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Mr. Manchester y Control

Debate, Reseñas, Hablablog September 27th, 2007

Tony WilsonGiancarlo Stagnaro

Hace más un mes dio la vuelta al mundo la noticia de la muerte de Tony Wilson, periodista y creador del sello Factory Records, uno de los más innovadores en la historia del rock, al agrupar a los grupos y músicos más importantes de la movida pospunk en Manchester, al norte de Inglaterra. Wilson fue también el artífice de la discoteca La Haçienda, el corazón de la subcultura rave, que puso, entre 1982 y 1997, a esta ciudad de enormes torres industriales y ladrillos rojizos en el mapa musical del mundo.

Un persistente cáncer alejó a Wilson –mejor conocido como “Mr. Manchester”– de su pasión por el buen rock. Pero no se ha ido olvidado. Hace cinco años, el comediante inglés Steven Coogan tuvo la oportunidad de interpretarlo en una de las mayores películas (docudramas, es la palabra correcta) que se han hecho sobre el género: 24 Hour Party People, título tomado de un tema de los Happy Mondays, grupo auspiciado por Wilson a fines de la década de 1980 e inicios de 1990.

Indudablemente, la reciente muerte de Wilson ha sacudido la escena local inglesa y, sobre todo, del propio Manchester. 24 Hour Party People –infelizmente traducida al castellano como La fiesta interminable o El nuevo orden– cuenta la historia de esta movida, mejor conocida como Madchester, después del concierto de los Sex Pistols (que se han vuelto a juntar recientemente), al que sólo asistieron un poco más de cuarenta personas. Entre ellos estaba el grupo Warsaw, que luego se convertiría en Joy Division, con su mánager, Rob Gretton; el productor Martin Hannett y el propio Wilson. Se dice que Morrissey también acudió al concierto, pero lamentablemente no quiso ser considerado en esta producción, dirigida por el experimentado Michael Winterbottom.

Veamos uno de los tráiler donde Coogan se coloca en la piel de Wilson:

La película traza un arco entre la insurgencia de Joy Division, la muerte de su vocalista Ian Curtis; la reforma hacia New Order, los inicios de La Haçienda, el auge y caída de los Happy Mondays, el rave con las virtudes y defectos que apareja, y el cierre final de La Haçienda por lo mal que Wilson manejaba las finanzas de Factory Records, “un experimento sobre la naturaleza humana”, como se menciona en la cinta. Es la crónica de un grupo de gente que cambió, a pesar de todo, la historia del rock. Pienso que es un filme extraordinario, narrado con buen pulso y mantenido en buena parte por el carisma y el talento cínico del personaje de Coogan.

No tuvo estreno oficial en Lima (para variar). La primera vez que se vio fue durante un ciclo de cine europeo en la Ventana Indiscreta de la Universidad de Lima en 2004. Luego, durante un ciclo organizado en el centro cultural Peruano Británico, en mayo de 2005, la exhibimos junto a otros materiales fílmicos sobre el rock británico contemporáneo.

Doble tributo

En este contexto de revisiones sobre la década de 1980 –el propio Wilson tuvo que sacar un libro donde daba mayores luces sobre su caracterización en la película–, se ha anunciado el estreno de Control, dirigida por el trajinado danés Anton Corbijn, recordado director de videoclips de bandas como Joy Division, Depeche Mode y Nirvana, entre otras. Ahora, Corbijn nos ofrece una adaptación de la biografía Touching from a distance, de la viuda de Ian Curtis, Deborah Curtis.

El título de la cinta va de la mano con “She’s lost control”, una de las más notables canciones de Joy Division. Ha sido estrenada en el último Festival de Cannes, donde recibió muy buenas críticas. En Inglaterra debuta el 5 de octubre.

A diferencia de su predecesora, en esta ocasión Control se centra en la trágica vida de Ian Curtis. Era un cantante notable, que prefería las letras y las tonalidades sombrías, en las que reflejaba la soledad y el aislamiento en el mundo moderno. Curtis sufría de epilepsia –es conocido el ataque que sufrió en pleno concierto–, lo cual siempre motivó su aciago distanciamiento con el mundo. Pero otra razón que –se dice– inspiró canciones como “Love will tear us apart” fue el amorío que sostuvo con la periodista belga Annik Honoré.

Curtis tenía un peculiar estilo de presencia en el escenario, con su voz de barítono que lo hacía parecer de mayor edad. Hannett le dio a la banda el fondo sonoro que la volvía curiosamente peculiar en medio de la marejada punk de aquellos años, en los escasos comienzos de la década de 1980. Y fue un 18 de mayo de ese año que Curtis, mientras escuchaba El idiota de Iggy Pop, decidió acabar con su existencia.

Aquí el tráiler de Control:

Este avance refleja en detalle los tremendos e íntimos conflictos de Curtis. Todo suicidio en sí es un misterio, una decisión que denota la particularidad de quien la toma. Lo concreto es que, luego de la muerte de su vocalista, el interés por Joy Division no ha dejado de crecer y suscitar una larga cadena de fans en todo el mundo (el propio New Order solía interpretar sus canciones hasta antes de su reciente separación). Con Control –grabada enteramente en blanco y negro– es posible que se produzca un inmenso revival sobre esta etapa. Eso sería, en términos generales, relativamente bueno para un grupo aparentemente limitado a unos cuantos conocedores.

Lo lamentable es que Mr. Manchester no estará físicamente para ver la cinta. Pero estamos seguros que, en la compañía de Ian, Rob y Martin, como en esa escena de despedida en 24 Hour Party People, donde Tony Wilson cree divisar a sus compañeros idos y presentes, ahora la mente brillante de Factory Records disfruta a plenitud con la música que ayudó a crear.

Enlaces

Demasiado joven para vivir (crónica de El País).
Más sobre la muerte de Tony Wilson (El País).
La transmisión se inicia próximamente. Página oficial de Control (en inglés).
Noticias de New Order y Joy Division (en inglés).

En la imagen: Tony Wilson en So it goes, su programa en Granada TV.

Convocan al Premio José Watanabe Varas

Publicaciones, Hablablog September 24th, 2007

WatanabeCon el objetivo de alentar y premiar la creación literaria en nuestro país, así como de descubrir nuevos valores y difundir la Asociación Peruano Japonesa reactiva su Concurso Nacional de Creación Literaria, instaurado en 1990.

Tras un lapso de tres años, este certamen regresa con la sexta edición del Concurso Nacional de Poesía de la Asociación Peruano Japonesa, el mismo que a partir de ahora llevará el nombre de José Watanabe Varas, y cuenta con el auspicio de la cooperativa de ahorro y crédito AELUCOOP.

Este certamen literario, cuya convocatoria se extenderá hasta el próximo 30 de noviembre de 2007, tendrá como jurado a los reconocidos poetas Doris Moromisato, Marco Martos y Ricardo Silva Santisteban. En cierto modo, será, además, un homenaje al fallecido poeta José Watanabe, gestor e incansable promotor de este concurso.

Esta convocatoria está dirigida a todos los peruanos residentes en el país o en el exterior. El tema es absolutamente libre y el conjunto de poemas presentado deberá ser inédito, ya sea en soporte impreso o electrónico. El plazo de admisión de originales cerrará el mediodía del 30 de noviembre de 2007. El resultado se dará a conocer el 15 de enero de 2008.

El ganador recibirá un premio único de US$ 2,000 (dos mil dólares americanos) en efectivo y su poemario será editado por la Asociación Peruano Japonesa.

Antecedentes del concurso

Instituido en 1990, el Concurso Nacional de Creación Literaria de la Asociación Peruano Japonesa alterna anualmente las convocatorias en los géneros de poesía y cuento, y contempla tanto un premio pecuniario como la publicación del trabajo ganador.

El concurso exige la presentación de libros de poesía o cuento, con lo cual se garantiza la premiación de escritores de lograda madurez artística y constancia en un medio tan escasamente proclive al reconocimiento de la labor literaria.

Hasta la fecha, se han realizado cinco concursos de cuento (el último convocado en 2004) y cinco concursos de poesía, el último de los cuales se llevó a cabo en 2003.

Los concursos de poesía han tenido como miembros del jurado a destacados críticos y escritores, como Luis Jaime Cisneros, Javier Sologuren, el propio José Watanabe, Blanca Varela, Marco Martos, Antonio Cisneros, Washington Delgado, Rodolfo Hinostroza, Carmen Ollé, Giovanna Pollarolo y Pablo Guevara, entre otros.

El primer Concurso Nacional de Poesía realizado en 1990 otorgó el primer lugar a Carlos López Degregori con El amor rudimentario. También han sido ganadores Mariela Dreyfus con Placer fantasma (segundo concurso, 1992), Jaime Urco con Poca luz en el bar y otros poemas (tercer concurso, 1994), Adrián Arias con Sueños y paranoias (cuarto concurso, 1996) y Eduardo Félix Pucho Verdura con Nargova y Zorgona (quinto concurso, 2003).

Homenaje a José Watanabe

A partir de este año, y como reconocimiento al desaparecido poeta José Watanabe Varas, el Concurso Nacional de Poesía de la Asociación Peruano Japonesa llevará su nombre. Cuenta para ello con la autorización de la familia de nuestro destacado vate.

De esta manera, la Asociación Peruano Japonesa no sólo quiere rendir un homenaje a José Watanabe, quien es una de las voces principales de la poesía peruana, sino agradecer su permanente apoyo en la realización de este concurso, del cual fue uno de los principales gestores. Estuvo íntimamente ligado a esta iniciativa, ya sea como miembro del jurado o como promotor del mismo.

Informes
Las bases del concurso pueden recabarse en el centro cultural Peruano Japonés (avenida Gregorio Escobedo 803, San Felipe, Jesús María, Lima-Perú) o descargarse del portal web de la Asociación Peruano Japonesa. También pueden comunicarse a los teléfonos (51-1) 463-0606, (51-1) 463-0607 o al correo electrónico.

EL HOMBRE QUE MIRA EL MAR

Publicaciones, Debate, Hablablog, Columnistas July 2nd, 2007

calderon fajardo.jpgUN DISCURSO REVELADOR DE AMOS OZ

Carlos Calderón Fajardo


En los últimos días, a propósito de la obtención por el novelista Amos Oz del Premio Príncipe de Asturias, se han publicado crónicas periodísticas en el Perú y en todo el mundo del lengua hispánica sobre este extraordinario escritor. Estas informaciones han sido un poco sesgadas, acentuando algunos aspectos de la vida y obra de Oz sin profundizar en la complejidad de la vida y la narrativa de este escritor y, sobre todo, de cómo su vida y sus novelas están imbricadas, íntimamente relacionadas. Por ejemplo, Juan Goytisolo declara la actitud de Amos Oz con respecto al conflicto árabe israelí. Conocida es la militancia pro árabe de Goytisolo, lo que interesa de Amos Oz al escritor español es su posición frente al conflicto entre árabes y palestinos, y no lo que se relaciona con la vida en Israel. Y de paso Goytisolo y otros, al mencionar sólo la acción política de Amos Oz, minimizan su valor como narrador.

En este sentido creo que vale la pena poner en conocimiento de los lectores peruanos el discurso que Amos Oz pronunció el 28 de agosto del año 2005 en Frankfurt, a propósito de recibir el premio Goethe, uno de los más importantes que se otorgan en Alemania a un escritor. En este discurso está expuesto lo que Oz cree sobre la condición humana y sobre los problemas del mundo actual. Amos Oz es un militante radical en la lucha por la paz y el reconocimiento del Otro. Es uno de los líderes del movimiento Peace Now y ha sido condecorado con prestigiosos premios de la paz como son el Fridenspreis (1992, Alemania), Caballero de la Cruz de Honor (1997, Francia), Premio Libertad de Expresión (2002, Noruega) y la Medalla internacional de la Tolerancia (2002, Polonia). Pero Amos Oz es también muy importante en su activismo político, a través de su producción ensayística y periodística sobre todo en relación al conflicto árabe-israelí, planteando que la solución del problema sólo es posible a partir del reconocimiento mutuo. Pero lo más trascendente en Oz no es su extraordinaria práctica política, sino su obra novelística, quizás porque en sus libros esta preocupación por el ser humano se condensa en extraordinaria novelas, en obras de ficción, de una profundidad humana y de una perfección estética difícil de igualar. Amos Oz vuelca en estas novelas sus preocupaciones filosóficas, teológicas, sociales y políticas. Su obra tiene un extraordinario espesor. Hay que señalar algunos puntos de su biografía para entender el porqué de esto.

Amos Oz nació en Jerusalem, la ciudad más sagrada del mundo, en 1939. Es decir, fue niño cuando acaeció el Holocausto. Un niño que sabe que los judíos están siendo exterminados en campos de concentración mientras juega como cualquier niño en la ciudad donde la impronta sagrada es la más poderosa de la Tierra. Luego estudia filosofía y literatura en la Universidad Hebrea de Jerusalem. Desde un inicio, filosofía y literatura van del brazo, la verdad de la ficción y la verdad filosófica. La obra de Amos Oz es una reflexión profundamente filosófica sobre el ser humano. Luego Amos Oz se va a trasladar a un kibutz donde va a vivir durante 25 años trabajando como maestro, época en que paralelamente escribe varias estupendas novelas. Es la etapa de la formación de una conciencia social, que lo convierte en un testigo lúcido de la vida en los kibutz y en un crítico acerbo de la política israelí. Luego, a finales de la década del 80, se traslada a vivir al desierto de Negev, donde continua edificando su extraordinaria obra narrativa, con ambiciones muy altas, y con un nivel de perfección estética admirable; al mismo tiempo se inicia como catedrático en literatura en la Universidad de Negev. Pero su condición de filósofo con formación académica, pensador social, militante político, maestro de escuela, profesor universitario, todas estas experiencias vitales y también sus reflexiones teológicas convergen en su actividad como narrador, como escritor de ficciones. Las crónicas periodísticas que han aparecido recientemente destacan el papel de hombre de paz de Oz o se señala el exotismo de su nacionalidad. En el mundo globalizado de hoy ya no existen escritores “exóticos”. Se ha puesto, sin desearlo tal vez, en un segundo plano el valor literario de las novelas de este escritor israelí. Sin embargo, creemos que no sería raro que, en un plazo corto, Oz obtenga el Premio Nobel de Literatura, pero también podría recibir el de la Paz. Su estatura moral se iguala a su calidad como escritor. Esto hace de Amos Oz un ser humano excepcional. Nos pareció relevante reproducir un resumen del discurso que pronunció al recibir el premio Goethe en Alemania. Léanlo, que creo que estos fragmentos de su discurso resumen el pensamiento que está en la base de todas sus novelas.

Amos Oz LA AGRESIÓN MADRE DE TODAS LAS GUERRAS

Amos Oz (*)


Hoy quiero hablarles a ustedes sobre Goethe y sobre el Diablo, sobre Lotte y sobre otra Lotte, sobre el árbol de la ciencia del bien y el mal, y por último también sobre un cierto placer oculto.

Cuando yo era un niño en Jerusalem, nuestro maestro nos adoctrinaba en una escuela judía ortodoxa sobre el Libro de Job. Hasta el día de hoy, todos los niños israelíes en edad escolar aprenden de memoria el Libro de Job. Nuestro maestro nos contaba cómo Satán ha recorrido todo el camino desde este Libro de Job hasta el Nuevo Testamento, y lo mismo que hasta el Fausto de Goethe y una larga serie de otras obras de la literatura. Y aunque también cada escritor había dicho algo nuevo sobre Satán, nuestro Diablo seguía siendo el mismo Satán de siempre, frío, divertido, sarcástico y escéptico. El destructor de la fe, del amor, de la esperanza. Estas tres cosas.

El Satán de Job –como el Mefisto de Fausto– se presenta como una apuesta. Su objetivo máximo no es ni un tesoro oculto, ni el corazón de una hermosa mujer, ni tan siquiera el ascenso a un rango superior en la jerarquía celeste. No; Satán inaugura un juego motivado en cierto modo didácticamente. Él quiere, con tesón, demostrar algo y refutar otra cosa. Con gran derroche de argumentos, el Satán de la Biblia y el de la Ilustración intentan demostrar a Dios y a sus ángeles cómo el hombre, puesto una vez más ante la elección, se decide siempre a favor del mal. El hombre, consciente y voluntariamente, elegiría siempre el mal contra el bien.

El hombre y el Diablo se entendieron tan bien entre si porque se asemejaban en muchos aspectos. En el Libro de Job, Satán, el perverso educador, comprende sagazmente, cómo la necesidad humana nutre y acrecienta la maldad. Desde la aparición del Libro de Job, Satán, el hombre y Dios vivieron hasta hace poco bajo el mismo techo. Los tres parecían conocer muy bien la diferencia entre el bien y el mal. Dios, el hombre y el Diablo sabían que el mal era malo y el bien bueno, Dios dominaba sobre el bien, Satán seducía y llevaba a todos a la tentación del mal. Dios y Satán jugaban en el mismo tablero. El hombre era su peón, así de sencillo era todo.

Por lo que a mí respecta, yo creo que toda persona es capaz, en su interior, de distinguir entre el bien y el mal. Aunque pretexte que no es capaz de hacerlo. Todos nosotros hemos comido del “árbol de la ciencia del bien y el mal”.

La misma distinción puede servir para designar la verdad de la mentira: tan inconmensurablemente difícil es definir y determinar la verdad como resulta comparativamente fácil descubrir la mentira. En algunos casos puede resultar difícil definir claramente el bien; pero el mal exhala un hedor inconfundible.

Pero la civilización moderna ha cambiado y modificado todo esto. Seres muy seguros de sí mismos, puramente racionales y totalmente científicos, piensan que tanto el bien como el mal no son tema de discusión. En su opinión, todos los impulsos humanos y sus acciones brotan de circunstancias que con harta frecuencia se hallan fuera del control personal de los individuos. Los demonios, según Freud, no existen. Nosotros estamos determinados por nuestro entorno social. Desde hace cien años intentan persuadirnos de que nos movemos exclusivamente por intereses económicos, y que somos simples productos de nuestras culturas étnicas, nada más que simples marionetas de nuestro subconsciente. Por primera vez en su larga historia, el bien y el mal están configurados por la idea que desde un primer momento las circunstancias son siempre responsables de las decisiones y las acciones, sobre todo del padecimiento humano. La sociedad es culpable. La niñez es culpable. Los políticos son culpables. Así comenzó el gran campeonato mundial en ser víctimas. Por primera vez desde el Libro de Job, el Diablo no tenía tarea que cumplir. No pudo practicar más su viejo juego con la cabeza y el corazón de las personas. Satán quedó despedido. Esto fue la época moderna.

Con harta frecuencia esta maldad se disfrazó de revolución universal o de idealismo. El totalitarismo se convirtió en la redención secular para algunos, al precio de millones de vidas humanas.

En este punto, quisiera detenerme un instante con ustedes y llorar por Johann Wolfgang von Goethe y por Weimar. Porque el Weimar de Goethe ha desaparecido para siempre. Y también ha desaparecido para siempre el Weimar de Thomas Mann. Weimar yace hoy cerca de Buchenwald. Lo que nos ha privado para siempre del Weimar de Goethe no ha sido el roer del tiempo, sino lo extremo, la maldad total del ser humano.

En su novela Lotte en Weimar, Thomas Mann hizo que Charlotte Kestner, que antes se llamaba Lotte Buff, visitara al anciano y famoso anciano Goethe en Weimar. Lotte en Weimar es un estudio sobre el lento desaparecer del recuerdo. Aún cuando Goethe todavía vivía, su era tocaba ya a su fin y se convertía en una leyenda. Pero Goethe y su antiguo amor Lotte pudieron aún pasear juntos por las boscosas colinas de Weimar. Y llegaron hasta un hermoso roble que sería conocido con el nombre de “Roble de Goethe”. El roble fue destruido por el bombardeo de la aviación aliada a fines de la Segunda Guerra Mundial. Y Weimar se convirtió en la ciudad vecina, en el lugar de trasbordo al campo de exterminio de Buchenwald.

Los nazis alemanes mataron no sólo a sus victimas, sino también a la inocencia, que envejecía lentamente, la de Weimar, la de Goethe y la de Lotte. El subtítulo de Lotte en Weimer podría ser también: “Los amantes retornan”. Pero los amantes no pueden regresar más. Nunca más.

El Fausto de Goethe nos trae siempre a la memoria que el Diablo es una persona, y no, por cierto, alguien que supera la persona individual; que el Diablo pone a prueba a todo individuo, una prueba que cada uno de nosotros puede o no puede superar. Que el Diablo es un tentador y un seductor. Que la agresión puede asentarse en cada uno de nosotros.

La bondad y la maldad individuales no son propiedad de cualquier religión. Ni siquiera son términos necesariamente religiosos. La elección de causar dolor o evitarlo, de mirar al otro cara a cara, ante esta elección se halla cada uno de nosotros varias veces al día.

Ponerse en el lugar de los otros es, en mi opinión, un contraveneno muy eficaz para combatir el fanatismo y el odio. Yo creo que los libros que nos impelen a imaginarnos a las demás personas son un antídoto muy eficaz contra las artimañas del Diablo, también de nuestro Diablo interior, el Mefisto que todos llevamos en el corazón.

Cuando yo era joven tomé la decisión de no poner un pie en territorio alemán y boicotear los libros alemanes. Pero me dije: si boicoteo los libros me volveré un poco como ellos. Günter Grass y Heinrich Böll, Ingeborg Bachmann y Uwe Jonson, y sobre todo, mi muy querido amigo Sigfried Lenz, me abrieron las puertas de Alemania. Ellos y algunos otros amigos personales alemanes me ayudaron a superar mis tabúes y me abrieron los ojos, y al cabo, también el corazón. Ellos me acercaron de nuevo a la fuerza regeneradora de la literatura. Por muy diversos motivos, a ellos les debo el hecho de que hoy pueda estar presente entre ustedes.

Ponerse en lugar de los otros constituye no sólo un medio de carácter estético: en mi opinión es también un imperativo moral. Y si ustedes me prometen que no van a delatar mi pequeño secreto profesional, les diré que ponerse en lugar de los otros es también un placer humano muy profundo y sutil.

(*) Discurso de gratitud con motivo de la concesión del premio Goethe en el año 2005.

LOS DISIDENTES: GRUPO FINAL, PALABRAS FINALES

Reseñas, Hablablog June 18th, 2007

pulpfiction.jpgPor: Francisco Ángeles

Escribir veinte reseñas en veintidós días ha sido una tarea complicada por varias razones. El principal obstáculo fue el peligro de la repetición (cualquiera que haya escrito reseñas continuamente lo debe saber mejor que yo). Con los “disidentes” esa dificultad se vio potenciada ya que todos los escritores comparten el país de origen y un rango de edad que no abarca más de quince años. En consecuencia, varios de ellos tienen similar experiencia vital, las mismas lecturas e influencias y, en algunos casos, las mismas virtudes (y también defectos).

A pesar de que no hubiera sido difícil formar parejas o tríos de cuentos que me producían la misma respuesta, he intentado que ninguna reseña suene demasiado parecida a cualquiera de las otras diecinueve. Veinte reseñas en tan poco tiempo permite explorar nuevos terrenos si uno no quiere parecer siempre el mismo. Espero no haber desaprovechado el reto. Y aquí les dejo el medallero final.

yushimito2.jpgMEDALLA DE ORO
SELTZ
CARLOS YUSHIMITO

Estimado Yushimé: ya sé que en un par de días, cuando cuelgue en este blog las líneas que ahora estoy escribiendo, vas a meterme una llamada o vas a escribir un mail, ofendido tú, reclamándome por lo que desde afuera puede parecer un paleteo entre “habladores”. Pero hace tiempo, cuando publicaste Las islas, te lo dije: “Seltz” está fuera de lote. Así que esto no tiene nada que ver con la amistad, pero sí mucho con la justicia: al cuento que presentas en Disidentes no hay nada que reprocharle.

Sí, ya sé, esta reseña no te causará gracia. Piña pues, yo no escribo para la tribuna. Qué quieres que haga, no tengo por dónde maletearte. En “Seltz” todos los detalles, incluso los que aparentemente no cumplen una función decisiva para la historia, se unen y encajan a la perfección. Puede que esto no sea muy visible en la superficie, pero crea un fondo que se manifiesta en la sensación de que todos los elementos están en su lugar. 

Algo sobre la historia: Toninho, el protagonista de “Seltz”, trabaja en una sucursal de una cadena de tiendas de electrodomésticos, en la que todos los televisores encendidos proyectan simultáneamente Discovery Channel. Toninho observa con especial atención las descripciones de la vida animal, y aprende que los lobos agachan la cabeza al admitir su derrota ante a uno de sus congéneres. Cuando eso ocurre, la lucha se da por terminada. La lección es simple pero efectiva: se necesita pelear dentro del clan para respetar las jerarquías, pero no llegar a matarse (los enemigos siempre estarán fuera). Y Toninho es también un animal, en más de un sentido. Es un animal en cuanto ser inferior frente a su admirado Bautista, hijo del millonario propietario de la cadena de tiendas y dandy sin parangón en todo Río de Janeiro. Y también porque esa animalidad manifiesta en el sometimiento al amo se materializa en su trabajo: Toninho se disfraza de cocodrilo y baila para los niños en las afueras del local para atraer a sus padres,  clientes en potencia, a la tienda.

A Toninho se le presenta la oportunidad de deshacerse de ese lado animal que no parece satisfacerlo. Y por ello recurre a una traición que lo revindique. A su manera, el protagonista busca reestablecer su lado humano ganándole a su amo una partida en el terreno que más domina (las mujeres). Sabe lo que le espera, pero está dispuesto a dar batalla.

“Seltz” es un cuento sobre la reivindicación del ser humano (y contiene más de una metáfora sobre la que no me voy a extender). Pero no sólo funciona porque todas las piezas son necesarias y se complementan, sino también porque, con mayor eficacia que en cualquier otro cuento de Las islas, el lenguaje ha conseguido trasladar al plano sonoro el espíritu exótico y sensual de Brasil. Por ello, en “Seltz” todos los elementos (la anécdota, los personajes, las circunstancias aparentemente decorativas e incluso el lenguaje) conforman una maquinaria narrativa sin fisuras que permite ir de un extremo a otro sin respiro.  

No voy  a decir más. Y si alguien piensa que estas flores son sólo porque jugamos en el mismo equipo, no es mi culpa. Sorry, chino. Cada palabra que utilice, por muy bien puesta o muy sincera que sea, jugará en mi contra. El que no me cree, que lo lea. Yo cierro el pico. Y ahí te dejo la de oro, para que patalees un rato.

Sobre Las islas: Ezio Neyra, La Vaca Profana.
 

daniel soria2.jpgMEDALLA DE PLATA
EUCARIS
DANIEL SORIA

Si había un tapadito, un golpe a la cátedra, una sorpresa en esta antología, ése es Daniel Soria. Nunca lo había leído y lo único que había escuchado de él, hace ya mucho tiempo y por boca de un amigo común, no eran elogios sobre su calidad de escritor, sino por su talento para preparar el mejor pisco sour de Lima. Nuestro amigo no es precisamente un intelectual, así que al descubrir que me interesaban los libros, no tardó en contarme que tenía un pata al que también le gustaba la literatura, como quien te dice que conoce otro con tu misma enfermedad para que no te sientas tan mal o como quien comprueba con sorpresa que hay más de uno que la sufre. Y así me enteré de que Daniel Soria existía, que había publicado un libro del que nunca había escuchado y, por supuesto, de su pisco sour.

Mucho después de esa remota información, casi simultáneamente probé el famoso pisco sour, leí su cuento y comprobé que el autor tiene la misma habilidad con las palabras, los personajes y la tensión narrativa que con el quebranta, el jarabe de goma, la clara de huevo y el limón. Pero sobre todo con el amargo de angostura: Soria no sólo conoce la receta, sino que sabe colocarle con acierto el toque personal, el dash que corona la faena.

La historia de “Eucaris” va de un extremo a otro con una decisión incontenible. El tono puede ser similar al del realismo sucio versión nacional, pero con una variante que lo enriquece: el protagonista ya no está en plena efervescencia malditona; ya creció, ya maduró, ha conseguido un buen trabajo, se ha plantado. Este cambio de perspectiva permite que el cuento no sea un relato sobre las aventuras de un adolescente sino una reflexión sobre el pasado. El protagonista se mira al espejo y observa en su aspecto físico la factura que dejaron los excesos de su no tan lejana juventud. Y en ese envejecimiento prematuro queda corporizada la vigencia de ese pasado que nunca se ha ido del todo, que siempre será una amenaza.

Quizá la virtud más llamativa del cuento es su capacidad para reflexionar a través de acciones y no en base a descripciones del mundo interior del personaje. Con este procedimiento el relato se dinamiza. Las circunstancias suceden una tras otra, pero son más que una simple acumulación de eventos. El relato tiene un aire de tragedia, todo lo que sucede parece inevitable. A diferencia de la tragedia clásica, en “Eucaris” el destino no es una marca de fábrica, sino la consecuencia de acciones pasadas que nunca dejarán de marcar un camino que aparece como inevitable. Por ello, la visión fatalista es exactamente igual.

Más allá de la anécdota (la madre que vive en el extranjero hace una década anuncia de pronto que va a regresar al país por un par de semanas), el tema del cuento es la lucha, perdida de antemano, contra el propio pasado. Y la incapacidad de manejarlo, incluso en las situaciones que parecen más inocentes.

En la época en que vivía con su madre, muchas plantas adornaban la casa. El protagonista sólo se preocupó por mantener con vida un eucaris, el símbolo de una época que se resistió a extinguirse. Pero el protagonista fracasa al intentar burlar su pasado. Por ello, la brutal destrucción del eucaris al final del cuento es el intento inútil de deshacerse de lo que a pesar de todo habrá de persistir. Basta mirarse al espejo, como el protagonista. Lo que alguna vez estuvo nunca se irá.

 

claudia ulloa.jpgMEDALLA DE BRONCE
PISCINA / SALVAVIDAS
CLAUDIA ULLOA

Los dos cuentos breves de Claudia Ulloa que recoge Disidentes se encuentran en un estanco separado en relación al resto de antologados. En reseñas y balances sobre la nueva narrativa peruana, se insiste en la “prosa poética” como característica articuladora de El pez que aprendió a caminar. Creo que esa etiqueta, aunque no esté del todo equivocada, no capta lo esencial de los textos incluidos en Disidentes.

Antes que la “prosa poética”, la característica representativa y distintiva de “Piscina” y “Salvavidas” es la mirada. A Claudia Ulloa, al menos en los dos textos de Disidentes, no parece interesarle atrapar con la historia. La escritora renuncia a los lectores que buscan peripecia, sorpresa, emoción (aunque, a su manera, igual atrapa). Lo más interesante no son los juegos de lenguaje, el ritmo de la prosa. Puede ser lo más visible, la envoltura bajo la cual surge el verdadero espíritu de los cuentos: la forma en que el narrador observa el mundo y ofrece una perspectiva única del mismo.

De esa manera, el narrador adquiere un protagonismo intrínseco, ya que se antepone a lo que está narrando. Se distancia del objeto y lo reconstruye. El mundo surge a través del tamiz de su mirada, y la lectura es un descubrimiento de ese universo que, en circunstancias cotidianas (una piscina, el proceso de matrícula en una universidad), aparece como visto por primera vez.

“Salvavidas” y, sobre todo, “Piscina” me hicieron pensar en el Nuevo Cine Argentino. Anécdota mínima, personajes solitarios y sin mayor brillo, circunstancias cotidianas. No hay una gran historia que contar (los personajes nunca las vivirán). Lo interesante es lo que flota a lo largo de las páginas sin asentarse en ninguna: la posición del observador. Y ello desemboca, como no podía ser de otra manera, en un tono personal (en este caso, tal como se ha dicho, en una prosa poética).

Es cierto que, si nos ponemos kantianos, todo objeto siempre será inaprensible por sí mismo y  sólo reconstruido a través de la mirada. Pero ya que estamos comentando un texto literario y no en una discusión filosófica, supongo que podemos aceptar que no todos los textos tienen una mirada personal. Y Ulloa la tiene en tal medida que desplaza por completo las pequeñas situaciones que son narradas. En el primer texto, la narradora utiliza la piscina como motivo para desarrollar una pequeña visión del mundo. Si algunos escritores utilizan la historia para desplegar un estilo, Ulloa lo hace para desarrollar una perspectiva. Y eso siempre será valioso. Habrá que preguntarse si, a lo largo del libro, ese atractivo se vuelve repetitivo y si, a pesar de todo, siempre será necesario echar mano a los recursos clásicos para no caer en una infinita y tediosa reiteración. O si acaso esta posición única e intransferible del observador es suficiente para sostener un texto literario de mayor extensión. En el formato pequeño va muy bien. Veremos qué pasa si la escritora se anima (tranquilamente podría no hacerlo y no estaría mal) a ejecutar el mismo procedimiento utilizando más cantidad de páginas.

Sobre El pez que aprendió a caminar: Olga Rodríguez, Gabriel Ruiz-Ortega.

 

MENCIONES

ruiz effio.jpgUN BESO EN LA FRENTE
MIGUEL RUIZ EFFIO

Penúltimo texto a comentar, cuento de temática amorosa: buena oportunidad para hacer algunas relaciones con algunos reseñados previamente. En el cuento de Llosa, el amor es utilizado para irse a vivir a Inglaterra, es el mecanismo que permite alcanzar un objetivo personal; Yushimito sigue esa línea, pero con un alcance mayor: no es el futuro de su protagonista sino la posibilidad de una reivindicación consigo mismo dentro de una estructura social desfavorable lo que está en juego; para Moretti el amor es el alambique que puede transformar una vida mediocre en una plácida existencia; para Noltenius, el cimiento que garantiza la estructura de su identidad.

De una u otra manera, y en mayor o menor grado, todos esos protagonistas se sirven del amor para un objetivo que lo trasciende, lo utilizan como un medio para consolidar o alterar la relación con ellos mismos. En “Un beso en la frente”, Ruiz Effio ofrece una perspectiva más romántica que todas las anteriores: el amor autotélico, la necesidad de la persona amada sin que ello cambie en absoluto la visión que su protagonista tiene de sí mismo. Un amor ideal que se mantiene exactamente igual después del matrimonio (eso sí está un poco raro). Por otro lado, es interesante que la historia se haya planteado a contracorriente de  nuestra tradición. Se invierten los roles: el hombre es el que ha perdido a la mujer y tiene la esperanza de recuperarla. Podríamos decir que es un relato masculino narrado desde un perspectiva femenina.

En las primeras líneas del cuento nos enteramos de que Rosa, la mujer del protagonista, lo ha abandonado por otro. Con esa información, todo lo que viene en adelante es soportable (y también disfrutable). El narrador le escribe una carta a la mujer, una carta que nunca le entregará. En ella recuerda cómo la conoció y la hace aparecer como una mujer idealizada que podría pasar tranquilamente como la chica que nunca le dio bola (su ausencia permite esa idealización). Si Ruiz Effio hubiera planteado el cuento así, éste se caía muy rápido. Pero saber que la mujer ha sido su esposa le agrega un valor adicional a su dolor, lo hace más real. Y su reclamo deja de ser el lloriqueo adolescente por la chica que nos rechazó, y se convierte en una necesidad (la mujer y la recuperación del pasado juntos). Por todo ello, el cuento no sólo funciona, sino que incluso puede emocionar. La voz del narrador llega nítida, sincera, se siente auténtica (desprestigiado adjetivo en la critica literaria, pero alguna vez había que usarlo).

La manera en que está narrada la historia hace que podamos disfrutar de algunas líneas que, por separado, no son precisamente inspiradas: “Y me fui acostumbrando a su ausencia, al vacío que no pude llenar porque no encontré nunca a nadie más que calzara a su medida, que tuviera sus manos, que me nombrara como lo hacían sus labios”. Créanme, esas líneas no aptas para diabéticos, una vez insertadas en el texto, dentro del tono emocional con que transcurre el cuento, funcionan muy bien.

Lo que sí entorpece el relato es la intromisión del narrador cuando pretende generalizar a partir de su experiencia (”el amor es así: nos lleva a actos extremos, algunas veces ridículos, otras veces desesperados”). O sea, bacán que sufras (el narrador, digo, no el autor), que tire la primera piedra el que no alguna vez, pero de ahí a pegarla de filósofo del amor ya como que no cuadra. Y el otro reparo es el final, sobre el que no diré nada, pero que no es difícil intuir. Ahí el autor se decidió por la fácil (lo mismo debió hacer su personaje en lugar de chillar por Rosita) y entibió lo que hasta entonces iba bastante bien. Con todo, el cuento se disfruta. Preparen los pañuelos, que a un lector recorrido no es fácil conmoverlo. Pero a este pata por momentos sí le liga.    

 

van ginhoven.jpgLAS FLORALIAS
CHRISTOPHER VAN GINHOVEN

Regresar al punto de partida: la vieja clave. Hace tres semanas comenzamos las reseñas con una analogía futbolística. Ahora que llego a la última es conveniente retomarla. Al día siguiente de un partido, al calificar a los jugadores del uno al diez, los periodistas deportivos utilizan la frase “sin puntaje” para los jugadores que han saltado a la cancha cuando el segundo tiempo ya estaba avanzado. No es que hayan jugado bien o mal, simplemente que no tuvieron el espacio suficiente para demostrar lo que podían o no podían hacer dentro del campo. Exactamente lo mismo ocurre con el texto de Van Ginhoven en Disidentes (un fragmento de La evasión, novela que no he leído). 

¿Qué iba a decir sobre “Las floralias”? Pensé que podía salir del paso aplicando una vieja regla utilizada sobre todo con los poemas: cuando no entiendas nada, léelo como si fuera una metáfora de la vida o una metáfora del mismo ejercicio literario (algo saldrá). Pero descarté ese procedimiento. El texto es un fragmento de novela, no podía ponerme hermenéutico intentado descubrir en él lo que tal vez se contradecía o evidenciaba en el resto de la novela. También pensé leerlo como cuento. Pero en ese caso el saldo no hubiera sido muy favorable, y no tenía por qué serlo, ya que el texto no fue escrito para ser leído de manera independiente.

Es cierto que no es el único fragmento de novela incluido en Disidentes, pero me parece que los otros dos soportan mejor una lectura fuera de contexto (o tal vez por sí haber leído Casa de Islandia y Habrá que hacer algo mientras tanto me quedó esa impresión). Sin el resto de la novela me faltan datos, me resulta imposible entender a cabalidad ese episodio. Más que un fragmento, sería adecuado llamar una “muestra” a “Las floralias”. Sola no se defiende, no funciona. Y eso no necesariamente es una falla del texto, sino de su separación de la novela en el que está incluido. 

Creo que lo más sensato es describir brevemente el fragmento. Diré con cautela, ya que en cierto sentido estoy avanzando a ciegas, que “Las floralias” parece estar compuesto por dos monólogos, realizados por dos personas distintas (o acaso una sola) a las que el público confunde entre sí. El ambiente descrito es exótico, se mencionan jaguares y se intuye una espesa vegetación. En la exuberancia de ese ambiente, se desarrolla un show (puede ser un circo). El tema parece ser el de la identidad (aunque quizá aquí ya esté utilizando alguna formulita). El discurso homodiegético con el que la totalidad del fragmento está compuesto consigue desarrollar una voz. Pero la historia que esa voz narra es confusa (supongo que no lo será, al menos no en ese nivel, leyendo todo el libro). No sé hacia dónde va, ni siquiera sé si ese fragmento está al inicio o al final de la novela.

No puedo decir nada contra el texto, pero sí algo contra su selección. Si Van Ginhoven no tenía ningún cuento para la antología, hubiera sido conveniente elegir un fragmento capaz de valerse por sí mismo con mayor fortuna. Así que, con las disculpas del caso, “Las floralias” aparece como “mención” sólo para mantener el formato. Lo más justo sería hacer como los periodistas deportivos y sentenciar: sin puntaje.  

Sobre La evasión: Leonardo Aguirre

 

fangeles.jpgPALABRAS FINALES

El objetivo de crear un blog para la revista El Hablador fue abrir un espacio de discusión sobre asuntos estrictamente literarios. Al iniciar este proyecto, pensaba que lo adecuado era permitir que la gente opine con libertad siempre que no insulte ni difame. Lamentablemente, en ese proceso algo se salió de las manos.

Si una de las razones que justificaba la apertura de un blog para una revista con más de tres años en la web era la participación de los lectores, y ésta por lo general ha sido incapaz de trascender la chacota, no se ha cumplido con el objetivo trazado al iniciar este proyecto. Y esta criatura de la que en algún momento estuve muy orgulloso me terminó por defraudar (un psicólogo diría que los padres siempre tienen algo de culpa).

De una u otra manera, creo que este blog (sobre todo su sección de comentarios) ya tiene un estilo.No voy a ser yo quien rompa con lo que hasta ahora he permitido. Pero tampoco me parece honesto mantenerme en un espacio que no se ajusta a mis expectativas. Por ello, hace varias semanas decidí retirarme de este blog, decisión que demoré en poner en marcha porque me pareció apropiado (e incluso necesario) comentar esa buena selección de escritores jóvenes reunidos en la antología Disidentes. Creo que en algún momento, si varios de los antologados consolidan lo hasta ahora anunciado, ese libro puede llegar a ser un documento muy valioso para nuestra arqueología literaria. 

Quiero reiterar mi agradecimiento a Carlos Calderón Fajardo, Leonardo Aguirre, Pepe Güich y Diego Cabrera por el compromiso adquirido con esta bitácora y por dar lo mejor de sí en beneficio de la misma. Con excepción de Pepe, a quien me une una amistad de más de diez años, a los otros  columnistas no los había visto más de tres veces en toda mi vida, y ahora tengo la satisfacción de considerarlos mis amigos. Detrás de cada una de esas columnas que algunos de ustedes han criticado (o simplemente ignorado) hay una historia de largos mails o intercambio de ideas por MSN, e incluso alguna amanecida discutiendo cómo mejorar el texto.

Por otro lado, no quiero dejar el blog sin antes disculparme con todos aquellos que pudieron haberse sentido agredidos por un artículo publicado aquí hace un par de meses, en el que precipitadamente utilicé uno o dos calificativos que nunca debí utilizar. Más allá de las ideas expuestas en dicho artículo, nunca tuve la intención de propiciar un pequeño escándalo y mucho menos de ofender a nadie. Los numerosos comentarios recibidos en esa oportunidad (los bien y los mal intencionados, los respetuosos y los insultantes, los sesenta que fueron publicados y los treinta que no) me sirvieron para darme cuenta de que, en algunos aspectos muy puntuales, había adelantado opinión sin estar convenientemente informado.

Por último, mi agradecimiento para quienes intentaron iniciar en este blog una discusión seria y para los que se habituaron a leerlo sin animarse a participar. A partir de ahora, éste queda en manos del equipo de El Hablador y durante la semana debe informarse aquí quién o quiénes se harán cargo de la bitácora y la permanencia o no de los columnistas. Conmigo será hasta una mejor oportunidad.

EL HOMBRE QUE MIRA EL MAR

Hablablog, Columnistas June 13th, 2007

calderon fajardo.jpgEL RECONOCIMIENTO DEL OTRO PARA SER UNO MISMO

 

Por: Carlos Calderón Fajardo

En un reciente evento académico, la filósofa Soledad Escalante nos hablaba de la problemática del reconocimiento entre personas y grupos que permite el desarrollo de la identidad. Este es un problema fundamental no sólo dentro del campo de la filosofía, la teología y la ética, sino también de la sociología, la política, la literatura y la vida cotidiana en todas sus manifestaciones. El tema ha adquirido gran importancia por encontrarse relacionado al de la exclusión y al de las diferencias entre las personas. En la vida cotidiana la gente lucha por el reconocimiento, lucha por ser aceptada tal como es.

Hace un tiempo, Gonzalo Portocarrero escribió en su blog que los literatos sufrimos de la “enfermedad del reconocimiento”. Aunque esto es relativamente cierto, Portocarrero lo decía en tono peyorativo. Si hubiese leído el capítulo IV de la Fenomenología del Espíritu de Hegel tal vez otra hubiese sido su opinión. La idea básica de Hegel es que para las personas el reconocimiento de los otros es necesario, porque no basta verse a sí mismo. El reconocimiento del otro es fundamental. No hay que confundir entonces la desesperada búsqueda de fama con la normal necesidad de reconocimiento de alguien que necesita saber que hace bien su trabajo y que es reconocido por ese hecho. Sobre todo cuando hay pocos reconocimientos de otro tipo: económicos, sociales (un literato es mal visto socialmente hasta por su propia familia). Pero el tema del reconocimiento va mucho más allá. Uno reconoce al otro y esto está vinculado a una construcción de una identidad de clase, de cultura, de edad, de familia, de religión, de valores. Pero sólo cuando el reconocimiento de un yo se produce como un nosotros, es cuando se realiza el paso del individuo a formar parte de una comunidad. Pero si según Hegel el yo tiene que darse como un nosotros, esto no es fácil en un mundo que ha intensificado las diferencias. Pero lo más importante es el tipo de reconocimiento. Sólo hay verdadero reconocimiento cuando el individuo se coloca en el lugar del otro para constituir el nosotros.
 
La extraordinaria idea comprendida dentro de esta reflexión, que también está en filósofos como Levinas, es que no es posible construir nuestra propia identidad sin el reconocimiento de la identidad del otro. Como dice Levinas, no hay posibilidad de humanidad “sin ver la cara del otro”.

Ya que estamos es un blog literario, podríamos poner como ejemplo que es imposible construir una identidad literaria costeña, urbana, occidental y cosmopolita, sin el reconocimiento de otra identidad que sustenta una literatura andina, rural, tradicional no cosmopolita. Esta idea ya la encontramos en nuestros grandes pensadores clásicos, en Gonzáles Prada, en Mariátegui, en Basadre, en Víctor Andrés Belaunde, en Arguedas, etc. Pero estaba centrada en el reconocimiento de lo andino para la reivindicación del indígena, considerado como factor esencial de nuestra nacionalidad. Pero estas posiciones pasaban por reconocer que existía una gran injusticia en nuestro país, la del relegamiento y explotación del indio (Gonzáles Prada, Mariátegui) o que somos mestizos (Arguedas). La evolución de esta idea ha dado un paso adelante. La originalidad de la idea hoy planteada es que para ser nosotros mismos, es imprescindible el reconocimiento del que no somos, no sólo para hacer justicia con el otro sino para hacer justicia con nosotros mismos, independientemente de si somos mestizos o no. Justamente en el reconocimiento del que es totalmente distinto a nosotros radica la posibilidad de reconocernos a nosotros mismos.

Dicho gruesamente, y volviendo a este malhadado pero significativo debate entre costeños y andinos, que no es nuevo sino secular: hispanistas versus indigenistas, puros contra sociales, limeños contra provincianos, el problema siempre ha sido el mismo: el no reconocimiento de lo andino por lo costeño. Antes el problema era parte de la discusión intelectual, no había necesidad que la sangre llegue al río. Pero hoy han cambiado las circunstancias históricas y sociales, y es inaceptable el no reconocimiento de una parte del Perú por una minoría, ya que ese otro Perú se ha ganado el reconocimiento a fuerza de mucho sufrimiento y trabajo. El Perú de hoy ya no es el de hace veinte años y como continúa el no reconocimiento el debate ya no puede darse como una conversación entre caballeros. Es explicable (no justificable ni enriquecedor) que la respuesta al menosprecio haya sido el vituperio, porque no hay que olvidar que están muy frescos los infaustos hechos de una guerra civil, que de alguna manera son parte de este problema. Este debate es parte de la literatura sobre la violencia en el país.

Retrotrayendo el problema planteado por Hegel, de que no podemos ser “yo” sin ser “nosotros”, no podemos como peruanos adquirir una real identidad como “costeños” sin aceptarnos “andinos”. Esto parece imposible, y es difícil  que ocurra en el corto plazo, pero si no sucede no seremos nunca un país integrado, digno, justo y democrático. La democracia no sólo se limita votar cada cierto tiempo o a la libertad de expresión. La democracia es la igualdad de posibilidades para todos y el reconocimiento de que todos somos iguales, con los mismos deberes, pero también con los mismos derechos. No vivimos en la democracia griega donde un grupo de nobles atenienses tenía el derecho a tomar la palabra en el ágora. Pretendemos vivir en una democracia moderna donde todos tengamos el derecho a que nuestra palabra sea reconocida.

El verdadero reconocimiento del otro (no del otro semejante, sino del que es diferente) es más complejo que simplemente decir que yo, por ejemplo, como escritor “costeño”, reconozco el valor y la calidad literaria del escritor andino, etc. La originalidad del paso adelante es mucho más que eso. Implica que este reconocimiento para ser válido supone ponerse en el lugar de lo que no soy, en ser parte del otro. Para ser “costeño” me es indispensable ser “andino”, del mismo modo que para ser realmente masculino debo reconocer mi parte femenina, para ser realmente rico (en el mejor sentido de la palabra) debo comprender lo que significa ser pobre. Y en esta comprensión “sentirme” pobre es hacer de la pobreza MI problema.

Estas ideas son las verdaderamente revolucionarias en un mundo signado por la exclusión, la marginación, la pobreza. Son válidas para los seres humanos en general, pero en la actualidad han adquirido ribetes dramáticos porque justamente los hechos que están ocurriendo demuestran lo contrario al reconocimiento. Sarcozi gana las elecciones en Francia con una plataforma política cuyo punto central es el no reconocimiento del otro. La comunidad europea es un mito, porque en cada país hay fuertes resistencias para el reconocimiento del otro, y en una realidad de ese tipo no se puede establecer una Constitución Europea. Los conflictos entre árabes y judíos no se solucionan por falta del reconocimiento del uno por el otro. En los Estados Unidos, nación creada por inmigrantes, se busca convencer a los inmigrantes antiguos que para lograr una identidad realmente norteamericana hay que fomentar una política de no reconocimiento de los nuevos inmigrantes, sobre todo hispanos.

El Perú es un país fracturado, donde nunca llegaremos a sustentar una identidad personal sin el reconocimiento del otro, y mucho menos construir una identidad colectiva. El padre Gustavo Gutiérrez, también en un evento reciente, nos decía que sin el reconocimiento del otro, pero no de cualquier otro sino sin el reconocimiento del pobre, no se podía hablar de un cristianismo auténtico. Pero basta ir a cualquier iglesia de Lima para percatarse de que en el templo los ricos se sientan adelante y los pobres atrás. Y que hay iglesias para ricos e iglesias para pobres. No se puede rezar en el templo anunciando que después del amor a Dios está el amor al prójimo, y cinco minutos después, fuera del templo, estamos odiando y discriminando al prójimo y, peor aún, al más débil. No soy sacerdote, pero supongo que ésa es una grave ofensa a Dios. Los católicos no pueden traicionar tantos las ideas fundamentales del catolicismo, sin pagar la factura, que los católicos pobres, que son la mayoría en América Latina, se conviertan en pentecostales y a otros grupos evangélicos donde no se da ese tipo de práctica religiosa. Para que esto no ocurra, para que los templos no se queden vacíos, los católicos ricos deben reconocer como iguales a los católicos pobres. Hay que propiciar que se mezclen todos los fieles dentro de la iglesia y no ocupar zonas distintas. Y si somos realistas, en el Perú de hoy alguien con cara de pobre puede tener, y lo tiene, mucho más dinero que un hombre que con cara de rico que en realidad es pobre. Las inconsistencias de status son muy peligrosas. La relegación de gente que no se le merecía fue, quizás, el caldo de cultivo de donde salieron los dirigentes de los grupos que se alzaron en armas.

Soledad Escalante, al reflexionar en esta necesidad de reconocimiento del otro, se apoya en Hegel y fundamenta sus ideas a partir de la dialéctica de la auto-conciencia. Hegel sostiene que “la autoconciencia sólo se alcanza al reconocer la autoconciencia del otro”. La propia autoconciencia sólo es posible a través de la autoconciencia del otro. En esto se basa la dialéctica del reconocimiento. Y hace posible el diálogo intersubjetivo. Nos preguntamos: ¿es esto posible? O estaríamos en un mundo hegeliano, idealista, cuando en la realidad la autoconciencia, la identidad personal se la está buscando en la negación del otro. Por ejemplo, en los Estados Unidos de Bush o en la Francia de Sarcozi, en el conflicto entre palestinos e israelíes, en la negación constante del que es diferente a nosotros como la forma esencial de ser nosotros mismos. Por ejemplo, para ser un escritor al estilo de Vargas Llosa tengo que negar a Arguedas, para ser un escritor en la ruta trazada por Arguedas debo negar a todo lo que se parezca a un tipo de escritor como Vargas Llosa. No sólo hay una negación, sino violencia en esta negación; la violencia que se traduce en la práctica en la forma de  silenciamiento del otro, o en el vituperio contra el otro. Entonces desaparece el debate, el derecho a la diversidad, y el engrandecimiento de una literatura justamente por su diversidad. Un mundo de ideas que debería enriquecerse por el reconocimiento del otro da paso a todo lo contrario: a la lucha fratricida, a los insultos y las mil formas sutiles de negar al otro, como forma de autoafirmar soberbia o de manifestar resentimiento.

Estos fenómenos rebasan obviamente lo literario. Está en la política, en las elecciones para presidente de la República, en el conjunto de nuestras actividades cotidianas, en las formas como se expresa nuestra subjetividad, en las distintas sensibilidades en conflicto. Finalmente en la imposibilidad de crear nación, y de hacerla viable. Si no se lucha por el reconocimiento, entonces las vías de la paz se agotarán. Los inmigrantes hispanos le harán la vida imposible a Bush; los inmigrantes de origen africano o los musulmanes le harán la vida imposible a la Francia de Sarcozi y, por desgracia, a los franceses que no votaron por Sarcozi. Y en América Latina los pobres le harán la vida imposible a los ricos propiciando invasiones, asesinato de autoridades, delincuencia generalizada. Y en el Perú no se podrá vivir en paz nunca porque los pobres le harán la vida imposible a los ricos por la sencilla razón de que los ricos no se cansaron nunca de hacerle la vida imposible a los pobres. Hasta que un día todas estas formas de violencia estallarán. No se necesita ser profeta para predecirlo. Cuando eso suceda se habrá agotado el camino de la paz y estará reabierto el camino de la guerra. Fracasado el camino del reconocimiento del otro, quedará abierta como posibilidad la total negación del otro, es decir el aniquilamiento del prójimo por el que no ha sido reconocido como prójimo.

¿Esto se puede evitar? La pregunta es en quién reposa la tarea de lograr en nuestra colectividad el reconocimiento del otro. ¿Es una actitud de todos en relación a todos? ¿De cada uno en relación al otro? Esto último probablemente no se va a producir por la naturaleza misma de los animales, a los que pertenece el ser humano, que sólo tienden a reconocer a sus semejantes. Todo el que no es igual a uno, representa peligro y mecanismos de defensa. Salvo quizás en la relación entre el hombre y el perro. Pero eso implica que unos vivan como hombres y otros como perros. Como fieles acompañantes del hombre. Es difícil imaginar una rebelión de los perros contra el hombre, pero una rebelión del hombre contra el hombre está implicada en los actos de todos los hombres, y de los hombres unidos en colectividades cuando se niega el reconocimiento. Si la lucha del reconocimiento del otro no depende de las personas individuales, no basta que un rico reconozca a un pobre como igual, mientras que miles de ricos no necesitan reconocer como semejante a millones de pobres para poseer identidad y conseguir reconocerse entre semejantes. En otro ejemplo: ¿de qué sirve que un hombre reconozca a una mujer como igual, cuando millones no lo hacen? ¿De qué sirve que unos cuantos blancos reconozcan que son iguales a los que no son blancos, si la mayoría de los blancos necesitan considerar a los no blancos como inferiores para autoafirmarse? ¿De qué sirve que un escritor costeño y cosmopolita reconozca como propio a un escritor andino si decenas de otros escritores “costeños” no reconocen a su pares “andinos” como parte de un todo? Lo que motiva como respuesta la reacción de decenas de escritores “andinos” que terminan rechazando tajantemente a los escritores “costeños”. Rechazo que reconvierte en odio. Y odio en violencia. Por ahora es verbal.

¿Es superable esta situación? ¿O no hay que remediarla, sino profundizar el odio? Esa es una cuestión fundamentalmente ideológica: o se cree en la paz o se cree en la guerra. Si se está por el lado de la paz -no al rechazo del otro, sí al reconocimiento del que es diferente-, ¿en manos de quién está la solución al problema? ¿En manos del Estado? ¿En la de los medios de comunicación? ¿En la responsabilidad social de intelectuales con altos niveles de autoconciencia?

Como dicen los marxistas,  la teoría no es nada sin la praxis. Hay que distinguir entre lo que un hombre dice y lo que hace. Lo real está en la praxis, no en la teoría. En lo que hacemos, no en lo que decimos. Esto es válido para los que se dicen liberales y para los que se autoproclaman socialistas. Como dice la Biblia: “Por sus frutos los reconoceréis”. O en Juan 12,24: “Para dar fruto hay que saber morir a sí mismo”.

Los Disidentes uno por uno (tercera parte)

Reseñas, Hablablog June 11th, 2007

disidgrupo3.jpgPor: Francisco Ángeles

Quise poner el parche en la introducción a los cinco “disidentes” del lunes pasado, pero no me ligó: las medallitas volvieron a despertar la atención (y la discrepancia) de algunos lectores. La situación parece inevitable, así que voy a seguir la corriente y darle a las medallas más importancia de la que para mí tenían hasta ahora. Como tampoco se trata de maquillar el mal menor ni del embellecimiento por contraste, esta semana la medalla de plata queda vacante (aunque sea el segundo mejor, el texto que obtiene bronce puede darse por bien servido con esa distinción). Y no habrá dos menciones sino tres, ya que creo que ninguno de los cuentos sin medalla justifica su ascenso al podio.

Finalmente, dos precisiones. Primero, a riesgo de ser redundante, debo decir que la valoración es exclusivamente en base al texto publicado en Disidentes, no del libro de donde fue tomado, y mucho menos por el conjunto de la obra (en el caso de los que tienen más de una publicación). Segundo, las tres menciones de esta semana no son de ninguna manera de similar calidad. Si a alguien le interesan las comparaciones, implícitamente las reseñas dirán algo al respecto. Eso por ahora. El próximo lunes ya veremos.

ezioneyra.jpgMEDALLA DE ORO
LA CONSTRUCCIÓN
EZIO NEYRA MAGAGNA

Con dos novelas muy distintas entre sí, había bastante material para elegir. Y la elección ha sido la mejor: creo que el texto de Neyra que recoge Disidentes contiene las mejores páginas de todas las que el autor ha publicado hasta ahora. Puesto que hace más de un año escribí una reseña a Habrá que hacer algo mientras tanto (linkeada abajo), creo que no tengo mucho que añadir al respecto. Sin embargo, quiero señalar que al releer ese fragmento he confirmado lo que escribo al final de la reseña mencionada: esas páginas permiten suponer que en el futuro Neyra entregará obras más logradas de las que ha publicado hasta el momento. Y, ya que puedo extenderme en el capítulo llamado “La construcción”, voy a referirme a algunos aspectos en los que en la anterior oportunidad no pude detenerme.

Creo que no fui muy preciso al explicar cómo Neyra consigue hacer creíble la absurda historia que narra (absurdo coherente con la alegoría que plantea la novela). Este capítulo, el mejor de los cuatro que componen Habrá que hacer algo mientras tanto, permite descubrir que el tono con que está narrada la historia es el que consigue dotar de fuerza y persuasión a la novela. El narrador de “La construcción” es frío, distante, desapasionado. Esto, que a simple vista puede sonar a defecto, es una virtud. Funciona muy bien porque lleva al nivel del lenguaje el escepticismo de los personajes y porque el estilo que utiliza el narrador constantemente manifiesta una posición crítica respecto de su propia tarea (construir una embarcación que sirva para escapar).  El narrador explica y describe, pero no en esa línea que utiliza el ambiente para acumular páginas que nada aportan al desarrollo de la historia. Neyra no necesita esos desgastados ases bajo de la manga (que no tienen nada de ases y menos están bajo la manga). Las descripciones que utiliza son mucho más útiles e incluso necesarias, ya que construyen una perspectiva y afirman una posición sobre las actividades que realiza, sin las cuales el libro no sería el mismo.

En el tránsito que separa Habrá que hacer algo mientras tanto de Todas mis muertes, Neyra asumió el riesgo de reinventarse como escritor. El saldo fue uno de los posibles y no el mejor. Por ello, es mejor quedarse con ese primer libro y tomarlo como punto de partida para sembrar expectativas que, a pesar del tropezón de Todas mis muertes, siguen siendo enteramente justificadas.

Sobre Habrá que hacer algo mientras tanto: Luis Aguirre, Francisco Ángeles.

Sobre Todas mis muertes: Javier Ágreda, Edwin Chávez.

johann page.jpgMEDALLA DE BRONCE
LOS PUERTOS EXTREMOS
JOHANN PAGE

El cuento de Page narra dos historias que, en distintos lugares y momentos,  corren paralelas en capítulos intercalados. Aunque inicialmente no parecen tener mayor conexión entre sí, es obvio que en algún momento encontraremos el punto de contacto. Así que es cuestión de seguir leyendo para ver cómo-cuándo-dónde-por qué el autor imbricará las historias para que, apoyadas mutuamente, ambas adquieran un nuevo sentido que justifique la utilización de ese recurso.

Las dos historias que forman “Los puertos extremos” son de distinta calidad. La primera retrata un entorno familiar en la que el abuso (más que el uso) del lenguaje destroza los mejores intentos de buscar qué es exactamente lo que el autor quiso hacer. Podríamos citar numerosos ejemplos de frases que, por desgastadas, terminan siendo vacías (tipo “permaneció inmóvil observando la profundidad de la penumbra”). A cada momento se describe cómo está parado o sentado tal o cual, cómo es el paisaje que mira a través de la ventana, qué lejano recuerdo (irrelevante para la historia) viene a su mente. Lo que más se acerca a una anécdota (la pérdida de una vieja  cantimplora que cae en un pozo) es bastante simple y no tiene mayor atractivo. Y la tensión que se anuncia entre algunos personajes apenas llega a ser trazos que nunca se sabe hacia dónde están dirigidos.

La segunda historia es mucho mejor. Aunque no escapa del todo de la tentación de la “frase bonita”, el relato avanza bastante bien, y consigue salvar al cuento de lo que, en la línea de la otra historia, hubiera sido un descalabro aparatoso. A grandes rasgos, esto es lo que ocurre: un prisionero de guerra sorprende a su custodio, le quita el arma y después huye buscando su salvación. El soldado tiene una cantimplora, que se adivina como la misma que cayó al pozo en la otra historia. Un objeto como vestigio de la guerra, una idea tan atractiva como segura (ya ha sido muchas veces utilizada). No es la memoria sino un objeto, un objeto oculto o perdido (la cantimplora que cae al pozo y algún día volverá a salir), el que sobrevivirá como testimonio. Inevitable pensar en el que debe ser el último ejemplo hollywoodense de ese tópico. Las cartas de Cartas desde Iwo Jima están enterradas, no son visibles, de la misma manera en que el terror de la guerra no es visible para la gente que vive décadas después de ocurrida. Sin embargo, las cartas están ahí, en algún momento saldrán a la luz, y a través de ellas se reconstruirá las historias íntimas, las no registradas por la historiografía, de la guerra. La presencia física de esos objetos sirve para reforzar la idea de “vestigio”, del resto que no se ha extinguido. El objeto (las cartas, la cantimplora) como símbolo de que, por muy antiguo que sea, el trauma de la guerra no ha desaparecido.

En el cuento de Page, la traumática experiencia de quien se entiende fue el abuelo de la primera historia, sobrevive en la cantimplora. Y acierta en elegir para el relato de la guerra la variante que más se acerca a mostrar el terror que ésta produce en el ser humano. Page no escribe sobre la guerra en un nivel macro, no presenta a altos mandos militares discutiendo estrategias (lo que, intuyo, tal vez no es muy distinto de las reuniones del  directorio de una empresa). Por el contrario, el horror de la guerra queda muy bien escenificado en el escape de un prisionero anónimo, en el terror ante la posibilidad de ser nuevamente capturado. Lo que se narra es el lado menos racional del ser humano, activado en plena guerra, en su lucha por sobrevivir.

Al leer algunos párrafos de esta segunda historia de “Los puertos extremos” recordé las páginas de  Soldados de Salamina en las que el falangista Rafael Sánchez Mazas se oculta en el bosque esperando el momento de su salvación. Narrada muchos años después y a manera de reconstrucción, al igual que la película de Eastwood, en Soldados de Salamina no hay cartas ni cantimplora, sino un testimonio. Pero el objeto, en este caso una persona, parece ser necesario para la reconstrucción. Por ello, el escritor que investiga la historia busca encontrar al anónimo soldado enemigo que le salvó la vida a Sánchez Mazas, y de esa manera comprobar que un hombre bondadoso sobrevive en un mundo en el que ninguna certeza parece mantenerse en pie. El escritor que investiga sabe que, si encuentra a ese soldado, será capaz de darle un nuevo sentido a su propia y arruinada vida.

Ese modelo de historias paralelas que, con variantes estructurales, también utiliza Soldados de Salamina (otra coincidencia), no es retomado por Page. “Los puertos extremos” no consigue volver necesaria la asociación entre una historia y otra. El cuento ha sido bien trazado, pero deja la sensación de ser mero artificio. El final, en el que se pretende esclarecer el punto de contacto entre las historias, no pasa de ser un débil intento por justificar a la fuerza la relación. Y aunque el cuento no deja de ser fallido, las páginas en que describe el escape del soldado fugitivo son suficientes para recomendar su lectura.  

Sobre Los puertos extremos: Leonardo Aguirre, Aldo Incio.

 

MENCIONES

moretti.jpgUN PARÉNTESIS DE ALEGRÍA
ANTONIO MORETTI

La semana pasada, al comentar el cuento de Pedro Llosa, se mencionó que una de las situaciones típicas en los cuentos de Ribeyro ocurría cuando el protagonista estaba seguro de haber alcanzado un instante de gloria en medio de su vida gris. “Un paréntesis de alegría”, ya desde su explicativo título, sigue esa línea.

Aunque el personaje principal, a quien se llama El Inefable, no tiene características propias (”Cuando joven fue un soñador… Deseaba ser escritor y vivir en una buhardilla parisina con aromas de mujer europea”), se inscribe con facilidad en la serie de burócratas, marginales o  consumidos por el tedio y la rutina de una vida sin brillo que caracteriza a los personajes de Ribeyro. El Inefable ha fracasado como poeta y ha trabajado como profesor por un cuarto de siglo (lo que siente como un desperdicio). Es un solitario que, en plena madurez, conoce a una chiquilla de diecisiete años que le hace despertar la ilusión de vivir un amor adolescente.

El cuento es sencillo y no muestra mayor pretensión en ningún nivel: la anécdota ha sido mil veces contada, el lenguaje es simple y directo, los personajes no están más desarrollados de lo necesario para la trama (aunque hubiera sido adecuado darle un poco más de consistencia a la musa adolescente). Ni siquiera busca ser sorpresivo en el final. Así que debemos destacar que el autor haya descartado darle “nivel” a su relato con un lenguaje altisonante. Moretti parece haber sido consciente de que su cuento no era de antología (aunque esté incluido en una) y la hace fácil y en pocas páginas (seis y media, el texto más breve de Disidentes). Por ello, el cuento nunca aburre y no presenta errores groseros (más allá de una frase que, por lo excesivamente común, debió ser tachada con plumón: “Lolita, pensó de inmediato” El Inefable al conocer a la chibola de sus sueños).

“Un paréntesis de alegría” se narra con perfil bajo y consigue ser un cuento limpio y honesto con su escasa ambición. Pero si esa honestidad de no hacer pasar gato por liebre es un acierto, no quita que sea finalmente gato lo que nos han ofrecido. No encontramos ninguna voz ni perspectiva personal, ningún intento de darle un giro a los tópicos ya explotados por nuestra tradición realista (no en su versión totalizadora, sino en la barrial). Nada que lo diferencie de lo ya leído muchas veces. Es cierto que en su propia estructura y desarrollo, el cuento manifiesta que no pretende ir más allá de donde efectivamente va. Pero de un cuento incluido en una antología esperamos algo más. 

susane noltenius.jpgTSUNAMI
SUSANNE NOLTENIUS

A una dama ni con el pétalo de una rosa, diría “Galán antiguo” Stagnaro. Pues bien, Noltenius es la primera mujer “disidente” que me toca reseñar, y sirva la frase inicial para afirmar algo con lo que muchos podrán estar en desacuerdo: no puedo olvidar que una mujer escribió este cuento. Y tampoco podría: el que, al menos en apariencia, es el tema principal de “Tsunami”, el temor a que el marido se vaya con una mujer más joven o más bonita, ya es tema recurrente en nuestra tradición (el caso extremo podría ser la poco feliz colección de relatos Atado de nervios de Giovanna Pollarolo).

Si en la mayoría de ficciones de temática amorosa escritas por narradores peruanos en los últimos años  el eje del relato  es la imposibilidad de acceder a la mujer que se desea, en las ficciones que escriben las mujeres los personajes femeninos ya tienen a su lado a la persona que aman, pero tienen miedo de perderlo (alguien debería analizar con detenimiento esa diferencia). Para el hombre, es un reto (que normalmente no se alcanza); para la mujer, una amenaza (que casi siempre llega a cumplirse). De manera distinta, hombres y mujeres fracasan por igual. Será que es muy difícil escribir un final feliz sin caer en la cursilería, o que quienes no fracasan en la realidad jamás perderían su tiempo escribiendo al respecto (o, simplemente, escribiendo). 

Veamos cómo aborda el tema el cuento aquí comentado: Mariela está a punto de cumplir cuarenta años, tiene dos hijos chicos, está casada con Carlos y se va a pasar una temporada a la playa con los niños (el marido se queda en casa). En ese nuevo universo marino, la protagonista establece relaciones con otras mujeres de su misma edad, algunas de las cuales ya eran previamente sus amigas. La más cercana es Inés. Y luego conoce a Susana, amiga de Inés, quien hace honor al título del cuento, ya que aparece en escena realmente como un tsunami ante el cual Mariela se siente opacada (si no destruida).

La difícil relación con Susana, que se intuye viene acompañada de un ligero sentimiento de inferioridad, evidencia el tema de fondo del cuento: la mujer que al acercarse a los temidos cuarenta (temido no sólo por las mujeres, basta recordar El pozo de Onetti) siente que se va perdiendo a sí misma. La crisis existencial que afronta Mariela al darse cuenta de que ya no es la de antes se centra especialmente en el deterioro del cuerpo (de ahí las diversas menciones al aspecto físico, como las nalgas caídas, y la comparación con Inés, quien “todavía no se tiñe el pelo”). A esa creciente sensación de pérdida, la protagonista incluye el exagerado temor de que uno de sus hijos se le pierda (quiere tenerlos siempre a la vista), y también el celo adolescente de que su mejor amiga se consiga otra que la desplace (Inés y Susana). Y a esos temores que amenazan destruir las bases en que descansa su identidad, Mariela le suma uno que aparece como el mayor: que el marido la deje.

El tsunami que se anuncia en los reportes televisivos y en los periódicos vendría a ser la representación de la suma de amenazas en que se siente atrapada. Mariela ha perdido su antiguo aspecto físico y con ello su seguridad, ya no confía en sí misma como ser socialmente aceptable (o apetecible). Por ello, todo se vuelve sospechoso, todo se puede derrumbar (Carlos la puede abandonar).

Más allá de un desarrollo coherente con el planteamiento de la historia, la mayor virtud del cuento es la capacidad de sugerencia que Noltenius consigue al describir las relaciones sociales que Mariela establece en esos días de playa. Casi siempre estas relaciones presentan una tensión que no es del todo explícita. Todo queda en suspenso, siempre hay una amenaza no necesariamente justificada (por ejemplo, Mariela ve a una mujer en la playa y de inmediato piensa que a Carlos podría gustarle).

Pero si la lección de la sugerencia es bien utilizada a lo largo del relato, no ha sido del todo bien asimilada en el inicio. Las primeras páginas, las más flojas del cuento, tienen serias dificultades para alzar vuelo. La historia, lejos de despegar rápidamente, queda estancada entre frases que hubiera sido conveniente eliminar, sobre todo símiles que afianzan la escasa fluidez del relato: “las relaciones se vuelven intermitentes como una línea punteada” (por superficial) o “hijos de diferentes edades circulan alrededor de cada una, dibujando órbitas, como satélites” (por obvio).

A pesar de las virtudes, “Tsunami” no es un cuento bien logrado porque por momentos cae en un discutible facilismo al elegir las circunstancias que representarán el resquebrajamiento de su mundo interno. Por ejemplo, la ambigua y escueta relación con un hombre que conoce mientras acompaña a sus hijos a clases de natación. La relación nunca llega a consumarse (ni siquiera acepta tomar un café con él), pero cuando conversa con Inés al respecto, su aparentemente liberal amiga opina que en esas pocas y breves conversaciones “ya hay una infidelidad”. Esta visión excesivamente cucufatona va de la mano con una representación de la mujer que no deja de tener visos de machismo. No sólo por la concepción del relato, que coloca al esposo en el lugar central de lo que se teme que pueda quedar devastado, sino porque ella misma se sitúa intelectualmente en una posición desfavorable respecto de él. Un ejemplo: cuando su esposo le explica a un grupo de amigos las previsiones que deben tomar ante la posibilidad de que el tsunami llegue a las costas, “Mariela no entiende bien a qué se refiere Carlos, pero igual piensa que ha dicho algo inteligente y lo admira por eso”.

Puesto que la escritora ha demostrado haber aprendido muy bien la lección de la sugerencia, incluso en el innecesario episodio con el hombre de la piscina, quizá debió aplicarla también en la principal metáfora de la historia. El tsunami nunca llega, lo que podría interpretarse como que Mariela, después de tantas dudas, finalmente siente que sigue teniendo todo bajo control. Pero si el tsunami nunca hubiera sido mencionado fuera del título, o si se hubiera mencionado menos explícitamente, se habría enriquecido la sensación de próximo desastre que acompaña a Mariela (y con ella al lector) a lo largo del relato.

Sobre Crisis respiratoria: La Vaca Profana, José Miguel Herbozo

roncagliolo.jpgHOSPITAL
SANTIAGO RONCAGLIOLO

Sobre Santiago Roncagliolo es posible encontrar muchas reseñas en distintos medios de varios países. Así que pensé que ésta podía ser una buena oportunidad para dejar de lado sus dos novelas más difundidas y comentadas, y escribir sobre un cuento que se mantiene a la sombra de las obras más conocidas. Ésa era la idea, pero después de leer el cuento, voy a hacer exactamente lo contrario de lo que pensaba. Si tenía previsto leer y escribir sobre “Hospital” como si no existieran Pudor y, sobre todo, Abril rojo, terminaré escribiendo sobre algo que incluso va un poco más allá de sus libros: la manera en que son recibidos, el lugar desde el que los juzgamos. Así que esta reseña servirá para hacer algunas preguntas (más que para ofrecer respuestas) al respecto.

Estas líneas pueden ser las más discutibles y las más fáciles de desbaratar de todas las que escriba a lo largo de las veinte reseñas a Disidentes. Así que daré una de esas opiniones que yo mismo destruiría rápidamente si la escuchara en boca de otro, pero que en la intimidad, dejando de lado los años de estudio en la carrera académica de literatura y la ruma de textos teóricos, admitiría que no es en absoluto descabellada. La idea es la siguiente: tengo la impresión de que a los peruanos nos cuenta leer a Roncagliolo (o a Daniel Alarcón, el otro joven narrador más exitoso) de la misma manera en que leemos a otros escritores de la misma generación. Obviamente, no espero que abordemos el texto en estado virginal, lo que además de imposible sería inútil. Cada uno tiene sus propios y necesarios parámetros al momento de enfrentarse a un texto (unos más refinados y válidos que otros, por supuesto). Así que no me refiero a esa esquema mental preexistente al abrir un libro cualquiera, sino a la manera en que manejamos los datos extratextuales, la envoltura en la que un libro de, por ejemplo, Roncagliolo, llega a nuestras manos.

Para no hablar por nadie más que por mí mismo, diré que por mucho esfuerzo que haga, y por mucho que sepa que las circunstancias son accesorias y el texto es lo importante, me será imposible leer Abril rojo de la misma manera en que lo leería si el autor fuera un desconocido y yo hubiese comprado el libro en un remate de a luca. En esa misma línea, no sé a cuántas personas les hubiera gustado Abril rojo si ésta aparecía clandestinamente en una edición de autor. En el caso de Roncagliolo (quizá también en el de Alarcón), creo que las circunstancias extraliterarias pueden jugar en su contra: la valla ha sido colocado previamente a una altura bastante alta, las expectativas son mayores, quizá esperamos demasiado. Y todo esto en base la información previa, antes de abrir el libro.

No es lo ideal, pero creo que es lo que sucede. Leí Pudor hace un par de años y no estoy tan seguro que de la mala opinión que me quedó hubiera sido la misma si el libro hubiese sido escrito por el desconocido amigo de un amigo. Aunque el análisis de un crítico puede mantenerse inalterable, el sesgo de la lectura y la valoración de un lector común puede sufrir alguna alteración. Si el escritor publicaba en una editorial desconocida y nadie le daba bola, probablemente hubiese rescatado las virtudes (porque las tiene) de una novela como Pudor. Pero si el mismo texto aparece internacionalmente en Alfaguara pierde el beneficio de la duda (la vecina que nos parece un cuero siempre será más fea que la top model que decimos que sólo está en algo).

En sentido opuesto, la envoltura mediática y editorial también puede jugar a favor de los autores, sobre todo con los lectores menos expertos. El haber ganado un premio de prestigio puede llevar a leer un libro mediocre en su totalidad o con mas atención (hay que seguir porque “algo debe tener”). Y, en el caso extremo, un lector de un libro por año puede terminar pensando que simplemente no lo entendió.

Las preguntas que por ahora no me animo a responder: ¿la crítica juzga los libros independientemente de las circunstancias que rodean su publicación? Si no lo hace, ¿está cometiendo un error? ¿O se justificaría que la reseña tome en cuenta el prejuicio a favor que puede tener un libro galardonado? Podría ser que sí. Es evidente que un lector no especializado puede asumir que el prestigio de un premio lo convierte de inmediato en un buen libro, y por ello no estaría del todo errado tratar al libro con mayor severidad. Así que la última pregunta es: ¿es válido que la crítica no olvide las expectativas del público al escribir una reseña? 

Finalmente, vamos al texto que motivó la digresión anterior. Hace buen tiempo, y esto es sólo un intuición, que me parece que quizá no haya otro narrador joven en el Perú capaz de contar historias con la facilidad con que lo hace Roncagliolo (aunque eso, por supuesto, no lo hace mejor escritor que los demás). Creo que si uno lleva a tomar unas chelas a Roncagliolo y a otros escritores jóvenes, ninguno podría sacar de ahí una historia con la rapidez con que lo haría Roncagliolo, aunque en la noche no haya ocurrido nada especial. Uno lo lee y parece fácil (y tengo la sospecha que sí le resulta muy fácil. En todo caso el talento sería uno semejante: lo disimula mucho mejor que los demás). El problema es que ese talento para narrar historias permite la aparición de un cuento como “Hospital”. Un tipo sin mucho talento se sienta a teclear y no le sale nada. Roncagliolo teclea y sale “Hospital”. Por ello, el cuento no es malo, pero es de una tibieza decepcionante. Uno de esos relatos que permiten llegar hasta el final sin tirar el libro al otro lado de la habitación, pero que una vez terminados dejan la sensación de que nada ha cambiado, que no han añadido absolutamente nada a nuestra experiencia de lectores.  Uno de eso cuentos cumplidores, fácilmente olvidables.

En “Hospital” el narrador es un joven que viaja a Sao Paulo con su padre para acompañarlo en una operación al corazón, en la misma época en que se juega la Copa América. No sucede gran cosa durante el viaje, y si el relato tiene algún interés se debe al oficio que demuestra el escritor. Un par de pinceladas le bastan para transformar a sus personajes en seres medio excéntricos, todos con una peculiaridad que los distingue (se adivina que más en la mirada del narrador que en la realidad): el encargado de la cafetería, un mitad paraguayo que le enseña frases en guaraní, es evangélico y le habla de la salvación;  los pacientes de la clínica son todos “viejos verdes juergueros y bonachones” que andan “metiéndole mano” todo el día a las enfermeras, quienes, para no quedarse atrás en su colorida descripción, son siempre “gordas y malhumoradas”; un obeso psicólogo que trabaja en un manicomio le invita unas cervezas mientras ven un partido de fútbol. Pero los encuentros del narrador con esos personajes no cambia en absoluto su perspectiva ni su relación con el nuevo entorno que lo acoge. Por ello, ese catálogo de pintorescos personajes se siente menos como una descripción auténtica del mundo representado, y parece más el intento del narrador de presentarse a sí mismo como un sujeto  acostumbrado a relacionarse con seres que no parecen muy “normales”. Es como si los otros personajes existieran sólo para que él los conozca.

Brasil golea a Perú en el Maracaná la tarde en que el padre es operado, y en la aplastante victoria auriverde queda simbolizado el fracaso de los dos peruanos en tierras paulistas. Pero tengo una analogía que me gusta más: el fracaso de la selección es el mismo fracaso de un relato que cae goleado frente al facilismo con que, en este cuento, el autor ha desaprovechado su indiscutible talento.  

Sobre Pudor: Gustavo Faverón, Javier Ágreda, Leonardo Aguirre, Omar Guerrero.

Sobre Abril rojo: Javier Ágreda, Iván Thays, Jack Martínez.

* El próximo lunes, los cinco últimos: Miguel Ruiz Effio, Daniel Soria, Claudia Ulloa, Christopher van Ginhoven, Carlos Yushimito.

Lobo doméstico

Hablablog, Columnistas June 8th, 2007

aguirre.jpgLOS CABALLEROS NO HABLAMOS DE ESAS COSAS (PERO SÍ LAS ESCRIBIMOS)

 

Por: Leonardo Aguirre

Mi primer libro, Manual para cazar plumíferos, se cierra con una pieza titulada “Mi vida en Beatles” y subtitulada “Ticket to ride across the universe of my golden slumbers”. Honestamente, escribí ese cuento con la intención medio tramposa de tapar el sánguche y darle un barniz de coherencia y continuidad a una colección más bien heterogénea. Por eso, además de contar anécdotas verídicas de mi infancia y adolescencia vinculadas con la discografía beatle, me las arreglé para incluir el making of (también verídico) de cada uno de los relatos anteriores. Y sucede que, en la mayoría de los casos, ese making of comprometía la decencia de alguna mujer. Sin embargo, una está en Italia y de ninguna manera leerá ese libro. Otra está en Trujillo y, hasta donde sé, será imposible que lo consiga pues allá no se vende mi Manual. Una tercera sí vive en Lima y, aunque no puedo asegurar que haya leído las pestes que dije de ella, intuyo que, por lo menos, algo le habrán chismeado: después de la presentación del Manual, me la he cruzado tres o cuatro veces en sendas fiestas y nunca aceptó bailar conmigo.
 
Pero la cuarta, quizá la más perjudicada, sí que me armó un berrinche. Aunque tampoco le sirvió de mucho; como resulta evidente, una vez más escribiré sobre ella.

Sucede que un año antes del bendito libro, G. y yo tuvimos una especie de romance. Y no digo romance a secas porque se trataba de una relación extraña, híbrida, clandestina y culposa. Algo así como amigos cariñosos o amigos con privilegios. Y no podía ser de otra manera pues G. ya estaba casi comprometida. Yo me metí por los palos sabiendo que el famoso novio estudiaba una maestría en Contabilidad al otro lado del charco.

Ya escribí antes sobre un taller de narrativa informal animado por un puñado de amigos de Comunicaciones y este servidor. Y también mencioné que los mejores ejercicios de ese taller se convirtieron después en un volumen de cuentos titulado Papel cometa: 6 cuentos y 1 bonus track que publicó la propia Facultad de Comunicaciones de la PUC en el 2004, con prólogo de Abelardo Sánchez León. Pues bien, mi amiga con privilegios se encargó, precisamente, de diagramar los textos y diseñar la portada. Dado que G. era la diseñadora oficial de la facultad y yo, digamos, era el vocero del taller, resultaba natural que trabajáramos juntos. De hecho, ella acudió tres o cuatro veces a nuestras reuniones dedicadas exclusivamente a discutir la selección final. Y, lo más importante, pasé muchas noches en su casa revisando la diagramación y corrigiendo las tildes. Así surgió el romance y así lo conté en el relato susodicho. Con pelos y señales, con puntos y comas. Describiendo, paso a paso, el largo y tortuoso camino de las teclas al catre y de los (dos) paréntesis al punto final.

Pero el novio, intempestivamente (parece que ya se las olía), decidió regresar a finales del 2004, días antes de la presentación de Papel cometa (el fruto el taller, el fruto de su vientre), y pasó la navidad con G. No lo soporté. Ella no sé si tal vez. El caso es que dimos por cancelada nuestra inconfesable relación la misma tarde de la presentación del volumen, en un salón del pabellón Z, mientras compartíamos un pisco sour más frío que nunca. Terminamos de forma muy civilizada. Nada de besos, nada de abrazos, nadie lloró. Hubo fuego pero no quedó ni un solo punto de ceniza.

Ésa fue la última vez que la vi. Pero no fue la última vez que supe de ella. Un año más tarde, y una semana antes de presentar el Manual, G. me llamó al celular. Yo estaba tirado en el sillón, viendo un partido insulso de la premier league, y ella, según me explicaba, seguía trabajando en la oficina de la facultad y en ese mismo instante estaba mirando el monitor y corrigiendo un párrafo de mi libro. Sí, mi libro. La versión final en un archivo adjunto que me envió Ezio Neyra la noche anterior.

Entonces recordé que Don Huevón le había dado el password un año antes, cuando todo era felicidad entre nosotros (y cuando el otro Don memorizaba números mientras yo disfrutaba de una mayúscula ortografía). Aquella vez, como aún no tenía  internet, el muy amarrete de Don Huevón se ahorraba una luca llamando a G. para que le leyera todos los correos por teléfono. Bueno, sí, era un huevón, pero también estaba enamorado (es lo mismo, en realidad). Y lo peor de todo es que a Don Huevón nunca se le ocurrió cambiar el password. ¿Don Huevón? Reverendo Huevón.

Así que la doña, según parece, nunca dejó de vigilar, sistemáticamente, mi buzón. Y entonces encontró el correo de Ezio y encontró el libro y encontró “Mi vida en Beatles” y encontró un largo párrafo que versaba, con lúbrica prolijidad, sobre todas aquellas noches en su casa dizque trabajando en la corrección de Papel cometa.

Esa llamada terminó con una amenaza: “Si no borras ese párrafo, yo misma lo haré. Y mañana o pasado publicaré tu libro con ése y otros cortes, antes de la publicación de Matalamanga.”

No lo hice. Pero esa llamada me dejó sicoseado y resolví operar algunas modificaciones destinadas a proteger la identidad de la víctima. Nada importante: otro color de pelo, un chaplín en vez de apellido, lunares y no pecas, ese tipo de cosas. No alteré la historia. No suprimí al contador. Quité las pecas, dejé los pecados. Y supuse que con esas enmiendas sería más que suficiente. Además, cómo no, injerté tres líneas de teoría literaria para dummies sobre la naturaleza de la ficción.

Sin embargo, la doña no se contentó con eso (Don Huevón le mandó de inmediato un adjunto con los retoques) y su segunda llamada fue una segunda amenaza: “Además del libro cortado, iré a tu presentación y te haré un escándalo. O quitas todo el párrafo o ya sabes qué.”

No lo hice. Peor aún, sin hacer un censo previo de toda la concurrencia, esa noche de la presentación del Manual me armé de valor (o conchudez) y agoté mis veinte minutos de micrófono contando, grosso modo (sin detalles gruesos), la misma anécdota de este post.

G. no se apareció. No hubo brindis con pisco sour. Nunca más volvió a timbrar mi celular. Y yo me olvidé el asunto hasta que, una mañana, meses después, mientras paseaba por Quilca, me tropecé con mi segundo libro. Mi segundo libro y yo ni me había enterado. En la sección de remates de china de una librería especializada en libros de computación, junto a números pasados de PC world y Mecánica popular, descubrí veinte ejemplares de un volumen de relatos escritos por Leonardo Aguirre cuya portada era negra con letras rojas. No había solapa, no había foto, no había currículum. Revisé el índice y, obviamente, faltaba el último relato. Como soy medio exquisito, me negué a aceptar la existencia de ese libro artesanal y mutilado y, en el acto, compré esos veinte ejemplares y otra docena más que el anciano guardaba en la trastienda.

Y luego, cómo no, apenas llegué a mi jato apliqué la técnica de mi pata Soria.