Internet, la lectura y el libro
Debate, Hablablog April 24th, 2008
Giancarlo Stagnaro
Hará cosa de un mes, en el avión que me traía de Cusco a Lima, estuvo sentada a mi lado una pareja de esposos estadounidenses, ya entrados en años. Cada uno de ellos venía leyendo: el esposo, un libro convencional; y la señora llevaba en sus manos un aparato que a primera vista se me antojó desconocido, si no fuera por la marca reconocible de un portal web: Amazon. Se trataba del famoso Amazon Kindle, un dispositivo para descargar, guardar y leer libros electrónicos.
Resulta difícil que un objeto así deje de llamar la atención. No es cotidiano su manejo en el Perú, ya que sólo se puede adquirir en el referido portal. Me llamó la atención no sólo la destreza con que la señora manejaba el dispositivo, sino la manera en que avanzaba en su lectura, desplazándose con un cursor. Pensé entonces que quizás marido y mujer podían haber estado compartiendo la misma lectura, sólo en soportes distintos. En ese sentido, la imagen se asemeja notoriamente al futuro utópico planteado recientemente en El País, y cuya visión optimista Edmundo Paz Soldán sintetiza de la siguiente manera:
Los nuevos lectores digitales (…) harán esto más fácil y transformarán no sólo nuestra forma de leer; también la idea que tenemos de la literatura. Pronto, no será extraño estar leyendo una novela en un lector digital y encontrarnos con un enlace a un vídeo en YouTube o a un dato en Wikipedia. Tampoco que los lectores puedan mandar, en tiempo real, sus comentarios al autor de un relato o un poema, y que, debido a ello, este decida cambiar la trama de un relato o la rima de un soneto. El autor no morirá, pero la literatura se hará más interactiva. No hay razones para alarmarse: la creación literaria ha demostrado una extraordinaria inventiva para adaptarse a los desafíos de otros medios.
La historia de la literatura demuestra que también es “compatible”: si pudo adaptarse a los cambios de Gutemberg –la primera expansión del libro que originó un cambio sin precedentes en el pensamiento feudal europeo– y luego a la explosión gráfica de los siglos XIX y XX –que derivó en el experimentalismo vanguardista–, también es capaz de hacerlo en estos tiempos de ritmos digitales. Una posición similar es planteada por el narrador argentino Ricardo Piglia:
Lo que ha cambiado básicamente es el acceso a los textos que se pueden leer (…). Las nuevas tecnologías democratizan el acceso a la cultura en sentido amplio y establecen una relación personal muy dinámica con todo ese conocimiento disponible. Ahora, aceptado esto, hay que decir que la velocidad con la que se lee no ha cambiado. El lenguaje escrito tiene un tiempo para ser descifrado que no se puede cambiar. La velocidad de la lectura, más allá de los formatos y de las diferencias entre los lectores, es básicamente la misma. Como sabemos, la técnica de la lectura veloz resultó un chiste idiota. Porque la lectura establece una temporalidad que es la del cuerpo. El lenguaje define nuestra relación con la temporalidad, no sólo porque la tematiza en los tiempos verbales, sino porque tiene un tiempo propio que no se puede cambiar.
Es un hecho que el tempo de la lectura no ha cambiado. Buena fe puede dar de ello la señora que pausadamente, sin la prisa neurótica de las 500 palabras por minuto, leía su libro en el Kindle, seguramente con la finalidad de entender cabalmente el propósito del texto que venía leyendo. Sin duda, uno de los desbarajustes que genera la lectura compulsiva es que, poco a poco, el lector entienda menos y abandone al fin lo que conocemos como el placer del texto.
Ahora, el problema, para algunos, es que Internet hace imposible llegar a ese placer: quienes suscriben esta idea, como el historiador de la lectura Alberto Manguel, sostienen que Internet sólo es capaz de proveernos “una lectura necesariamente superficial”. Manguel rechaza el postulado de que los libros electrónicos permiten una mayor interactividad: “Un libro se puede comenzar por donde se quiera, se puede meter en el bolsillo y llevarlo a otro sitio, se puede asociar con otro; mientras que la lectura en Internet es interactiva sólo en el sentido que permite el programa”.
¿Cuál es la intención de Manguel de criticar Internet o el libro electrónico? Ya en nuestro artículo “Una aventura intelectual” señalábamos lo siguiente:
En su artículo “Homo legens”, el escritor ecuatoriano Bolívar Echevarría sostiene que quienes fungen de detractores de Internet y las nuevas tecnologías en verdad son aquellos que sienten nostalgia por un modo peculiar de entender la cultura, cuando a ésta sólo accedía una elite determinada, cuya educación evidenciaba superioridad ante el resto del cuerpo social. Nos encontramos aquí ante la noción de ciudad letrada enunciada por Ángel Rama (1984). El muro levantado por las instituciones letradas –universidades, medios de comunicación, industrias editoriales, camarillas de poder– genera expresiones de resistencia cultural que, o bien son desdeñadas por la cultura oficial o bien son recicladas (pervertidas, sería el término más exacto) para convertirse a su turno en mecanismos de legitimación.
De ahí que la desconfianza hacia Internet no sea otra cosa que la angustia frente a la pérdida de esferas representativas e institucionales que la potencial expansión de la red desestabilizaría. Por ello, ya se han producido intentos de asimilar los contenidos del ciberespacio, como reglamentarlos desde una usanza jurisdiccional que permite, si no reprimirlos, al menos mantener cierto “control” sobre ellos. Otra estrategia reside en condicionar los sitios web adscribiéndolos a una institución determinada, como sucede con las versiones en línea de algunas publicaciones, que se cuelgan de un patrocinador para obtener prestigio simbólico, pero a la larga limitan su capacidad crítica y están condicionados a los requerimientos institucionales del sponsor.
¿Cuánto ha cambiado esta percepción con el auge de la Web 2.0? En ciertas partes del mundo, el acceso a páginas como YouTube o Wikipedia está restringido. Por otro lado, se encuentran las discusiones sobre la generación de contenidos o de cómo estos son administrados. Si bien se ha venido planteando una mayor interactividad con la Web 2.0, sus efectos “reales” no han sido del todo esperados, al menos no en el Perú, que en la esfera sudamericana posee el menor índice de penetración por país (a pesar del auge de las cabinas). Después de todo, lo que el usuario más usa cuando entra a una cabina es el correo electrónico y el chat.
En ese sentido, es atendible la observación que formula Sandro Marcone, de la Red Científica Peruana, en un artículo publicado la semana pasada en El Comercio. Es cierto que el problema pasa por una evidente cuestión de infraestructura, pero también es cierto que, en comparación con otros países, la presencia peruana en Internet es muy baja. Es decir, no sólo no generamos acceso, sino que también brillamos por nuestra ausencia en lo que a contenido, inventiva y rigurosidad se refiere.
Pero también ese cuestionamiento que propone Marcone se vincula inexorablemente con la manera en que interpretamos el problema. Por lo general se suele creer que Internet es un subproducto de la cultura juvenil masiva –ellos, después de todo, componen la mayoría de usuarios–, que contiene evidentes roles comunicativos, pero que no se entiende o no es percibido como un factor de cohesión social. Y lo puede ser, dado que las herramientas están ahí, pero no se le entiende de ese modo.
Lo que al fin y al cabo tenemos es un problema de lectura. De igual modo nos comportamos frente al libro, cuyo potencial de fomento ciudadano aún resulta terra incognita para muchos de nuestros compatriotas, como los aún “exóticos” Kindle o Sony Reader, que en otras latitudes coexisten pacíficamente con el libro impreso. Es evidente que con una mayor capacidad lectora, fomentada por una cultura democrática del libro, aumentarán exponencialmente nuestras competencias en el manejo de la virtualidad. Y ese es un reto no de mañana, sino de nuestro presente urgente e inmediato.
Farabeuf o la hipótesis inquietante: el supliciado eres tú
Publicaciones, Hablablog January 28th, 2008
Alejandro Vázquez Ortiz
A más de cuarenta años de la publicación de Farabeuf o la crónica de un instante, por el fallecido escritor, poeta, dramaturgo, traductor y ensayista mexicano Salvador Elizondo, sigue mostrándose tan esquiva e intrigante como en su primera edición (que vio la luz en 1966 adornada, por si fuera poco, con el galardón Xavier Villaurrutia, 1965).
Elizondo fue un escritor mexicano marginal, marginal en el sentido que nada tiene que ver con la tradición general o incluso con su generación particular. Hacía experimentos estéticos descendientes directos de la estética europea vanguardista, mientras en México comenzaba a abandonarse el típico tema campesino/rural (Rulfo, Rojas, etc.) y se ponía de moda la literatura de la onda que hacía descender el lenguaje literario a los grandes centros urbanos (José Agustín, Gustavo Sainz, etc.). Elizondo se mantiene lejos de todo esto, su lenguaje es tortuoso, difícil, truculento. De su compleja obra dijo él mismo aseguró en la última entrevista que dio antes de fallecer de cáncer el pasado marzo del año 2006, sabe que “no abarca al público general, sino a un público que más o menos esté interiorizado en las formas de la literatura que yo utilizo”.
Por supuesto que la marginalidad no se limita a México. En España la única edición que he encontrado en las principales librerías ha sido la de la colección Letras Hispánicas de Ediciones Cátedra del año 2000. No es para extrañarse –aunque sí para lamentarse-, Farabeuf está compuesta por una serie de caracteres arcanos que a la par que la hacen una obra maestra de la literatura hispánica, la convierten en un libro sectario, esotérico (en el sentido etimológico de la palabra) que sólo pertenece a ciertos iniciados. El mexicano logra con toda maestría atrapar un instante y catapultarlo hasta su inexistencia, es decir hasta el infinito.
Es una novela, como su subtítulo lo dice, sobre un instante. Un instante que vuelve sobre sí mismo, página tras página, capítulo tras capítulo, desvistiendo al tiempo de todo lo que tiene de misterioso hasta dejarlo en la desnudez pura frente a nosotros, pero no como objeto pornográfico o digno de morbo, sino como un objeto científico y, sin llegar a considerarlo un artículo utilitario, la quirúrgica científica reencuentra el placer místico teorético. Farabeuf es un obseso de la reducción y su búsqueda última, es al fin, reducir el instante –el presente– hasta un punto que se transforme en tangible y real.
De esto no puede surgir sino una novela poderosamente aburrida. Aburrida en un sentido muy claro: una novela en donde la acción se ve suspendida y restringida al tiempo que se resiste a correr. Así es y así tiene que serlo, es parte del efecto que tenemos al ver un segundo estirado hacia el infinito. El tedio es relativo, el Dr. Farabeuf, Chevalier de la Légion d’Honneur autor de Aspects Médicaux de la Torture parece trasladar la operación quirúrgica de la tortura hacia el propio lector y la novela se hace tan eterna como una visita al dentista. Detiene el tiempo hasta el punto de comprender el instante último de la muerte a través del suplicio.
Todo gira en torno a objetos que parecen inconexos, pero guardan una unión indefectible y misteriosa: una fotografía aparecida en el China Daily News del 29 de enero de 1901, el Leng Tch’é (arte chino de tortura), instantes en la vida del Dr. Farabeuf y una mujer que aparecen como signficantes ciegos alrededor de toda la novela, y la obsesión malsana morbosa de captar con una cámara fotográfica el instante de la muerte.
La fotografía, la misma que inspiró a Bataille a considerar la cercanía entre la misticidad, la muerte y el amor, que representa –según el francés– a un Jesucristo chino en el éxtasis profundo de la muerte, muestra al magnicida del príncipe Ao Han Wan en pleno suplicio, atado a dos postes con los ojos en blanco y la cara vuelta hacia el cielo, con la boca abierta y anhelante de la muerte con dos boquetes bajo los pezones que permiten distinguir claramente cada uno de los huesos de sus costillas y la sangre le baña todo el cuerpo hasta la entrepierna. Esta escalofriante imagen lleva a Farabeuf a interesarse por la tortura china, el Leng Tch’é y sus aspectos médicos, a la par que le abre a meditaciones profundas sobre el carácter de la muerte. “Sí; y comprendí que el dolor, de tan intenso, se convierte de pronto en orgasmo”.
A pesar de esto, Elizondo nos hace comprender que no se trata de una realización secreta y morbosa, sino un snaf teorético, un momento, pura y dramáticamente científico. Las descripciones médicas son cuenta de ello. Su violencia es lenta, maquínica, racional, aún más que las orquestales orgías del Marqués de Sade, el teatro mágico al que nos convoca Farabeuf y Elizondo es la de la lenta y calculadora, casi soporífera violencia de la cirugía. Pero no una cirugía cualquiera, sino una trascendentalizada a través de rasgos transgresores y de rituales significativos que la convierten, de una mera operación científica, en una celebración religiosa. Algo así como ver a Pitágoras inmolando buey tras buey en honor del teorema del triángulo rectángulo.
Pero la operación no se limita a los cuerpos. Como un buen anatomista, Elizondo no se contenta con explorar los músculos, los pliegues, los huesos necesarios y útiles para el ejercicio de la tortura, sino también disecciona los puntos de tensión, de escisión y vectores lógicos que componen el tiempo.
Toda la novela refleja esa fractalidad infinita de la memoria y el tiempo, cuyos significantes rizomórficos puede apenas parecer diferentes a un suspiro ante un recuerdo, débil, vago y solipsista, previo al momento de la muerte. Puesto que la novela, claro está, es un recuerdo. Y éste recuerdo sobre el que trata la crónica (otro recuerdo), no es sino una experiencia arrobadora de la muerte, de rozar por medio de la posesión de la fotografía la imposibilidad de capturar la muerte y mantenerla hasta el punto de convertirse en excitación sexual.
Porque la fatalidad del tiempo que recorre Farabeuf es la misma que la muerte inevitables, es su contrario, su captura, su aislamiento, y a través de la magia de la fotografía, del recuerdo y la memoria –aunque fragmentada, lo suficientemente eficaz para levantar sospecha y dolor-, se puede llegar a cronologizar, a sustentar y suspender ese instante en que la realidad se difumina sobre la nada del tiempo, imaginando el infinito.
En cualquier caso, sea o no aprensible, Elizondo deja claro que la literatura, con todo lo que tiene de bidimensional y lineal, es capaz de rarificar al tiempo hasta estancarlo en un tedio único, tortuoso y magistral, como el instante mismo.
Nota de los editores. Video promocional de documental sobre Elizondo realizado por la UNAM:
Escritores peruanos en Radio Francia Internacional
Debate, entrevista, Hablablog, presentaciones January 9th, 2008
Acaba de aparecer en el programa radial Puente de las Artes, de Radio Francia Internacional, una interesante entrevista, hecha por Hernán Rivera Mejía, a tres jóvenes escritores peruanos: Roxana Crisólogo, Miguel Ildefonso y Francisco Izquierdo Quea, este último codirector de El Hablador.
Crisólogo e Ildefonso estuvieron de paso por París, luego de participar en el festival de poesía Latinale, en Berlín. Izquierdo, como se recuerda, viene estudiando una maestría de literatura latinoamericana en La Sorbona.
En dicha conversación se viene midiendo el pulso a la actualidad literaria y editorial peruana, en el marco general de la crisis generalizada que padeció el Perú entre 1980 y 2000. La conversación gira alrededor de considerarse escritor en el Perú, la impronta de las últimas dos décadas en lo político y lo cultural, la migración del campo a la ciudad, la búsqueda de definiciones luego de la caída del Muro de Berlín y el estado actual del campo literario peruano, desde los premios internacionales hasta la insurgencia de nuevas editoriales.
Un tema en debate tiene que ver con la aparición de la literatura de la violencia política, que, en opinión de Crisólogo, siguió “un proceso natural en la poesía”. Ildefonso siente que es un tema muy presente en su trabajo artístico, que viene de sus orígenes como poeta. Por otro lado, Izquierdo considera que a este tipo de literatura “le falta madurar, faltan estudios que conlleven el aspecto estético”.
Los tres escritores aluden a una heterogeneidad de propuestas, pero están unidos por los cambios más recientes de la sociedad peruana, la emergencia de nuevos actores sociales, la globalización y la apertura económica, pero lamentan la sempiterna falta de apoyo e insensibilidad del Estado frente al tema cultural, que otros países potencian mejor.
La entrevista está colgada en la página de Puente de las Artes (y luego hacer click en “Escuchar 19 minutos”).
En la imagen: Izquierdo, Ildefonso, el escritor Alfredo Pita y Crisólogo, de izquierda a derecha.
Congrains en Lima (again)
Publicaciones, Debate, entrevista, Hablablog January 7th, 2008
Giancarlo Stagnaro
Conocimos a Enrique Congrains Martin en 2006. Anteriormente, dentro del primigenio grupo de Punche Editores Asociados, el escritor Gabriel Espinoza había sido el gestor de una campaña para traer de vuelta a Congrains por la puerta grande. Se trazaron planes y plazos, se calculó presupuesto, se hicieron gestiones… pero éstas lamentablemente no se concretaron. De todas formas, el impulso de Gabriel fue decisivo para que desde mediados de 2006 se hablara del “retorno” de Congrains a la escena literaria peruana, como lo demuestran los posts que Paolo de Lima le dedicara a este último en su blog Zona de Noticias.
Era un hecho que Congrains rompía su silencio (evoco en este punto lo que hizo en su momento Emilio Adolfo Westphalen), y nada menos que con tres proyectos bajo el brazo: el libro objeto Gallinita portahuevos y las novelas El narrador de historias y 999 palabras para el planeta Tierra. Interesado en dialogar con él, logramos concretar un reportaje para el diario El Peruano. Posteriormente, y ya con el cierre de El Hablador a cuestas, Johnny Zevallos y yo conversamos con Congrains casi toda una mañana dominical para la edición 13 de la revista.
De esta manera surgió esta entrevista, en la que Congrains revela los motivos de su escritura, las razones por las cuales salió del país y se volvió más “latinoamericano que peruano” y la importancia de este reentré literario con novelas de temática “no peruana”, como él mismo afirma, en las que le hace guiños a las vastas tradiciones de la distopía y la ciencia ficción, alejándose de las convenciones usuales del hegemónico realismo.
Este retorno narrativo es saludable por muchas razones. En primer lugar, porque se recupera a un autor que ha formado parte de la modernización de la narrativa contemporánea. Como miembro de la Generación del 50, Enrique Congrains ocupa un lugar de primera línea en dicho panorama por numerosas razones. En segundo lugar, esa línea renovadora se mantiene: que Congrains sostenga su alejamiento del realismo, luego de 50 años, resultará sorprendente, pero se explica dado el contexto de la literatura mundial. Su estadía fuera del Perú ha sido, en ese sentido, positiva.
Con El narrador de historias (edición no venal, 2006; Copé, 2007), ambientado en una probable disputa entre dos países sudamericanos, Congrains nos muestra que el escritor peruano puede estar preparado para relatar una historia de largo aliento allende sus fronteras geográficas, sin abusar de localismos que, por lo general, suelen clausurar posibilidades de lectura y significación. Y eso –quizás sea demasiado evidente decirlo– funciona de manera determinante para la noción de autor en un país como el Perú, en términos de adquisición y gestión de capital simbólico.
Congrains se reencontrará con el público peruano del 16 al 18 de enero en tres auditorios diferentes: Petroperú, la Biblioteca Nacional del Perú y en un espacio cultural del centro de Lima, respectivamente. En la segunda de estas sesiones, a las 19.00 horas, y con motivo del coloquio Lo cholo en el Perú, participarán en la mesa el autor, César Ramos, José Donayre Hoefken y quien suscribe estas líneas. Por ello, este reencuentro con Enrique será, en lo personal, un honor y un lindo reto que asumo con amistad y respeto a una asombrosa trayectoria literaria. Trayectoria que, esperamos, siga rindiendo entregas notables y propuestas refrescantes.
Ciencia ficción en la literatura peruana
Publicaciones, Debate, Hablablog October 9th, 2007
Giancarlo Stagnaro
Del lunes 15 al viernes 19 de la próxima semana, se llevará a cabo en Huanchaco el Segundo Congreso Internacional de Narrativa Peruana, organizada por la asociación cultural La Mirada Malva. Recordemos que dicha asociación emprendió en Madrid, en mayo de 2005, el Primer Congreso Internacional de Narrativa Peruana; y al año siguiente el Primer Congreso Internacional de Poesía Peruana (2006). Aunque la primera versión del cónclave de narradores trajo consigo una serie de repercusiones –como la llamada polémica andinos-criollos–, se ha convertido en una ventana importante para dar cuenta de la diversidad y la problemática de la literatura de los últimos 25 años en el Perú.
En esta oportunidad, el segundo congreso –puede verse el programa en PDF– se centra en la tradición y el rescate de voces fundamentales, pero poco divulgadas, de la literatura peruana. Ello permite poner al día la agenda en cuanto a las líneas de trabajo de los escritores nacionales, residan fuera o dentro del Perú, o hacer visibles ciertos procesos que para la crítica o el público en general resultan de escasa presencia. Uno de esos casos, entre muchos otros, es la ciencia ficción en el Perú.
Para nadie es un secreto lo poco que se conoce de la narrativa fantástica o de ciencia ficción local. Salvo los casos de Clemente Palma, José B. Adolph (en la imagen) y Juan Rivera Saavedra, eran poco conocidos los autores que practicaban esta tendencia literaria. En la entrevista con Adolph en el tercer número de El Hablador, él se refería al crítico alemán Wolfgang Luchting, quien afirmaba que era imposible que la ciencia ficción floreciese en un país con poco desarrollo industrial como el Perú. Postura eurocéntrica, a todas luces.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte las cosas han venido cambiando, como lo demuestran la influencia del cine y la globalización, entre otros factores. Por ejemplo, la revista Ajos & Zafiros (número 7) publicó la versión facsimilar de la novela de folletín Lima de aquí a cien años (1843), cuya autoría recae en Julián M. Portillo. En este relato, se traza una visión de un Perú moderno, ordenado y altamente desarrollado. En todo caso, una utopía muy cercana a los cánones de la ciencia ficción del siglo XIX. En el siglo XX, como sabemos, prevalece la distopía.
Pues ahora contamos con un corpus bastante amplio de autores de ciencia ficción en el Perú que valdría la pena conocer (léase la selección de la revista Alfa Eridani). En la mesa que compartiremos el jueves 18 junto a miembros de las revistas Maldoror (de estudiantes de San Marcos) y Argonautas (alumnos de la Federico Villarreal) intentaremos trazar algunos líneas de lectura sobre la literatura de ficción y especulación científica en nuestro país, con su respectivo homenaje al maestro Pepe Adolph.
Cultura andina en la Revista Iberoamericana
Publicaciones, Hablablog October 5th, 2007
Johnny Zevallos
Fundada en 1939, la Revista Iberoamericana, publicación del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, órgano de la Universidad de Pittsburgh, ha lanzado el número 220 de tan importante revista, correspondiente a julio-septiembre de 2007. El dossier —cuya coordinación estuvo a cargo del reconocido investigador peruano Sergio R. Franco— lleva por título Literaturas y culturas de la zona andina y contiene 15 artículos, que fomentan una revisión de las diferentes producciones literarias y artísticas de lo andino, analizadas desde las perspectivas de etnicidad, género y estudios coloniales.
Entre los colaboradores de esta entrega podemos destacar a los estudiosos Rocío Quispe-Agnoli, Peter Elmore, Ulises Zevallos Aguilar, Antonio Melis, Leila Gómez, Orlando Bentancort y Joanne Rappaport, entre otros. En el próximo número de El Hablador, daremos una reseña más detallada de esta imprescindible publicación.
En la portada de la revista: ilustración tomada de la Nueva corónica y buen gobierno, en la que Felipe Guaman Poma se representa a sí mismo como “autor”.
Mr. Manchester y Control
Debate, Reseñas, Hablablog September 27th, 2007
Giancarlo Stagnaro
Hace más un mes dio la vuelta al mundo la noticia de la muerte de Tony Wilson, periodista y creador del sello Factory Records, uno de los más innovadores en la historia del rock, al agrupar a los grupos y músicos más importantes de la movida pospunk en Manchester, al norte de Inglaterra. Wilson fue también el artífice de la discoteca La Haçienda, el corazón de la subcultura rave, que puso, entre 1982 y 1997, a esta ciudad de enormes torres industriales y ladrillos rojizos en el mapa musical del mundo.
Un persistente cáncer alejó a Wilson –mejor conocido como “Mr. Manchester”– de su pasión por el buen rock. Pero no se ha ido olvidado. Hace cinco años, el comediante inglés Steven Coogan tuvo la oportunidad de interpretarlo en una de las mayores películas (docudramas, es la palabra correcta) que se han hecho sobre el género: 24 Hour Party People, título tomado de un tema de los Happy Mondays, grupo auspiciado por Wilson a fines de la década de 1980 e inicios de 1990.
Indudablemente, la reciente muerte de Wilson ha sacudido la escena local inglesa y, sobre todo, del propio Manchester. 24 Hour Party People –infelizmente traducida al castellano como La fiesta interminable o El nuevo orden– cuenta la historia de esta movida, mejor conocida como Madchester, después del concierto de los Sex Pistols (que se han vuelto a juntar recientemente), al que sólo asistieron un poco más de cuarenta personas. Entre ellos estaba el grupo Warsaw, que luego se convertiría en Joy Division, con su mánager, Rob Gretton; el productor Martin Hannett y el propio Wilson. Se dice que Morrissey también acudió al concierto, pero lamentablemente no quiso ser considerado en esta producción, dirigida por el experimentado Michael Winterbottom.
Veamos uno de los tráiler donde Coogan se coloca en la piel de Wilson:
La película traza un arco entre la insurgencia de Joy Division, la muerte de su vocalista Ian Curtis; la reforma hacia New Order, los inicios de La Haçienda, el auge y caída de los Happy Mondays, el rave con las virtudes y defectos que apareja, y el cierre final de La Haçienda por lo mal que Wilson manejaba las finanzas de Factory Records, “un experimento sobre la naturaleza humana”, como se menciona en la cinta. Es la crónica de un grupo de gente que cambió, a pesar de todo, la historia del rock. Pienso que es un filme extraordinario, narrado con buen pulso y mantenido en buena parte por el carisma y el talento cínico del personaje de Coogan.
No tuvo estreno oficial en Lima (para variar). La primera vez que se vio fue durante un ciclo de cine europeo en la Ventana Indiscreta de la Universidad de Lima en 2004. Luego, durante un ciclo organizado en el centro cultural Peruano Británico, en mayo de 2005, la exhibimos junto a otros materiales fílmicos sobre el rock británico contemporáneo.
Doble tributo
En este contexto de revisiones sobre la década de 1980 –el propio Wilson tuvo que sacar un libro donde daba mayores luces sobre su caracterización en la película–, se ha anunciado el estreno de Control, dirigida por el trajinado danés Anton Corbijn, recordado director de videoclips de bandas como Joy Division, Depeche Mode y Nirvana, entre otras. Ahora, Corbijn nos ofrece una adaptación de la biografía Touching from a distance, de la viuda de Ian Curtis, Deborah Curtis.
El título de la cinta va de la mano con “She’s lost control”, una de las más notables canciones de Joy Division. Ha sido estrenada en el último Festival de Cannes, donde recibió muy buenas críticas. En Inglaterra debuta el 5 de octubre.
A diferencia de su predecesora, en esta ocasión Control se centra en la trágica vida de Ian Curtis. Era un cantante notable, que prefería las letras y las tonalidades sombrías, en las que reflejaba la soledad y el aislamiento en el mundo moderno. Curtis sufría de epilepsia –es conocido el ataque que sufrió en pleno concierto–, lo cual siempre motivó su aciago distanciamiento con el mundo. Pero otra razón que –se dice– inspiró canciones como “Love will tear us apart” fue el amorío que sostuvo con la periodista belga Annik Honoré.
Curtis tenía un peculiar estilo de presencia en el escenario, con su voz de barítono que lo hacía parecer de mayor edad. Hannett le dio a la banda el fondo sonoro que la volvía curiosamente peculiar en medio de la marejada punk de aquellos años, en los escasos comienzos de la década de 1980. Y fue un 18 de mayo de ese año que Curtis, mientras escuchaba El idiota de Iggy Pop, decidió acabar con su existencia.
Aquí el tráiler de Control:
Este avance refleja en detalle los tremendos e íntimos conflictos de Curtis. Todo suicidio en sí es un misterio, una decisión que denota la particularidad de quien la toma. Lo concreto es que, luego de la muerte de su vocalista, el interés por Joy Division no ha dejado de crecer y suscitar una larga cadena de fans en todo el mundo (el propio New Order solía interpretar sus canciones hasta antes de su reciente separación). Con Control –grabada enteramente en blanco y negro– es posible que se produzca un inmenso revival sobre esta etapa. Eso sería, en términos generales, relativamente bueno para un grupo aparentemente limitado a unos cuantos conocedores.
Lo lamentable es que Mr. Manchester no estará físicamente para ver la cinta. Pero estamos seguros que, en la compañía de Ian, Rob y Martin, como en esa escena de despedida en 24 Hour Party People, donde Tony Wilson cree divisar a sus compañeros idos y presentes, ahora la mente brillante de Factory Records disfruta a plenitud con la música que ayudó a crear.
Enlaces
Demasiado joven para vivir (crónica de El País).
Más sobre la muerte de Tony Wilson (El País).
La transmisión se inicia próximamente. Página oficial de Control (en inglés).
Noticias de New Order y Joy Division (en inglés).
En la imagen: Tony Wilson en So it goes, su programa en Granada TV.


