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La palabra de Javier Marías

Uncategorized June 15th, 2007

javiermarias.jpg“Cuando las cosas acaban ya tienen su número y el mundo depende entonces de sus relatores, pero por poco tiempo y no enteramente, nunca se sale de la sombra del todo, los otros nunca se acaban y siempre hay alguien para quien se encierra un misterio. Ese niño no sabrá nunca lo que ha sucedido, se lo ocultarán su padre y su tía y se lo ocultaré yo mismo y no tiene importancia porque tantas cosas suceden sin que nadie se entere ni las recuerde, o todo se olvida y prescribe. Y cuán poco va quedando de cada individuo en el tiempo inútil como la nieve resbaladiza, de qué poco hay constancia, y de ese poco tanto se calla, y de lo que no se calla se recuerda después tan sólo una mínima parte, y durante poco tiempo: mientras viajamos hacia nuestra difuminación lentamente para transitar tan sólo por la espalda o revés de ese tiempo, donde uno no puede seguir pensando ni se puede seguir despidiendo: ‘Adiós risas y adiós agravios. No os veré más, ni me veréis vosotros. Y adiós ardor, adiós recuerdos’.” 

De Mañana en la batalla piensa en mí

* Mañana: lo que Jack Martínez y Giancarlo Stagnaro estaban esperando.

Homenaje a José Watanabe

Uncategorized June 7th, 2007

watanabe.jpgEl Centro de Estudiantes de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (CELIT) ha organizado un homenaje al poeta José Watanabe, que contará con la participación del Dr. Marco Martos, Presidente de la Academia Peruana de la Lengua, y del profesor y crítico Camilo Fernández Cozman.

La cita es mañana viernes a las 8 pm en la Municipalidad de Miraflores (avenida Larco, a la altura del parque Kennedy). El ingreso es libre. Puede encontrar más información en el blog del CELIT.

La palabra de Nicanor Parra

Uncategorized June 2nd, 2007

nicanor parra.jpgMANIFIESTO

Señoras y señores
Esta es nuestra última palabra.
-Nuestra primera y última palabra-
Los poetas bajaron del Olimpo.
 
Para nuestros mayores
La poesía fue un objeto de lujo
Pero para nosotros
Es un artículo de primera necesidad:
No podemos vivir sin poesía.
 
A diferencia de nuestros mayores
-Y esto lo digo con todo respeto-
Nosotros sostenemos
Que el poeta no es un alquimista
El poeta es un hombre como todos
Un albañil que construye su muro:
Un constructor de puertas y ventanas.
 
Nosotros conversamos
En el lenguaje de todos los días
No creemos en signos cabalísticos.
 
Además una cosa:
El poeta está ahí
Para que el árbol no crezca torcido.
 
Este es nuestro lenguaje.
Nosotros denunciamos al poeta demiurgo
Al poeta Barata
Al poeta Ratón de Biblioteca.
 
Todos estos señores
-Y esto lo digo con mucho respeto-
Deben ser procesados y juzgados
Por construir castillos en el aire
Por malgastar el espacio y el tiempo
Redactando sonetos a la luna
Por agrupar palabras al azar
A la última moda de París.
Para nosotros no:
El pensamiento no nace en la boca
Nace en el corazón del corazón.
 
Nosotros repudiamos
La poesía de gafas obscuras
La poesía de capa y espada
La poesía de sombrero alón.
Propiciamos en cambio
La poesía a ojo desnudo
La poesía a pecho descubierto
La poesía a cabeza desnuda.
 
No creemos en ninfas ni tritones.
La poesía tiene que ser esto:
Una muchacha rodeada de espigas
O no ser absolutamente nada.
 
Ahora bien, en el plano político
Ellos, nuestros abuelos inmediatos,
¡Nuestros buenos abuelos inmediatos!
Se refractaron y dispersaron
Al pasar por el prisma de cristal.
Unos pocos se hicieron comunistas.
Yo no sé si lo fueron realmente.
Supongamos que fueron comunistas,
Lo que sé es una cosa:
Que no fueron poetas populares,
Fueron unos reverendos poetas burgueses.
 
Hay que decir las cosas como son:
Sólo uno que otro
Supo llegar al corazón del pueblo.
Cada vez que pudieron
Se declararon de palabra y de hecho
Contra la poesía dirigida
Contra la poesía del presente
Contra la poesía proletaria.
 
Aceptemos que fueron comunistas
Pero la poesía fue un desastre
Surrealismo de segunda mano
Decadentismo de tercera mano,
Tablas viejas devueltas por el mar.
Poesía adjetiva
Poesía nasal y gutural
Poesía arbitraria
Poesía copiada de los libros
Poesía basada
En la revolución de la palabra
En circunstancias de que debe fundarse
En la revolución de las ideas.
Poesía de círculo vicioso
Para media docena de elegidos:
“Libertad absoluta de expresión”.
 
Hoy nos hacemos cruces preguntando
Para qué escribirían esas cosas
¿Para asustar al pequeño burgués?
¡Tiempo perdido miserablemente!
El pequeño burgués no reacciona
Sino cuando se trata del estómago.
 
¡Qué lo van a asustar con poesías!
 
La situación es ésta:
Mientras ellos estaban
Por una poesía del crepúsculo
Por una poesía de la noche
Nosotros propugnamos
La poesía del amanecer.
Este es nuestro mensaje,
Los resplandores de la poesía
Deben llegar a todos por igual
La poesía alcanza para todos.
 
Nada más, compañeros
Nosotros condenamos
-Y esto sí que lo digo con respeto-
La poesía de pequeño dios
La poesía de vaca sagrada
La poesía de toro furioso.
 
Contra la poesía de las nubes
Nosotros oponemos
La poesía de la tierra firme
-Cabeza fría, corazón caliente
Somos tierrafirmistas decididos-
Contra la poesía de café
La poesía de la naturaleza
Contra la poesía de salón
La poesía de la plaza pública
La poesía de protesta social.

Los poetas bajaron del Olimpo.

Al paler con cariño

Uncategorized June 1st, 2007

procol.jpgPor: Alfonso González Vigil

En su columna “Desencantos” del pasado 23 de abril del 2007, José Güich dedicó un texto reivindicativo del combo Procol Harum. Recuerdo que, por recomendación de mi padre, escuché hace muchos años atrás el éxito mítico de los Harum “A Whiter Shade Of Pale” (”Con su blanca palidez”); él me insistió que esa canción poseía una hipnótica fuerza. Luego supe que los británicos sobre la base del “Aria” -segundo movimiento de la suite N. 3 de Bach- crearon un tema con melodía persuasiva, ejecución instrumental prístina e interpretación vocal sentida. La crítica de los sesenta los llamó “Bach rock”.

John Lennon amaba ese single, bueno en realidad adoraba el álbum completo que se llamaba Procol Harum y que después sería reeditado como A Whiter Shade Of Pale. Lo escuchaba en un plato giratorio que se hallaba dentro de su lujoso Rolls-Royce. En el libro de Peter Brown y Steven Gaines The Love You Make an Insider’s Story of the Beatles se describe una reunión que se llevó a cabo en el auto y donde aprovecharon ingerir LSD. Experimentando uno de sus vuelos John hizo que se tocara “Con su blanca palidez”, intercalada con Sgt. Pepper.

A propósito de los Beatles, una de las observaciones al texto de Güich radica en mi desacuerdo cuando sostiene que los discos de Procol “no tenían nada que envidiar a los vuelos de los Fab Four”. A mí me gusta Harum, pero los Beatles me parecen superiores; además ellos hicieron uso de algunos acordes de la sonata al claro de luna de Beethoven en “Because” tocados al revés. Ellos de una manera más diáfana y arriesgada operaron una variante de una melodía clásica. Lo digo, ya que los Beatles recogieron unas notas o un fragmento casi igual que los Procol, no obstante la trascendencia y popularidad de “Con su blanca palidez” frente al track “Because” del álbum Abbey Road no tiene parangón. Incluso, yo prefiero el hit de los Harum. Sin embargo, mucho del éxito de la canción “pálida” obedece a su procedencia clásica, yo creo que si le quitarán las notas de Bach parafraseadas se eliminaría un considerable porcentaje de intensidad. En el caso de los Beatles “al tocar al revés” unos cuantos acordes de la composición de Beethoven, hace que únicamente los melómanos entrenados identifiquen la obra inspiradora. Por si fuera poco, “Because” privilegia las voces de los de Liverpool, dejando breves instantes de lucimiento a la lúgubre melodía.

Mi intención no es pelear con los hinchas de Harum, al contrario aprecio a la banda, sólo que los Beatles considero llegaron a mayores cúspides. Otra aclaración, el término brit-pop por cuestiones cronológicas no se suele aplicar en la década del sesenta. Antiguamente la movida inglesa era bautizada como “Invasión británica”. Y, por último, una corrección: se menciona que B.J. Wilson fallece en 1992, siendo el año indicado 1990. Para corroborar el dato pueden chequear Wikipedia y la página allmusic.com

Eso sí,  comparto el entusiasmo de Güich por los tres primeros LP’s de Harum (sobre todo el discazo A Salty Dog). Escucharlos, garantizan minutos sosiego, magia y suspenso, porque sus obras no siempre buscaron lo políticamente correcto o lo predecible. Dato aparte: resulta una curiosa coincidencia la publicación más o menos reciente de trabajos que exaltan los méritos del rock sinfónico y progresivo. Lo manifiesto, porque la palabra reivindicación aparece tanto en el título del texto de Güich, “Reivindicación de Procol Harum (o en busca del tiempo perdido)” como en el de Jorge Luis Tineo, “Reivindicando a las minorías: una defensa del prog rock” (dicho panorama del rock progresivo figura en el número 11 de la revista Freak Out! de setiembre del 2006).

Olvidémonos de las discrepancias y precisiones por un rato. La virtud del texto de Güich consiste en la invitación al lector de conocer o valorar el legado de un grupo. En mi caso disfruté con la combinación de información musical e intimista. Y eso que cuando José me adelantó que defendería a una banda vilipendiada, pensé que le escribiría una loa a Duran Duran. Me equivoqué y felizmente para bien.

* Nota: tal como ocurrió hace dos días con el texto de Daniel Soria, hoy hemos tenido nuevamente un columnista invitado. La próxima semana las columnas de Guich y Aguirre vuelven con normalidad (Francisco Angeles). 

Vida, pasión y muerte de mi primer libro

Uncategorized May 30th, 2007

libro-soria.jpgLa anécdota fue narrada durante la extensa charla de café que siguió a la repartición de ejemplares de Disidentes que hizo Gabriel Ruiz-Ortega la semana pasada. La contó el escritor Daniel Soria, autor de Tres heridas nocturnas (1999) y uno de los incluidos en la antología. Después de escucharla, le propuse a Daniel que la escribiera para publicarla en este blog. Nuestro columnista invitado cumplió rápidamente con el encargo y nos cuenta aquí la trágica vida que tuvo su primer libro.   

Por: Daniel Soria

Un poco tarde me percaté de que lo mejor que hacía en la vida era escribir. Y me digo esto al margen de que lo haga bien o no. Para algunos sí, sin duda, y puede que para otros no, también sin duda. Pero antes de llegar a ese convencimiento escribía sin más, con el ánimo de estar haciendo algo para lo que me creía dotado. Un buen día tuve un número determinado de cuentos que sometidos a una prudente poda podían convertirse en libro. Y así fue.

En el periódico en el que trabajaba me debían un dinero que con seguridad nunca me pagarían, pero la empresa tenía su imprenta, además de su propia infraestructura y personal para el trabajo de preprensa. Luego de una conversación fugaz con el director del periódico, nos pusimos de acuerdo en que parte de lo que me debían me sería pagado imprimiendo mi libro, que para entonces solo existía como documento de word en la 386 que la empresa me había dado también a modo de pago o amortización. Yo quería quinientos ejemplares. Desear más me parecía estar apuntando a best seller. Sin embargo, cuando me entregó el presupuesto, el director había hecho un estimado por mil ejemplares. Le dije que era demasiado, pero terminó de convencerme cuando me dijo que la diferencia entre quinientos y mil la hacían solamente cien dólares. “Y de repente los vendes”, me dijo. Cuando lo escuché me pareció que solo faltaba añadir a su frase, después de la coma, el afectuoso “hermanito”. Sea, me dije, y entré al ruedo.

Recuerdo aún cuando me dieron los mil volúmenes (treinta y dos paquetes de treinta ejemplares, y uno de cuarenta). Al ver el espacio que ocupaban, me amilané. A primera vista eran demasiados libros, pero la suerte ya estaba echada.

Recuerdo con mucho cariño la presentación. Amigos y parientes aceptaron mi invitación y creo que la pasaron bien. Me ocupé de que a nadie le faltara siempre un vaso de whisky y su copa de tinto para las señoras. Ese día vendí de un tirón más de treinta ejemplares, un auténtico y desaforado récord a la luz de lo que vendría después.

Excepto una reseña de un crítico literario que admiro hasta hoy, cuyo contenido alcanzaba para sentir que la empresa de publicar no había sido vana, y otra brevísima reseña que salió por ahí que hasta ahora recuerdo por su velada mala leche disfrazada de humor, mi libro, el único y primogénito, no tuvo la menor repercusión. De no mediar la generosidad del crítico que menciono, hubiese sido como si el libro no hubiera existido.

En total, para hablar de ventas, creo que no llegué, ni de lejos, al centenar de libros. Más bien a algunos buenos amigos les di su paquetón de treinta ejemplares para que los hicieran circular entre sus conocidos. Dejé algunos en unas pocas librerías, pero lo vendido también fue exiguo. Hasta ahora guardo agradecimiento por esos desconocidos que se atrevieron a comprarme un ejemplar asistidos apenas por la información que podía darles la contraportada.

Entre idas y vueltas, absorbido por el azar, la rutina y de pronto lo imprevisible, fui viviendo mi vida acompañado de mi libro. Entonces me parecía que por mucho que los regalara nunca se acabarían. Hasta que me llamaron de un programa de televisión, casi dos años después de haberlo publicado. El productor me dijo que el conductor del programa, dedicado a la literatura, me había leído y le interesaba entrevistarme.

Quiso la fortuna que estuviera con mis más queridos amigos las horas previas al encuentro. Tomamos unas cuantas cervezas, pero no produjeron en mí el efecto que esperaba, de modo que tomé veinte miligramos de diacepam. El buen diacepam nunca me ha fallado, y tampoco en aquella ocasión. Llegué puntualmente al lugar donde se grabaría acompañado de mis fieles compañeros. El local barranquino estaba tomado por una barahúnda de técnicos, cables, cámaras y luces. Me guarecí en un rincón con mis camaradas hasta que llegó el conductor. Lo miré lo más intensamente que pude para saludarlo, pero él paseó una mirada fugaz por donde yo estaba sin reconocerme. Todavía no he dicho que soy un poco paranoico, de modo que interpreté ese acto del peor modo posible. Me dije que, claro, a nadie se le ocurre entrevistar a un autor para hablar de un libro que ha publicado dos años antes. De otro lado, por ahí me había caído mi palo en relación con el cuento más largo, o novela corta, según como se mire, y se me consideraba ya un hijo bastardo de Kerouac, al que no había leído, así como también veían mi novelita como una triste muestra de aprendizaje de realismo sucio, lo que en mi caso, eso entendí, ya parecía realismo cochino. Junté ambos cabos, el del tiempo pasado desde la publicación y de la crítica adversa, mezclé la información en mi cabeza y me dije que me habían llevado hasta allí para tenderme una celada y decirme algo así como “que un chibolo hable de sus excesos y todo eso, vaya y pase, pero al borde de los treinta salir con estas cosas, por favor, Daniel”.

Cuando el conductor me dijo: “Disculpa, Daniel, que empiece con un exabrupto”, solo atiné a decirme “empezó Cristo a padecer”. Pero pasó exactamente lo contrario. Luego del “exabrupto”, de signo absolutamente positivo, fui sorprendido por la actitud del conductor, que tuvo para mi primer esfuerzo literario las más amables y generosas palabras. Mi agradecimiento dura hasta hoy.

Los amigos que me acompañaron, luego de la entrevista me dijeron que ahora sí tendría más suerte en las ventas, pero no fue así. Las cosas siguieron más o menos igual, pero peor. Los libros que todavía me quedaban, es decir, los que no se compraron, ni regalaron, ni distribuyeron con entusiasmo mis amigos, andaban, como animados por vida propia, dando vueltas por la casa. Anduvieron bajo la cama, visitaron el cuarto de la azotea, reposaron un tiempo en la sala y supieron también de la estrechez del rincón chino, un reducido y extraño espacio que, a modo de apéndice, tiene mi sala, que llamamos chino porque está decorado con tres acuarelas chinas que heredé de mi suegra.

Aunque no todo fue decepción. No faltaron los lectores a los que les gustó, a quienes llegó el libro porque se los regalé o sabe dios de qué indirecto modo, pero el hecho es que mi modesta colección de relatos fue haciéndose sitio de esa forma en el mundo. Pero no era suficiente, al menos no para mi vanidad. Debo decir que en esos años ansiaba el reconocimiento. Y esta confesión puede parecer banal si consideramos que todos quieren reconocimiento, desde el panadero hasta el ingeniero, pero en el caso de los escritores esa demanda puede volverse mórbida.

De este modo empecé a mirar a mi primer hijo literario con ojos demasiado severos. Errores que cometí en su edición que antes pasaba por alto empezaba a verlos como horrores imperdonables. Para empeorar la cosa, le regalé un ejemplar a un buen amigo que, con la mejor intención, me lo devolvió corregido. Le cambié ese ejemplar por otro y le agradecí el gesto, y con ánimo malsano conté los errores: su número era superior al de las páginas del volumen.

Como el hombre harto de su esposa, en la que empieza a ver como defectos lo que antes consideraba como detalles adorables, quería deshacerme del libro. Por momentos me decía que podía seguir arrimándoles paquetes a mis amigos para que continuaran diseminándolo por la ciudad, pero me sublevaba la idea de verlo por las calles del centro de Lima a un sol el ejemplar. Si bien había llegado a detestar por momentos a mi creación, no estaba dispuesto a tolerar que otros la maltrataran.

Una mañana de euforia, me levanté con la idea de acabar con los dilemas y sentimientos encontrados que me provocaba el libro. Llegué al trabajo, avancé lo más rápido que pude en las obligaciones del día y le dije al chofer de la chamba que necesitaba sus servicios por una hora. Aceptó. Fuimos a mi casa, di una última mirada a lo que quedaba de mi aventura literaria, separé un paquete de treinta libros y metí el resto, más de quinientos ejemplares, en una gran maleta. Bajé con mi carga en una mano y con dos botellas de dos litros vacías en la otra. Pasamos por un grifo, compré cuatro litros de gasolina y nos fuimos para la Costa Verde.

Hacer algo tan sencillo como encontrar un lugar para hacer una pira y quemar papel, con lo simple que suena, no fue sencillo. Dos veces tratamos de parar pero nos lo impidieron serenos del distrito, hasta que llegamos a un lugar sin vigilancia, con unos indigentes como únicos testigos. Formé una pirámide con los ejemplares, rocié la gasolina y, antes de echarle fuego, vi que uno que otro indigente se aproximaba con una curiosidad que amenazaba con convertirse en acto. Encendí una cerilla y les dije que se apartaran, que estaba por quemar libros de brujería. Se retiraron de inmediato y uno de ellos regresó, alentado por un candor que me hizo decir “oh, sancta simplicitas”, con media botella de querosene.

Tuvo que pasar buen tiempo para que pensara otra vez en el episodio y lo viera con ojos menos benévolos. Lo que al principio me pudo haber parecido un gesto romántico fue cobrando con el tiempo su auténtica dimensión: un hecho desmesurado y estúpidamente egoísta.

No sé si el libro fue valioso, pero los lectores que me regalaron su cálido afecto luego de leerlo no merecían que así les pagara su fe en mi trabajo. Sé que una serie de factores me condujeron a la quema ritual que a veces lamento, desde mis manías domésticas que hicieron que los numerosos libros se rebajaran a la condición de cachivaches hasta una vanidad a la que creía tener derecho; pero igual a veces un triste pesar lastra mi corazón.

Después de todo, el libro ya no me pertenecía; todo el esfuerzo invertido en él había hecho que lo allí escrito, apenas salido de la imprenta, aún con la tinta fresca, cambiara de algún modo de dueño y fuera también a pertenecer a los lectores, esos mil hipotéticos lectores que nunca tuve pero que quizá a la larga iba a tener. Eso solo podía decirlo el tiempo, tiempo que yo cancelé en un acto flamígero que veo cada vez menos cómo símbolo y cada vez más como barbarie.

DIEGO TRELLES EN RESPUESTA A RUIZ-ORTEGA

Uncategorized May 23rd, 2007

diegotrelles1.jpgYa que hace pocas semanas inauguramos en este blog el ejercicio del “derecho a réplica”, a pedido de Diego Trelles Paz cumplimos con postear una carta en la que responde a algunas declaraciones de Gabriel Ruiz-Ortega en la entrevista publicada hace dos días en esta bitácora.
  

Estimado Francisco Ángeles:

Le escribo porque he leído una entrevista suya al señor Gabriel Ruiz-Ortega en la cual éste me alude sin nombrarme, y me gustaría hacer algunas precisiones respecto a sus comentarios:

1. En la entrevista, este señor afirma muy suelto de huesos que soy un “narrador de tendencia izquierdista que vive como neoliberal” y que, cada vez que puedo, “me mando con un floro remanido de la exclusión, la marginación”. Debo decir que me declaro sorprendido, no sé de dónde saca este pobre hombre la absurda idea de que vivo como un neoliberal. ¿Será porque estudio en Estados Unidos? ¿Es, acaso, ésa su luminosa razón? Si es así -y no encuentro otra dado que no lo conozco ni me conoce en absoluto-, me asombra la lógica pedestre y maniqueísta de sus razonamientos, y esa ligereza de boca que, a menudo, emplea para hablar de aquello que no entiende. No es la primera vez que lo hace. De hecho, tiene la misma actitud bravucona y negligente en su blog. Quien lo lea, no sólo se dará cuenta de que Ruiz-Ortega tiene la prodigiosa facultad de escribir con los pies, sino que, además, tiene una tendencia casi natural al diagnóstico epidérmico y colegial, de una pobreza analítica y formal inusitada para alguien que quiere asumir la tarea de prologar y antologar la que autoproclama como la antología de los nuevos narradores. [Lo del “floro de la exclusión”, debo suponer, es un chiste involuntario de su parte, propiciado por los nervios de la entrevista -una entrevista, por lo demás, embarazosa por la cantidad de dislates que dice].

2. Las razones por las que decliné mi participación en Disidentes (cuyo título, por cierto, tiene una cantinflesca explicación de su parte) son tres: 1) No me sentí representado ni cómodo en un proyecto dirigido por un personajito precario e improvisado que no me interesa en absoluto como escritor (tiene una novela con más faltas ortográficas que páginas), y cuyo comportamiento ha estado signado por la consigna de escalar y figurar como sea y a expensas de quien sea; una especie de lobbysta chicha y, aparentemente, mitómano (¿alguien ha podido comprobar la procedencia de Q Ediciones esa “editorial extranjera” que le pagó por publicar su novela y, según lo atestiguado por él en la Conversa de escritores organizada por Cyberayllu, le ha hecho un trato por otros dos libros más? Si uno hace una búsqueda rápida en Google se dará cuenta de que esa editorial simplemente no existe. Bien haría Ruiz-Ortega en aclarar este asunto turbio para evitar mayores suspicacias en el futuro). 2) Además de lo expuesto, no me pareció correcto aceptar la propuesta de un sujeto al que alguna vez fui introducido brevemente por una persona que respeto y admiro (el poeta Miguel Ildefonso), y que luego atacó públicamente -junto a otro señor del que ahora reniega con ironía pero del que era compadrísimo cuando fungía de crítico de Somos-, más de una vez, no sólo a Miguel, sino a otros creadores cercanos con los que tengo más de una afinidad. Las suyas no eran críticas literarias medianamente agudas sino ataques personales que, como en mi caso, buscaban desacreditarlos mediante el agravio y la burla. 

3. Finalmente, quiero decir que, como cualquier escritor o artista, tengo derecho a participar en los proyectos que me interesen y, sobre todo, en aquellos que me parezcan serios y, en mi opinión, éste no era el caso. Nunca me he negado a colaborar y, menos aún, a participar en proyectos literarios y artísticos, y de eso pueden dar fe muchos otros escritores. Si el señor Ruiz-Ortega se ha sentido ofendido porque le dije -muy amablemente, por cierto- que no, allá él, pero, por favor, guárdese esa retórica vacua para los posts de su blog y, en vez de hacer tanto ruido para promocionarse y seguir escalando como acostumbra, dedíquese a mejorar esa prosa, a revisar los diccionarios que tanta falta le hicieron en su primera novela, y a escribir, hombre, a leer, a sosegarse, que es, finalmente, lo que podrá ayudarlo a utilizar las manos la próxima vez que se aventure, esperemos con seriedad, en el oficio de la escritura.

Atte.,
Diego Trelles Paz.

La palabra de Antonio Di Benedetto

Uncategorized May 15th, 2007

di benedetto.jpg“Dijo que hay un pez, en ese mismo río, que las aguas no quieren y él, el pez, debe pasar la vida, toda la vida, como el mono, en vaivén dentro de ellas; aún de un modo más penoso, porque está vivo y tiene que luchar constantemente con el flujo líquido que quiere arrojarlo a tierra. Dijo Ventura Prieto que estos sufridos peces, tan apegados al elemento que los repele, quizás apegados a pesar de sí mismos, tienen que emplear casi íntegramente sus energías en la conquista de la permanencia y aunque siempre están en peligro de ser arrojados del río, tanto que no se les encuentra en la parte central del cauce, sino en los bordes, alcanzan larga vida, mayor que la normal entre los otros peces. Sólo sucumben, dijo también, cuando su empeño les exige demasiado y no pueden procurarse alimento”.

Antonio Di Benedetto. Zama 

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