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Tiempos de melodrama en El Hablador 15

Publicaciones, Debate, presentaciones May 30th, 2008

15Tiempos melodramáticos los que vivimos, con demostraciones afectivas en directo y dramas de la vida privada convertidos en alimento público de los medios. Sobre las relaciones entre melodrama, cultura popular y literatura versa esta nueva edición de la revista virtual de literatura El Hablador, que de este modo alcanza su edición 15.

Además de nuestro dossier temático, también contamos con numerosos artículos en las secciones de Debate, Estudios, Otros Habladores (entrevistas) y Reseñas. Hemos dedicado este número 15 a la memoria de José B. Adolph, sobre quien presentamos un texto acerca de su narrativa.

En esta ocasión, la Biblioteca o dossier sobre el melodrama latinoamericano. La estudiosa peruana Rocío Quispe-Agnoli –autora de un libro sobre Felipe Guaman Poma de Ayala– revela precisamente los vericuetos de la telenovela contemporánea y su relación con la catarsis del espectador, hecho que demuestra la vigencia del melodrama. Complementan esta sección un estudio del crítico y escritor peruano Alejandro Susti sobre la presencia del tango en la obra de Borges y otro de la investigadora venezolana Adlin de Jesús Prieto sobre el bolero en el novelista cubano Guillermo Cabrera Infante.

La sección Estudios viene, en primer lugar, con un “mini-dossier” de ciencia ficción peruana con un artículo de Christian Elguera sobre XYZ, la novela sobre la clonación de Clemente Palma, un texto que ha sido rescatado por la reciente edición de la PUCP. Luego, tenemos el homenaje al escritor José B. Adolph (1933-2008) sobre su novela Mañana, las ratas, con la firma de Elton Honores. Ambos textos fueron leídos durante el Segundo Congreso de Narrativa Peruana celebrado en octubre de 2007 en Huanchaco, a propósito de una mesa sobre ciencia ficción en nuestro país.

También incluimos textos varios acerca de estudios coloniales –el surgimiento de la conciencia criolla y el barroco americano en Bernardo de Balbuena, por Jaime Zapata Fajardo–, literatura del siglo XIX –la lectura y la educación de la mujer con la novela de folletín, por Johnny Zevallos– y una aproximación a la poesía peruana de vanguardia –La casa de cartón de Martín Adán como documento social, por Richard Parra–. A ello se añade un artículo en francés sobre Salón de belleza, de Mario Bellatin, aproximación desde el psicoanálisis de Jesús Martínez Mogrovejo.

Los Otros Habladores –en esta oportunidad, internacionales– son de lujo. En primera instancia, la escritora chilena Diamela Eltit, en conversación con Claudia Salazar, quien revela su preferencia sobre la poesía de Vallejo y devela la actualidad de la narrativa chilena. Por otro lado, la estudiosa argentina Lilian Fernández Hall dialoga con el colombiano Héctor Abad Faciolince para desvelar los secretos de la escritura autobiográfica, la relación con los blogs y la actualidad de su país natal. En la otra esquina, Carlos Monsiváis sondea el momento cultural latinoamericano: la vigencia del melodrama (como catarsis), el rol de las humanidades y la ecología, y un comentario sobre el presidente venezolano Hugo Chávez y la opinión de los intelectuales mexicanos.

En nuestra sección Debate, incluimos una entrevista al poeta José Rosas Ribeyro, efectuada por Francisco Izquierdo, a propósito del caso de la autoría de los poemas de María Emilia Cornejo. También figura el artículo de Gabriela McEvoy acerca de dos novelas sobre el exilio chileno tras la dictadura de Pinochet, Cobro revertido (Leandro Urbina) y El jardín de al lado (Donoso). Asimismo, Fabio Vélez utiliza la perspectiva deconstructiva para aproximarse al paradigma de la modernidad en la poesía y el pensamiento de Baudelaire. La estudiosa brasileña Gisene Santana nos acerca a un texto fundacional de la literatura de su país: el Ianarana.

Colaboradores y miembros de El Hablador han reseñado textos aparecidos el año pasado: Kafka en el jardín (Murakami), El huevo de la iguana (Calderón Fajardo), Pelando la cebolla (Grass), Lo propio y lo ajeno (Tania Franco Carvahal), El arte de leer a García Márquez (Cobo Borda), “Seré millones”. Eva Perón: melodrama, cuerpo y espectáculo (Susti), Punto de fuga (Gamboa), Bonitas palabras (Izquierdo) y Luna llena (de Miguel Almeyda, escritor de Villa El Salvador).

Finalmente, en la parte de Creación, incluimos poemas de Enrique Sánchez Hernani, José Picón, Pablo Salazar Calderón, Jorge Alberto Collao, Néstor Málaga y John Cuéllar. Asimismo, relatos de Claudia Salazar Jiménez, Raquel Morán, Elena de Yta, Daniel Alejandro Gómez, Tomás V. Richards y Pedro E. Moreno-Vásquez.

Como se ve, se trata de un número variado y con contenido de primer nivel. Esperamos que lo disfruten.

“La pata de mono” y Enrique Congrains

Publicaciones, Debate, presentaciones March 27th, 2008

Giancarlo Stagnaro

Gracias a una gentileza de José Donayre Hoefken, responsable de ediciones Copé (Petroperú), damos a conocer estos videos alrededor de la presentación de la novela El narrador de historias, de Enrique Congrains Martin. La novela, como se sabe, relata la historia del narrador oral Cayetano Cómpanis, que se presenta en una convulsionada ciudad de Mendoza para dar su versión del cuento de horror “La pata de mono”, de W. W. Jacobs.

El primer video describe la presentación de Congrains en Crisol, el lunes 14 de enero. Los tres siguientes constituyen la presentación final de la “semana Congrains”, en la Casona de San Marcos, el viernes 18, donde el autor peruano, fiel a su estilo, narra el cuento de Jacobs.

Presentación en Crisol:

Congrains en la Casona (primera parte):

Segunda parte:

Tercera y final:

Escritores peruanos en Radio Francia Internacional

Debate, entrevista, Hablablog, presentaciones January 9th, 2008

perou_litterature_izquierdo_ildefonso_crisologo_200_mm_20080109.jpgAcaba de aparecer en el programa radial Puente de las Artes, de Radio Francia Internacional, una interesante entrevista, hecha por Hernán Rivera Mejía, a tres jóvenes escritores peruanos: Roxana Crisólogo, Miguel Ildefonso y Francisco Izquierdo Quea, este último codirector de El Hablador.

Crisólogo e Ildefonso estuvieron de paso por París, luego de participar en el festival de poesía Latinale, en Berlín. Izquierdo, como se recuerda, viene estudiando una maestría de literatura latinoamericana en La Sorbona.

En dicha conversación se viene midiendo el pulso a la actualidad literaria y editorial peruana, en el marco general de la crisis generalizada que padeció el Perú entre 1980 y 2000. La conversación gira alrededor de considerarse escritor en el Perú, la impronta de las últimas dos décadas en lo político y lo cultural, la migración del campo a la ciudad, la búsqueda de definiciones luego de la caída del Muro de Berlín y el estado actual del campo literario peruano, desde los premios internacionales hasta la insurgencia de nuevas editoriales.

Un tema en debate tiene que ver con la aparición de la literatura de la violencia política, que, en opinión de Crisólogo, siguió “un proceso natural en la poesía”. Ildefonso siente que es un tema muy presente en su trabajo artístico, que viene de sus orígenes como poeta. Por otro lado, Izquierdo considera que a este tipo de literatura “le falta madurar, faltan estudios que conlleven el aspecto estético”.

Los tres escritores aluden a una heterogeneidad de propuestas, pero están unidos por los cambios más recientes de la sociedad peruana, la emergencia de nuevos actores sociales, la globalización y la apertura económica, pero lamentan la sempiterna falta de apoyo e insensibilidad del Estado frente al tema cultural, que otros países potencian mejor.

La entrevista está colgada en la página de Puente de las Artes (y luego hacer click en “Escuchar 19 minutos”).  

En la imagen: Izquierdo, Ildefonso, el escritor Alfredo Pita y Crisólogo, de izquierda a derecha.

Miradas reflexivas: novela y sociedad en el Perú contemporáneo

Debate, presentaciones November 16th, 2007

maquina

Carlos Calderón Fajardo, autor de las novelas La segunda visita de William Burroughs y El huevo de la iguana, se presentará desde la próxima semana en el Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP con una serie de conferencias tituladas Novela y sociedad en el Perú contemporáneo.

Se trata, como el mismo Calderón Fajardo precisa, de “la presentación en el mundo académico de un avance de investigación que espero concluir en forma de libro en el 2008. En este trabajo se combinan mis reflexiones de más de 30 años como novelista, y mi profesión de sociólogo. Será, espero, un libro fronterizo que combinará los testimonial, con la reflexión estrictamente literaria y la teoría sociológica, que es la disciplina de las ciencias humanas que más conozco.”

Las sesiones se llevarán a cabo del lunes 19 al miércoles 21, desde las 17.00 horas. Para mayor información e inscripciones, se puede llamar al teléfono 626-2000, anexo 5374.

Programa

Lunes: La perspectiva del escritor. Mundos imaginarios y mundos reales.

Martes: La perspectiva del sociólogo. Sociología de la novela y sociología de la lectura.

Miércoles. Literatura y vivencia en la novela moderna en el Perú. Comentan: Guillermo Rochabrún y Gonzalo Portocarrero.

Mientras se animan a participar de este interesente y fructífero intercambio (estamos seguros que el debate no brillará por su ausencia), los dejamos con algunas opiniones sueltas de Carlos Calderón Fajardo acerca de la novela peruana contemporánea. No está de más recordar que el autor de La conciencia del límite último fue uno de los primeros en debatir sobre la modernidad y la posmodernidad en la revista Quehacer y también sobre la relación entre la novela y Lima.

“Uno de mis propósitos es buscar la comprensión del desarrollo de la novela peruana contemporánea desde Arguedas y Vargas Llosa hasta la actualidad. Creo que a esta altura de mi vida como escritor necesito reflexionar sobre este trabajo y el de mis compañeros de ruta. Y también pienso que es posible el diálogo entre la literatura y la sociología en un mundo hibrido, no sólo en lo social, sino en el nivel del conocimiento. Creo también que mi deber es hacer público esta reflexión para de esa manera enriquecer mi trabajo.”

“La burguesía propiamente dicha, los propietarios de los medios de producción, en términos sociológicos, no ha producido ningún novelista importante. Alfredo Bryce, por ejemplo, pertenece a un sector de la clase media alta, a la de altos funcionarios de la burguesía, pero no pertenecían a ella. Eso no quiere decir que no la conozca muy bien. Pero él incorporó ese mundo a la literatura peruana, como lo hizo José Diez Canseco.”

“No le puedes pedir a Bryce que escriba sobre los campesinos, porque no los conoce; o a Óscar Colchado que escriba sobre la burguesía, porque tampoco la conoce. La sociedad peruana es tan diversa que un escritor que se pueda mover por todo el espectro de la diversidad, con una novela vivenciada, es muy difícil.”

“El único que habría podido escribir una novela total sobre el Perú era José Diez Canseco, que representa con propiedad a la burguesía y a los sectores populares. Él debería ser más valorado. Era un narrador en el que pudo haberse llevado a cabo esa posibilidad totalizadora.”

“Algunos cuentos de Diez Canseco, Abraham Valdelomar y Oswaldo Reynoso, incorporan al sujeto popular urbano. El proyecto del grupo Narración, en los años 70, se diversifica con lo popular urbano, provinciano y migrante.”

“Mi intención es comprender, no explicar ni llegar a la esencia última de lo literario. Se sabe, desde Kant y Hegel, que la literatura es inefable. No se puede llegar a saber la verdad sociológica de Kafka, es interesante lo que dice la sociología, pero no se puede llegar al meollo, aunque ésta es una aproximación que nunca se ha hecho en el Perú. Pero tampoco se puede ser tan tajante para decir: los que escriben sobre la realidad peruana son los buenos y los que escriben sobre mundos imaginarios son los malos. Es una tontería, porque América, de Kafka, es una novela sobre América, aunque Kafka nunca estuvo acá. Nadie va a condenar a Kafka por escribir esa novela, porque desde ese punto de vista quedan atrás la novela fantástica, el policial, etc. Pero tampoco podemos condenar al realista social. Hay excelentes realistas sociales que siguen una línea y tienen todo el derecho de hacerlo.”

“Vamos a hacer una lectura comprensiva, de escritor a escritor, no de crítico, ni sociólogo ni de comisario, tratando de comprender y sin condenar a nadie. Tampoco haré juicios valorativos, eso le corresponde a los críticos literarios (que están mejor armados que yo para hacerlo) o a la historia. Por ejemplo, me interesa comprender por qué en algunas novelas peruanas actuales desaparece el Perú. También trataremos de comprender novelas como Rosa Cuchillo de Colchado o La violencia del tiempo de Gutiérrez. Lo que ha pasado a partir de 1990, luego de la caída del muro, es que ‘han florecido las flores’. Hay escritoras y escritores diversos que provienen de una serie distinta de afinidades electivas. Cada uno tiene derecho a ser respetado en su opción.”

Imagen: Foto tomada de aquí.

Las visiones de Lima en Ciudades ocultas

Publicaciones, Debate, presentaciones October 30th, 2007

Ciudades ocultas


Giancarlo Stagnaro


Quisiera empezar estas reflexiones con una analogía urbana. Mejor dicho, visual y urbana a la vez, ya que el tema que nos reúne esta noche tiene que ver con dichos tópicos. El libro de José Güich y Alejandro Susti, Ciudades ocultas. Lima en el cuento peruano moderno (Fondo Editorial de la Universidad de Lima), me hizo recordar por muchos momentos la imagen que proyecta Lima vista desde un avión y cómo se va configurando la ciudad a medida que el avión desciende. Podemos trazar una analogía con la tradición literaria, esa serie de concatenaciones hechas de nombres y títulos que en definitiva le otorgan identidad a la producción letrada de un entorno determinado. Pues bien, en nuestra analogía tenemos esta serie literaria dispersa, fragmentada, vista desde el cielo. Quiero postular que la crítica literaria es como ese descenso del avión, en el que se comienzan a configurar formas, paisajes y ámbitos más definidos, más evidentes.

Ciudades ocultas funciona como una incursión aérea a uno de los aspectos más celebrados pero menos estudiados de la llamada Generación del 50: los vínculos netos entre literatura y ciudad que, a su vez, conducen a los vínculos entre literatura y serie social.

Hace un par de años, en el centro cultural Peruano Británico quien suscribe estas líneas inició una serie de conferencias sobre Lima y la literatura peruana, es decir, la representación de Lima en lo simbólico, y efectivamente, el punto de quiebre de dicha representación son los escritores que Güich y Susti han analizado sustantivamente en este libro.

Julio Ramón Ribeyro, Sebastián Salazar Bondy, Enrique Congrains, Mario Vargas Llosa, Luis Loayza, Oswaldo Reynoso y Alfredo Bryce reciben, en mayor o menor medida, la atención de críticos y estudiosos que indagan a través de sus textos literarios las preguntas esenciales del Perú contemporáneo. Cada uno de ellos debería merecer un libro, por lo menos, en cuanto a sus logros narrativos. Sin embargo, vale la pena recordar que Lima hace sus autores (véase el suplemento identidades 56, de marzo de 2004).

Efectivamente, Ciudades ocultas prueba el aserto. Sin la experiencia limeña, pero sobre todo, con los cambios que experimentó Lima en la década de 1940 –la incipiente modernización, la urbanización apresurada, las migraciones–, no hubieran surgido los autores que ahora comentamos. Es como en el texto de Ribeyro, “Mayo 1940”, el famoso terremoto que dejó sus secuelas físicas y afectivas en el microcosmos del barrio miraflorino de Santa Cruz. En su caso, un barrio hizo al autor, a un sujeto en busca de su lugar en el mundo.

Y si miramos a nuestra propia devenir, los limeños que aún vivimos en Lima, nuestra vida se resume en este recorrido urbano. Somos los mismos sujetos urbanos que vamos desplazándonos de un punto a otro de la ciudad, como bien lo han dilucidado Guich y Susti, sólo que hace cincuenta años se movían en ruidosos tranvías y ahora en combis asesinas.

Es decir, nos enfrentamos a lo que Marshall Berman –uno de los referentes citados en Ciudades ocultas, junto al historiador de la cotidianidad, Michel de Certeau– define como lo moderno: la masa, el encuentro con rostros anónimos, cosa que recién podemos ver en nuestros días, pero que en los 50 todavía era lejano. Lima recién empezaba a mostrar esas múltiples caretas, como en “El niño de junto al cielo”, de Congrains; o convertía sus viviendas en espacios irrecuperables, como en los relatos de Sebastián Salazar Bondy.

Por tanto, los estudiados son los escritores de la transición limeña, del huerto cerrado oligárquico, ataviado con la extraviada nostalgia de Porras Barrenechea, rumbo hacia la emergencia de nuevos actores y sectores sociales de Matos Mar. Frente a estos cambios, de faz imprevisible, sólo quedan dos caminos: o bien la nostalgia y la elegía por todo pasado fue mejor; o bien el redescubrimiento y la fascinación por nuevas experiencias urbanas traídas caóticamente por la modernidad y la migración.

ribeyroNostálgicos
Pienso que Julio Ramón Ribeyro, Luis Loayza y Sebastián Salazar Bondy pertenecen al primer grupo: reaccionan literariamente refugiándose en las ficciones que provee la nostalgia. Aunque no fue un defensor estricto de la vieja guardia, en muchos cuentos Ribeyro profesa una velada admiración no por la Lima criolla que se fue (y que nunca termina de irse), sino por la Lima que no puede retener entre sus dedos, la Lima apacible y clasemediera de Miraflores, otro de los distritos que también ha sufrido distintos tipos de embates modernizadores. Véase si no el caso de “Tristes querellas en la vieja quinta”. Claro, el asunto le sirve para ironizar, tomar partido con una sonrisa mordaz a la distancia, sobre todo en “El marqués o los gavilanes” o “Alienación”, por ejemplo.

“Enredadera”, de Loayza, texto analizado en Ciudades ocultas, quizás es el relato más nostálgico del grupo, por razones que este libro revela. Y también, el cuento de Sebastián Salazar Bondy con el esclarecedor título de “Volver al pasado”, en el que se nos advierte de la imposibilidad de este periplo. El choque entre deseo y realidad es, por decir lo menos, más que brutal. Lima ha dejado su halo romántico y más bien es una ciudad que abre heridas, brechas terribles. Caso similar es el de Enrique Congrains en el cuento reseñado en esta selección.

En realidad, y aquí quiero hacer una digresión, todos estos escritores son provenientes de un sector social, la clase media que no ha sido proletarizada ni se ha alineado con los sectores populistas. Más bien, recordemos que Salazar Bondy fue impulsor de un proyecto particular, el socialprogresismo, que de algún modo viabilizaba las aspiraciones de esa clase media de la década de 1950 y 1960. Ellos están representados por los Gavilanes, como en el cuento de Ribeyro, o formaron parte de iniciativas democratizadoras como los Populibros de Scorza. Sin embargo, y a diferencia de países como Argentina o Brasil, la clase media peruana ha padecido con mucha intensidad las crisis económicas y políticas que en años posteriores le han impedido despegar y ser un factor político e intelectual decisivo que tome en sus manos los destinos del país.

Precisamente, los narradores de la Generación del 50 prefiguran esa crisis. Por eso, surge Lima la horrible, como un escenario posible para el futuro de Lima. Es un llamado de atención de lo que vendría después.

vargasllosaCorporales
El grupo de Oswaldo Reynoso, Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce, si bien no podían calcular la magnitud del crecimiento de Lima, nos entregan la imagen de una ciudad dinámica, de exploraciones e iniciaciones. El cuerpo de los niños o adolescentes que protagonizan sus relatos es el cuerpo mismo de una ciudad experimentando los avatares del crecimiento, descubriéndose a sí misma. En ellos hay novedad por un nuevo lenguaje y la búsqueda de nuevas sensaciones.

Los cuentos agrupados en Los inocentes reflejan no sólo los conflictos sentimentales de la juventud limeña, sino también esa incursión urbana que al final conduce a la sensación de no pertenencia, el hecho de no lograr en ningún momento la realización, y que bien podrían desembocar en el cántico escéptico al no future, como lo sugieren muchas novelas y cuentos actuales frente a la realidad social. También prefigura en cierto modo al pandillero callejero —o pirañita— de nuestros días que al fin y al cabo, es cierto, forma parte del paisaje urbano, pero que no por ello abandona su humanidad, sólo que ella se encuentra zarandeada por condiciones de vida excluyentes.

Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce comparten, por cierto, estos ritos iniciáticos, el paso de la niñez a la juventud, con todo lo que ello comporta, como el descubrimiento de la sexualidad y la seguridad afectiva. Lo que los vincula con el proyecto de Ciudades ocultas es que dichos ritos iniciáticos se llevan a cabo en distintos pasajes de la ciudad: los bares de Surquillo, el Country Club, la fiesta, el mar. Los desplazamientos simbólicos por la ciudad replantean y dan peso a la identidad, línea central que de este análisis se desprende.

Vínculos
Lima, pues, hace a sus autores. Los moldea, no a su imagen y semejanza, pero deposita en ellos los elementos necesarios para que puedan escribir sobre ella. Son aprendizajes vitales, re-conocimientos, en muchos casos, traumas reales, como el del niño Esteban luego de ser estafado en la narración de Congrains; o el de Leandro al pie del acantilado. En cierto modo, los escritores se adelantan para replantear los indescifrables vínculos que los ciudadanos tenemos con el medio en que habitamos.

Y tales vínculos se dan en el plano afectivo. Basta el nombre de una calle para activar a los emisarios de la memoria: el recuerdo de una plaza, el Centro de Lima –lugar de mil y una batallas– o la ruta hacia el sol de Chosica, en contraposición al imaginario sol de Lima, para despertar la chispa de la escritura. La afectividad es una materia que en el Perú reprobamos y con creces, porque demuestra nuestra verdadera capacidad de comunicar lo que realmente sentimos. La salvedad ocurre a través de un poema, un relato o una novela.

Antes de finalizar, quisiera señalar la importancia de un libro como Ciudades ocultas en los estudios peruanos actuales. En realidad, quizás estamos empezando a hacer justicia a una generación de escritores que vio en los problemas urbanos el giro de timón por el que enrumbaba el país. Pero, sobre todo, es el comienzo del pago de una deuda que la crítica literaria le debía –y le debe aún– a estos autores, en particular, a Salazar Bondy, Loayza, Congrains y Reynoso, escritores que lamentablemente han sido poco estudiados por nuestro críticos. En un medio con las limitaciones institucionales al que todo oficio humanístico se enfrenta, bien vale la pena ser desafiado por libros como el de Susti y Güich, porque en cierto modo son capaces de articular lecturas previas, desperdigadas, en algún salón de clases o para matar el rato. Es, por tanto, un plus que Ciudades ocultas le entrega al lector: el placer de la relectura.

El hecho de concatenar en varios niveles a todos estos autores representa un hito para la crítica literaria peruana. Al fin, luego de alzar vuelo y divisar el territorio desde arriba, como era usual en ella, el avión de la crítica comienza a desentrañar las misteriosas figuras del terreno y, finalmente, con una renovada y fresca mirada, puede descender a tierra con firmeza.

DISCROMÍA de Sandro Aguilar

Publicaciones, presentaciones June 23rd, 2007

Sic047.jpgEl pasado 21 de junio, en Librerías Crisol del Óvalo Gutiérrez, se realizó la presentación del libro Discromía, del escritor y fotógrafo Sandro Aguilar. Inaugurando una nueva sección en la bitácora de El Hablador, compartimos con ustedes los textos leídos por los presentadores esa noche: Augusto Effio y José Donayre Hoefken.

Datos de la presentación:
Lugar: Crisol del Óvalo Gutiérrez
Participaron: Augusto Effio Ordoñez, José Donayre Hoefken, Sandro Aguilar y César Daniel Rodriguez.

Datos del libro:
Discromía
Sandro Aguilar.
Editorial [sic]-libros, 2006.
96 pp.

 

AUGUSTO EFFIO ORDÓÑEZ

No es gratuito que alguien haya anotado ya el símil entre la elaboración de un cuento (el relato corto quiero decir) y la composición de una fotografía, en contraposición de la cercanía existente entre la novela y el registro omnívoro de una cámara de video o de cine. En ambos casos —en un cuento o una foto— adquiere una importancia especial y definitoria lo sugerido, lo silenciado, lo que escapa a los contornos de la imagen seleccionada. Si convenimos en que esto que acabo de decir es cierto, qué se puede decir cuando llega a nuestras manos el libro de “relatos” (o las prosas, menos prosas y más apátridas, como se menciona en el prólogo), las prosas, decía, escritas por un fotógrafo (o viceversa).

Para intentar definir las sensaciones que ha dejado en mí la lectura de las distintas secciones de Discromía, deberé partir por señalar que estoy totalmente de acuerdo con la frase que se le imputa al cinéfilo García Márquez: “El cine es como la vida misma pero sin los momentos aburridos”. Y esta frase viene a cuento porque yo sospecho que la prosa de Sandro obra de igual modo que el cine en función de la vida, pero a nivel literario, es decir, evidencia quizá que a los relatos y cuentos tradicionales les sobran muchas palabras, personajes, acciones, les sobran, en resumen, aburrimientos. Después de todo, lo que existe detrás de un escritor (o debería existir) es una mirada particular, distinta a la del resto del mundo, una vocación irresistible de ver el reverso de las cosas, de alimentarse de lo que los demás desechamos preocupados como estamos por vivir. Es eso lo que en buena cuenta define el oficio de la escritura: la mirada, peldaño que muy pocos alcanzan y partir del cual se puede acceder a los altos de la trama, a las habitaciones de la construcción de personajes, al mirador de la fabricación de atmósferas. Y entonces, cómo no ser concluyentes al respecto, si a Aguilar lo define la manera que tiene de acercarse al mundo con una óptica singular, era inevitable que tomara la cámara para convertirse en fotógrafo, era inevitable que Discromía cayera en mis manos, tarde o temprano.

Sospecho también —y el autor de este libro tendrá ocasión de advertir mis metidas de pata— que a grandes rasgos un fotógrafo tiene dos alternativas de trabajo: convertirse en el afortunado que captura instantes únicos e irrepetibles (con lo cual su labor estaría emparentada un poco con la de los cazadores de ángeles, y de hecho lo está) y aquel otro que dispone de la naturaleza, de los objetos y de las personas a su antojo para construir la imagen que previamente ha preparado ya en su clarividencia. En mi lectura de Discromía he hallado entonces ambas opciones trasladadas a la prosa: relatos donde el autor parece más bien un testigo de privilegio, quiere y se siente cómodo al asomar su curiosidad al universo justo en el instante donde un ángel ha decidido quitarse las alas (pienso en una de mis prosas favoritas del libro, la que recoge el monólogo entrecortado de un vigilante que se explica y redime a sí mismo); o estos otros relatos, donde el narrador ha dispuesto sobre el papel objetos, recuerdos y obsesiones para componer una “historia”, que a la vez es reflexión, que a la vez es imagen y nuevamente historia (pienso en este caso en otro de mis relatos favoritos: el monomaniaco seguimiento de de una terramoza que cubre la ruta Lima-Huancayo, y donde un inocuo y vacío juego de bingo “…prostituye las últimas virtudes” de los viajeros).

En fin, y detrás del ejercicio de estas opciones está por sobre todo la mirada de Sandro, la mirada que, como dije, hace por los relatos tradicionales lo que el cine por la vida, y en ese afán de privilegiar lo que merece ser contado, de separar la paja del trigo, encontramos a una viejísima conocida: la poesía. Porque si algo es congénito a cada una de las prosas que componen el libro, es ese soplo poético, natural y cotidiano (tan distante de la arrogancia y la majadería de algunos junta/versos) que reviste cada frase, que articula cada idea, que libera cada imagen. Como cuando se dice: “Me dedico a mirar los tres árboles gemelos que están sobre una pared amarilla. A los escolares que caminan en línea como un enorme ciempiés gris” o “Asumido sobre una cama, toda mi reinserción con el mundo exterior ha sido despiadadamente ajena: no he estado ni conmigo” o, este otro tramo que se me hace excepcional: “Hurga entre sus cabellos hasta formar una delgada mecha que frota contra dos dedos, se desconcentra del trabajo que les da y a mí me parece llegar tan completo el siseo que se desprende de ellos por cada fibra que friccionan contra la otra, como un arrullo árido que las va puliendo del roce de sus partículas y me la va embelleciendo a costa de la desintegración”.

Siendo estos los elementos con los que Sandro ha elaborado Discromía, se entiende que no es extraña ni caprichosa la brevedad del libro: es el reino que reclaman como propios el cuento, la poesía y, porque no, la fotografía misma. Pero como todo acto de magia, detrás de esta brevedad, de las 2, 3 o 5 páginas de cada prosa, de las 94 del libro entero, hay un engaño clamoroso y gratificante; porque pronto, cuando reparemos en la nostalgia y la calidez que nos obligará a regresar al libro, nos daremos cuenta que ya no son 2 las páginas de la prosa que nos ha dejado una astilla en el alma y el entendimiento, que se han convertido en 6 u 8 o 10 por efecto de la necesidad de la relectura, y así, las 94 se multiplicarán y llegarán a ser cientos, quizá miles, la brevedad convertida en infinito, por obra y gracia del prestidigitador Aguilar.

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JOSÉ DONAYRE HOEFKEN

Al igual que la fotografía –y otras artes que se valen de la imagen en un sentido amplio–, la literatura se erige sobre el mágico misterio de la captura de la realidad. Es inevitable no pensar en esto o pasar por alto dicho asunto al leer el conjunto de prosas de Sandro Aguilar, que ha llamado Discromía –esto, muy al margen de que el autor sea fotógrafo–, pues el hecho de fotografiar y la conceptuación de lo fotográfico están presentes como una bruma, en algunos casos patente y en otros latente, en la atmósfera de cada texto de este libro, tanto en su dimensión de elemento discursivo como en su aspecto de motivo de composición de un cuadro o sucesión de cuadros.

Como aparece en muchas enciclopedias y diccionarios, la palabra “fotografía” procede del griego φως (phos; “luz”) y γραφίς (grafis; “diseñar”, “escribir”). La combinación de phos y grafis significa “diseñar o escribir con la luz”. Así, en el contexto de Aguilar como individuo que deja su cámara fotográfica de lado, sin olvidar los principios de la luz ni los secretos de su opuesta-complementaria –la oscuridad–, las palabras “mirar”, “observar” y “advertir” suelen ser las acciones más relevantes de Discromía, vocablo que nos lleva al plano de la percepción del color. Incluso podemos hablar de “vislumbrar”, “entrever” y “hurgar”. Y, sin exageraciones, hasta de “proyectar”, “prever” y “alucinar”. Y en un grado sumo, trascendente y, por qué no, divino, “contemplar”. Estos verbos no son gratuitos en la obra literaria de Aguilar, cumplen una función de relación ante el objeto en una línea de tiempo, que no niega lo dinámico. Nada más errado que pensar que la fotografía es esencialmente estática, quiescente o carente de movimiento. Los buenos fotógrafos capturan el movimiento en un gesto, por ejemplo, y transmiten la intensidad de éste al observador, involucrándolo en un momento dado de la historia. Pero el ejercicio de Aguilar resulta más riesgoso: es transmitir todo un quehacer por medio de la palabra, sin hacer un solo clic, es decir, escribiendo con tinta de luz sobre un papel, enfocando y desenfocando a los sendos sujetos de sus historias.

En muchos sentidos, Discromía es una invitación constante a quien abre el libro con el fin de leerlo de un tirón, o sea, en orden –y en poco tiempo–. Invita, por ejemplo, a leer sin etiquetas diecinueve textos que involucran al lector con un registro poco usual en la narrativa peruana, sin que esto tenga como correlato un afán iconoclasta por tumbar la tradición y “las buenas costumbres literarias”. Tampoco se trata de un “cierra filas” rígido. No, Aguilar no es un subversivo que pone bombas y luego esconde la mano, y después, desde su guarida, reivindica el delito. Su propuesta es contundente, pero, sobre todo, coherente y sin artimañas. Su propuesta se nos presenta modularmente, aunque este concepto atente contra los principios de conjunto orgánico y unidad que implica todo libro, en el que cada parte cumple un propósito nada accesorio, sino que, todo lo contrario, dialoga con los otros componentes, en un ir y venir enriquecedor. Por otra parte, tras una lectura atenta, es tan sólo un prejuicio, una presunción apurada. Porque una cosa es lo que parece, y otra, lo que en realidad es. Y en este juego de detenerse para observar, rescatar y transmitir, Aguilar sabe muy bien lo que hace, o sea, conoce y emplea con acierto los secretos de su oficio, tanto para contar y describir hasta el detalle como para reflexionar, opinar y ensayar a propósito de una realidad huidiza.

Discromía invita también a que el lector tome un lápiz y haga anotaciones al margen –costumbre, para algunos, poco civilizada y hasta abominable–, pero más que esto, nos exige titular cada texto. Me explico: el libro carece de índice por la sencilla razón de que el autor no ha titulado los textos, lo que genera cierto desamparo maquinado por Aguilar. El lector, si lo considera pertinente como es mi caso, debe buscar cada comienzo y contarlo para saber la cantidad de textos que ofrece el libro. En el caso de esta sobria y cuidada edición de [sic], la orientación gráfica hacia abajo de los comienzos de los textos deja un vacío de poco más de un tercio de página. Esto, más que una invitación, es un llamado a garrapatear dicho espacio en “blanco” marfileño. Para mí fue más que necesario tratar de dar título a cada texto; el espacio en blanco era la peligrosa atracción que ejerce el fondo de un abismo, la mirada de la cobra, el guiño de la barracuda, el pestañeo del dragón. Estaba obligado, espero que me entiendan.

Discromía invita también a que el lector tome un lápiz y haga anotaciones al margen –costumbre, para algunos, poco civilizada y hasta abominable–, pero más que esto, nos exige titular cada texto. Me explico: el libro carece de índice por la sencilla razón de que el autor no ha titulado los textos, lo que genera cierto desamparo maquinado por Aguilar. El lector, si lo considera pertinente como es mi caso, debe buscar cada comienzo y contarlo para saber la cantidad de textos que ofrece el libro. En el caso de esta sobria y cuidada edición de [sic], la orientación gráfica hacia abajo de los comienzos de los textos deja un vacío de poco más de un tercio de página. Esto, más que una invitación, es un llamado a garrapatear dicho espacio en “blanco” marfileño. Para mí fue más que necesario tratar de dar título a cada texto; el espacio en blanco era la peligrosa atracción que ejerce el fondo de un abismo, la mirada de la cobra, el guiño de la barracuda, el pestañeo del dragón. Estaba obligado, espero que me entiendan.Sin temor a equivocarme, creo saber que no existe, en el ámbito de la creación literaria, una teoría del título con todas las de la ley. Un título es –imagino, especulo, supongo– una etiqueta sugestiva y seductora que sugiere o insinúa el tema o asunto del texto. El título es importante, pero no sustancial. Es, de hecho, asunto de especialistas en marketing, para enganchar un segmento del mercado. Titular es lo normal; no hacerlo es bastante sospechoso, pues estamos ante la elocuencia del silencio, la epifanía o apocalipsis del discurso sin identidad explícita. Además, nadie instruye a un escritor en el arte de poner títulos, por lo que resulta difícil que alguien lo aprenda, como un niño aprende, por ejemplo, a dejar los pañales o amarrar sus zapatos. Por tanto, publicar un libro con un título escueto y aplicado casi arbitrariamente, que aglutina un conjunto de textos carentes de título es, aparte de osado, una suerte de irreverencia lúdica. En otras palabras, entre un pecado venial y una trasgresión que exalta la ética de la eficiencia.

El atrevimiento es grande, sin duda, pero es una invitación casi dicha literalmente y entrelíneas que no puedo rehusar. Éstos son, para mí, los diecinueve títulos de Discromía, muy al estilo de las mejores obras existencialistas: 1) El problema, 2) La gente, 3) Bogotá, 4) El guardián, 5) Los amigos, 6) La separación, 7) La amiga, 8) El gato, 9) El enyesado I, 10) La terramoza, 11) El viejo o el jardín zen, 12) El guardia de seguridad, 13) El enyesado II, 14) La visita, 15) La cantante, 16) El loco o mi otro yo, 17) La prostituta, 18) El pez, y 19) La araña.

A partir de esto, resulta más sencillo hablar de la estructura de Discromía. El décimo texto (“La terramoza”), el central, es el primer texto relativamente extenso que encuentra el lector. En éste, la función de la mirada es crucial para tejer un entramado que culmina en un tocamiento-delirio y concluye con un remate extraordinario que nos devuelve a la realidad, tras haber paseado por los senderos del deseo, el goce y la sorpresa, durante un viaje interprovincial. La experiencia erótica y su fruición –tan sólo un roce largamente detallado con un preámbulo sinuosamente intelectual– es prácticamente una experiencia mística. Experiencia casi más allá del mundo físico que recuerda a la atracción erótica entre un sacerdote budista y una cortesana relatada en el cuento “El sacerdote y su amor” por el japonés Yukio Mishima.

Desde este centro o foco, podemos advertir que tanto la primera parte como la segunda presentan un equilibrio temático. Incluso dos cuentos comparten un mismo personaje –o son quizá dos personajes distintos que tienen en común llevar una bota de yeso–, o sea, los protagonistas del noveno y decimotercero. Además, en la primera parte se relata una cruenta relación entre un gato y su amo, y en la segunda, el insidioso vínculo entre un sujeto y una araña cautiva. Asimismo, el sexto relato –un fluido y divertido monólogo de un guardián que trabaja en Lima–, y el duodécimo –un muy bien llevado relato que relaciona a un narrador-personaje-fotógrafo con el guardia de seguridad de una sala de museo–.

Discromía es un libro raro que ejerce en el lector una fascinación ante lo extraño, lo insólito y lo poco frecuente, no obstante que se ofrece con la espontaneidad y frescura de lo cotidiano. Aguilar ha escrito un libro tan raro como la tara a la que se alude en sus páginas iniciales; tan raro como los hilos que mueven a los personajes hacia remates muy bien logrados –extraordinarios desenfoques, en la mayoría de casos, que nos brindan una muy particular perspectiva de la realidad–. Y tan raro como las sentencias que salpican dosificadamente los relatos –frases inteligentes, agudas, reveladoras–, para brindar al lector un firmamento urdido con gran destreza y sentido estético. Una invitación a la que no nos podemos negar como inspirados observadores de esta especial exposición de textos escritos con dionisíaca luz.

 

 

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