Si aceptamos la idea del escritor como mediador del discurso de otro, y aceptamos que por el sólo hecho de ser, somos continuamente otros; entonces todo aquello que escribamos, más que un reflejo de nuestra personalidad civil, es un testimonio.

 

 

Eduardo Chirinos (Lima, 1960)

Cursó sus estudios de literatura y lingüística en la Universidad Católica de Lima, donde fue profesor entre 1988 y 1993. En 1997 se doctoró con una tesis sobre El silencio en la poesía hispanoamericana contemporánea. Desde entonces ha ejercido como profesor en universidades de Nueva York y Pennsylvania. Actualmente enseña literatura hispanoamericana y española en la Universidad de Montana, Estados Unidos.

En poesía, ha publicado Cuadernos de Horacio Morell, 1981; Crónicas de un ocioso, 1983; Archivo de huellas digitales, 1985; Rituales del conocimiento y del sueño, 1987; El libro de los encuentros, 1988; Recuerda, cuerpo…, 1991; El equilibrista de Bayard Street, 1998; Naufragio de los días. Antología poética 1978-1998, 1999; Abecedario del agua, 2000; Breve historia de la música, 2001; Escrito en Missoula, 2003 y Derrota del otoño. Antología personal, 2003. Como ensayista ha publicado El techo de la ballena, 1991; La morada del silencio, 1998; Nueve miradas sin dueño, 2004 y dos libros de crónicas literarias, Epístola a los transeúntes, 2001 y Los largos oficios inservibles, 2004

 

 

 

[ Recomendamos leer ]
  La fabulosa literatura húngara  (por Omar Guerrero. El Hablador Nº4. Junio 2004)

 

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Entrevista con Eduardo Chirinos

por Omar Guerrero Alvarado

 

Aprovechando su estadía en nuestro país, El Hablador logró contactarse con el poeta y crítico peruano Eduardo Chirinos, residente en Missoula, para cuestionar el papel de sus últimos libros publicados Los largos oficios inservibles (Ed. Norma) y Nueve miradas sin dueño (PUCP y FCE)

Hablemos de tus dos últimos títulos Los largos oficios inservibles y Nueve miradas sin dueño, libros que no son de creación poética pero que tienen que ver directamente con ello, con la poesía y con la literatura misma. ¿Cómo podría definirse, como concepto y como libro, a Los largos oficios inservibles?

Tu pregunta da por supuesta una separación que —al menos en mi caso— nunca ha sido demasiado clara: la creación poética y la visión crítica. Tal vez porque vivimos una época que nos empuja a la ultraespecialización, la crítica ejercida por los poetas ha sido vista con tanta desconfianza como la poesía escrita por los críticos. Y en cierto modo es explicable: todos sabemos lo que ocurre cuando un crítico, cansado de evaluar y explicar obras ajenas, decide caer en la tentación de proponer las suyas propias; de modo inverso, todos sabemos lo que ocurre cuando un escritor decide ponerse la máscara del crítico y evaluar las obras de otros.

Pero si dejamos de lado las tentaciones y las máscaras podemos acceder a la situación que considero ideal: la del natural diálogo que se produce entre la visión crítica y la visión creativa. No se trata, como muchos creen, de compartimentos estancos: no entiendo una visión crítica que no sea creativa, tampoco una visión creativa que no sea crítica. Tanto Los largos oficios como las Nueve miradas se han ido escribiendo en natural consonancia con los poemas sin que eso signifique una esquizofrenia creativa, sino un enriquecimiento mutuo.

Autores como Borges, Paz, Cernuda, nos han enseñado que ambas actividades vienen de una fuente común: la lectura. Y no me refiero únicamente a la lectura de libros: se puede “leer” una película, una fotografía, una persona, un paisaje. Tal vez los antiguos tenían razón y el mundo no es un más que un gran libro que espera ser leído. Además todo escritor (de novelas, de cuentos, de dramas o de poemas) es antes que nada un lector, y de los más exigentes y severos, pues está guiado por su propia búsqueda y ésta es insobornable. Nunca entendí a los escritores que tienen la desvergüenza de alardear que no leen, pues sólo en la lectura crítica se afina una escritura crítica. ¿Qué entiendo por crítica? No el conocimiento detallado de tal cuál o teoría, sino la capacidad de proponer una lectura que entre en diálogo con la tradición y hacerla viva, es decir, integrarla a nuestra experiencia, o rechazarla. Tal vez por eso los textos críticos que más me interesan son aquéllos que se proponen como una conversación entre lectores. Éste es uno de los temas de Los largos oficios inservibles, un libro que podría definir conceptualmente como una conversación sobre la literatura y la vida.

Te había comentado que este libro me parecía como una muestra de lo "testimonial". ¿Consideras que este hecho de lo "testimonial" es válido actualmente para producir literatura?

Si aceptamos la idea del escritor como mediador del discurso de otro, y aceptamos que por el sólo hecho de ser, somos continuamente otros; entonces todo aquello que escribamos, más que un reflejo de nuestra personalidad civil, es un testimonio.

Ahora en la poesía podría resultar abstruso hacer uso de lo "testimonial" en el caso directo de los tópicos de la admiración o loa, por eso nada mejor que preguntar directamente al poeta mismo sobre las influencias que ha recibido. ¿Qué infuencias consideras en tu poesía?

No creo en las influencias. Creo en las afinidades con que la obra de un autor se hace de parte de nosotros. Se trata de un camino muy largo que sólo podemos recorrer en la vasta soledad de lo que llamamos tradición. Sospecho que a eso apuntaba el verso de Gonzalo Rojas: “cada cual su Vallejo doloroso y gozoso”. En ese “cada cual” está lo más intransferible y lo más íntimo de nuestra lectura. Hace algunos años leí una frase de Ricardo Reis que todavía me sigue conmoviendo: “En cualquier poema, por pequeño que sea, debe notarse que existió Homero”. Reis no nos está diciendo que para escribir poemas debemos conocer al dedillo toda la literatura desde Homero, sino que el poema debe ser capaz de activar la tradición, de recomenzarla hasta justificar a Homero y, si es posible, influirlo. Borges nos ha enseñado que creamos a nuestros precursores; eso es lo que muchos no quieren comprender. Las reseñas periodísticas abundan en comentarios del tipo "en este poema se nota la influencia de mengano y zutano", lo que sólo demuestra la buena (o mala) memoria del reseñador. A nadie debería interesarle la lista de poetas más o menos prestigiosos que un autor declara como sus “influencias”: si no se han hecho parte de uno éstas hablarán con una fresca y renovada voz, pero si se trata de una impostura, serán un simple decorado. Lo había advertido Lautréamont, la verdadera poesía está hecha por todos.

En el caso de Pessoa, con El fingidor. Revista de Literatura fue una especie de homenaje al poeta lusitano, pero lo interesante es cómo se planteó el todo del libro como la idea de un juego, es decir: Revista de Literatura, ¿Cómo así surgió esa idea?

Más que una idea, El Fingidor surgió como una demanda de todos aquellos poemas, artículos, reseñas y cartas que nunca encontraron cabida en ninguno de mis libros. Y no porque no me gustaran, sino porque prometían un proyecto que se agotaba en ellos mismos, sin dejar descendencia. Eran como islas solitarias en busca de un mar inexistente. Con el tiempo me di cuenta de que muchos de ellos anunciaban líneas de escritura que fui desarrollando años después. Se trata, en muchos casos, de poemas precursores con los que tenía que hacer justicia. Y justicia no era condenarlos al piadoso apéndice de los “Textos no recogidos en libro”, pues ellos encarnan mejor que nadie los distintos autores que he sido a los largo de 25 años. Fue entonces que surgió la idea de la revista (o mejor, de la ficción de revista) en la que cada uno de ellos participaba con una colaboración sin preocuparse por estar a tono con el resto.

Volviendo a Los largos oficios inservibles... ¿consideras este libro como una tentativa para nuevos lectores a un acercamiento o afinidad hacia la literatura?

Mentiría si dijera que ése ha sido mi propósito. Ya desde antes sospechaba que, al igual que los libros de poemas, éste también estaba condenado a ser leído por esas cuatro personas a las que alude el poema de Pound mencionado en la última página. Que su tono sea más “cordial” (no encuentro otra palabra mejor) no me otorgaba la ilusión de conseguir más lectores ni, mucho menos, de propiciar algún tipo de acercamiento o afinidad con la literatura.

Abordando las Nueve miradas sin dueño no cabe duda de que se trata de un texto de crítica. Como poeta, ¿consideras que es riesgoso su lectura en el caso de los lectores noveles que buscan esa afinidad que podrían haber encontrado en Los largos oficios inservibles?

La respuesta a la pregunta anterior responde también ésta. Lo que llamas lectores noveles buscarán el libro si sienten que está escrito para ellos, si encuentran los vasos comunicantes que enlazan esos libros entre sí y con los poemas.

Hacía esta pregunta porque siente mucho "recelo" por los textos de crítica literaria en los lectores en general, incluso en los estudiantes de literatura. ¿Cómo consideras realmente la crítica literaria? ¿Se le podría ver como consecuencia de lo creativo o a la inversa?

Cabría preguntarse debido a qué se produce ese “recelo” frente a los textos de crítica literaria. Tu pregunta distingue entre los lectores en general y los estudiantes de literatura. Sobre los primeros, si bien es verdad que lo que llamamos textos críticos requieren de un mayor grado de especialización, no estoy muy seguro de que no los lean: si de veras les interesa aquello que leen y no se sienten urgidos por un programa universitario, leerán con placer aquellas reflexiones sobre las obras que más le interesan. Se me dirá que son muy pocos los que leen poesía y diré que sí, que siempre fue así, pero esos pocos son precisamente los que visitan las librerías, hojean los libros y si se sienten llamados, por ellos los adquieren.

Sobre los estudiantes de literatura… a pesar de que fui uno de ellos, no puedo sino reconocer que siempre he sido un autodidacta. Es verdad que en la universidad tuve excelentes profesores, que aprendí mucho y que pude sistematizar mis conocimientos; pero uno nunca deja de ser autodidacta, y esto porque el sistema de lecturas se organiza en torno a tus propias búsquedas y preocupaciones. Lo que quiero decir es que el compromiso con esas búsquedas y preocupaciones no te las puede dar un syllabus universitario si es que no estás comprometido desde antes con ellas. No se trata, entonces, de asumir el ejercicio crítico como una “consecuencia” de lo creativo, sino como una de sus manifestaciones. Creo, además, que todo escritor tiene derecho a razonar en voz alta acerca de la literatura y de servirse creativamente de aquellos discursos críticos que le han sido útiles como herramienta de trabajo. Muchas veces he sentido lo que llaman placer estético leyendo comentarios o estudios críticos. Digamos que ésa y no otra es la medida en que los aprecio.

Desde tu experiencia en Missoula, ¿cómo se ve la función de la crítica orientada a los estudios latinoamericanos, en el caso específico de la literatura y poesía peruanas?

Estar en Missoula puede modificar la visión que tenga acerca de mi propia actividad creadora, pero no de la función de la crítica orientada a los estudios latinoamericanos. En cualquier caso (y éste es un tema bastante complejo y extenso) podríamos conversar acerca de las distintas corrientes de acercamiento a los estudios sobre literatura peruana que está llevando a cabo gente que labora o ha laborado académicamente en los Estados Unidos y que tiene más o menos mi edad, como José Antonio Mazzotti, Jorge Marcone, Efraín Cristal, Peter Elmore o Víctor Vich.

La literatura peruana, en especial la poesía, tiene su tradición y reputación bien ganada. ¿Es vigente esta tradición desde los ojos de afuera?

Los únicos “ojos de afuera” de los que puedo hablar con cierto conocimiento son los norteamericanos y españoles. Los primeros dependen en gran medida de los intereses y modas académicas; que yo sepa, Vallejo es el único poeta peruano que ha logrado ser traducido y editado en tirajes de cierta importancia (no hablo aquí de editoriales pequeñas que se aventuran con otros poetas, como el caso de Floricanto que publicó en el 97 a Carmen Ollé, o de las siempre bienvenidas antologías bilingües). En España la cosa es distinta, pues más que el olfato regido por el mercado académico existe el olfato de los editores, por lo general gente muy enterada y culta (y con gustos bastante definidos), que tienen los ojos puestos en América Latina, y particularmente en el Perú.

El problema es que nuestra pobreza editorial (que es, lo sabemos, inversamente proporcional a nuestra producción literaria) hace que estemos a la zaga de países como México, Argentina o Colombia: obras como las de Eguren, Adán, Moro, Westphalen, Sologuren, Varela, Cisneros y, más recientemente, Watanabe empiezan a ser familiares en los catálogos españoles, y a ser leídos en otra escala (no olvidemos que las editoriales españolas mal que bien distribuyen en toda el área hispánica y son proveedores de las bibliotecas universitarias norteamericanas). Si el peso de una tradición depende en gran medida del soporte académico y editorial, entonces la nuestra es heroica.

Y para terminar, y englobando la idea de Los largos oficios inservibles, muy subjetivamente, ¿Con cuál sientes mayor afinidad? ¿Con la crítica o con el oficio de escribir poesía?

Con las dos siento muchísima afinidad, pues como ya te lo he explicado, no las considero actividades exclusivas ni excluyentes. Pero no necesito sentirme entre la espada y la pared para reconocer que si siento una gran afinidad con la crítica es por lo que en ella hay o debería haber de poesía.

No me imagino haciendo otra cosa.

© Omar Guerrero, 2004

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OMAR GUERRERO ALVARADO (Lima, 1977) Es bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Actualmente se desempeña como librero en librerías Crisol y prepara su tesis sobre la narrativa de Mario Bellatín. Es colaborador frecuente de El Hablador.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/chirinos.htm


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