Nº22
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Francisco León

 

 

El Dios

Una compra

El sol caía a pleno sobre el mercado San Pedro del Cusco, ex capital del más grande imperio que tuvo América del Sur: el Inca. El ruido de la febril actividad comercial, no deshecha ni siquiera por la conquista del Tawantinsuyo a mano de los hispanos, embotaba mis sentidos poco acostumbrados a aquella orgía de impaciencias. Tras siete u ocho puestos coloridos, repletos de carnes, chullos, cuyes, ponchos, tambores, frutas deliciosas e inexplicables, en su mayoría, para alguien como yo, foráneo, pude ver al Dios. Y no cualquiera, ni ninguna representación absurda. No.

Fueron cinco soles los que tras mucho regatear con.

La figurilla, de 5 centímetros, había sido trabajada sobre la roca con alguna tosca herramienta. El horror afianzado en aquellos ojos inmensos, en relación al cuerpo, sólo recordaba haberlos visto en los rostros de algunos drogadictos, en los oscuros callejones de Alë Fatwa, en mi patria.

—Estas piedras las traen de arriba, del Macchu Picchu —me aseguró la vendedora.

La puso en mi palma, un escalofrío me recorrió el cuerpo, nunca había sentido substancia tan fría, glacial. Miré la callosa mano que me la extendió, me pareció raro que no le afectara.

Rememoré antiguas disquisiciones en el templo, allá en Rameshwaram, en mis tiempos de bhakta.

—¿Cuál es el grado de pureza necesario para hallar una Salagrama Sila? —preguntó el Gurú y ningún estudiante se atrevió a responder, para no despertar la matutina furia del maestro—. ¿Cuál?, si son incontables los cantos rodados que duermen en el lecho de ríos incontables también.

Nariz recta, pómulos cuadrados, sobre todo esa nariz hacía que le encontrase parecido a mi amigo Fer Cass As-Maruk, el poeta. Los ojos estaban a ambos lados de la cara para otorgarle visión periférica, anti humana, mucho más emparentada con los reptiles. Dientes afilados y triangulares adornaban la boca, como los de la mandíbula de aquella bestia que, alguna vez, colgaba en el camarote del capitán de un carguero chino.

—Es de un tiburón —le dijo al aún joven inexperto que yo era.

El sexo, o lo que pretendieron señalarle como tal, era indescifrable, hermafrodita, monstruoso a la vez.

Allí habrían de llorar muchas vírgenes pensé.

La primera noche, tras haberla adquirido, casi la tenía olvidada en el bolsillo superior derecho de mi casaca impermeable. Llegué tarde al hotel, pensaba en cómo trasladar los datos recabados para mi nuevo libro de investigación. Busqué el paquete de Malboro, palpé, entonces, algo hizo rebotar mi mano, sí, esa es la palabra exacta, rebotar. Traté de calmarme.

Debe ser el celular… pero ¿en qué momento lo cambié a modo vibrador?

No fue necesario esperar ni un segundo por. A fuerza de voluntad volví la mano al mismo lugar, bolsillo superior derecho de mi. El tacto reconoció el paquetito de papel periódico. Lo abrí. Los ojos del Dios se clavaron en los míos. Casi podría jurar que se juntaron, para atravesarme con decisión, con odio. Lo coloqué al borde de la mesita de centro y me dediqué a observarlo. Algo en él me desconcertaba, una palabra de singular traducción se colocó, sola, en mi cerebro, el guía la refirió a algunas prácticas no muy claras de ciertos sacerdotes, una cualidad, que la figura del dios poseía, a mi parecer. —Es la Amuyt´aña,…

 

El Viaje

El terminal terrestre era pequeño, insignificante en comparación a los puertos mitológicos que te adentraban en otras maravillas…

Crestas de cerro, coronadas de nieve, semejaban el cuello de un cóndor, que vigilaba la serpenteante carretera. El bus sobre las nubes, que ardían como el fuego, en el lomo de aquel cielo azul, de seguro helado.  

¿Cómo impedir que anochezca, la llegada del reino de la oscuridad?

A través del pasillo, como la serpiente Kundalini, pero hecha de sonido, sin ningún otra substancia más que el sonido. Suave, pero perceptible, el mensaje, claro hasta el final del bus, casi podía tocarlo en la pantalla frente a mi rostro.

—S A R I R O M

Mi compañera de asiento dormía, olor a comida impregnaba aún el enrarecido ambiente, les envolvía el sueño. No se percataban de las señales…

Debía hacerlo, sudaba, hace sólo instantes había vomitado mi interior en una bolsa de plástico, bilis, amarga, quizá hiel. La voz a través de los televisores apagados penetraba todo, impedía cualquier escape.

Mi vejiga a punto de explotar, no podía aguantar más, lo sabía. Ganglios inflamados impedían que recostara la cabeza. Necesitaba ir al baño, a pesar del terror, el frío, mareo y movimiento, éste se hallaba en la primera  planta del bus. Avancé tambaleándome por el pasillo.

Abrí la puerta, al correr el cerrojo se activó el aire acondicionado, helado en exceso para mi piel transpirada. Empecé a orinar. En eso… Los ojos del Dios aparecieron en la pequeña ventana. Parecía que un párpado lumínico,  pues el foco se prendía y apagaba, se hubiese asentado en aquellas redondeces macabras, desquiciadas.


Debí gritar, de seguro lo hice, alguien tocó TOC TOC TOC.

—¿Se encuentra bien, señor?

Y no, en realidad no me sentía nada bien, tenía los pantalones mojados. Abrí con desesperación, tropecé con el bien intencionado. Subí las escaleras, enrumbé hacia mi asiento, aunque de poco sirviera. Pero es la tendencia, la necesidad humana, de apropiarse de pequeños espacios para fijarse en la nada, como si significaran algún alivio, alguna esperanza.

¿Cuán elástico puede ser el tiempo? Existiría en realidad, o era como decía mi amigo el inglés Fuller: sólo desgaste y movimiento, perpetuos. Palpé el bolsillo de la casaca, pues algo había sentido, en efecto, el Dios había desaparecido. Dormí.

La falta de oxígeno me despertó, o creí que lo hice, encendí un fósforo, que alumbró sólo unos segundos. Lo suficiente para entender mi situación. Conocía ese lugar, de muchos años ha. Las paredes subterráneas de la habitación, se encontraban al borde del colapso, como las mentiras, olí a humedad, a humus, hasta la asfixia casi. En una pared lateral, un ser, no quería ni imaginármelo, había excavado un túnel. Al medio, entre montículos de tierra removida, se encontraba una llave de válvula, el marcador llevaba pormenorizada cuenta del bombeo de sangre a todo mi cuerpo. Alcé la mano, el techo era de fierro, pensé en una tapa, sí.

El Dios logró ponerme allí, para encerrarme faltaba otro esfuerzo y el que yo creyese en mi prisión, terminase de crearla, brindarle detalles, percepciones, a base del lenguaje que sin cesar fluía por mi atormentado cerebro. Pero no caería en la trampa, esa “cárcel” recibía los juguetes que yo le arrojaba de niño. Era la lluvia en la cornisa, los peces al final del acantilado… Eterna meditación en tardes que huelen al residuo que se eleva, tras el golpe, constante, de la lluvia sobre las calaminas de aquel cuarto, en infancia. La conocía demasiado bien, nunca la creería como real para mí. Ante este pensamiento, exacto, desperté, ahora sí, bañado en sudor helado. Despierto al fin. Otra vez… La voz de las hidroeléctricas, desfiladeros, árboles escuálidos crecían, tercos, en los bordes. Necesitaba algo que aliviara mis tragedias. Debía calmar la insurrección de sales en el cerebro. Una gota, Alidol en las mucosas, que sólo hace lo suyo, fue lo necesario.


Informe

Lo primero que hice al llegar, a Lima, fue telefonear al doctor Rosales, un amigo peruano, antropólogo de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

—Hola Raúl, sí, soy yo, el doctor Ramananda, necesito verte.

Nos encontramos en un cafetín de mala muerte cerca del ministerio donde trabajaba. Le conté sobre la estatuilla, no todo, pero sí le brindé algunos detalles.

—¿Qué quieres saber?

Le dibujé el rostro, imborrable en mi memoria, en una servilleta.

—Esto es, el rostro, me parece haberlo visto en otro lugar, es… como decirlo, atemporal, pre humano incluso… Ya te diré el resto, pero debo saber a quién o qué representa.

—O puede tratarse de una vulgar hechura en serie, que repite patrones aprendidos, milenarios.

—Que quizá transportan algo olvidado, como bien dices, pero que creo aún pervive. Discúlpame si crees que esto es absurdo…

—No te preocupes, yo creo que el espíritu del “absurdo” debe habitar los libros, de la llamada “ciencia” inclusive, como habita el juego de los niños, pues ahí está la magia, la creación verdadera.

Le pasé un sobre con un dibujo más detallado, de cuerpo entero, desde diferentes ángulos.

Nos despedimos.

—¿Dónde estás alojado?

Le di la dirección de la posada ubicada en el apacible y cómodo distrito de Jesús María.

—Ok. Te llamo, si averiguo cualquier cosa.

Los días transcurrieron y en vano aguardé la llamada. Una noche abrí mi correo electrónico, y apareció como único mensaje en la bandeja de entrada. Esperé unos instantes, no me decidía a abrirlo. El encabezado decía de manera escueta: Informe, urgente. Algo podía intuir. Cerré los ojos y presioné el botón derecho de mi mause dos veces. El texto apareció en la pantalla:

No he podido comunicarme, ni visitarte, me han sucedido cosas de lo más extrañas. Casi me mató, o me matan. Tomaba una cerveza en la terraza, acababa de terminar tu informe, y de pronto escucho que me llaman, como un susurro, desde la primera planta, sabrás que yo vivo sólo. Busqué algo con qué defenderme, pero no hallé nada, decidí bajar las escaleras, me quité los zapatos para no hacer ruido. A cada peldaño descendido, aumentaba la intensidad de una respiración. A sólo cuatro peldaños del final me detuve, la respiración cesó. Eso, lo que fuera, me intuía pensé. Subí las escaleras a toda velocidad, sentí pasos detrás de mí. El vello de los brazos se me erizó. Me detuve en la terraza, intenté voltear, despacio. Sólo logré girar la cabeza unos centímetros, cuando una fuerza terrible me empujó a la altura de los riñones y me arrojó al vacío. Desperté en una camilla de hospital. Los vecinos me encontraron en un charco de sangre, pensaron que había querido suicidarme. Cosa poco probable de intentar desde un segundo piso… He decidido poner en venta la casa. Mañana tomo un avión con destino a Francia, a casa de mi ex esposa, mis hijos también piensan en eso del intento de suicidio, y bueno, necesito alejarme cuanto pueda de aquí. No me siento seguro.

Lo que te escribo sé que te va a sonar raro, pues no encontré ningún dato en  los textos “oficiales”, y tuve que echar mano a los otros, y sí, calzó como anillo al dedo. Te pego el informe:

Los ojos enormes, tienen, no sé si te diste cuenta, un punto al medio, desgastado en el lado derecho, según el libro de Churchward, cada uno es el símbolo de el “ahau”, el primero sin segundo, el aham mameti de los Vedas, el Yo soy, que se puede ligar en el mismo sentido con la Biblia, representa al gran dios, pero al funcionar como ojo, encontramos la duplicidad, uno se antepone al otro, funciona como una negación, ¿de qué? Pues del primer concepto, entonces sería, el antecesor  del Uno, el real, el primero.

Puede ser también una negación (inversión) de funciones, es decir, de la potencia creadora de Dios, lo que nos daría algo como Siva en su faceta de destructor del universo, mediante su danza. En el pecho eso que te parecía un sexo hermafrodita, es casi una T lemúrica, que simboliza tanto la inmersión como la resurrección, de algo quizá muerto, o dormido en las aguas. En relación a esto, te hago una cita del Necronomicón que se guarda en la Biblioteca Colonial del convento de San Francisco:

En su Mansión de R’lyeh el Difunto Cthulhu espera soñando, pero Él se levantará y su reino cubrirá la Tierra.

No sé qué podrás hacer, o si te servirá de algo esta información. Pero es necesario que te deshagas de esa maldita estatuilla.

Espero que nos volvamos a encontrar.

Hasta siempre.

Raúl.


Retorno

—Señores pasajeros, por favor sírvanse abordar el vuelo número 2684 de Lan, con destino a la ciudad de Bombay, en la puerta de embarque número 23. Gracias.

—Dear passengers, please take your flight number 2684 for Lan, bound for the city of Bombay, in the gate number 23. Thanks.

Estábamos en el café Indra, el mejor de Bombay, las tazas de porcelana inglesa eran llevadas de un lugar a otro, por manos de mozos diligentes. La charla se había prolongado demasiado. Es una manía común ese querer ser oídos que tienen los poetas, como si estuviesen ellos enamorados del sonido de su voz. Fer Cass As-Maruk me alcanzó una hoja de papel manuscrita.

—Es lo último que he escrito.

A decir verdad, el poema no era gran cosa. Sobre todo para mí que conocía lo mejor de su obra. Pero entendía el mensaje, la predicción de muerte, de su propia muerte.

No hubo peregrinaciones
Fueron apuñalados
Díscolos, sus restos alumbran
largas carretas
Amaron la carne,
el perfil de sus huesos astillados…


—¿Piensas hacerlo? —pregunté sin rodeos.

—Sí —fue la única respuesta. Tomó sus libros, y se despidió. Lo vi alejarse, ser uno más entre los sofisticados parroquianos del café Indra. Me dediqué a releer el texto.

Habían transcurrido cuatro días desde mi llegada. Todo ese tiempo, y durante el viaje, no sufrí ningún “incidente” con el Dios. Parecía incluso que se olvidó de mí. En el correo no tenía mensajes de mi amigo el doctor Rosales. De seguro estaría recuperándose junto a los suyos.

Los días pasaron, sin prisa. Como en la calma que antecede a la tormenta. Los soldados del Ejército de la Fe sólo esperaban el momento oportuno de cometer el primer atentado, que volaría también a Fer Cass As-Maruk por los aires. Sonó el teléfono. Eran las 7 & 45 de la mañana. Me levanté para contestar. Un mareo me hizo sentarme. El ring incesante.

—¿Aló?

—Hola, soy yo, sólo quería decirte que llegó el momento.

—No, pero qué dices hombre, ¿dónde estás? ¿Por favor, contesta?

Silencio al otro lado de la línea. Agudicé el oído, una frase conocida se filtró por el auricular.

En ningún otro sitio vendían aquella substancia prohibida.

Salí apresurado.



Los callejones

Todo lugar para conservarse puro, o al menos un poco, necesita tener su contraparte. Un espacio donde poder vaciar lo peor del ser humano. O sólo lo que su libertad le mande. Quizá eso le faltó al paraíso terrenal de los cristianos. Algún tipo de vertedero. Eso era Alë Fatwa. Un conjunto de viviendas interconectadas por tabiques, paredes sin terrajar, cortinas y muebles encimados, que creaban un verdadero laberinto. Cualquier esfuerzo de las autoridades para poner orden allí estaba de antemano condenado al fracaso. Y en realidad, ¿no tenía ya su propio orden? Los grandes fumaderos se encontraban al medio, a su alrededor, como si fuese el cuerpo de un arácnido se desarrollaban las callejas. Era muy fácil perderse allí, en todo sentido, pues la policía sólo se limitaba a recibir su cupo semanal. Lo paradójico era que el barrio se ubicaba entre la zona de las embajadas. Creció como un tumor a su costado en realidad. De a pocos, con paciencia, hasta que fue imposible desalojarlo. A los maharajas no se le ocurrió mejor idea que cercarlo con altos muros, a partir de  los cuales nacían los pasadizos. Sólo había una entrada. Mencionar el nombre de a Fer Cass As-Maruk no me sirvió, pues nadie lo conocía. Así que pregunté por la substancia. Los guardianes sonrieron con sus escasos dientes. Me dieron algunas indicaciones e ingresé. Caminé algunas horas entre manos de vagabundos, travestis, adictos y mujerzuelas acabadas. Parecía que la fiebre se apoderó de mi cuerpo, de improviso. Me sentí mareado, otra vez. Decidí sentarme a pesar de las ratas enormes que corrían por doquier. Entonces, en la pared que cerraba esa calle sin salida, vi la cara del Dios, pintada en la pared. No puede ser me dije, no puede ser. Tomé mi cabeza que ahora parecía explotar, intenté ponerme de pie, di unos pasos y caí. Todo empezó a dar vueltas. La pared con el rostro del Dios, se me acercaba, la sentía respirar encima de mí, como si fuese una sábana inflada por el viento. Luego me desmayé.

Al despertar me encontraba en un camastro, dos hombres me contemplaban. Era un milagro que estuviese vivo, o al menos eso pensé en aquel momento. Privarse allí significaba una condena segura. El tráfico de órganos, la venta como esclavo sexual, o como transporte de droga, (te asesinaban, sacaban tus órganos y en el cuerpo vacío ponían la droga), hacían pensar en lo milagroso de mi situación, aunque aún no podía cantar victoria, a pesar de los rostros poco agresivos de mis anfitriones.

—¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?

—Tranquilo, nosotros somos amigos.

Uno de ellos sacón un revolver antiguo y me lo entregó.

—¿Y esto?

—Ya sabes lo que tienes que hacer. Tú mismo planeaste la operación.

—¿De qué hablan? No entiendo. Se miraron desconcertados. Luego, me encontré sin saber cómo otra vez por las calles, aturdido por las risas desdentadas que parecían burlarse de mí. A través de un tendedero repleto de sábanas percudidas divisé a mi amigo el poeta, sin saber por qué, le disparé.  Sé que anduve un rato más, el delirio de la fiebre me llevó a sentarme, con un grupo de adictos, que me ofrecieron la substancia. Parecían reconocerme, y yo no sentía temor a su compañía. Me palmeaban la espalda, como felicitándome. Fumé con ellos hasta perder el sentido del tiempo y el espacio. Lo último que recuerdo es sentirme en el piso, una rata cruzó por mi campo visual. Levanté un poco la vista, y allí la pared otra vez, el maligno rostro del Dios parecía sonreír.


Rameshwaram

No recuerdo cómo, pero de alguna manera pude volver  a mi departamento. Tenía la ropa hecha jirones. A lo mejor sí había asesinado a mi amigo. La fiebre me consumía, me tiré a descansar. Miles de imágenes boicotearon mi sueño, llevándome al reino de la pesadilla. Hasta que al fin, pude.

Su Divina Gracia Gauradeva Swami precedía la ceremonia de puja, como nunca lo hacía en realidad, pues ese trabajo correspondía a los brahmanas. Pero el descubrimiento de la nueva deidad. Lo había hecho rejuvenecer. Luego de comer los 505 potajes ofrecidos a la deidad, empezamos con los mantras. Al caer la tarde, mi gurú me llamó a un apartado.

—¿Cuál es el grado de pureza necesario para hallar una Salagrama Sila? ¿Cuál?, si son incontables los cantos rodados que duermen en el lecho de ríos incontables también. ¿Lo sabes, acaso, Ramananda?

Empecé a responderle con un cúmulo de frases hechas, citas exactas de las escrituras, aprendidas de memoria. Del Sri Isopanishad, de los Puranas, etc. Escuchaba mi voz, como un eco, a la distancia, alejado de aquellas verdades. Gauradeva Swami con los ojos entrecerrados me oía, dejaba ver su beneplácito con movimientos aprobatorios de la cabeza.

Me miro con fijeza.

—Todo lo que dices es la verdad. Y tú encontraste la Sila. Sin embargo que eso no te confunda. No dejes penetrar el demonio de la soberbia, esto es una prueba.

Me alejé de mi gurú con una reverencia tipo dandavat (vara) en el suelo. Al llegar a la habitación comunitaria, intenté dormir, pero no pude. La imagen de la deidad encontrada en el río, disfrazada de una simple piedra, no me dejaba en paz. Las palabras de mi maestro, ¿Cuál es el grado de pureza?   Me martillaban el cerebro.

Si sólo yo pude hallarla, por algo será —era una Sila de Jagahnatha que según las escrituras sólo aparecía una por cada Kalpa.


Aún me hallaba lejos del amanecer, los ritos comenzaban a las tres de la madrugada. Los brahmanas pujaris dormían. En el templo sólo había inciensos encendidos. Hice una reverencia al ingresar. Me acerqué al altar, corrí despacio la cortina, y allí mi deidad, sólo yo pude encontrarla. La cubrí en el dhoti y huí.

Atravesé ríos sagrados, montañas, nada parecía detener mi fuga. El objetivo era cruzar la frontera, llegar al Himalaya y meditar en alguna cueva, dedicado a la adoración de la deidad. El camino de la salvación tiene una forma no definida, me dijo muchas veces el gurú, recién pude comprobarlo.

En un pueblo de pastores saqué la Sila y la contemplé absorto, durante mucho tiempo, pensé que nadie me vería, pero mi apariencia ya no era la de un monje, después de casi un mes de escapar. El cabello y la barba, a pesar de la túnica azafrán, que no se me ocurrió cambiar, me hacían muy sospechoso. Un guardia que pasaba de casualidad por allí, me miró con desconfianza. Guardé mi tesoro y avancé a prisa. El guardia a caballo me siguió lento, apuré el paso.

—¡ALTO! —me ordenó.

Corrí. Cuando sentí el peso brutal de su garrote de madera en la cabeza supe que no tenía salvación.

Desperté, por mi propio grito. Era de noche. Fui al baño en busca de un vaso con agua. Al volver. La estatuilla me observaba desde el marco de la ventana ahora abierta de par en par. Empezó a llover.


Opciones

He pretendido narrar, seguro con omisiones, y fallas, lo inverosímil de mi situación. La decisión tardé demasiado en tomarla. Tengo el vaso lleno de agua y estricnina a mi costado. No tengo apuro. Es imposible saber qué me espera, en qué cuerpo pagaré este nuevo pecado. Tras mucho meditarlo, me parece necesario exponer algunas reflexiones que me torturan. Paso a enumerarlas. Aunque de seguro quien las lea creerá que estoy loco.

1-Todo es producto de la culpa, soy miembro del grupo terrorista Ejercito de la Fe, me arrepentí y asesiné a mi amigo el poeta Fer Cass As-Maruk, por eso la cara del Dios se me hace conocida y no deja de aparecer en mi mente.

2- Soy un drogadicto en Alë Fatwa, esa red de callejones inmundos, de los que es imposible salir. El rostro del dios es sólo una mancha en la pared, la cual contemplo en mi alucinación, antes de llegar a una sobredosis.

3-Soy en realidad Ramananda un destacado antropólogo que ha realizado un descubrimiento que va a costarle algo más que la vida.

4-Soy un bhakta obsesionado, que tras robar una estatuilla del templo, voy a ser ejecutado por herejía. Y esto es un sueño.

5-Soy un juguete en las manos de un Dios sádico, todas las opciones son infinitas y creadas por él, como en una rueda del samsara interminable, sólo para su diversión.

Podría intentar algunas explicaciones más, pero ya para qué…

 

 
 
 
©Francisco León, 2015
 
Francisco León (Lima-Perú 1975). Estudió literatura en la Universidad de Bueno Aires. Tiene diez libros publicados, entre ellos las novelas Tigres de Papel, Resplandor Púrpura (dos ediciones Lima, Buenos Aires), Salamanca Sixties (una análisis del rock en la clase media de Lima) y los poemarios Ad Gloriam y Summer Screams.
 
 
 
 
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