Desencantos
Hablablog, Columnistas June 6th, 2007
LA LEY DEL GARROTE
Por: José Güich Rodríguez
La historia del continente demuestra, con abundantes ejemplos, la pervivencia de la ley del garrote. He improvisado esta poco elegante metáfora para exteriorizar mi repulsa, seguramente compartida por muchos hombres y mujeres del mundo, frente el atropello que la libertad de pensamiento y de expresión acaba de sufrir en Venezuela. Después de cincuenta y tres años de trayectoria, a un canal de televisión influyente y querido por la ciudadanía se le ha impedido proseguir sus actividades. Su horrendo delito: ser abanderado de la oposición democrática y no acceder a los caprichos del dictador, ansioso por ver a todos con la cabeza baja, acatando sin protestar sus demagógicos actos de albañal.
La argucia estaba ahí, a un tiro de piedra, solventada, de hecho, por lacayos y ujieres de la más baja estofa: no se renovó la concesión de Radio Caracas Televisión. La señal salió del aire, para ser reemplazada por un remedo de canal que “se encargará de defender y salvaguardar al pueblo de los pérfidos oligarcas”. Es tragicómico comprobar que, una vez más, un cacique con delirios napoleónicos pretende moldear la realidad a su gusto. Yo no consideraría precisamente oligarcas a las humildes señoras, entrevistadas por periodistas extranjeros, que expresaban -con improperios y llanto- su terrible pena por el fin de una era.
Esta vez, el caudillo mediocre se llama Hugo Chávez, que en medio de sus delirios mesiánicos y redentoristas, no es nada más que el último de la fila en una larga lista de tiranos que avasallaron de un plumazo, y con la ayuda de sus tanques, a la prensa independiente y crítica. “La historia es una farsa repetida a menudo” decía el entrañable Washington Delgado en uno sus grandes poemas. Cuánta razón tenía y cómo lo extrañamos.
Es una tragedia que un homínido tan poco evolucionado, espurio conductor de “los sagrados destinos de la República Bolivariana de Venezuela”, haya monopolizado un discurso trasgresor que jamás debió abandonar su territorio natural. La culpa es de los intelectuales vendidos de costumbre y los políticos camaleónicos que ladran, aquí, allá y en todo lugar, por un mendrugo de poder. Provoca vergüenza ajena el contemplar cómo, una vez más, sicópatas como el militarote de marras, apoyándose en una “izquierda” prostituida, hipócrita y traidora (una afrenta para los que sí pertenecemos sincera y auténticamente a esa orilla ideológica, y así moriremos), y además, en nacionalistas oligofrénicos -la peor lacra de nuestros inestables países-, desprestigian los fueros del compromiso por un mundo más democrático y justo que se articule desde una mirada socialista crítica, pensante e imaginativa y, sobre todo, consecuente.
Subleva ver cómo Chávez reclama para sí la lucha contra lo que él llama el Imperio, cuando bajo la mesa hace suculentos negocios con los Estados Unidos. ¿Quién puede tomarlo en serio? ¿Quién puede tomar en serio a Humala, su rastrero acólito en nuestros lares, quien solo hace unas horas declaró su simpatía por las medidas de su amo, al que mira arrobado cuando viaja con todos los gastos pagados a besar los pies de quien le da de comer? Pienso en el perrito convertido en símbolo de la RCA Victor.
Chávez ha basado su gritería de bravucón de barrio en el petróleo que le vende a Washington en cantidades industriales. Gran parte de éste sirve para mantener operativos los vehículos de la horda de ocupación que Bush, tan pletórico de estulticia como el venezolano, aún osa mantener en el castigado Irak. Su política clientelista ha comprado las conciencias y los estómagos de los sectores más pauperizados, como aquí hizo la despreciable alimaña llamada Alberto Fujimori Fujimori, junto a su simbionte Vladimiro Montesinos. Estos dos reptiles también esparcieron el cáncer de la corrupción en los medios de prensa locales, asociándose también a crápulas del mundo empresarial, capaces de sacrificar valores sustanciales a cambio de prebendas y beneficios.
Sus esbirros son los mismos miserables que hoy quieren enlodar la memoria de un gran hombre, como fue Gustavo Mohme, y desprestigiar a un diario valiente como “La República”, que estuvo al pie del cañón en el combate que libramos en el 2000 contra la dictadura por la recuperación de la democracia. La cloaca en que se ha convertido el diario “Expreso”, representante de la derecha más cavernaria y pútrida, es un capítulo en la historia universal de la infamia.
Si alguien me proporciona el nombre de solo un magnate de las finanzas, de la industria o de los servicios que no haya apoyado a Fujimori -exceptúo a Don Gustavo- en alguna hora de su vomitivo proyecto autoritario, me retractaré y haré lo que no hago hace mil años: confesarme ante un cura y rezar cien padres nuestros, en castigo por hablar mal de las personas honorables. Pero encontrar a ese egregio personaje es como pedirle peras al olmo. Así que cura y confesionario pueden aguardar otro milenio, por la gracia de Dios. Habría que revisar el directorio de la Sociedad Nacional de Industrias para taparnos la nariz por el hedor que emana de ahí. Si no, que le pregunten a Dionisio Romero, a quien ningún fiscal osaría, ni por asomo, colocar en el banquillo de los acusados. Y de los académicos vendidos por un plato de lentejas, como Macera y compañía, muchas líneas se han escrito, pero nadie los ha declarado felones, como bien lo hubiesen merecido.
Pese al desencanto mayúsculo (el soporte de esta columna), aún existe la esperanza de que la ignominia del sátrapa llanero sea el principio del fin de un régimen sembrador de divisionismo y discordia en América del Sur. Probablemente hoy, cuando vocifera necio y seguro de su posición “revolucionaria”, y dispara sus proyectiles por doquier, estemos asistiendo al inicio de su caída. Que así sea. No permitamos que el proyecto dictatorial del fascista encubierto que es Chávez se esparza a otras naciones.
Los intelectuales comprometidos con una sociedad democrática y más humana deben unirse en una batalla final por la libertad de Venezuela, que al fin y al cabo, es la de todos. Los foros internacionales serán el eje de la lucha. ¿Qué esperan los activistas de las ONGs locales para organizar un serie de plantones frente a la Embajada del país hermano? ¿Cuándo iniciamos el combate por los principios eternos? Yo me anoto en la lista sin tapujos o falsos pudores.
No toleremos la complicidad; la enfermedad puede propagarse sin control. Una nueva mística de izquierda, honesta y con fe en el futuro, deberá surgir de las tinieblas. Ha de ser tan sólida, ética y consistente que no permita la llegada de ambiciosos o de bárbaros seudo contestatarios, capaces de retroceder la causa de las necesarias reformas ciento cincuenta años. Por ahora, el mejor aliado de los neoliberales salvajes es Hugo Chávez. Los Ghersi, los Espá, los Tafur, los fujimoristas y los truhanes de “Expreso” han de estar felices por lo que, según su fina sensibilidad, es la cancelación definitiva de la eterna utopía vía el patético chavismo. Pero soñar no cuesta nada, jóvenes turcos. Sigan buscando “caviar” debajo de la cama.
Los disidentes uno por uno (segunda parte)
Reseñas, Hablablog June 4th, 2007
Por: Francisco Ángeles
Tres o cuatro amigos me habían advertido que éste podía ser el grupo más parejo (”a ver cómo los vas a ordenar”, me dijo uno). Esos comentarios quizá olvidaban que el discutible asunto de poner medallas es anecdótico y accesorio (sólo era para darle un poco de color al asunto). Pero como ya empecé la semana pasada, me veo obligado a seguir adelante con mi medallero personal. En mi favor, debo decir que tampoco es para arañarse tanto: es lo mismo que ponerle estrellitas a las películas o hacer recuentos de “lo mejor del año”.
El problema no son las medallas en sí mismas, sino que su presencia puede distorsionar la manera en que son recibidas las reseñas. Tengo varios amigos y conocidos entre los antologados, y en la última semana me he dado cuenta de que les importa muy poco lo que escriba sobre sus textos, pero sí muestran interés por saber si les tocará alguna medallita o sólo una modesta mención. Supongo que esa vanidad de la que ninguno escapa despierta el espíritu de competencia. Como encargado de las reseñas, me gustaría que no se le diera a las medallas más valor del que realmente tienen, y espero que si en estas líneas hay algo que pueda despertar interés sean las reseñas y no el orden en que, con la mayor honestidad posible, he colocado a los escritores.
Finalmente, ya que eso parece importarle tanto a los escritores comentados, debo aclarar que las dos “menciones” de cada grupo no son de distinta jerarquía (no hay una “primera” y una “segunda”). Siempre irán en orden alfabético. Dicho esto, aquí los cinco de la semana:
MEDALLA DE ORO
LA TIERRA MÁS LEJANA
MARCO GARCÍA FALCÓN
Muy bien recibido por la crítica cuando publicó su primer libro, Paris personal, García Falcón presenta en Disidentes uno de los relatos de su ópera prima. Puesto que el saldo es decididamente favorable, empecemos por los reparos.
La anécdota es sencilla: el narrador viaja a Paris buscando recuperar los pasos de su hermana menor, Vera, quien ha muerto en esa ciudad tiempo atrás. En el esquema que sigue el autor para desarrollar la historia, todo es previsible e incluso estereotipado: la hermana era una muchacha extraña (de chica jugaba en el jardín con amigos imaginarios), se encerraba a leer, escribía poesía, no se adaptaba a la sociedad (es talentosa, pero inútil). Tal como corresponde, Vera decide viajar a Paris a realizar sus sueños artísticos. Y, claro, al final se suicida. Sí, pues, suena conocido.
Pregunta fija: ¿entonces por qué “La tierra más lejana” es un cuento bastante bueno? En primer lugar, señalaré la razón que considero menos importante. García Falcón tiene un estilo que a grandes rasgos sigue el mismo modelo que utiliza la mayoría de los narradores antologados: un estilo cuidado, “bonito”, con imágenes, en algunos casos hasta musical. La ventaja de García Falcón es que ejecuta ese estilo con mayor soltura, y que tiene el buen gusto de casi nunca caer en excesos estilísticos que cortan la fluidez de la lectura.
Sin embargo, el mérito que considero más valioso, talento antes que oficio, es que el autor sabe contagiar al lector de una atmósfera espiritual que penetra en la piel y perturba, a pesar de que lo narrado no sea otra cosa que una suma de lugares comunes. A riesgo de sonar demasiado “impresionista”, utilizaré la palabra adecuada: lo que García Falcón tiene es un feeling arrollador que deja al lector inmóvil y con el libro abierto una vez concluida la lectura. Lo que García Falcón tiene (repito las palabras para enfatizar) es ese nervio que difícilmente se puede conseguir a base de esfuerzo y voluntad, esa marca de fábrica con la que, creo, uno nace o no nace (lo demás, en mayor o menor medida, se puede aprender).
Cuando el autor publicó Paris personal, creo que nadie hubiera esperado que pasen cinco largos años sin que llegara a nuestras manos su segunda entrega. A nombre propio, diré que me gustaría leer algo nuevo de García Falcón (a quien no conozco y sobre el que no tengo ninguna noticia). Con mayor oficio que en su libro debut, oficio que le permita deshacerse para siempre de los lugares comunes, los logros pueden resultar insospechados.
PS. Casi cedo a la tentación de servirme del nombre de Vera para lanzar una de esas hipótesis que a veces son tan divertidas (y a menudo injustificadas) al diseccionar un texto. Dejo la pelota dando bote: el nombre de la suicida es el mismo de la que quizá sea la más conocida esposa de un célebre escritor. En vista de que la familia de los personajes es polaca (no está tan lejos), la metáfora oculta, aunque cursilona, sería que Vera murió soltera sólo en apariencia (en realidad estaba casada con la literatura, personificada por Nabokov). En ese caso, sólo faltó que, de niña, Vera jugara a capturar mariposas y no a hablar con amigos imaginarios. Si el autor hubiera dejado esa señal, me lanzaba con todo a la búsqueda de más relaciones. Será para la próxima.
MEDALLA DE PLATA
EL INVENTARIO DE LAS NAVES
ALEXIS IPARRAGUIRRE
No es poco lo que se puede decir a favor del cuento de Alexis Iparraguirre (en realidad, es tanto como lo que se puede decir en contra). Destaquemos en primer lugar, y no es poca cosa, que de todos los textos comentados hasta ahora, el de Iparraguirre es quizá el que más se ha arriesgado en la construcción de un universo propio. Ahí está su mérito, pero también su perdición.
Desde las primeras líneas, “El inventario de las naves” recrea un universo contaminado por una atmósfera de destrucción. En una época que se adivina como un futuro no muy lejano (recurso que, bien manejado, siempre le agrega cierta sensación perturbadora a un relato), el autor presenta la inminencia del colapso en dos situaciones paralelas: un extraño caso que debe resolver el comisario Dovidjenko (brutales asesinatos colectivos que incluyen cercenamiento de cuerpos), y feroces cambios climáticos a los que, de acuerdo a lo anunciado por los reportes, se sumará un huracán que amenaza devastar un mundo de por sí en decadencia (el catalizador externo que termina por hacer estallar la frágiles estructuras internas). La relación entre uno y otro hecho no es explícita, pero queda acertadamente sugerida. Más que pensar en el clima como metáfora de la violencia y degradación del mundo en que habitan los personajes, sería conveniente retomar la idea de corporización que Zizek aplica al interpretar Los pájaros (y en ese caso, el clima y el huracán son efectivamente reales).
Aunque el recurso no es en absoluto novedoso (Hollywood lo ha explotado en películas de diverso calibre), el relato gana interés conforme avanzan las investigaciones: todo indica que el serial killer ejecuta su proceso de aniquilamiento siguiendo una interpretación personal del Segundo Canto de La Ilíada. De manera que analizando detenidamente ese Canto, se puede anticipar los próximos movimientos del asesino. La idea no deja de ser atractiva: la única verdad, todas las posibles respuestas al pasado y al futuro, están en la literatura (muy bien representada por el texto homérico).
Hasta aquí todo muy bien. Pero hacia la segunda mitad del relato, el logrado universo que Iparraguirre ha puesto en marcha busca convertirse en una alegoría que nunca llega a cuajar. La presencia de un Borges a manera de un típico dios omnipotente resulta muy frágil (el final, homenaje a “Las ruinas circulares”, pretende ser coherente con esa idea, pero sólo consigue aumentar la sensación de que en algún momento la narración desvarió).
A favor de Iparraguirre se puede decir que, como proyecto narrativo, el relato es complejo y ambicioso, y que tranquilamente aceptaría bastante más de lo expresado en estas pocas líneas. Pero esa misma complejidad es la que enfatiza la sensación de no haber logrado redondear adecuadamente los méritos alcanzados en las primeras páginas. Es como si el autor, sabiendo el material que tenía en las manos, se hubiese esforzado en llevar esa complejidad al extremo, por momentos gratuitamente, en busca de un tour de force rotundo, y en ese camino perdió de vista la funcionalidad del relato.
Finalmente, diremos que la lectura de “El inventario de las naves” permite iniciar una discusión que puede resultar interesante: ¿llegar a entender lo que el autor quiso decir necesariamente mejora la valoración de una obra? ¿Qué pasa si esa ideología no explícita apenas es una opinión sin mayor brillo ni desarrollo? Dejo las preguntas ahí y paso al siguiente texto.
Sobre El inventario de las naves: Luis Aguirre, Luis Hernán Castañeda, Daniel Salvo.
MEDALLA DE BRONCE
BUSCANDO A FORSTER
PEDRO LLOSA
Primera virtud: el autor no es ningún gil. En uno de los diálogos, el narrador le dice a Eric Huiman, el héroe de la historia, que le recuerda a López, el tesonero morenaje a quien Ribeyro dio vida en “Alienación”. De esa manera, Llosa le quita a los ojos cizañeros la posibilidad de señalar una copia (y, como la filiación es evidente, ese gesto basta para convertirlo en un homenaje).
No encuentro elementos que me permitan hablar de “Buscando a Forster” como una parodia del cuento de Ribeyro. Podría ser una reelaboración libre que respeta las líneas esenciales de “Alienación”. Si López quería viajar a Estados Unidos, Eric Huiman, el protagonista de “Buscando a Forster”, sueña con vivir en Inglaterra. Un poco más ambicioso que el zambo López, el “trigueño Huiman” no se conforma con llegar a las islas británicas, sino que aspira a convertirse en estudiante de Cambridge. Si López utiliza la guerra para asegurarse un porvenir en suelo norteamericano (se ofrece como voluntario para ir a Corea), Huiman es menos belicoso pero igual de arriesgado: seduce a una inglesa impresentable que a sus treinta años sigue siendo virgen (se aplica la frase del tío Facundo Cabral: “con esa cara no era ninguna virtud”). Uno y otro personaje, el de Ribeyro y el de Llosa, llegan a vivir en su país añorado. Uno y otro, también, a pesar de ese aparente éxito terminan fracasando.
Mas allá de la anécdota, los dos cuentos también coinciden en ser narrados por un amigo del personaje principal (colectivo en el caso de Ribeyro), quien tiempo después va haciendo un registro de la historia de su esforzado compinche. En los dos cuentos las informaciones sobre los protagonistas son imprecisas, llegan de segunda mano o son completadas por la imaginación.
Por otro lado, las coincidencias formales son muy visibles (citemos una frase típicamente ribeyrana: “Edward Morgan Foster había sido un individuo que pasó por los claustros y las calles de Cambridge con mucha trascendencia y poca rebelión”). La prosa de Llosa, bien elaborada, le debe mucho sobre todo al Ribeyro del volumen Silvio en El Rosedal (y no sólo porque ahí está incluido “Alienación”). Como su modelo, Llosa consigue que el humor cumpla una función dentro de la secuencia de los acontecimientos, y no sea un simple chiste prescindible.
Un nuevo punto de contacto: cierta debilidad por la sentencia, utilizada a menudo por Ribeyro, sobre todo en sus diarios y en Prosas apátridas. En ese mismo camino, Llosa también pretende universalizar una situación particular y no cae tan lejos del aforismo: “desarrolló una dependencia imperceptible, un cariño que está en los gestos más inocuos y que mantiene juntos a los matrimonios viejos”.
Eric Huiman fracasa, pero no a la manera en que lo hacen los típicos héroes de Ribeyro (por ejemplo, los de “Una aventura nocturna” o “Espumante en el sótano”), quienes después de haber creído que al fin la buena estrella parece iluminarlos y ha llegado el instante en que todo está a punto de cambiar, vuelven a su triste realidad. Llosa le da un giro existencialista al típico fracaso ribeyrano. Es cierto que la ilusión del éxito se mantiene, pero no como una circunstancia definitiva sino como el cumplimiento de los pasos previos en el tránsito hacia el objetivo final. En el cuento de Llosa todo termina de acuerdo a lo planificado. Después de numerosas peripecias, Huiman consigue todo lo que quiere. Pero una vez logrado, el pobre Eric no sabe de qué sirvió o qué sentido tiene.
“Buscando a Forster” es un buen cuento, un cuento clásico, quizá demasiado clásico, pero como ha sido bien diseñado y está narrado con acierto y gracia, difícilmente puede decepcionar al lector. Menos aún a la fiel hinchada de Julio Ramón.
Sobre Protocolo Rorschach: Juan Carlos Bondy, Niki Tito, Roberto Limo.
MENCIONES
LA ÚLTIMA ENTREGA DE JESÚS CAMARENA
AUGUSTO EFFIO
Más de una persona me ha hablado muy bien de Lecciones de origami, el primer libro de Augusto Effio. Y al comentar el cuento elegido para Disidentes, alguien me dijo que no es de los más destacados del conjunto. Veamos qué pasa.
El protagonista es un visitador médico que viaja con frecuencia al interior del país. Siempre resulta interesante acercarse a un personaje que desempeña un oficio con el que la mayoría no tiene contacto, y que tampoco suele ser recreado literariamente (por ejemplo, la extraordinaria aproximación al universo de los traductores simultáneos que hace Javier Marías en Corazón tan blanco). En este caso, y por mucho que cite de memoria nombres de productos y compare a la gente que observa con las medicinas que ofrece, el protagonista no llega a ser un personaje del todo consistente. Un visitador médico no es otra cosa que un vendedor especializado, y como cualquier profesional de la venta que quiera sobrevivir en ese campo, debería ser un tipo al que nadie va a hacer cholito. Sin embargo, a Camarena se la hacen linda.
Cuando se habla de las cajas que debe entregar (siempre en cursivas de las que tranquilamente se pudo prescindir) muy rápido se despierta en el lector la certeza de que algo anda mal con ellas (y que ahí está la clave). Es demasiado evidente que sus viajes, su sueldo multiplicado y la bondad con que es tratado por su jefe Marino Celada (tampoco era necesario ilustrar en el apellido la jugada que le estaba haciendo) esconden algo sospechoso. Evidente para cualquiera, y para el lector antes que nadie, pero no para Camarena, quien le da muchas vueltas al asunto y tarda demasiado en descubrir que por ahí está la respuesta.
Vamos a la historia: Camarena ha sido enviado a entregar sus productos al pequeño pueblo de San Cristóbal, donde tiene una amante. La esposa lo espera en casa y nosotros lo seguimos, paso por paso, a lo largo del viaje. La secuencia, narrada con una prosa a veces excesivamente recargada, se vuelve repetitiva y por momentos deja la sensación de que no se sabe hacia dónde va. Sin embargo, en medio de esa acumulación de palabras, el autor va dejando sembrados los datos que le servirán para su broche de oro.
Effio ha trazado con inteligencia la estructura del cuento, y el final que se esperaba (y que temí que el autor juzgara sorpresivo) es reemplazado por una variante mucho más interesante que justifica los pasos precedentes. El relato clásico al que Effio recurre como modelo (una progresión lineal hacia el final inesperado) es utilizado abusando de situaciones anodinas que, sin ningún atractivo por sí mismas, juegan exclusivamente para el desenlace. Por ello, el cuento hubiera quedado mucho mejor si el autor hubiese conseguido dotar de algún sentido previo a esas situaciones, y no sólo las acumule para que encuentren su justificación en la última página.
Camarena es una víctima y el cuento pretende (y en parte lo logra) que el lector también lo sea. Habrá que leer Lecciones de origami en su totalidad y comprobar si en otros relatos Effio consigue llevar a mejor puerto el oficio narrativo que, pese a los reparos, sin ninguna duda aquí demuestra.
Sobre Lecciones de origami: Enrique Prochazka, Olga Rodríguez Ulloa, Sandro Bossio, La Vaca Profana.
DENTRO DE UNA TUBERÍA ROTA
VÍCTOR FALCÓN CASTRO
Dos libros de cuentos han bastado para que el autor consiga perfilar un estilo bastante llamativo. Aunque los relatos incluidos en Cómo alterar el orden de todo y Mujeres a punto de alzar vuelo siguen un esquema tradicional de cuento, el tipo de escritura que Falcón ha elegido llama la atención puesto que lleva el minimalismo a un extremo que, siendo funcional, puede llegar a resultar chocante. Ilustremos la idea con un fragmento:
“Se sienta a mi costado. Tiene unos treinta años. Huele a alcohol y sostiene un cigarro con la boca. Vemos la película, me acaricia la pierna. Me desabotona los pantalones y hace los mismos con los suyos. Comienzo a chupársela. Escucho pasos y jadeos por todos lados. Quiere que lo acompañe a su carro”.
Los cuentos de Falcón vienen a ser una especie de versión naif del realismo sucio nacional de la década pasada. El autor retoma los tópicos de fines de los noventa (pesimismo juvenil, experiencias con drogas, la dificultad de encontrarle un sentido a la vida), pero sus personajes muestran una inocencia a veces incompatible con el universo representado.
A grandes rasgos, podemos dividir sus cuentos en dos. Un primer tipo, en el que Falcón alcanza sus mejores logros, estaría formado por relatos en los que un personaje de clase media (o media alta) se va adentrando en una realidad sórdida que no conoce. En estos cuentos, el lector va descubriendo de la mano del protagonista ese mundo oscuro en el que, a veces sin proponérselo, el personaje ha incursionado.
En el segundo tipo de cuentos, el protagonista de uno u otro modo pertenece a ese mundo sórdido. El problema es que su mirada sigue siendo la de alguien que observa algo que le resulta ajeno, y esa pureza no hace creíble su aparente familiaridad con los terrenos de degradación en los que se mueve.
“Dentro de una tubería rota”, el cuento elegido para Disidentes, pertenece a esa segunda clase de cuentos, y por ello no termina de convencer. El narrador relata sus peripecias en un cine porno, donde suele ir a pasar el rato y obtener algunas monedas a cambio de sus servicios. La geografía del lugar es previsible: caseritos que le invitan coca, gemidos altisonantes, condones regados en el baño, e incluso estereotipos totalmente prescindibles (”Se baja el cierre y la hace crecer. Es enorme”). Más allá de su adecuación o no a la realidad, en el cuento queda la sensación de que todas esas circunstancias no son más que el decorado que sirve para darle brillo y credibilidad a la escena
En mejores páginas de su dos libros, Falcón ha demostrado que es capaz de escribir cuentos redondos, aunque se le puede reprochar que todos son muy similares entre sí: una sucesión precisa de situaciones que desemboca en un final que busca ser sorpresivo (y a veces lo consigue). Falta ahora que demuestre que puede dejar de lado la fórmula narrativa que ha venido utilizando con éxito, y empiece a practicar jugadas más arriesgadas.
Sobre Cómo alterar el orden de todo: Niki Tito.
Sobre Mujeres a punto de alzar vuelo: Imberbe muchacho.
* Los cinco del próximo lunes: Antonio Moretti, Ezio Neyra, Sussane Noltenius, Johann Page, Santiago Roncagliolo.
LOS DISIDENTES UNO POR UNO: EL GRUPO DE LA MUERTE
Reseñas, Hablablog May 28th, 2007
Por: Francisco Ángeles
Imaginemos que en un mundial de fútbol no se respetan las cabezas de serie y toca enfrentarse en primera vuelta a Brasil, Italia, Alemania y Argentina (y de yapa, Perú). Exactamente lo mismo ocurrió con este primer grupo de Disidentes. Como sólo voy a referirme a los cuentos publicados en la antología, he dejado enlaces a reseñas sobre los libros de los escritores aquí comentados. Están todas las que pude encontrar, sin discriminación de ningún tipo. Como comprobará quien se tome el trabajo de leerlas (o releerlas), es interesante apreciar las diferencias ente los críticos (tan interesante como leer esas reseñas tiempo después, ya con otra perspectiva). Dicho esto, les presento el podio de la semana.
MEDALLA DE ORO
POETA CEDRUS
LUIS HERNÁN CASTAÑEDA
Si los aficionados a la hípica cada año buscamos entre los potrillos aquél que parece reunir las condiciones para convertirse en el nuevo Santorín, desde hace una década este humilde lector tenía la esperanza de encontrar entre las decenas de títulos publicados los primeros destellos que permitiesen vislumbrar un futuro gran escritor peruano. Empecé a leer Casa de Islandia a fines de 2004 y la alerta roja se encendió desde las primeras páginas. Luego la luz comenzó a parpadear: los dos primeros cuentos no eran del todo convincentes. Y así, mientras avanzaba la lectura, alternaba el entusiasmo más exacerbado con uno menos vigoroso. Pero todo se terminó cuando llegué al fragmento sobre el Poeta Cedrus, el texto elegido para Disidentes. En ese momento cualquier duda se disipó.
El fragmento es extraordinario y puede ser leído como una metáfora de la relación entre el escritor y el crítico (tema sobre el que reflexiona toda la novela), como una sutil ironía hacia aquellos “geniecillos dominicales” de los que hablaba Ribeyro (cuyo paradigma podría ser el inolvidable Joe Gould de Joseph Mitchell), pero también como una defensa del trabajo del escritor que lucha por conseguir una obra sólida a través de la tenacidad y el esfuerzo. Y, si leen con atención, comprobarán que las diferencias sociales y económicas entre los dos personajes abre posibilidades sobre las que nadie ha escrito (o no me enteré).
Estas escasas líneas no son el espacio adecuado para realizar un análisis profundo ni una interpretación de las distintas lecturas que permite el fragmento. Tampoco voy a insistir en la calidad de la prosa, aspecto en el que todos los críticos han coincidido (aunque eso les haya hecho olvidar que detrás del luminoso aspecto formal hay bastante carne). A cambio, dejo una muestra que basta y sobra para ilustrar los méritos ya señalados por la crítica:
“Una noche tormentosa en la que Elsinor acogió una fuerte nevada, tras un parto sin dolor que la historia médica suele asociar con el nacimiento de los seres excepcionales, bajo la sonrisa ingenua de sus padres que no podían adivinar el tormento que les esperaba, vino al mundo un niño de largas piernas y brazos largos, tan largos que parecían unos tentáculos, anormalmente grandes para sus nueve meses de gestación, que lucía una imposible cabellera de frondosos bucles negros que caían por su espalda como las ramas de algún árbol. Apenas escupido por el útero de su madre, empezó a bramar “¡A escribir! ¡A escribir! ¡A escribir!…”
¿De dónde sacaba este patita las palabras exactas con esa insólita naturalidad? ¿Cómo era posible en un escritor que apenas pasaba los veinte años? El Poeta Cedrus es el punto más alto de Casa de Islandia, el mejor texto de Disidentes y algunas de los páginas más brillantes de la nueva narrativa peruana. Mis más sincera y afectuosa envidia para el autor.
Sobre Casa de Islandia: Javier Ágreda, Iván Thays, Leonardo Aguirre, Francisco Izquierdo.
Sobre Hotel Europa: Javier Ágreda, Luis Aguirre.
MEDALLA DE PLATA
EL PRESIDENTE LINCOLN HA MUERTO
DANIEL ALARCÓN
No llegué a leer el primer libro de cuentos de Daniel Alarcón ni en la versión original ni en ninguna de sus dos traducciones. Había comprado Selección Peruana y en ella encontré “Ciudad de payasos”, cuento que me dejó una sensación confusa. Los elogios podían ser completamente justificados, pero había algo que no terminaba de convencerme: Alarcón desplegaba su talento de una manera para mi gusto demasiado tradicional. Tenía la sensación de que conocer los datos extraliterarios del autor (haber escrito en inglés, inicialmente para un publico norteamericano) contaminaba la lectura, y que por ello aceptábamos sin reparos ciertas descripciones que abusaban del “color local”, descripciones que no hubiéramos aprobado con facilidad de escribirlas un limeño que vive en nuestra capital.
Pensaba en “Ciudad de payasos” como el cuento estrella que un pata con mucho talento escribió para un taller. Aplicaba muy bien la técnica, pero le falta riesgo. Pero ahora en Disidentes (supongo que también en algunos cuentos de su primer libro) me encuentro con un Alarcón que me gusta mucho más. El cuento parte de una situación carveriana (una pareja que acaba de perder el empleo, con serios problemas en la relación, busca su nuevo lugar en el mundo con una botella de whisky en la mano). En ese estado de desequilibrio y confusión, la pareja, compuesta por dos hombres, tiene una conversación que permite leer la historia como una reflexión sobre el pasado y la manera cómo éste siempre reaparece para condicionar el porvenir. Alarcón deja de lado las descripciones y opta por una prosa más funcional, y por un final abierto en el deja a su protagonista de pie en una carretera, con el pasado en sus espaldas y todas las posibilidades latentes.
La metáfora: si “Ciudad de payasos” miraba hacia el pasado en más de un sentido (la búsqueda del narrador y la estética del autor), este cuento inédito queda, como su protagonista, con la mirada puesta en el futuro. A esperar con expectativa la edición española de Lost City Radio.
Sobre Guerra a la luz de las velas: Javier Ágreda, Olga Rodríguez Ulloa, Gabriel Ruiz-Ortega.
Sobre Guerra a la luz de las velas y Lost City Radio: Gustavo Faverón.
MEDALLA DE BRONCE
LOS ESCRIBAS DE AE
EDWIN CHÁVEZ
El primer libro de Edwin Chávez, 1922, no tuvo la difusión que hubiese merecido. Tal vez podamos explicarlo por la casi simultánea aparición de Selección peruana en la misma editorial, o quizá porque el título podía ser justificado, pero no atractivo.
Más allá del escaso poder marketero del título, juzguemos la elección por el lado amable: 1922 era un nombre adecuado para un libro lleno de referencias literarias. No creo que “Los escribas de AE” sea el mejor relato de la colección (”Siameses románticos / Siameses románticos” se lleva las palmas más sonoras), pero su inclusión en Disidentes está justificada porque es el que mejor representa el espíritu ‘metaliterario’ del volumen.
La anécdota en pocas líneas: el narrador, profesor en Cornell, recibe la extraña invitación de una desconocida para volver a su pueblo natal, en Inglaterra, para participar en una conmemoración por los veinte años de la muerte del poeta Aaron Godden, con quien en su juventud el narrador había participado en un proyecto que buscaba convertir a su pueblo en un espacio intelectual y cultural. Junto a un grupo de escribas, que firmaban sus artículos utilizando nombres de célebres escritores, Godden y el narrador habían publicado una revista literaria. Veinte años después y tras muchas dudas, el narrador acepta ir a la celebración. Hasta aquí el planteamiento de la historia.
Los coqueteos con el policial surgen de inmediato, ya que hay un misterio que descubrir: ¿Quién podía ser Florence Parker, esa extraña mujer interesada en celebrar, pagando todos los costos, a un poeta mediocre? El cuento puede ser una pequeña caja de sorpresas para quienes buscan rastrear relaciones intertextuales. Y los guiños metaliterarios son coherentes, ya que Godden había sido asesinado por uno de los escribas, que firmaba como Poe. Habría que forzar la idea: el creador del género policial decide pasar a la acción y se convierte en uno de los personajes que, en sus cuentos, el famoso detective que creó identifica tras complejos razonamientos lógicos (la vida copia a la literatura, diría Borges).
Al encuentro en Inglaterra llega la mayoría de los viejos escribas (Kafka, Proust, Joyce, Virgilio, Goethe, etc). Los veinte años transcurridos han cambiado la apariencia física de los antiguos miembros de la revista, y muchos no se reconocen entre sí. No sé si es una metáfora voluntaria, pero sí puede ser un divertimento literario leer los diálogos sin pensar que son seudónimos, y reemplazando la obra por la pinta (por ejemplo, uno de los escribas, al comentar sobre el aspecto de sus viejos compañeros, dice: “El único que se mantiene es Kafka”).
Más allá de las lecturas intertextuales que permite el cuento, debemos destacar la manera en que el autor logra que el texto funcione. Es posible que le falte un poco de vida a las personajes (por momentos se sienten sólo como figuritas de papel) y que los diálogos suenen demasiado artificiales, pero el buen manejo del lenguaje que demuestra Chávez, y una estructura elegida con acierto para alternar presente y pasado, permite llevar el cuento a buen término. Y la reunión final, algo inverosímil, puede aceptarse de buena gana dentro de una historia que ha sido planteada lejos de los parámetros realistas.
Sobre 1922: Johann Page.
MENCIONES
SUBLIME SORRENTO
LEONARDO AGUIRRE
En el cuento inédito que presenta en Disidentes, Leonardo Aguirre realiza una especie de compendio de todos los recursos y motivos a los que recurrió en su muy recomendable Manual para cazar plumíferos. El protagonista, que acaba de morir, según la terminología del propio Aguirre podría encajar perfectamente en la categoría de “plumífero”: un poeta que se hace llamar Sorrento en honor al chocolate de blanquirroja envoltura, se considera apátrida, cree ser genial, lleva una vida demasiado “literaria” y, por supuesto, es inédito. Y como es uno de esos tipos que creen ser muy conscientes de su papel en el mundo, lleva su personaje al límite, por lo que su violenta y espectacular muerte fue ocasionada por propia voluntad. Sorrento es un “maldito” que se suma a la estirpe de fracasados, fanfarrones y autoengañados con ínfulas de grandes escritores que Aguirre retrató en algunos de los cuentos de su primer libro.
Si en el Manual Aguirre buscaba ser experimental y salía a veces muy bien parado, “Sublime Sorrento” es la prueba de que se puede intentar ser experimental y terminar siendo costumbrista. En este caso, el retrato de la fauna literaria clandestina que pulula en bares hablando de las obras que (nunca) escribirán respeta todos los tópicos a los que se debe echar mano en ocasiones como ésta: la mención de lugares reconocibles supuestamente “bohemios”, un grupo de poetas revolucionarios comprometidos con la sociedad denominados “Los Eyaculantes” (supongo que es una metonimia y eufemismo por onanistas mentales), las “huachafitas culturosas” que caen a los recitales con el objetivo de contagiarse de la discutible aura artística de los plumíferos. Todo eso está muy bien. El problema es que toda la materia prima que Aguirre utiliza deriva más en un collage que en un relato bien logrado.
En dos o tres cuentos del Manual, Aguirre demostró tener talento suficiente para construir una obra que supere largamente lo escrito hasta ahora. Pero en este caso da la impresión de que el autor se ha quedado en el regodeo alrededor de su propia cosecha: citas a los Beatles que llegan a hastiar, guiños a cuentos del propio Manual y a su autor, chistes fáciles, el deseo de divertir y sólo divertir (y no tomar el oficio con más seriedad y pensar cómo puede aprovechar al máximo el potencial que tiene en la punta de su lapicero).
Bien sabes, Aguirre, que si presentabas un cuento como “Sandrita, Patty Boyd y Michelle ma Belle” o “Café Milton y cordero con Saki” yo mismo te colgaba la medalla, con orgullo y alegría, y además me mandaba con unos aplausos. Pero por ahora me los guardo.
Sobre Manual para cazar plumíferos: Javier Ágreda, Alonso Alegría, Francisco Angeles, Roberto Limo.
SIN COBIJO EN PALOMARES
JUAN MANUEL CHÁVEZ
Si Jimmy Santi tiene su “Chin Chin”, Juan Manuel Chávez tiene su “Sin cobijo en Palomares”. Leí ese cuento por primera vez hace unos cinco años, cuando un amigo común me lo entregó (impreso y engrapado) en el patio de Letras de San Marcos. Al año siguiente me enteré de que Chávez había obtenido el Copé de Plata. Una vez publicado el volumen de ganadores, descubrí con sorpresa que se trataba del mismo cuento. Meses después, durante un taller de narrativa en San Marcos (al que me referí hace un tiempo en este blog), Chávez presentó al final del curso “Sin cobijo en Palomares”. Poco después, Sarita Cartonera publicó el mismo cuento en una de sus ediciones con texto único. Sonríen los desamparados, su libro de cuentos, se abre, por supuesto, con “Sin cobijo en Palomares”. Y ahora en Disidentes, cuando ingenuamente pensé que ya sería demasiado roche elegir el mismo cuento, me vuelvo a encontrar con “Sin cobijo en Palomares”.
Cada uno tiene derecho de elegir sus propios caballitos de batalla; el problema es que Chávez no ha elegido bien. La anécdota del multipublicado cuento es sencilla: en un pueblito de provincia, una pareja de hermanos que mantiene un amor incestuoso escapan de casa, se declaran miles de promesas, soportan las burlas y agresiones del pueblo, y al final el hermano es acribillado a balazos. Eso es todo. Ya que el desarrollo de la historia es esquemático, sin matices ni profundización psicológica, el cuento podía contarse tranquilamente en tres o cuatro páginas. Pero Chávez se manda con veinte. ¿Cómo hace para extender esa anécdota embrionaria, sin desarrollo ni sutileza alguna, hasta esa excesiva cantidad de páginas? Muy simple: acumulando frases hechas, una tras otra, casi hasta la desesperación o la chacota (”De la olla llegaba el neutro aroma de la insipidez”). Sólo en la primera página hay once gerundios. En la tercera línea descubrimos el modus operandi que Chávez ejecutará con saña hasta el final del cuento: “Pero él continuó sorbiendo la sopa en silencio, guardándose cualquier comentario; engullendo legumbres y menestras con el rostro hundido en el plato, zanjando el tema con su desidia”.
Por otro lado, el uso de los adjetivos es abusivo, indiscriminado y lleno de lugares comunes (todas las puertas son “desvencijadas”). Y los diálogos no son precisamente lo más destacado. Veamos una conversación entre la calentona parejita:
“- … Podremos permanecer juntos un tiempo más.
- ¿Para qué?
- Para contemplarte en silencio, engañada por tu rostro.
- ¿Engañada?
- Me estafaste, muchachito; caí seducida por una carroza que ahora vive empeñada en convertirse en calabaza.
- Pues tú no eres ninguna princesa.
- Lo era, hermanito. Ahora soy la bruja del cuento.
- Bueno, hechicera, cumpla entonces su ofrecimiento: algo rico sobre la mesa”.
He revisado algunos cuentos de Sonríen los desamparados y debo decir que hay más de uno que pinta bastante mejor que el trajinado “Sin cobijo en Palomares”. Al menos hay otros que se dejan leer. Espero de todo corazón que Chávez realmente haya superado esa etapa tan oscura. Y que Jimmy Santi por fin deje de cantar ”Chin Chin”.
Sobre Sonríen los desamparados: Javier Ágreda.
* Los cinco del próximo lunes: Augusto Effio, Víctor Falcón Castro, Marco García Falcón, Alexis Iparraguirre, Pedro Llosa.
DESENCANTOS
Hablablog, Columnistas May 25th, 2007
EL OLVIDADO PILOTO DE ENEAS
Por: José Güich Rodríguez
Con toda justicia, el mundo celebra en estos días la cuarta década de Cien años de soledad, la novela de Gabriel García Márquez que marcaría el punto culminante del fenómeno conocido como el “boom de la literatura latinoamericana”, inventado en términos publicitarios por Carlos Barral y el crítico Rodríguez Monegal. Al margen de los hábiles cálculos de la industria emergente de esa época, existen varias obras que, por auténtica calidad, podrían reclamar tranquilamente un sitial al lado de la esplendorosa saga macondina. La mayor parte de ellas fue publicada entre 1962 y 1970. Resultaría ocioso un inventario al respecto, pues ya es de largo conocimiento público qué textos pertenecen a ese Panteón por los siglos de los siglos.
Es inobjetable, por otro lado, que los gustos han cambiado, y eso afecta la sólida posición de libros otrora inamovibles en el canon. Hoy, por ejemplo, está de moda desvirtuar las bondades de Rayuela que, al ser publicada en 1963, devino un icono de las nuevas praxis narrativas. Permítanme el disenso: fue, es y será una proeza genial la de don Julio, pero su erudición y cosmopolitismo la convirtieron, lamentablemente, en un libro del cual todos hablaban pero muy pocos leían -o leían demasiado en serio, cuando la intención de Cortázar no era ni ser solemne ni crear un culto religioso para críticos ansiosos de perennizarse-. El público promedio nunca la celebró como debía, puesto que el Gran Cronopio proponía modelos de recepción inexistentes o incomprensibles para una masa de lectores que aún quería ver la palabra “Fin” muy bien señalada en la última página. Además, los metatextos que proliferaron durante años ahuyentaban hasta al más valiente excursionista.
En el anodino presente, los jóvenes ya no juegan a Oliveira y a la Maga ni sueñan con ir a París para asistir al funeral de un paraguas inservible, observar gatos, escuchar a Bird o hacer el amor toda la noche en un hotelito de mala muerte, mientras la ciudad es sacudida por la lluvia. Respecto a si este gran divertimento cortazariano ha envejecido, quedan, sin duda, muchas páginas por escribirse. La muerte de Artemio Cruz (1962), por su parte, se mantiene vigorosa, aunque La región más transparente (1958) ha incrementado sus bonos, pese a su estructura más compleja y radical. Estas novelas del mexicano Carlos Fuentes -añado el relato Aura (1962)- configuran, en mi opinión, lo más logrado de su autor, quien después se dedicó a reelaborar una y otra vez los temas y obsesiones de su brillante producción inicial. Y en cuanto a Vargas Llosa, es casi una perogrullada colocar La casa verde o Conversación en la Catedral como las novelas acompañantes de Cien años de soledad en cuanto a la culminación de un proceso modernizador al interior de la literatura latinoamericana, que se sacudía de la dependencia intelectual, y fundaba usos y lenguajes de extraordinario vuelo estético.
He mencionado los destinos de las cuatro figuras de mayor repercusión mediática; uno de ellos, Cortázar, falleció en 1984; los otros tres no pueden dar hoy un paso o formular una declaración sin que se produzca el alboroto de la prensa especializada y éste exceda los límites de páginas, siempre marginales. Se habla de un acercamiento entre GGM y MVLL, propiciado por amigos comunes. Carlos Fuentes mantiene su inquebrantable amistad con el colombiano, mientras está distanciado del peruano por cuestiones ideológicas, ya que nuestro crédito es un fanático converso al liberalismo, al tiempo que sus viejos amigos de juergas barcelonesas aún se proclaman izquierdistas, defienden tenazmente a Cuba y son recibidos por Fidel. Cosas de escritores, dirían las viejas consejas (o “líos de blancos”, según el pueblo llano, apenas preocupado por sobrevivir, ajeno por completo al universo de los libros).
Como rastreador de aniversarios insólitos, quisiera destacar otro acontecimiento literario, que probablemente pasará desapercibido. No afectará la rotación del planeta ni le quitará el sueño a algún mortal. En 2007 se recuerdan -al menos, yo lo hago ahora- los treinta años de la publicación de la novela Palinuro de México, de Fernando del Paso (1935). Esta obra maestra del escritor nacido en el DF -también autor de José Trigo (1966) y de la extraordinaria Noticias del Imperio (1987)- también ha sido víctima de un extraño destino, semejante al de Rayuela: es mil veces citada, pero cuenta con lectoría bastante exigua, si la comparamos con los seguidores de la familia Buendía y de su tropical genealogía.
Del Paso ya era un autor prestigioso, gracias a José Trigo, cuando se produjo, en octubre de 1968, la tristemente célebre matanza de Tlatelolco. El gobierno mexicano asesinó a trescientos estudiantes en la llamada Plaza de las Tres Culturas. Eran los días previos a las Olimpiadas. Los jóvenes, indignados con la corrupción política y por el uso cínico y manipulador de los Juegos, en un país castigado por la pobreza, tomaron las calles. Todo un movimiento literario se gestó a partir de esos lamentables sucesos, que aún es evocado como símbolo de la represión y el autoritarismo de gobiernos despreciables con fachada de democracia.
Según las palabras del propio novelista (a quien tuve el gusto de conocer en Buenos Aires, en octubre de 1993), la elaboración de Palinuro de México se inició el mismo año de la tragedia. Como muchos intelectuales y escritores mexicanos, el episodio de Tlatelolco se convertiría en una pesadilla que solo fue exorcizada a través de los fastos de la creación. Le tomó siete años a Del Paso culminar el insólito proyecto, en el que se ensamblan múltiples temas de índole literaria, artística, histórica y científica, además de las inacabables referencias a la publicidad, a la que el autor le dedicó por catorce años hasta que partió, en viaje tardío, a Londres y luego a París, para trabajar, primero, en Radio Francia Internacional y, luego, en la UNESCO. Con los años, desempeñaría el cargo de Embajador de su país en ese organismo internacional.
Las deudas con Joyce y Rabelais son más que evidentes, pero hay una larga lista de autores, entre ellos Swift, Sterne, Bierce y Pérez Galdós, que son magistralmente parodiados a los largo de los veintitrés capítulos. La novela incluye una reelaboración de la Comedia del Arte, en la que los protagonistas (los entrañables Palinuro, Estefanía, Walter, Fabricio y otros) encarnan, merced a continuos desdoblamientos, a Arlequín, Colombina y Pantalone. La pieza, “Palinuro en la escalera o el arte de la comedia”, se convierte en una delirante y surrealista representación de los horrendos sucesos de 1968, tema que con variaciones es desarrollado a lo largo de las casi ochocientas páginas del libro. Probablemente esas dimensiones hiperbólicas, así como las exigencias discursivas, hayan sido el inconveniente para la plena aceptación de la novela como uno de los hitos máximos de la literatura hispanoamericana. De algún modo, cierra el ciclo de las obras totalizadoras que pretenden ampliar los horizontes y naturaleza de la escritura.
Don Fernando, ser humano sencillo y amable como pocos, también me confió, en esa charla de cuarenta y cinco minutos, que el tamaño descomunal de la novela había impedido su inmediata publicación, una vez obtenido el premio convocado por la Editorial Novaro en 1975. La empresa editora, famosa por sus series de historietas, en un acto de cobardía, no se atrevió a lanzar semejante desafío a los convencionalismos y a los clisés, aunque se aseguró de entregar el premio, tal como estaba estipulado en las bases. Solo en 1977, este Palinuro azteca, alter ego del piloto de la nave de Eneas (que en el poema de Virgilio no puede distinguir el día de la noche, y es sacrificado por nativos luego de caer al océano), vio la luz de la fama eterna. A partir de entonces, la novela se ha convertido en un mito, cuyos lectores forman una verdadera cofradía (reminiscencia de aquella fabulosa hermandad que en la novela organiza una desopilante batalla de ventosidades).
Sus camaleónicos personajes son una referencia para iniciados. Y el vocablo no es gratuito: es un libro mistérico, de sometimiento a los fuegos mágicos de la literatura y de su capacidad para engendrar universos sostenidos únicamente por el poder liberador de la palabra. Puede resultar apabullante para un receptor no habituado a los experimentos radicales, tanto en el plano estructural como en el estrictamente lingüístico, o en el de la información pormenorizada y enciclopédica sobre multitud de conocimientos -muchos de ellos expresados con un guiño cómplice en relación a su utilidad, a su valor real en un mundo cada vez más hostil al saber por el saber mismo-.
Entre esas referencias torrenciales, sobresale, sin duda, la historia de la medicina. Y a decir verdad, los hijos de Galeno, Hipócrates, Vesalio y otras figuras no quedan, en general, bien parados ante los feroces ataques del libro hacia las prácticas vejatorias en contra de la dignidad humana y la de otros animales. Experimentos que el santoral médico tiene por cumbres estelares son materia de constante denuncia y recusación, por cuanto niegan los ideales que siempre debieron nutrir a esta profesión; hoy, tales principios le ceden el terreno al marketing y a las mafias de la industria farmacéutica.
Profético en grado sumo, el texto confirma que las malas artes han prosperado. Pienso, por ejemplo, en muchos caníbales de estos lares, especialistas en reproducción humana asistida, que de verdaderos médicos tienen poco o nada. Suelen pontificar, en simposios y congresos, acerca de la felicidad que dan a manos llenas a parejas incapaces de procrear, cuando lo único que protegen, con sus nauseabundos manejos de óvulos fertilizados, es su propio bienestar, encarnado en las casas de playa, la costosa educación de su prole y los lujos frívolos de sus mujeres. No obstante, la lista de estafados es tan voluminosa como Palinuro de México. Y lo más sublevante de todo es que cuando estos carniceros oyen hablar de humanismo y bioética, casi efectúan el ademán de buscar un revolver (como el nazi Goebbels, cuando oía mencionar la palabra “cultura”).
Los vacíos legales, ciertamente vergonzosos para el país, deben ser resueltos, según la filosofía de estos pobres mercachifles -estarían mejor en la gerencia de un supermercado que laborando en una clínica-, por ellos mismos y no por los “advenedizos” e “intrusos” de la sociedad civil. Una vez más, el gato funge como despensero; es decir, la perfecta metáfora para graficar la actitud no solo de tantos médicos inescrupulosos -que fingen amor a la humanidad-, sino de toda la mediocre clase dirigente que sufrimos día a día. Vamos igual que el cangrejo. Por el contrario, en países hermanos, como Chile, Argentina y Brasil, las decisiones sobre el marco jurídico en torno de tan delicados quehaceres las asumen en conjunto filósofos, médicos, abogados, sociólogos, biólogos, antropólogos etc. Es una perspectiva consensual, de avanzada, interdisciplinaria, comparada con el caciquismo de ciertos médicos peruanos, enceguecidos por la soberbia y la necedad del ignorante.
Volviendo a territorios más gratos, confieso que he sido admirador devoto de Fernando del Paso y su obra por veinte largos años. Recuerdo el día en que, por fin, después de fatigosa búsqueda, encontré Palinuro de México en una librería de Miraflores. Era la edición de Alfaguara, reimpresión de 1982. La devoré, con veneración casi religiosa, entre julio y agosto de 1986. Difundí sus grandezas entre mis amigos más queridos. Me convertí en un feligrés, en un acólito. Debo de haber resultado exasperante en algún momento, por lo que ahora me excuso. A tal grado llegó mi pasión por este libro -y otros de su autor- que recalé tres años en Buenos Aires, como becario de perfeccionamiento, para investigar sobre tan fulgurante narrativa.
La excentricidad me acompaña: un peruano que investiga sobre un mexicano en Argentina. Por razones azarosas y afortunadas, me enteré de una breve estancia del novelista en la capital porteña. Ni corto ni perezoso, lo llamé una noche al hotel Alvear, con la duda acerca de si me recibiría o no para una corta entrevista. Al día siguiente, muy temprano, nos encontramos en el restaurante. De esa lejana mañana sabatina, me queda el recuerdo de un hombre excepcionalmente cordial y educado, amigo íntimo de Rulfo, Paz, Fuentes, Elizondo, Arreola. A través de él, pude estrechar con la imaginación la mano de muchos de mis dioses personales. Antes de despedirnos, me firmó el trajinado ejemplar de Palinuro de México que hoy, casi quince años después, conservo como una de mis pertenencias más preciadas. Cuando lo acompañaba al ascensor, comentó que se sentía tranquilo: era el único escritor mexicano que no mantenía pleitos con alguno de sus colegas. Otro punto a favor del artífice.
Por: Francisco Ángeles
Hace buen tiempo que venía pensando escribir un artículo, un artículo largo, con marco teórico, rigor académico y todas las de la ley, sobre la narrativa peruana de esta nueva década. No sé si se enteraron, pero esta nueva década ya no es tan nueva. Estamos en sus tres cuartas partes, así que ya va siendo hora de hacer balances y trazar las líneas centrales (si es que existe algo así) de nuestra producción reciente. Y, por supuesto, me interesaba centrarme en los narradores jóvenes que han ido apareciendo en estos últimos años. Así que fantaseaba con ese artículo, empezaba frases, se me ocurrían ideas sueltas. Pero nunca llegué a meterme del todo en el trabajo de investigación. No era poca cosa: delimitar el corpus, releer obras, buscar las que no había leído, elegir el marco y la perspectiva. Y ahora que apareció Disidentes creo que tengo mi revancha (o premio consuelo). Si Vila-Matas escribió en Bartleby y compañía que esa novela eran las notas a pie de página para un libro que no existía (y Camilo dijo que se iba a sumergir en la página en blanco “a la manera de Stephane Mallarme”), esta reseña en cuatro entregas será para mí los extractos del artículo que nunca escribiré.
Pues bien: tomaré mi ejemplar de Disidentes, reuniré a los antologados en grupos de cinco (por orden alfabético) y comentaré cada uno de los textos en sólo doscientas palabras. Y para distanciarme definitivamente de mi inexistente artículo académico, voy a tomarme la licencia, mismo Juegos Olímpicos, de otorgar medallas (oro, plata y bronce) a los más destacados de cada grupo. No será crítica literaria propiamente dicha, sino mis impresiones personales, mi experiencia de lector ante el texto específico publicado en Disidentes. Es esto una diversión literaria y mi celebración personal por la gran cantidad de narradores que vienen apareciendo con textos de calidad.
El grupo inaugural (este lunes) estará conformado por Leonardo Aguirre, Daniel Alarcón, Luis Hernán Castañeda, Edwin Chávez y Juan Manuel Chávez. Sí, pues, doméstico, es el grupo más bravo. Así es la vida, te tocó bailar con la más fea. Aunque, según cuentas, eso tampoco es tan nuevo para ti.
EL HOMBRE QUE MIRA EL MAR
Hablablog, Columnistas May 23rd, 2007
Carlos Calderón Fajardo nos ha entregado una nueva colaboración para su acostumbrado día miércoles. En adelante, el escritor publicará un artículo mensual en esta bitácora. Nuestro agradecimiento, y seguramente también el de los lectores, para nuestro columnista. Bienvenido de vuelta.
Las Moradas: 60 años de su creación
Por: Carlos Calderón Fajardo
Se conmemora el nacimiento o muerte de un gran escritor, se celebra un mes dedicado a las letras, pero hay acontecimientos que no deben ser olvidados. Pilares de la historia de cómo creció nuestro espíritu y a los que hay que volver siempre porque son un manantial de sabiduría, porque representan momentos fundacionales de lo mejor de nuestra inteligencia, nuestro espíritu, nuestra sensibilidad, la continuidad de nuestra inagotable creatividad, y porque fueron un gran momento de creación cultural en sí mismo. Si sólo vemos el presente, la novedad, nunca lograremos crecer con raíces fuertes.
En el Perú se viene produciendo una cultura de un nivel creativo muy alto desde mucho tiempo atrás, y lo que hacemos hoy es producto de notables esfuerzos anteriores. No podemos comprendernos a nosotros mismos, ni orientarnos con un horizonte seguro para lograr lo que pretendemos si no regresamos a ciertos acontecimientos cruciales. La cultura es eso: volver a lo que fue importante en el pasado para expresarnos en el presente y proyectarnos al futuro.
Hace 60 años, un mes de mayo de 1947, salió a la luz el primer número de la revista Las Moradas, creada y dirigida por el poeta Emilio Adolfo Westphalen. Su primer número tuvo como miembros del Comité de Redacción a Carlos Cueto Fernandini, Jorge Eduardo Eielson, Enrique Iturriaga, Fernando Shawb y Fernando de Szyszlo, con ilustraciones de Ricardo Grau, Klee, Sérvulo, Carlos Quíspez de Asín, y viñetas de Szyslo y la contracarátula de Judith Westphalen. Cada ejemplar se vendió a tres soles, pero el contenido de la revista es de un valor incalculable.
En poesía, la revista publica un fragmento de “Aloysius Acker” y otro de “Travesía de Extramares” de Martín Adán (”¡Muerto! En cuanto miro, no veo. Sino tu nariz de hielo. ¡Qué estado perfecto!…!Como si Dios creadora de cierto!…!El no nacido, el no engendrado, muerto!…”). “Viaje hacia la noche” de César Moro (”…como un caballo esquelético, radiante, de luz crepuscular, tras el ramaje denso de árboles de angustia”). Y “Zona de Angustia” de Enrique Peña (”Toda mi vida no ha sido hasta ahora sino eso: tránsito. Y afán de ver. Y de asombrarme”).
La revista contiene artículos diversos sobre literatura, arquitectura, filosofía, etc. Reseñas memorables hechas por jóvenes escritores. Dos textos de Kart Jaspers, traducidos del alemán por Carlos Cueto Fernandini. Un ensayo del extraño, múltiple, vidente intelectual Wolfgang Paleen “El Evangelio Dialéctico”. Un extraordinario artículo de Javier Sologuren sobre Jorge Guillen y uno de Szyslo sobre “Picasso después de Guernica”.
Por mis intereses personales voy a detenerme en dos ensayos y una reseña de este extraordinario número inaugural de Las Moradas. El primero, de Emilio Adolfo Westphalen: “Quién habla de quemar a Kafka”, un ensayo largo en el que Westphalen se pregunta sobre la verdad en el arte partiendo de la obra de Kafka. Dice Westphalen: “Porque por el arte sabemos lo que sabemos, y aún más, por el arte nos damos cuenta de lo que podemos ser. En la historia del hombre las obras de arte son como los hitos que van dejando para reconocerse, y para poderse por el tumulto de lo desconocido”.
Y específicamente sobre Kafka dice, entre otras muchas cosas: “Sucede como si Kafka tejiera una tela maravillosa y deslumbrante, y cuando mayor es nuestra admiración por el trabajo cumplido, de súbito tirara de unos hilos y redujera a nada todo lo hecho. ¿Es este el límite de la desesperación? No, aunque consciente de la inutilidad, pero sonriente, Kafka nos dice: Probemos otra vez, hagamos otro tejido deslumbrante”.
Otro ensayo que llamó mi atención por la inteligencia de su análisis es el de Cueto Fernandini sobre la filosofía de Leibniz. En realidad, el ensayo es una reflexión sobre el concepto de Substancia y como lo entiende Leibniz en comparación a Aristóteles. Escribe Cueto Fernandini: “En la metafísica aristotélica las substancias contienen las partes formalmente con los cual se identificaba la sustancia con sus determinaciones esenciales. La substancia, es en sí, nada más que la suma de sus determinaciones, y ella se da ya lista en el sujeto del juicio. En Leibniz las determinaciones de la substancia han de ser inventadas o descubiertas…La posibilidad dinamiza la idea de substancia y la fuerza la actualiza”.
Y también llamó mi atención una excelente reseña de Sebastián Salazar Bondy sobre la novela de Karen Capek La guerra de las salamandras. Una novela fantástica en que las salamandras se apoderan del mundo, utilizando las más crueles artes de la guerra.
Los límites de espacio no me permiten abundar más en este primer número de la extraordinaria revista que fue Las Moradas. El mejor homenaje que se le puede rendir en el mes que se cumplen 60 años de la publicación de su primer número es reproducir su editorial. En él está dicho todo.
LAS MORADAS (Revista de artes y letras)
Cuando salimos a la aventura, a la caza de las presas espirituales pensamos que siempre habremos de volver a unas MORADAS, donde habrá amparo para lo atesorado, que habremos de llevar siempre.. Punto de reunión, para el contacto, para el cambio, para la confrontación de hallazgos, pero lugar donde toda conquista del espíritu, donde todo descubrimiento del arte y de la poesía, de la ciencia y del pensamiento, no habrá de considerarse nunca como un punto final, como un acabamiento, sino como un acicate hacia nuevas conquistas, como un despliegue de posibilidades futuras.
En esa atmósfera atravesada de pulsiones vitales, centelleante del peligro que siempre amenaza las manifestaciones desinteresadas de la vida espiritual, queremos erigir estas MORADAS. Nuestro fervor y nuestro entusiasmo esperan despertar la amplia respuesta de atención y de discusión alrededor de los problemas diversos que el destino trágico del hombre suscita en nuestra época. Sobre todo no queremos que se olvide que ese destino nos viene de un pasado remoto y que nosotros no somos más que el relevo que ha de ser transferido a quienes vengan detrás nuestro, y que es nuestro deber cuidar porque la acumulación de especulaciones teóricas y de creaciones de arte, venga a ser no una carga molesta, sino el sostén más efectivo, sino la gracia jubilosa que da sentido a la vida.
La tarea difícil y arriesgada no será llevada a bien si no contamos con la ayuda cálida de todos quienes han puesto su confianza en las expresiones libres del espíritu, de quienes creen que toda obra de creación, en el pensamiento y en el arte, solamente fructifica en un ambiente de desinterés completo por los halagos y las vanidades, adonde no llegan intransigencias dogmáticas e interferencias egoístas. A ellos nuestro llamado para apoyarnos y alentarnos.
Lima, mayo 1947.
(En la foto: el gran poeta Emilio Adolfo Westphalen).
Lobo doméstico
Hablablog, Columnistas May 16th, 2007
EL HOMBRE ARAÑA Y EL HOMBRE ELEFANTE
Por: Leonardo Aguirre
Un anónimo, firmando como “Fernando Peres”, comentó el último post de Francisco Ángeles (”Dos versiones de la literatura y la humanidad del lobo”: léase antes de continuar con esta columna) y propuso que este blog se convierta en un mero noticiario (como si no tuviéramos demasiados en la blogósfera peruana) y que, entre otras cosas, informara sobre la vida de Siu Kam Wen y Sergio Galarza: “probablemente mas interesantes, para muchos de sus lectores, que Leonardo, Chebas, Percy, Jimmy y Andrés”. Bueno, de Siu Kam Wen, si mal no recuerdo, ya se ocuparon, no hace mucho, los blogs de Iván Thays y Paolo de Lima. Y con respecto a Galarza… a ver… qué quieren que les diga… es cierto que, como personaje, quizá sea más “interesante” que mis amigos Chebas, Percy, Jimmy y Andrés. Pero debo subrayar que, como narrador, no es más “interesante” que mis compinches. Claro, ésa es mi lectura y seguro rebosa de subjetividad. Pero ésta es mi columna y puedo ser todo lo subjetivo que se me antoje. Y lo último que voy a hacer es escribir según la agenda de los comentaristas mala-leche que se esconden tras un seudónimo. Antes bien, les daré la contra. Así que ahora voy a hablar de Chebas, Percy, Jimmy, Andrés y otros miembros del taller de comunicadores que tramó el volumen de cuentos titulado Papel cometa: cinco cuentos y un bonus track (Facultad de Comunicaciones PUCP, serie comunicuadernos, 2004). Si no les interesa, pues abandonen la lectura en esta línea y dejen de jorobar.
Sin embargo, creo que la palabra “taller” es un eufemismo. Sobre todo si pensamos en un cursillo pagado donde el profesor se ve obligado a ser cálido y condescendiente con sus alumnos-clientes (si te dijeran que escribes con los pies, obvio, no te vuelves a matricular y menos recomendarás el cursillo a otros alumnos-clientes). La palabra más exacta para definir nuestras reuniones bimestrales -espontáneas y extra-curriculares, pero no dionosíacas- debe ser “carnicería”. Somos amigos, claro está, pero siempre respetamos la primera regla del taller-carnicería: “apenas comienza la sesión de crítica, se suspenden las amistades”. La introducción de Papel Cometa (que no lleva firma pues todos metimos la mano) es bastante explícita: “encuentros en los que, hubiera quórum o no, jamás faltó un relato ultrajado. Sin embargo, fue esa dinámica cruel la que hizo que nadie se vaya a casa con alguna duda sobre si engendró al hombre araña o al hombre elefante”.
Esa misma dinámica, como resulta comprensible, alejó a muchos (y quizá, para qué negarlo, tuvo algo que ver con el estilo urticante que apliqué en mis épocas de reseñista para Agenciaperu). Pero algunos de los fugitivos persistieron en el empeño después de abandonarnos; es decir, abandonaron el taller-carnicería pero no la literatura (se zurraron, como debe ser, en nuestras malévolas objeciones: un escritor de raza nunca se dejará amilanar por periodistas aspirantes a escritores). Y permítanme nombrar aquí a los hijos más pródigos: el poeta y filoso periodista de Caretas Jerónimo Pimentel (Marineros y boxeadores , Santo Oficio, 2003); el narrador Paul Alonso (El primer invierno de Diana Frenzy, La toronja hidráulica, 2006); el último ganador de El cuento de las mil palabras, Miguel Ángel Torres Vitolas (Animales baldíos, Fondo Editorial PUCP, serie de la salamandra, 2001); y el poeta Luis Miguel Hermoza, que administra la web peruana La Siega y participa activamente en la web española Paralelo sur.
Y quizá nunca hubo más ultrajes que en la sesión dedicada al género gótico. (Por si acaso, los ilustres del párrafo anterior ya habían zafado para entonces.) Por eso no recuerdo con exactitud los cuentos que mis compinches presentaron aquella noche, pero sí recuerdo un cuento brutal de Ray Bradbury (antes de pergeñar nuestros adefesios revisábamos a los clásicos) que leímos en la orilla de Los Pulpos después de carbonizar chorizos y morcillas en una fogata. Claro, Bradbury es más conocido por sus relatos de sci-fi, pero la pieza que leímos aquella noche - “La sirena”, en Las doradas manzanas del sol- se nos antojó como un ejemplo magistral de la literatura de horror. No voy a contarles el argumento -para eso ya tienen el link- pero sí diré que el contexto de la lectura multiplicó sus méritos: el rugido de las olas a medianoche, en una playa desierta, nos hizo temer que el esperpento marino apareciera en cualquier momento a devorarnos como devorábamos nuestros chorizos.
No obstante, esa noche sometí al escarnio la versión primigenia de un cuento que, dos años después, fue incluido en Papel cometa bajo el título de “El anillo de Judas” (debo aclarar, cómo no, que, durante el largo y tortuoso camino que medió entre la sesión playera y el libro colectivo, dicho cuento fue corregido hasta la saciedad y, más que gótico, me salió policial).
Percy Espinoza, a su vez, dio el permiso para publicar, en esa misma antología, un combo erótico-fantacientífico titulado “Yo tengo un sueño”, y Andrés Paredes ofreció “El último villano”, donde el protagonista -en serio, ah- es una simple pieza de Lego. Jimmy Carrillo participó con “Muere, posero, muere” (y, sin embargo, sigo vivito y coleando) y el Chebas Esponda, por desgracia, se abstuvo de publicar, a última hora -debido a pleitos internos que no refrescaré porque ya fueron resueltos-, el primer relato que he leído en mi vida sobre una verga extraterrestre: “La masa que cayó del espacio”. Además, el índice también incluye “Caperucita feroz” de Rubén Cano, un cuento colectivo titulado “Las cavernas de la musa” (el bonus track) y un prólogo de Abelardo Sánchez León.
Por cierto, quizá sea mejor citar el prólogo (”Apuesta de náufragos”) para terminar de insinuar qué diablos contiene (o no) este librito: “No hay luz, no hay esperanzas fáciles, no hay floro. El tono no llega a ser cachaciento, pero se le parece. No es una comedia, pero el drama ha pasado, el dolor ha sucedido, lo negro de la historia ha dejado el rastro de hollín en cada palabra. Las historias pueden ser extravagantes sin necesidad de que el narrador deba moverse un ápice de su cuarto, de su casa o de su barrio. Predomina una atmósfera claustrofóbica. (…) Tiene la influencia del cine, el lenguaje escueto, la rapidez de las imágenes.”
Pero, ojo, no estoy diciendo que el autor de El tartamudo fue el profesor de nuestro taller-carnicería. Nada más lejano de nuestro espíritu que someternos a los dictados de un especialista. Dicha firma, simplemente, responde al hecho de que, por aquel entonces, Balo era el único escritor “infiltrado” en la facultad de Comunicaciones y, por lo tanto, su oficina siempre estaba disponible para nosotros. Y debo decir, en honor a la verdad, que tampoco quiso, de ninguna manera, prologarnos a ciegas. Luego de tomarse un mes para leer el machote, recién aceptó redactar el espaldarazo (y, dicho sea de paso, convertir el taller, sólo por un ciclo, en materia curricular; ulteriormente, el taller de narrativa mutó a taller de crónica periodística, pero entonces dejamos de asistir).
Claro, éramos muy jóvenes e ingenuos, y creíamos en la necesidad imperiosa de recurrir a una firma notable para favorecer la circulación de la antología. Pero nunca nos ligó la estratagema. Y no por la calidad de los cuentos, sino porque ciertos líos burocráticos impidieron que el libro llegase a librerías (sí, pues, el código de barras está por gusto). Así que, si algún incauto se dejó seducir por esta columna y está interesado en leer los cuentos de Papel cometa, pues tendrá que tomarse el trabajito de ir a la mesa de partes de la facultad de Comunicaciones de la PUCP (o hablar con la profesora Carla Colona) y pedir su ejemplar. Yo tengo el mío, por supuesto, pero de mi biblioteca no sale.
Como quiera que sea, también hay que decir que Francisco Ángeles tuvo la suerte de encontrarnos mucho más blandos y maduros. Él no asistió a una carnicería. Como bien dice, presenció el amable proceso de corrección en vivo de una obra de teatro de Jimmy, un volumen de cuentos de Percy y un relato del Chebas (finalista del último Copé). Y es que ya no somos los chiquillos categóricos que aplicábamos a rajatabla el decálogo del buen cuentista y que, incluso, poníamos la lupa sobre deslices ortográficos (mismo Coaguila). Ya no destruimos; ahora sólo echamos una manito para crear y nos recreamos en el placer de la buena lectura.
Ahora bien, es cierto que, si no fuera por el proverbial maleteo, seguro que Papel cometa hubiera derivado en un mero sancochado de ejercicios estilísticos (y no merecería que dedique esta columna a sus autores); pero también es cierto que, después de tantos años, la gente ha progresado lo suficiente y ya no merece puyas sino sugerencias para exhibir con mayor propiedad el talento que siempre tuvieron.
Además, ya casi no leemos cuentos de diez páginas (y si lo hacemos, sólo se trata de premiados, como en el caso del Chebas), sino colecciones o proyectos de libro. De hecho, Andrés está a punto de vender un guión para una película yanqui, y los otros -por lo menos Chebas y Percy- ya están negociando la publicación de sus óperas primas. Muy pronto, sin duda, todos los cometeros se integrarán a la nueva generación de narradores peruanos que cada vez es más numerosa.


