Tiempos de melodrama en El Hablador 15
Publicaciones, Debate, presentaciones May 30th, 2008
Tiempos melodramáticos los que vivimos, con demostraciones afectivas en directo y dramas de la vida privada convertidos en alimento público de los medios. Sobre las relaciones entre melodrama, cultura popular y literatura versa esta nueva edición de la revista virtual de literatura El Hablador, que de este modo alcanza su edición 15.
Además de nuestro dossier temático, también contamos con numerosos artículos en las secciones de Debate, Estudios, Otros Habladores (entrevistas) y Reseñas. Hemos dedicado este número 15 a la memoria de José B. Adolph, sobre quien presentamos un texto acerca de su narrativa.
En esta ocasión, la Biblioteca o dossier sobre el melodrama latinoamericano. La estudiosa peruana Rocío Quispe-Agnoli –autora de un libro sobre Felipe Guaman Poma de Ayala– revela precisamente los vericuetos de la telenovela contemporánea y su relación con la catarsis del espectador, hecho que demuestra la vigencia del melodrama. Complementan esta sección un estudio del crítico y escritor peruano Alejandro Susti sobre la presencia del tango en la obra de Borges y otro de la investigadora venezolana Adlin de Jesús Prieto sobre el bolero en el novelista cubano Guillermo Cabrera Infante.
La sección Estudios viene, en primer lugar, con un “mini-dossier” de ciencia ficción peruana con un artículo de Christian Elguera sobre XYZ, la novela sobre la clonación de Clemente Palma, un texto que ha sido rescatado por la reciente edición de la PUCP. Luego, tenemos el homenaje al escritor José B. Adolph (1933-2008) sobre su novela Mañana, las ratas, con la firma de Elton Honores. Ambos textos fueron leídos durante el Segundo Congreso de Narrativa Peruana celebrado en octubre de 2007 en Huanchaco, a propósito de una mesa sobre ciencia ficción en nuestro país.
También incluimos textos varios acerca de estudios coloniales –el surgimiento de la conciencia criolla y el barroco americano en Bernardo de Balbuena, por Jaime Zapata Fajardo–, literatura del siglo XIX –la lectura y la educación de la mujer con la novela de folletín, por Johnny Zevallos– y una aproximación a la poesía peruana de vanguardia –La casa de cartón de Martín Adán como documento social, por Richard Parra–. A ello se añade un artículo en francés sobre Salón de belleza, de Mario Bellatin, aproximación desde el psicoanálisis de Jesús Martínez Mogrovejo.
Los Otros Habladores –en esta oportunidad, internacionales– son de lujo. En primera instancia, la escritora chilena Diamela Eltit, en conversación con Claudia Salazar, quien revela su preferencia sobre la poesía de Vallejo y devela la actualidad de la narrativa chilena. Por otro lado, la estudiosa argentina Lilian Fernández Hall dialoga con el colombiano Héctor Abad Faciolince para desvelar los secretos de la escritura autobiográfica, la relación con los blogs y la actualidad de su país natal. En la otra esquina, Carlos Monsiváis sondea el momento cultural latinoamericano: la vigencia del melodrama (como catarsis), el rol de las humanidades y la ecología, y un comentario sobre el presidente venezolano Hugo Chávez y la opinión de los intelectuales mexicanos.
En nuestra sección Debate, incluimos una entrevista al poeta José Rosas Ribeyro, efectuada por Francisco Izquierdo, a propósito del caso de la autoría de los poemas de María Emilia Cornejo. También figura el artículo de Gabriela McEvoy acerca de dos novelas sobre el exilio chileno tras la dictadura de Pinochet, Cobro revertido (Leandro Urbina) y El jardín de al lado (Donoso). Asimismo, Fabio Vélez utiliza la perspectiva deconstructiva para aproximarse al paradigma de la modernidad en la poesía y el pensamiento de Baudelaire. La estudiosa brasileña Gisene Santana nos acerca a un texto fundacional de la literatura de su país: el Ianarana.
Colaboradores y miembros de El Hablador han reseñado textos aparecidos el año pasado: Kafka en el jardín (Murakami), El huevo de la iguana (Calderón Fajardo), Pelando la cebolla (Grass), Lo propio y lo ajeno (Tania Franco Carvahal), El arte de leer a García Márquez (Cobo Borda), “Seré millones”. Eva Perón: melodrama, cuerpo y espectáculo (Susti), Punto de fuga (Gamboa), Bonitas palabras (Izquierdo) y Luna llena (de Miguel Almeyda, escritor de Villa El Salvador).
Finalmente, en la parte de Creación, incluimos poemas de Enrique Sánchez Hernani, José Picón, Pablo Salazar Calderón, Jorge Alberto Collao, Néstor Málaga y John Cuéllar. Asimismo, relatos de Claudia Salazar Jiménez, Raquel Morán, Elena de Yta, Daniel Alejandro Gómez, Tomás V. Richards y Pedro E. Moreno-Vásquez.
Como se ve, se trata de un número variado y con contenido de primer nivel. Esperamos que lo disfruten.
Porta 9
Publicaciones April 3rd, 2008

Acaba de aparecer Porta 9, un nuevo espacio para la literatura virtual. Dirigida por Francisco Ángeles, esta página web ofrece un anticipo de las entrevistas en formato de video con diversos escritores nacionales.
Por el momento, sólo podemos ver un avance promocional. Pero se anuncia que, desde el lunes 7, el portal iniciará sus publicaciones periódicas. Estaremos esperando.
“La pata de mono” y Enrique Congrains
Publicaciones, Debate, presentaciones March 27th, 2008
Giancarlo Stagnaro
Gracias a una gentileza de José Donayre Hoefken, responsable de ediciones Copé (Petroperú), damos a conocer estos videos alrededor de la presentación de la novela El narrador de historias, de Enrique Congrains Martin. La novela, como se sabe, relata la historia del narrador oral Cayetano Cómpanis, que se presenta en una convulsionada ciudad de Mendoza para dar su versión del cuento de horror “La pata de mono”, de W. W. Jacobs.
El primer video describe la presentación de Congrains en Crisol, el lunes 14 de enero. Los tres siguientes constituyen la presentación final de la “semana Congrains”, en la Casona de San Marcos, el viernes 18, donde el autor peruano, fiel a su estilo, narra el cuento de Jacobs.
Presentación en Crisol:
Congrains en la Casona (primera parte):
Segunda parte:
Tercera y final:
Puto el que lee esto
Publicaciones March 19th, 2008

Marlon Aquino Ramírez
Cuando vivía en Argentina, una de mis mayores satisfacciones era comprar la revista Ñ de El Clarín. La había leído antes, por internet, pero será inolvidable para mí la primera vez que me acerqué al quiosco y, tras entregar un peso (o peso y medio, no recuerdo bien), el amable vendedor me alcanzó la versión impresa de dicha publicación cultural. Me parecía increíble que por tan módica cifra (un peso argentino equivale a un sol peruano) pudiera tener acceso a tan valioso material. Al recorrer sobreexcitado sus páginas, por momentos recordaba al antiguo, bastante antiguo, “Dominical” de El Comercio que, además de tener muchas más páginas que el raquítico “Dominical” de estos tiempos, presentaba artículos extensos y profundos. Sin embargo, pienso que ni ese viejo suplemento nuestro puede compararse con el argentino. Esto se explica claramente: ley de la oferta y la demanda. Los argentinos están más interesados en la cultura que los peruanos, por ello demandan y compran cultura; por ello hay una oferta de calidad.
Este comentario viene a raíz de un texto de Roberto Fontanarrosa que encontré ayer entre mis cajas - archivo y que quería compartir con ustedes. Estaba dentro de una de esas revistas Ñ que compré en mi travesía argentina. Transcribo sólo una parte del mismo. Si quieres ser escritor, tienes que leerlo completo.
PUTO EL QUE LEE ESTO
Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora. La leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf… el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo. El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
“Es un golpe bajo”, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor –les contesto–, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas.
Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Roberto Fontanarrosa
Escribir en tiempos de la novela histórica
Publicaciones February 29th, 2008

Alejandro Vázquez Ortiz
No es coincidencia que la única forma de narratividad que últimamente ha tenido un éxito apabullante, sea la novela histórica. No es casualidad que junto a ella, sólo se alzan algunas sombras paliduchas que recogen la estafeta de la historia y la prolongan sobre los individuos, o ficciones inocuas. No dudemos que en el fondo de todo esto no hay sino el anhelo, por demás positivista, de que algo se pueda rescatar, como conocimiento, de los discursos literarios. No es coincidencia que si bien la novela se perfeccionó para entretener las imaginaciones de la nueva burguesía del Renacimiento que disfrutaban de mucho tiempo de ocio; la novela histórica surja, no como divertimento para el recreo –aunque en el fondo lo sea–, sino como una ocupación más para los hombres que, a pesar de que no tienen tiempo libre alguno, deciden convertir su tiempo libre –la lectura– en un trabajo.
El mandato del capitalismo es, por supuesto, producir. Y la forma que ha encontrado la novela histórica ha hecho que el disfrute del ocio se convierta en un episodio más de la instrucción académica, o por lo menos así tiene que parecerlo. La novela tiene que producir: no ya como mero trofeo de los best-sellers, sino como un conocimiento que pretende deslindarse, a fuerza de repetirse, de su carácter subjetivo.
Estas consecuencias han sido nefastas para toda la producción literaria. Puesto que, por necesidad, toda novela tiene que rescatar el sentido más esencial de la ‘producción’, su sentido etimológico: del latín pro-ducere, que sería algo así como “poner en muestreo” o “mostrar”, “conducir un desocultamiento”. Toda la narración enuncia, pues, una verdad. Puesto que aquello que surge con un movimiento tal que se nos aparece es ya de por sí una verdad que nos trastoca y nos transforma. ¿A quién le importa, que en el fondo, todo o parte del contenido histórico de una novela, sea mentira? ¿No ha encendido los debates sobre el cristianismo la novela de Dan Brown, tal y como lo hacían en su momento las reformas eclesiásticas y los cismas vaticanos? La gran promesa de redención de la verdad tenía que ser no una crítica, sino un Gran Desvelamiento, una gran producción histórica, que sea falsa o no, se nos aparece con una insólita cristalinidad que no tienen ni las revistas de arqueología ni las ediciones críticas de los evangelios apócrifos.
Y la triste contrapartida de este edificio luminoso, que ha hecho las veces de máquina de batalla de los editoriales, es justamente la literatura marginal y sus tratamientos consecuentes. Una literatura de la “se-ducción” (como contrapartida directa de la “pro-ducción”, es decir la literatura del “ocultamiento”), esa que también se llama “maldita”, no pueda ser sino arrumbada a las márgenes de la literatura y de las fraguas editoriales. Hasta que, pasado un tiempo, se les rescata, eso sí, ya como producción: acompañadas con sendos estudios filológicos, perfiles biográficos, análisis psicoanalíticos y críticas apologéticas que nos “muestren” la lógica de los autores y rescaten el “verdadero” secreto sentido que “realmente” producían.
Así, el Marqués de Sade nos mostró el lugar que ocupa la sexualidad que lucha contra la represión; Baudelaire nos muestra el vacío melancólico que sobreviene ante la falta de mitos modernos y reconstruye toda la psicología de la posmodernidad; Heinrich von Kleist un antecesor de Kafka; y el propio Kafka un profeta que “muestra” las insólitas consecuencias de los idilios de los gobiernos con la burocracia.
Todo es, pues, cuestión de mostrar, enseñar, aplicar; tal y como en la ética capitalista del contexto y la ciencia, un conocimiento es totalmente inútil si no se aplica y produce. El imperativo está, pues, en escribir para dar cuenta de esa verdad, y no puede ya el escritor saltarse esa relación que le ata a sí mismo como sujeto. No puede el escritor ocultarse, sino que su mandato primero es mostrarse: y mostrarse de maneras bien particulares… En realidad, toda su producción está condenada, ya de por sí, a mostrarlo. Es casi una tautología y, por supuesto, es de lo más absurdo intentar salir de ese círculo: su palabra, quiéralo o no, ya da cuenta de sí misma…
Así pues, incluso esta literatura “maldita” es obligada a hablar, está obligada a fungir como documento histórico. Y desde esa obligación es, necesariamente, colocada en los escaparates de las librerías. Bien claro esto resulta la imposición de este muestreo descarado hasta en los aspectos más nimios y últimos de las vidas y obras de los escritores: claro que esto nos remitiría a un problema más complejo que es el del lector como figura democrática del libre escoger. Es decir, ¿por qué un lector no escoge al azar el libro que ha de leer? Contemplar esta pregunta es la remanofacturación de otra más peligrosa: ¿qué es elegir, sino someterse a los regímenes de la producción, de la “muestra”? En cualquier caso, esto es otro tema.
Obviamente, la novela histórica no necesita que los críticos y filólogos se sumerjan en ella para dar cuenta de su verdad. Principalmente por la absoluta nulidad de los sujetos (sujetos-personajes y sujeto-autor) que no son (como en la Historia misma) mas que meros accidentes de un devenir arquitectónico y estructural, un devenir histórico… Por ello no se necesita ninguna especie de fino oído para escuchar reverberar el hilo de la verdad que se recorre, sino que es justamente el lugar más puro y limpio en donde la palabra da cuenta de sí misma o, mejor aún, en donde la palabra da cuenta de la humanidad entera y su destino.
Por parafrasear a Hegel, cuando nos asomamos a la novela histórica, contemplamos, en cierta forma, el Sepulcro de Cristo, en donde los cruzados vieron el semblante de Dios que no era otra cosa que el espejo de la modernidad, forjada a palos y a sangre por la Historia. La Historia da cuenta de sí misma para, por fin, detenerse.
Escribir en tiempos de la novela histórica es escribir en el lugar del “eterno retorno”; espacio de la total exposición de la palabra, desnudez de los significados, que tienen a su disposición toda una batería jurídica, psicológica, moral y filosófica, que los descifra y los muestra como mercancía barata, para disfrute de sus consumidores. Lugar del que no se extrae ningún espacio público, ni ningún diálogo, ni ningún debate… sino que, todo lo contrario, impide que la Historia continúe, desde el espacio que la propia Historia funda para contemplarse a sí misma y las características que le son propias de sí misma.
Testimonio de parte
Publicaciones February 24th, 2008
Giancarlo Stagnaro
Pude conocer a José B. Adolph en 2003, a propósito de la salida de su reciente libro para entonces: la novela Un ejército de locos, continuación, si cabe el término de La verdad de Dios y JBA. Tocando nuevamente los terrenos de la distopía y la crítica a la religión, Un ejército de locos revela la pugna mundial por el control del mundo de dos corporaciones: Unisoft y Macrosoft. Este conflicto enmarca, con cierto aire new age, los debates entre ciencia, religión, sexualidad, los orígenes y fines del mundo, entre otros tópicos.
Nos citamos en el famoso restaurante Las Mesitas, de Barranco, e hicimos unas fotos en los pasajes colindantes a la avenida Grau. A la cita también asistieron su pareja, la pintora Delia Revoredo, y Daniel Salvo. La conversación, amenizada por un potente plato de tacu tacu con milanesa, giró en torno a la ciencia ficción, la crítica literaria peruana, el cine y temas colindantes. Adolph siempre obsequiaba a su conversación preguntas y observaciones absurdas y sarcásticas que volvían nuestras verdades asumidas absurdas y sarcásticas.
Es decir, la personalidad de Adolph siempre se dedicó a socavar nuestra centralidad como sujetos, las pocas seguridades que nos quedan, mediante un sarcasmo provocador e implacable. Maestro del humor negro, Adolph siempre cuestionó los criterios de autoridad y cómo éstos eran naturalizados a través de la educación, los medios de comunicación, la tradición, la literatura canónica (y la manera de comprenderla)…
De ahí que resultara normal hasta cierto punto –aunque se podría decir que “normal” era un término desconocido para el vocabulario adolphiano– que la revista El Hablador lo entrevistara para su tercer número, a propósito de un dossier sobre ciencia ficción en marzo de 2004.
En esta ocasión, la cita fue en su casa de la calle Ocharán, en Miraflores. La conversación parecía prolongarse horas. Cierto es que hablar de ciencia ficción en el Perú se asemeja a la búsqueda de una aguja en un pajar. Para el alemán Wolfgang Luchting, el género es irrealizable en el país debido a nuestras endémicas carencias modernas y tecnológicas. Sin embargo, los años se han encargado de rebatir este aserto cargado de eurocentrismo (como aquella versión de que las Líneas de Nazca fueron hechas por extraterrestres y no por una civilización andina). Hay escritores de ciencia ficción en el Perú, pero requieren de mayor difusión, como muchas manifestaciones artísticas en el país. El interés por este género sigue latente.
En todo caso, Adolph no prefirió el encasillamiento. Practicó distintas formas literarias. Antes de conocerlo recuerdo haber leído la magistral “Marita en el parque”, en la antología del cuento fantástico peruano de Harry Beleván, en el que la verdad de un infanticidio se muestra tan insoportable que es mejor no decirla. Otro relato memorable es “Impunidad”, aparecido inicialmente en el número 38 de Hueso Húmero, en el que el narrador asume el punto de vista de un cazador de nazis camuflado como periodista en Lima, en busca de uno de los responsables por la matanza de miles de seres humanos en los campos de concentración del nazismo, un ser diabólico: el mismísimo Josef Mengele. El fugitivo se oculta en la Selva amazónica peruana. Cuando el cazador de nazis finalmente arriba al pueblo donde se encuentra el asesino para ajusticiarlo en nombre de sus víctimas europeas, los pobladores señalan a un ser beatífico, un médico que prodigaba atención y cuidados a los más necesitados y olvidados del Perú.
El Hablador le agradece muchas cosas a Pepe Adolph. Estuvo en primera fila durante nuestra presentación en el centro cultural de España, allá por abril de 2004. También ha sido lector conspicuo de la revista y comentó positivamente esta bitácora en un artículo de su columna “El señor de los colmillos”, en la revista Caretas.
Hay muchas cosas que aproximan a Adolph con “otros habladores”, como Pablo Guevara. Considero que ambos son los mayores representantes del humor literario en el Perú en los últimos años. El primero desde la narrativa, el segundo desde la poesía. El primero, dueño de un sentido corrosivo y crítico; el segundo, de índole más rabelesiana y menos cáustica. Pero ambos compartían ese afán desmitificador e iconoclasta que los volvía tan solicitados y escuchados por las jóvenes generaciones.
Precisamente, muchos de ellos han venido reivindicándolo en los últimos años. No es casual que en el reciente congreso de narrativa en Huanchaco se organizara una mesa en torno a la ciencia ficción en el Perú, con tres ensayos de Jorge Luis Obando (Universidad Federico Villarreal), Ronny Vásquez y Elton Honores (UNMSM) sobre la obra de Adolph, más uno de Christian Elguera sobre Clemente Palma. Todos ellos estudiantes de no más de 25 años. Muestra más que suficiente sobre el impacto que el autor de Mañana, las ratas ejerce en los lectores contemporáneos y que, estamos seguros, continuará en los años venideros.
Hasta entonces, Pepe.
Seamos más sinceros, por favor
Publicaciones February 1st, 2008

Marlon Aquino Ramírez
Roberto Bolaño es ahora un escritor omnipresente. Recuerdo que la primera noticia que tuve de Los detectives salvajes fue en 1999, cuando en El Comercio leí un artículo celebratorio sobre ella, pues acababa de ganar el premio Rómulo Gallegos. El título me hechizó de inmediato, me hizo pensar en una vertiginosa historia de aventuras, misterio, intrigas y, claro, violencia. Quise leerla de inmediato, pero en ese tiempo el precio del libro, como ahora, andaba por las nubes.
Pasaron los años y la novela del chileno seguía siendo para mí una deuda que no veía cuándo saldar. En San Marcos nunca escuché hablar a nadie de ella, nunca la encontré en las bibliotecas. Cuando iba a la Feria del Libro (que por entonces se realizaba en la avenida La Marina), siempre me conformaba con mirarla desde lejos en los estantes, podía haberla cogido y echarle un vistazo, pero no quería ilusionarme con algo que aún escapaba a mi presupuesto de universitario chalaco.
Pero el día del encuentro llegó finalmente, y no fue aquí, sino en Argentina (en Córdoba, para ser más precisos), cuando un amigo, que le tenía una fe ciega a Bolaño –ciega porque lo idolatraba sin haber leído mucho de su obra literaria– me la prestó. Y así, tendido en la incomodidad de mi estrecho camarote de la pensión de la calle La Rioja, leí Los detectives salvajes de cabo a rabo.
Sin embargo, confieso que la terminé de leer por obligación, acaso por vanidad. La primera parte me atrapó, es decir, los fragmentos del diario del jovencísimo, bohemio y poeta, García Madero, cuyos pasos me llevaron a recorrer un D.F. laberíntico, sórdido, casi kafkiano. Pero la segunda parte, con toda esa construcción caleidoscópica de puntos de vista, niveles de realidad y voces, terminó por hundirme en el tedio. Obviamente, no fue la polifonía lo que me aburrió, pues este recurso generalmente produce efectos placenteros sobre el lector y le da mayor profundidad psicológica y existencial a las narraciones (la alusión a Faulkner es inevitable). Lo que me aburrió fue algo que muchos celebran, que consideran el punto clave de la propuesta estética de Bolaño: sus inclinaciones postmodernas.
En la segunda parte de Los detectives salvajes, por ejemplo, hay decenas de historias que no tienen la construcción clásica de Planteamiento- Nudo- Desenlace, no, los relatos apenas si tienen suspenso y no hay ninguna meta a la cual llegar. Bueno, me dirá alguien, “la vida es así”, la vida son fragmentos sin sentido, las historias quedan truncas, la novela positivista quedó atrás. Y claro que tendría razón, pero, al menos a mí, las novelas que me subyugan son aquellas que oponen un orden al caos de la vida (o, en todo caso, un “desorden organizado”, valga de ejemplo aquí Trópico de Cáncer, de Henry Miller, que cito para que no se piense que soy un conservador en cuanto a estética literaria). Por eso, leer las casi seiscientas páginas de la novela fue todo un suplicio (casi comparable al de la lectura de otra obra premiada con el Gallegos, Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías, que, aun así, me gustó más que la de Bolaño).
En fin, todo es cuestión de gustos y criterios. El mío, eso sí, no puede entender cómo Vila-Matas pudo escribir aquello de que Los detectives salvajes supone un “carpetazo histórico y genial al Rayuela de Cortázar”, novela esta que también es crónica de una persecución metafísica, pero que es, ciertamente, mucho menos nebulosa, más interesante como narración.
Pero Bolaño reina actualmente. Es ese ídolo que toda comunidad siempre necesita adorar (y los lectores de ficción también son una comunidad). Lamentablemente, dudo mucho que la mayoría de sus seguidores idolatren su obra, más bien pienso que admiran su vida, porque vivió como quiso vivir, porque se inmoló con tal de ser fiel su vocación, es decir, porque tuvo esas agallas, esa valentía, esos cojones que ellos, simples observadores, tal vez jamás podrán tener. Y pienso que no está mal que se le admire por eso, porque yo también me quito el sombrero ante el Roberto Bolaño ser humano. Pero, por favor, en el juicio literario, seamos más sinceros, por favor. Yo recuerdo siempre ese viejo cuento del traje invisible del emperador.


