dor’. La señora que atendía le dijo que no sabía nada, que quizá el dueño del local podría darle mayor información. Preguntó entonces por el arrendatario, dónde lo podría ubicar. No estaba lejos, vivía a la espalda, se llamaba Alexis.

Cuando llegó a la puerta de la casa de Alexis, Rodríguez bajó de su auto y, tras un par de segundos en los que aprovechó en pasarse la mano por la engominada cabellera y aclararse la voz, tocó el timbre. Abrió la puerta un tipo que parecía contemporáneo de Chibolín. Le preguntó si era Alexis, el dueño del local que estaba a la espalda de donde estaban parados. Cuando confirmó que estaba frente al exarrendatario de Chibolín se presentó como el distribuidor de ‘El Bebe…dor’. “¿Para qué buscas a Pérez? ¿Te debe dinero?”, fue lo primero que le preguntó tras oír su explicación. Rodríguez le dijo que no, pero que estaba muy preocupado porque Chibolín… porque Pérez no se aparecía hace varias semanas. Entonces fue cuando Rodríguez se enteró del pobre final que tuvo la carrera de Chibolín como empresario. Tuvo que abandonar el local sin llevarse nada. Le debía a Alexis un año de renta, además del pago de los servicios. Al final habían llegado a un acuerdo: Chibolín se iría del local y dejaría todo lo que en él había. Los pocos licores que quedaron, las máquinas congeladoras, las cajas vacías de cerveza y de gaseosa, los exhibidores metálicos, los mostradores de vidrio, el televisor con el que acompañaba sus madrugadas, un par de libros de autoayuda para tener éxito en los negocios. Sobre su paradero sabía muy poco. Le había dicho que se iría de viaje, aún no sabía dónde, pero mencionó algo de un tío en Huancayo.

Rodríguez le agradeció la información. Se despidió con un apretón de manos y subió raudamente a su Toyota Corolla. Tomó su celular y llamó a Richi. “Aló, Richi. Mañana llego a Huancayo”. Aceleró y se perdió por la avenida Venezuela.

 
 
 
©Gonzalo Silva Infante, 2015
 
Gonzalo Silva Infante (Lima-Perú 1987). Periodista egresado de la PUCP. Trabaja en el Ministerio de Cultura como comunicador de la plataforma Alerta Contra el Racismo. Espera conseguir una beca en el extranjero que, a la par del estudio, le permita tiempo para poder leer y escribir.
 
 
 
 
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