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EL HOMBRE QUE MIRA EL MAR

Publicaciones, Debate, Hablablog, Columnistas July 2nd, 2007

calderon fajardo.jpgUN DISCURSO REVELADOR DE AMOS OZ

Carlos Calderón Fajardo


En los últimos días, a propósito de la obtención por el novelista Amos Oz del Premio Príncipe de Asturias, se han publicado crónicas periodísticas en el Perú y en todo el mundo del lengua hispánica sobre este extraordinario escritor. Estas informaciones han sido un poco sesgadas, acentuando algunos aspectos de la vida y obra de Oz sin profundizar en la complejidad de la vida y la narrativa de este escritor y, sobre todo, de cómo su vida y sus novelas están imbricadas, íntimamente relacionadas. Por ejemplo, Juan Goytisolo declara la actitud de Amos Oz con respecto al conflicto árabe israelí. Conocida es la militancia pro árabe de Goytisolo, lo que interesa de Amos Oz al escritor español es su posición frente al conflicto entre árabes y palestinos, y no lo que se relaciona con la vida en Israel. Y de paso Goytisolo y otros, al mencionar sólo la acción política de Amos Oz, minimizan su valor como narrador.

En este sentido creo que vale la pena poner en conocimiento de los lectores peruanos el discurso que Amos Oz pronunció el 28 de agosto del año 2005 en Frankfurt, a propósito de recibir el premio Goethe, uno de los más importantes que se otorgan en Alemania a un escritor. En este discurso está expuesto lo que Oz cree sobre la condición humana y sobre los problemas del mundo actual. Amos Oz es un militante radical en la lucha por la paz y el reconocimiento del Otro. Es uno de los líderes del movimiento Peace Now y ha sido condecorado con prestigiosos premios de la paz como son el Fridenspreis (1992, Alemania), Caballero de la Cruz de Honor (1997, Francia), Premio Libertad de Expresión (2002, Noruega) y la Medalla internacional de la Tolerancia (2002, Polonia). Pero Amos Oz es también muy importante en su activismo político, a través de su producción ensayística y periodística sobre todo en relación al conflicto árabe-israelí, planteando que la solución del problema sólo es posible a partir del reconocimiento mutuo. Pero lo más trascendente en Oz no es su extraordinaria práctica política, sino su obra novelística, quizás porque en sus libros esta preocupación por el ser humano se condensa en extraordinaria novelas, en obras de ficción, de una profundidad humana y de una perfección estética difícil de igualar. Amos Oz vuelca en estas novelas sus preocupaciones filosóficas, teológicas, sociales y políticas. Su obra tiene un extraordinario espesor. Hay que señalar algunos puntos de su biografía para entender el porqué de esto.

Amos Oz nació en Jerusalem, la ciudad más sagrada del mundo, en 1939. Es decir, fue niño cuando acaeció el Holocausto. Un niño que sabe que los judíos están siendo exterminados en campos de concentración mientras juega como cualquier niño en la ciudad donde la impronta sagrada es la más poderosa de la Tierra. Luego estudia filosofía y literatura en la Universidad Hebrea de Jerusalem. Desde un inicio, filosofía y literatura van del brazo, la verdad de la ficción y la verdad filosófica. La obra de Amos Oz es una reflexión profundamente filosófica sobre el ser humano. Luego Amos Oz se va a trasladar a un kibutz donde va a vivir durante 25 años trabajando como maestro, época en que paralelamente escribe varias estupendas novelas. Es la etapa de la formación de una conciencia social, que lo convierte en un testigo lúcido de la vida en los kibutz y en un crítico acerbo de la política israelí. Luego, a finales de la década del 80, se traslada a vivir al desierto de Negev, donde continua edificando su extraordinaria obra narrativa, con ambiciones muy altas, y con un nivel de perfección estética admirable; al mismo tiempo se inicia como catedrático en literatura en la Universidad de Negev. Pero su condición de filósofo con formación académica, pensador social, militante político, maestro de escuela, profesor universitario, todas estas experiencias vitales y también sus reflexiones teológicas convergen en su actividad como narrador, como escritor de ficciones. Las crónicas periodísticas que han aparecido recientemente destacan el papel de hombre de paz de Oz o se señala el exotismo de su nacionalidad. En el mundo globalizado de hoy ya no existen escritores “exóticos”. Se ha puesto, sin desearlo tal vez, en un segundo plano el valor literario de las novelas de este escritor israelí. Sin embargo, creemos que no sería raro que, en un plazo corto, Oz obtenga el Premio Nobel de Literatura, pero también podría recibir el de la Paz. Su estatura moral se iguala a su calidad como escritor. Esto hace de Amos Oz un ser humano excepcional. Nos pareció relevante reproducir un resumen del discurso que pronunció al recibir el premio Goethe en Alemania. Léanlo, que creo que estos fragmentos de su discurso resumen el pensamiento que está en la base de todas sus novelas.

Amos Oz LA AGRESIÓN MADRE DE TODAS LAS GUERRAS

Amos Oz (*)


Hoy quiero hablarles a ustedes sobre Goethe y sobre el Diablo, sobre Lotte y sobre otra Lotte, sobre el árbol de la ciencia del bien y el mal, y por último también sobre un cierto placer oculto.

Cuando yo era un niño en Jerusalem, nuestro maestro nos adoctrinaba en una escuela judía ortodoxa sobre el Libro de Job. Hasta el día de hoy, todos los niños israelíes en edad escolar aprenden de memoria el Libro de Job. Nuestro maestro nos contaba cómo Satán ha recorrido todo el camino desde este Libro de Job hasta el Nuevo Testamento, y lo mismo que hasta el Fausto de Goethe y una larga serie de otras obras de la literatura. Y aunque también cada escritor había dicho algo nuevo sobre Satán, nuestro Diablo seguía siendo el mismo Satán de siempre, frío, divertido, sarcástico y escéptico. El destructor de la fe, del amor, de la esperanza. Estas tres cosas.

El Satán de Job –como el Mefisto de Fausto– se presenta como una apuesta. Su objetivo máximo no es ni un tesoro oculto, ni el corazón de una hermosa mujer, ni tan siquiera el ascenso a un rango superior en la jerarquía celeste. No; Satán inaugura un juego motivado en cierto modo didácticamente. Él quiere, con tesón, demostrar algo y refutar otra cosa. Con gran derroche de argumentos, el Satán de la Biblia y el de la Ilustración intentan demostrar a Dios y a sus ángeles cómo el hombre, puesto una vez más ante la elección, se decide siempre a favor del mal. El hombre, consciente y voluntariamente, elegiría siempre el mal contra el bien.

El hombre y el Diablo se entendieron tan bien entre si porque se asemejaban en muchos aspectos. En el Libro de Job, Satán, el perverso educador, comprende sagazmente, cómo la necesidad humana nutre y acrecienta la maldad. Desde la aparición del Libro de Job, Satán, el hombre y Dios vivieron hasta hace poco bajo el mismo techo. Los tres parecían conocer muy bien la diferencia entre el bien y el mal. Dios, el hombre y el Diablo sabían que el mal era malo y el bien bueno, Dios dominaba sobre el bien, Satán seducía y llevaba a todos a la tentación del mal. Dios y Satán jugaban en el mismo tablero. El hombre era su peón, así de sencillo era todo.

Por lo que a mí respecta, yo creo que toda persona es capaz, en su interior, de distinguir entre el bien y el mal. Aunque pretexte que no es capaz de hacerlo. Todos nosotros hemos comido del “árbol de la ciencia del bien y el mal”.

La misma distinción puede servir para designar la verdad de la mentira: tan inconmensurablemente difícil es definir y determinar la verdad como resulta comparativamente fácil descubrir la mentira. En algunos casos puede resultar difícil definir claramente el bien; pero el mal exhala un hedor inconfundible.

Pero la civilización moderna ha cambiado y modificado todo esto. Seres muy seguros de sí mismos, puramente racionales y totalmente científicos, piensan que tanto el bien como el mal no son tema de discusión. En su opinión, todos los impulsos humanos y sus acciones brotan de circunstancias que con harta frecuencia se hallan fuera del control personal de los individuos. Los demonios, según Freud, no existen. Nosotros estamos determinados por nuestro entorno social. Desde hace cien años intentan persuadirnos de que nos movemos exclusivamente por intereses económicos, y que somos simples productos de nuestras culturas étnicas, nada más que simples marionetas de nuestro subconsciente. Por primera vez en su larga historia, el bien y el mal están configurados por la idea que desde un primer momento las circunstancias son siempre responsables de las decisiones y las acciones, sobre todo del padecimiento humano. La sociedad es culpable. La niñez es culpable. Los políticos son culpables. Así comenzó el gran campeonato mundial en ser víctimas. Por primera vez desde el Libro de Job, el Diablo no tenía tarea que cumplir. No pudo practicar más su viejo juego con la cabeza y el corazón de las personas. Satán quedó despedido. Esto fue la época moderna.

Con harta frecuencia esta maldad se disfrazó de revolución universal o de idealismo. El totalitarismo se convirtió en la redención secular para algunos, al precio de millones de vidas humanas.

En este punto, quisiera detenerme un instante con ustedes y llorar por Johann Wolfgang von Goethe y por Weimar. Porque el Weimar de Goethe ha desaparecido para siempre. Y también ha desaparecido para siempre el Weimar de Thomas Mann. Weimar yace hoy cerca de Buchenwald. Lo que nos ha privado para siempre del Weimar de Goethe no ha sido el roer del tiempo, sino lo extremo, la maldad total del ser humano.

En su novela Lotte en Weimar, Thomas Mann hizo que Charlotte Kestner, que antes se llamaba Lotte Buff, visitara al anciano y famoso anciano Goethe en Weimar. Lotte en Weimar es un estudio sobre el lento desaparecer del recuerdo. Aún cuando Goethe todavía vivía, su era tocaba ya a su fin y se convertía en una leyenda. Pero Goethe y su antiguo amor Lotte pudieron aún pasear juntos por las boscosas colinas de Weimar. Y llegaron hasta un hermoso roble que sería conocido con el nombre de “Roble de Goethe”. El roble fue destruido por el bombardeo de la aviación aliada a fines de la Segunda Guerra Mundial. Y Weimar se convirtió en la ciudad vecina, en el lugar de trasbordo al campo de exterminio de Buchenwald.

Los nazis alemanes mataron no sólo a sus victimas, sino también a la inocencia, que envejecía lentamente, la de Weimar, la de Goethe y la de Lotte. El subtítulo de Lotte en Weimer podría ser también: “Los amantes retornan”. Pero los amantes no pueden regresar más. Nunca más.

El Fausto de Goethe nos trae siempre a la memoria que el Diablo es una persona, y no, por cierto, alguien que supera la persona individual; que el Diablo pone a prueba a todo individuo, una prueba que cada uno de nosotros puede o no puede superar. Que el Diablo es un tentador y un seductor. Que la agresión puede asentarse en cada uno de nosotros.

La bondad y la maldad individuales no son propiedad de cualquier religión. Ni siquiera son términos necesariamente religiosos. La elección de causar dolor o evitarlo, de mirar al otro cara a cara, ante esta elección se halla cada uno de nosotros varias veces al día.

Ponerse en el lugar de los otros es, en mi opinión, un contraveneno muy eficaz para combatir el fanatismo y el odio. Yo creo que los libros que nos impelen a imaginarnos a las demás personas son un antídoto muy eficaz contra las artimañas del Diablo, también de nuestro Diablo interior, el Mefisto que todos llevamos en el corazón.

Cuando yo era joven tomé la decisión de no poner un pie en territorio alemán y boicotear los libros alemanes. Pero me dije: si boicoteo los libros me volveré un poco como ellos. Günter Grass y Heinrich Böll, Ingeborg Bachmann y Uwe Jonson, y sobre todo, mi muy querido amigo Sigfried Lenz, me abrieron las puertas de Alemania. Ellos y algunos otros amigos personales alemanes me ayudaron a superar mis tabúes y me abrieron los ojos, y al cabo, también el corazón. Ellos me acercaron de nuevo a la fuerza regeneradora de la literatura. Por muy diversos motivos, a ellos les debo el hecho de que hoy pueda estar presente entre ustedes.

Ponerse en lugar de los otros constituye no sólo un medio de carácter estético: en mi opinión es también un imperativo moral. Y si ustedes me prometen que no van a delatar mi pequeño secreto profesional, les diré que ponerse en lugar de los otros es también un placer humano muy profundo y sutil.

(*) Discurso de gratitud con motivo de la concesión del premio Goethe en el año 2005.

EL HOMBRE QUE MIRA EL MAR

Hablablog, Columnistas June 13th, 2007

calderon fajardo.jpgEL RECONOCIMIENTO DEL OTRO PARA SER UNO MISMO

 

Por: Carlos Calderón Fajardo

En un reciente evento académico, la filósofa Soledad Escalante nos hablaba de la problemática del reconocimiento entre personas y grupos que permite el desarrollo de la identidad. Este es un problema fundamental no sólo dentro del campo de la filosofía, la teología y la ética, sino también de la sociología, la política, la literatura y la vida cotidiana en todas sus manifestaciones. El tema ha adquirido gran importancia por encontrarse relacionado al de la exclusión y al de las diferencias entre las personas. En la vida cotidiana la gente lucha por el reconocimiento, lucha por ser aceptada tal como es.

Hace un tiempo, Gonzalo Portocarrero escribió en su blog que los literatos sufrimos de la “enfermedad del reconocimiento”. Aunque esto es relativamente cierto, Portocarrero lo decía en tono peyorativo. Si hubiese leído el capítulo IV de la Fenomenología del Espíritu de Hegel tal vez otra hubiese sido su opinión. La idea básica de Hegel es que para las personas el reconocimiento de los otros es necesario, porque no basta verse a sí mismo. El reconocimiento del otro es fundamental. No hay que confundir entonces la desesperada búsqueda de fama con la normal necesidad de reconocimiento de alguien que necesita saber que hace bien su trabajo y que es reconocido por ese hecho. Sobre todo cuando hay pocos reconocimientos de otro tipo: económicos, sociales (un literato es mal visto socialmente hasta por su propia familia). Pero el tema del reconocimiento va mucho más allá. Uno reconoce al otro y esto está vinculado a una construcción de una identidad de clase, de cultura, de edad, de familia, de religión, de valores. Pero sólo cuando el reconocimiento de un yo se produce como un nosotros, es cuando se realiza el paso del individuo a formar parte de una comunidad. Pero si según Hegel el yo tiene que darse como un nosotros, esto no es fácil en un mundo que ha intensificado las diferencias. Pero lo más importante es el tipo de reconocimiento. Sólo hay verdadero reconocimiento cuando el individuo se coloca en el lugar del otro para constituir el nosotros.
 
La extraordinaria idea comprendida dentro de esta reflexión, que también está en filósofos como Levinas, es que no es posible construir nuestra propia identidad sin el reconocimiento de la identidad del otro. Como dice Levinas, no hay posibilidad de humanidad “sin ver la cara del otro”.

Ya que estamos es un blog literario, podríamos poner como ejemplo que es imposible construir una identidad literaria costeña, urbana, occidental y cosmopolita, sin el reconocimiento de otra identidad que sustenta una literatura andina, rural, tradicional no cosmopolita. Esta idea ya la encontramos en nuestros grandes pensadores clásicos, en Gonzáles Prada, en Mariátegui, en Basadre, en Víctor Andrés Belaunde, en Arguedas, etc. Pero estaba centrada en el reconocimiento de lo andino para la reivindicación del indígena, considerado como factor esencial de nuestra nacionalidad. Pero estas posiciones pasaban por reconocer que existía una gran injusticia en nuestro país, la del relegamiento y explotación del indio (Gonzáles Prada, Mariátegui) o que somos mestizos (Arguedas). La evolución de esta idea ha dado un paso adelante. La originalidad de la idea hoy planteada es que para ser nosotros mismos, es imprescindible el reconocimiento del que no somos, no sólo para hacer justicia con el otro sino para hacer justicia con nosotros mismos, independientemente de si somos mestizos o no. Justamente en el reconocimiento del que es totalmente distinto a nosotros radica la posibilidad de reconocernos a nosotros mismos.

Dicho gruesamente, y volviendo a este malhadado pero significativo debate entre costeños y andinos, que no es nuevo sino secular: hispanistas versus indigenistas, puros contra sociales, limeños contra provincianos, el problema siempre ha sido el mismo: el no reconocimiento de lo andino por lo costeño. Antes el problema era parte de la discusión intelectual, no había necesidad que la sangre llegue al río. Pero hoy han cambiado las circunstancias históricas y sociales, y es inaceptable el no reconocimiento de una parte del Perú por una minoría, ya que ese otro Perú se ha ganado el reconocimiento a fuerza de mucho sufrimiento y trabajo. El Perú de hoy ya no es el de hace veinte años y como continúa el no reconocimiento el debate ya no puede darse como una conversación entre caballeros. Es explicable (no justificable ni enriquecedor) que la respuesta al menosprecio haya sido el vituperio, porque no hay que olvidar que están muy frescos los infaustos hechos de una guerra civil, que de alguna manera son parte de este problema. Este debate es parte de la literatura sobre la violencia en el país.

Retrotrayendo el problema planteado por Hegel, de que no podemos ser “yo” sin ser “nosotros”, no podemos como peruanos adquirir una real identidad como “costeños” sin aceptarnos “andinos”. Esto parece imposible, y es difícil  que ocurra en el corto plazo, pero si no sucede no seremos nunca un país integrado, digno, justo y democrático. La democracia no sólo se limita votar cada cierto tiempo o a la libertad de expresión. La democracia es la igualdad de posibilidades para todos y el reconocimiento de que todos somos iguales, con los mismos deberes, pero también con los mismos derechos. No vivimos en la democracia griega donde un grupo de nobles atenienses tenía el derecho a tomar la palabra en el ágora. Pretendemos vivir en una democracia moderna donde todos tengamos el derecho a que nuestra palabra sea reconocida.

El verdadero reconocimiento del otro (no del otro semejante, sino del que es diferente) es más complejo que simplemente decir que yo, por ejemplo, como escritor “costeño”, reconozco el valor y la calidad literaria del escritor andino, etc. La originalidad del paso adelante es mucho más que eso. Implica que este reconocimiento para ser válido supone ponerse en el lugar de lo que no soy, en ser parte del otro. Para ser “costeño” me es indispensable ser “andino”, del mismo modo que para ser realmente masculino debo reconocer mi parte femenina, para ser realmente rico (en el mejor sentido de la palabra) debo comprender lo que significa ser pobre. Y en esta comprensión “sentirme” pobre es hacer de la pobreza MI problema.

Estas ideas son las verdaderamente revolucionarias en un mundo signado por la exclusión, la marginación, la pobreza. Son válidas para los seres humanos en general, pero en la actualidad han adquirido ribetes dramáticos porque justamente los hechos que están ocurriendo demuestran lo contrario al reconocimiento. Sarcozi gana las elecciones en Francia con una plataforma política cuyo punto central es el no reconocimiento del otro. La comunidad europea es un mito, porque en cada país hay fuertes resistencias para el reconocimiento del otro, y en una realidad de ese tipo no se puede establecer una Constitución Europea. Los conflictos entre árabes y judíos no se solucionan por falta del reconocimiento del uno por el otro. En los Estados Unidos, nación creada por inmigrantes, se busca convencer a los inmigrantes antiguos que para lograr una identidad realmente norteamericana hay que fomentar una política de no reconocimiento de los nuevos inmigrantes, sobre todo hispanos.

El Perú es un país fracturado, donde nunca llegaremos a sustentar una identidad personal sin el reconocimiento del otro, y mucho menos construir una identidad colectiva. El padre Gustavo Gutiérrez, también en un evento reciente, nos decía que sin el reconocimiento del otro, pero no de cualquier otro sino sin el reconocimiento del pobre, no se podía hablar de un cristianismo auténtico. Pero basta ir a cualquier iglesia de Lima para percatarse de que en el templo los ricos se sientan adelante y los pobres atrás. Y que hay iglesias para ricos e iglesias para pobres. No se puede rezar en el templo anunciando que después del amor a Dios está el amor al prójimo, y cinco minutos después, fuera del templo, estamos odiando y discriminando al prójimo y, peor aún, al más débil. No soy sacerdote, pero supongo que ésa es una grave ofensa a Dios. Los católicos no pueden traicionar tantos las ideas fundamentales del catolicismo, sin pagar la factura, que los católicos pobres, que son la mayoría en América Latina, se conviertan en pentecostales y a otros grupos evangélicos donde no se da ese tipo de práctica religiosa. Para que esto no ocurra, para que los templos no se queden vacíos, los católicos ricos deben reconocer como iguales a los católicos pobres. Hay que propiciar que se mezclen todos los fieles dentro de la iglesia y no ocupar zonas distintas. Y si somos realistas, en el Perú de hoy alguien con cara de pobre puede tener, y lo tiene, mucho más dinero que un hombre que con cara de rico que en realidad es pobre. Las inconsistencias de status son muy peligrosas. La relegación de gente que no se le merecía fue, quizás, el caldo de cultivo de donde salieron los dirigentes de los grupos que se alzaron en armas.

Soledad Escalante, al reflexionar en esta necesidad de reconocimiento del otro, se apoya en Hegel y fundamenta sus ideas a partir de la dialéctica de la auto-conciencia. Hegel sostiene que “la autoconciencia sólo se alcanza al reconocer la autoconciencia del otro”. La propia autoconciencia sólo es posible a través de la autoconciencia del otro. En esto se basa la dialéctica del reconocimiento. Y hace posible el diálogo intersubjetivo. Nos preguntamos: ¿es esto posible? O estaríamos en un mundo hegeliano, idealista, cuando en la realidad la autoconciencia, la identidad personal se la está buscando en la negación del otro. Por ejemplo, en los Estados Unidos de Bush o en la Francia de Sarcozi, en el conflicto entre palestinos e israelíes, en la negación constante del que es diferente a nosotros como la forma esencial de ser nosotros mismos. Por ejemplo, para ser un escritor al estilo de Vargas Llosa tengo que negar a Arguedas, para ser un escritor en la ruta trazada por Arguedas debo negar a todo lo que se parezca a un tipo de escritor como Vargas Llosa. No sólo hay una negación, sino violencia en esta negación; la violencia que se traduce en la práctica en la forma de  silenciamiento del otro, o en el vituperio contra el otro. Entonces desaparece el debate, el derecho a la diversidad, y el engrandecimiento de una literatura justamente por su diversidad. Un mundo de ideas que debería enriquecerse por el reconocimiento del otro da paso a todo lo contrario: a la lucha fratricida, a los insultos y las mil formas sutiles de negar al otro, como forma de autoafirmar soberbia o de manifestar resentimiento.

Estos fenómenos rebasan obviamente lo literario. Está en la política, en las elecciones para presidente de la República, en el conjunto de nuestras actividades cotidianas, en las formas como se expresa nuestra subjetividad, en las distintas sensibilidades en conflicto. Finalmente en la imposibilidad de crear nación, y de hacerla viable. Si no se lucha por el reconocimiento, entonces las vías de la paz se agotarán. Los inmigrantes hispanos le harán la vida imposible a Bush; los inmigrantes de origen africano o los musulmanes le harán la vida imposible a la Francia de Sarcozi y, por desgracia, a los franceses que no votaron por Sarcozi. Y en América Latina los pobres le harán la vida imposible a los ricos propiciando invasiones, asesinato de autoridades, delincuencia generalizada. Y en el Perú no se podrá vivir en paz nunca porque los pobres le harán la vida imposible a los ricos por la sencilla razón de que los ricos no se cansaron nunca de hacerle la vida imposible a los pobres. Hasta que un día todas estas formas de violencia estallarán. No se necesita ser profeta para predecirlo. Cuando eso suceda se habrá agotado el camino de la paz y estará reabierto el camino de la guerra. Fracasado el camino del reconocimiento del otro, quedará abierta como posibilidad la total negación del otro, es decir el aniquilamiento del prójimo por el que no ha sido reconocido como prójimo.

¿Esto se puede evitar? La pregunta es en quién reposa la tarea de lograr en nuestra colectividad el reconocimiento del otro. ¿Es una actitud de todos en relación a todos? ¿De cada uno en relación al otro? Esto último probablemente no se va a producir por la naturaleza misma de los animales, a los que pertenece el ser humano, que sólo tienden a reconocer a sus semejantes. Todo el que no es igual a uno, representa peligro y mecanismos de defensa. Salvo quizás en la relación entre el hombre y el perro. Pero eso implica que unos vivan como hombres y otros como perros. Como fieles acompañantes del hombre. Es difícil imaginar una rebelión de los perros contra el hombre, pero una rebelión del hombre contra el hombre está implicada en los actos de todos los hombres, y de los hombres unidos en colectividades cuando se niega el reconocimiento. Si la lucha del reconocimiento del otro no depende de las personas individuales, no basta que un rico reconozca a un pobre como igual, mientras que miles de ricos no necesitan reconocer como semejante a millones de pobres para poseer identidad y conseguir reconocerse entre semejantes. En otro ejemplo: ¿de qué sirve que un hombre reconozca a una mujer como igual, cuando millones no lo hacen? ¿De qué sirve que unos cuantos blancos reconozcan que son iguales a los que no son blancos, si la mayoría de los blancos necesitan considerar a los no blancos como inferiores para autoafirmarse? ¿De qué sirve que un escritor costeño y cosmopolita reconozca como propio a un escritor andino si decenas de otros escritores “costeños” no reconocen a su pares “andinos” como parte de un todo? Lo que motiva como respuesta la reacción de decenas de escritores “andinos” que terminan rechazando tajantemente a los escritores “costeños”. Rechazo que reconvierte en odio. Y odio en violencia. Por ahora es verbal.

¿Es superable esta situación? ¿O no hay que remediarla, sino profundizar el odio? Esa es una cuestión fundamentalmente ideológica: o se cree en la paz o se cree en la guerra. Si se está por el lado de la paz -no al rechazo del otro, sí al reconocimiento del que es diferente-, ¿en manos de quién está la solución al problema? ¿En manos del Estado? ¿En la de los medios de comunicación? ¿En la responsabilidad social de intelectuales con altos niveles de autoconciencia?

Como dicen los marxistas,  la teoría no es nada sin la praxis. Hay que distinguir entre lo que un hombre dice y lo que hace. Lo real está en la praxis, no en la teoría. En lo que hacemos, no en lo que decimos. Esto es válido para los que se dicen liberales y para los que se autoproclaman socialistas. Como dice la Biblia: “Por sus frutos los reconoceréis”. O en Juan 12,24: “Para dar fruto hay que saber morir a sí mismo”.

Lobo doméstico

Hablablog, Columnistas June 8th, 2007

aguirre.jpgLOS CABALLEROS NO HABLAMOS DE ESAS COSAS (PERO SÍ LAS ESCRIBIMOS)

 

Por: Leonardo Aguirre

Mi primer libro, Manual para cazar plumíferos, se cierra con una pieza titulada “Mi vida en Beatles” y subtitulada “Ticket to ride across the universe of my golden slumbers”. Honestamente, escribí ese cuento con la intención medio tramposa de tapar el sánguche y darle un barniz de coherencia y continuidad a una colección más bien heterogénea. Por eso, además de contar anécdotas verídicas de mi infancia y adolescencia vinculadas con la discografía beatle, me las arreglé para incluir el making of (también verídico) de cada uno de los relatos anteriores. Y sucede que, en la mayoría de los casos, ese making of comprometía la decencia de alguna mujer. Sin embargo, una está en Italia y de ninguna manera leerá ese libro. Otra está en Trujillo y, hasta donde sé, será imposible que lo consiga pues allá no se vende mi Manual. Una tercera sí vive en Lima y, aunque no puedo asegurar que haya leído las pestes que dije de ella, intuyo que, por lo menos, algo le habrán chismeado: después de la presentación del Manual, me la he cruzado tres o cuatro veces en sendas fiestas y nunca aceptó bailar conmigo.
 
Pero la cuarta, quizá la más perjudicada, sí que me armó un berrinche. Aunque tampoco le sirvió de mucho; como resulta evidente, una vez más escribiré sobre ella.

Sucede que un año antes del bendito libro, G. y yo tuvimos una especie de romance. Y no digo romance a secas porque se trataba de una relación extraña, híbrida, clandestina y culposa. Algo así como amigos cariñosos o amigos con privilegios. Y no podía ser de otra manera pues G. ya estaba casi comprometida. Yo me metí por los palos sabiendo que el famoso novio estudiaba una maestría en Contabilidad al otro lado del charco.

Ya escribí antes sobre un taller de narrativa informal animado por un puñado de amigos de Comunicaciones y este servidor. Y también mencioné que los mejores ejercicios de ese taller se convirtieron después en un volumen de cuentos titulado Papel cometa: 6 cuentos y 1 bonus track que publicó la propia Facultad de Comunicaciones de la PUC en el 2004, con prólogo de Abelardo Sánchez León. Pues bien, mi amiga con privilegios se encargó, precisamente, de diagramar los textos y diseñar la portada. Dado que G. era la diseñadora oficial de la facultad y yo, digamos, era el vocero del taller, resultaba natural que trabajáramos juntos. De hecho, ella acudió tres o cuatro veces a nuestras reuniones dedicadas exclusivamente a discutir la selección final. Y, lo más importante, pasé muchas noches en su casa revisando la diagramación y corrigiendo las tildes. Así surgió el romance y así lo conté en el relato susodicho. Con pelos y señales, con puntos y comas. Describiendo, paso a paso, el largo y tortuoso camino de las teclas al catre y de los (dos) paréntesis al punto final.

Pero el novio, intempestivamente (parece que ya se las olía), decidió regresar a finales del 2004, días antes de la presentación de Papel cometa (el fruto el taller, el fruto de su vientre), y pasó la navidad con G. No lo soporté. Ella no sé si tal vez. El caso es que dimos por cancelada nuestra inconfesable relación la misma tarde de la presentación del volumen, en un salón del pabellón Z, mientras compartíamos un pisco sour más frío que nunca. Terminamos de forma muy civilizada. Nada de besos, nada de abrazos, nadie lloró. Hubo fuego pero no quedó ni un solo punto de ceniza.

Ésa fue la última vez que la vi. Pero no fue la última vez que supe de ella. Un año más tarde, y una semana antes de presentar el Manual, G. me llamó al celular. Yo estaba tirado en el sillón, viendo un partido insulso de la premier league, y ella, según me explicaba, seguía trabajando en la oficina de la facultad y en ese mismo instante estaba mirando el monitor y corrigiendo un párrafo de mi libro. Sí, mi libro. La versión final en un archivo adjunto que me envió Ezio Neyra la noche anterior.

Entonces recordé que Don Huevón le había dado el password un año antes, cuando todo era felicidad entre nosotros (y cuando el otro Don memorizaba números mientras yo disfrutaba de una mayúscula ortografía). Aquella vez, como aún no tenía  internet, el muy amarrete de Don Huevón se ahorraba una luca llamando a G. para que le leyera todos los correos por teléfono. Bueno, sí, era un huevón, pero también estaba enamorado (es lo mismo, en realidad). Y lo peor de todo es que a Don Huevón nunca se le ocurrió cambiar el password. ¿Don Huevón? Reverendo Huevón.

Así que la doña, según parece, nunca dejó de vigilar, sistemáticamente, mi buzón. Y entonces encontró el correo de Ezio y encontró el libro y encontró “Mi vida en Beatles” y encontró un largo párrafo que versaba, con lúbrica prolijidad, sobre todas aquellas noches en su casa dizque trabajando en la corrección de Papel cometa.

Esa llamada terminó con una amenaza: “Si no borras ese párrafo, yo misma lo haré. Y mañana o pasado publicaré tu libro con ése y otros cortes, antes de la publicación de Matalamanga.”

No lo hice. Pero esa llamada me dejó sicoseado y resolví operar algunas modificaciones destinadas a proteger la identidad de la víctima. Nada importante: otro color de pelo, un chaplín en vez de apellido, lunares y no pecas, ese tipo de cosas. No alteré la historia. No suprimí al contador. Quité las pecas, dejé los pecados. Y supuse que con esas enmiendas sería más que suficiente. Además, cómo no, injerté tres líneas de teoría literaria para dummies sobre la naturaleza de la ficción.

Sin embargo, la doña no se contentó con eso (Don Huevón le mandó de inmediato un adjunto con los retoques) y su segunda llamada fue una segunda amenaza: “Además del libro cortado, iré a tu presentación y te haré un escándalo. O quitas todo el párrafo o ya sabes qué.”

No lo hice. Peor aún, sin hacer un censo previo de toda la concurrencia, esa noche de la presentación del Manual me armé de valor (o conchudez) y agoté mis veinte minutos de micrófono contando, grosso modo (sin detalles gruesos), la misma anécdota de este post.

G. no se apareció. No hubo brindis con pisco sour. Nunca más volvió a timbrar mi celular. Y yo me olvidé el asunto hasta que, una mañana, meses después, mientras paseaba por Quilca, me tropecé con mi segundo libro. Mi segundo libro y yo ni me había enterado. En la sección de remates de china de una librería especializada en libros de computación, junto a números pasados de PC world y Mecánica popular, descubrí veinte ejemplares de un volumen de relatos escritos por Leonardo Aguirre cuya portada era negra con letras rojas. No había solapa, no había foto, no había currículum. Revisé el índice y, obviamente, faltaba el último relato. Como soy medio exquisito, me negué a aceptar la existencia de ese libro artesanal y mutilado y, en el acto, compré esos veinte ejemplares y otra docena más que el anciano guardaba en la trastienda.

Y luego, cómo no, apenas llegué a mi jato apliqué la técnica de mi pata Soria. 

Desencantos

Hablablog, Columnistas June 6th, 2007

guich.jpgLA LEY DEL GARROTE

 

Por: José Güich Rodríguez

La historia del continente demuestra, con abundantes ejemplos, la pervivencia de la ley del garrote. He improvisado esta poco elegante metáfora para exteriorizar mi repulsa, seguramente compartida por muchos hombres y mujeres del mundo, frente el atropello que la libertad de pensamiento y de expresión acaba de sufrir en Venezuela. Después de cincuenta y tres años de trayectoria, a un canal de televisión influyente y querido por la ciudadanía se le ha impedido proseguir sus actividades. Su horrendo delito: ser abanderado de la oposición democrática y no acceder a los caprichos del dictador, ansioso por ver a todos con la cabeza baja, acatando sin protestar sus demagógicos actos de albañal.

La argucia estaba ahí, a un tiro de piedra, solventada, de hecho, por lacayos y ujieres de la más baja estofa: no se renovó la concesión de Radio Caracas Televisión. La señal salió del aire, para ser reemplazada por un remedo de canal que “se encargará de defender y salvaguardar al pueblo de los pérfidos oligarcas”. Es tragicómico comprobar que, una vez más, un cacique con delirios napoleónicos pretende moldear la realidad a su gusto. Yo no consideraría precisamente oligarcas a las humildes señoras, entrevistadas por periodistas extranjeros, que expresaban -con improperios y llanto- su terrible pena por el fin de una era.

Esta vez, el caudillo mediocre se llama Hugo Chávez, que en medio de sus delirios mesiánicos y redentoristas, no es nada más que el último de la fila en una larga lista de tiranos que avasallaron de un plumazo, y con la ayuda de sus tanques, a la prensa independiente y crítica. “La historia es una farsa repetida a menudo” decía el entrañable Washington Delgado en uno sus grandes poemas. Cuánta razón tenía y cómo lo extrañamos.

Es una tragedia que un homínido tan poco evolucionado, espurio conductor de “los sagrados destinos de la República Bolivariana de Venezuela”, haya monopolizado un discurso trasgresor que jamás debió abandonar su territorio natural. La culpa es de los intelectuales vendidos de costumbre y los políticos camaleónicos que ladran, aquí, allá y en todo lugar, por un mendrugo de poder. Provoca vergüenza ajena el contemplar cómo, una vez más, sicópatas como el militarote de marras, apoyándose en una “izquierda” prostituida, hipócrita y traidora (una afrenta para los que sí pertenecemos sincera y auténticamente a esa orilla ideológica, y así moriremos), y además, en nacionalistas oligofrénicos -la peor lacra de nuestros inestables países-, desprestigian los fueros del compromiso por un mundo más democrático y justo que se articule desde una mirada socialista crítica, pensante e imaginativa y, sobre todo, consecuente.

Subleva ver cómo Chávez reclama para sí la lucha contra lo que él llama el Imperio, cuando bajo la mesa hace suculentos negocios con los Estados Unidos. ¿Quién puede tomarlo en serio? ¿Quién puede tomar en serio a Humala, su rastrero acólito en nuestros lares, quien solo hace unas horas declaró su simpatía por las medidas de su amo, al que mira arrobado cuando viaja con todos los gastos pagados a besar los pies de quien le da de comer? Pienso en el perrito convertido en símbolo de la RCA Victor.

Chávez ha basado su gritería de bravucón de barrio en el petróleo que le vende a Washington en cantidades industriales. Gran parte de éste sirve para mantener operativos los vehículos de la horda de ocupación que Bush, tan pletórico de estulticia como el venezolano, aún osa mantener en el castigado Irak. Su política clientelista ha comprado las conciencias y los estómagos de los sectores más pauperizados, como aquí hizo la despreciable alimaña llamada Alberto Fujimori Fujimori, junto a su simbionte Vladimiro Montesinos. Estos dos reptiles también esparcieron el cáncer de la corrupción en los medios de prensa locales, asociándose también a crápulas del mundo empresarial, capaces de sacrificar valores sustanciales a cambio de prebendas y beneficios.

Sus esbirros son los mismos miserables que hoy quieren enlodar la memoria de un gran hombre, como fue Gustavo Mohme, y desprestigiar a un diario valiente como “La República”, que estuvo al pie del cañón en el combate que libramos en el 2000 contra la dictadura por la recuperación de la democracia. La cloaca en que se ha convertido el diario “Expreso”, representante de la derecha más cavernaria y pútrida, es un capítulo en la historia universal de la infamia.

Si alguien me proporciona el nombre de solo un magnate de las finanzas, de la industria o de los servicios que no haya apoyado a Fujimori -exceptúo a Don Gustavo- en alguna hora de su vomitivo proyecto autoritario, me retractaré y haré lo que no hago hace mil años: confesarme ante un cura y rezar cien padres nuestros, en castigo por hablar mal de las personas honorables. Pero encontrar a ese egregio personaje es como pedirle peras al olmo. Así que cura y confesionario pueden aguardar otro milenio, por la gracia de Dios. Habría que revisar el directorio de la Sociedad Nacional de Industrias para taparnos la nariz por el hedor que emana de ahí. Si no, que le pregunten a Dionisio Romero, a quien ningún fiscal osaría, ni por asomo, colocar en el banquillo de los acusados. Y de los académicos vendidos por un plato de lentejas, como Macera y compañía, muchas líneas se han escrito, pero nadie los ha declarado felones, como bien lo hubiesen merecido.

Pese al desencanto mayúsculo (el soporte de esta columna), aún existe la esperanza de que la ignominia del sátrapa llanero sea el principio del fin de un régimen sembrador de divisionismo y discordia en América del Sur. Probablemente hoy, cuando vocifera necio y seguro de su posición “revolucionaria”, y dispara sus proyectiles por doquier, estemos asistiendo al inicio de su caída. Que así sea. No permitamos que el proyecto dictatorial del fascista encubierto que es Chávez se esparza a otras naciones.

Los intelectuales comprometidos con una sociedad democrática y más humana deben unirse en una batalla final por la libertad de Venezuela, que al fin y al cabo, es la de todos. Los foros internacionales serán el eje de la lucha. ¿Qué esperan los activistas de las ONGs locales para organizar un serie de plantones frente a la Embajada del país hermano? ¿Cuándo iniciamos el combate por los principios eternos? Yo me anoto en la lista sin tapujos o falsos pudores.

No toleremos la complicidad; la enfermedad puede propagarse sin control. Una nueva mística de izquierda, honesta y con fe en el futuro, deberá surgir de las tinieblas. Ha de ser tan sólida, ética y consistente que no permita la llegada de ambiciosos o de bárbaros seudo contestatarios, capaces de retroceder la causa de las necesarias reformas ciento cincuenta años. Por ahora, el mejor aliado de los neoliberales salvajes es Hugo Chávez. Los Ghersi, los Espá, los Tafur, los fujimoristas y los truhanes de “Expreso” han de estar felices por lo que, según su fina sensibilidad, es la cancelación definitiva de la eterna utopía vía el patético chavismo. Pero soñar no cuesta nada, jóvenes turcos. Sigan buscando “caviar” debajo de la cama.

DESENCANTOS

Hablablog, Columnistas May 25th, 2007

guich2.jpgEL OLVIDADO PILOTO DE ENEAS

 

Por: José Güich Rodríguez

Con toda justicia, el mundo celebra en estos días la cuarta década de Cien años de soledad, la novela de  Gabriel García Márquez que marcaría el punto culminante del fenómeno conocido como el “boom de la literatura latinoamericana”, inventado en términos publicitarios por Carlos Barral y el crítico Rodríguez Monegal. Al margen de los hábiles cálculos de la industria emergente de esa época, existen varias obras que, por auténtica calidad, podrían reclamar tranquilamente un sitial al lado de la esplendorosa saga macondina. La mayor parte de ellas fue publicada entre 1962 y 1970. Resultaría ocioso un inventario al respecto, pues ya es de largo conocimiento público qué textos pertenecen a ese Panteón por los siglos de los siglos.

Es inobjetable, por otro lado, que los gustos han cambiado, y eso afecta la sólida posición de libros otrora inamovibles en el canon. Hoy, por ejemplo, está de moda desvirtuar las bondades de Rayuela que, al ser publicada en 1963, devino un icono de las nuevas praxis narrativas. Permítanme el disenso: fue, es y será una proeza genial la de don Julio, pero su erudición y cosmopolitismo la convirtieron, lamentablemente, en un libro del cual todos hablaban pero muy pocos leían -o leían demasiado en serio, cuando la intención de Cortázar no era ni ser solemne ni crear un culto religioso para críticos ansiosos de perennizarse-. El público promedio nunca la celebró como debía, puesto que el Gran Cronopio proponía modelos de recepción inexistentes o incomprensibles para una masa de lectores que aún quería ver la palabra “Fin” muy bien señalada en la última página. Además, los metatextos  que proliferaron durante años ahuyentaban hasta al más valiente excursionista.

En el anodino presente, los jóvenes ya no juegan a Oliveira y a la Maga ni sueñan con ir a París para asistir al funeral de un paraguas inservible, observar gatos, escuchar a Bird o hacer el amor toda la noche en un hotelito de mala muerte, mientras la ciudad es sacudida por la lluvia. Respecto a si este gran divertimento cortazariano ha envejecido, quedan, sin duda, muchas páginas por escribirse. La muerte de Artemio Cruz (1962), por su parte, se mantiene vigorosa, aunque La región más transparente (1958) ha incrementado sus bonos, pese a su estructura más compleja y radical. Estas novelas del mexicano Carlos Fuentes -añado el relato Aura (1962)- configuran, en mi opinión, lo más logrado de su autor, quien después se dedicó a reelaborar una y otra vez los temas y obsesiones de su brillante producción inicial. Y en cuanto a Vargas Llosa, es casi una perogrullada colocar La casa verde o Conversación en la Catedral como las novelas acompañantes de Cien años de soledad en cuanto a la culminación de un proceso modernizador al interior de la literatura latinoamericana, que se sacudía de la dependencia intelectual, y fundaba usos y lenguajes de extraordinario vuelo estético.
He mencionado los destinos de las cuatro figuras de mayor repercusión mediática; uno de ellos, Cortázar, falleció en 1984; los otros tres no pueden dar hoy un paso o formular una declaración sin que se produzca el alboroto de la prensa especializada y éste exceda los límites de páginas, siempre marginales. Se habla de un acercamiento entre GGM y MVLL, propiciado por amigos comunes. Carlos Fuentes mantiene su inquebrantable amistad con el colombiano, mientras está distanciado del peruano por cuestiones ideológicas, ya que nuestro crédito es un fanático converso al liberalismo, al tiempo que sus viejos amigos de juergas barcelonesas aún se proclaman izquierdistas, defienden tenazmente a Cuba y son recibidos por Fidel. Cosas de escritores, dirían las viejas consejas (o “líos de blancos”, según el pueblo llano, apenas preocupado por sobrevivir, ajeno por completo al universo de los libros).

Como rastreador de aniversarios insólitos, quisiera destacar otro acontecimiento literario, que probablemente pasará desapercibido. No afectará la rotación del planeta ni le quitará el sueño a algún mortal. En 2007 se recuerdan -al menos, yo lo hago ahora- los treinta años de la publicación de la novela Palinuro de México, de Fernando del Paso (1935). Esta obra maestra del escritor nacido en el DF -también autor de José Trigo (1966) y de la extraordinaria Noticias del Imperio (1987)- también ha sido víctima de un extraño destino, semejante al de Rayuela: es mil veces citada, pero cuenta con lectoría bastante exigua, si la comparamos con los seguidores de la familia Buendía y de su tropical genealogía.

Del Paso ya era un autor prestigioso, gracias a José Trigo, cuando se produjo, en octubre de 1968, la tristemente célebre matanza de Tlatelolco. El gobierno mexicano  asesinó a trescientos estudiantes en la llamada Plaza de las Tres Culturas. Eran los días previos a las Olimpiadas.  Los jóvenes, indignados con la corrupción política y por el uso cínico y manipulador de los Juegos, en un país  castigado por la pobreza, tomaron las calles. Todo un movimiento literario se gestó a partir de esos lamentables sucesos, que aún es evocado como símbolo de la represión y el autoritarismo de gobiernos despreciables con fachada de democracia.

Según las palabras del propio novelista (a quien tuve el gusto de conocer en Buenos Aires, en octubre de 1993), la elaboración de Palinuro de México se inició el mismo año de la tragedia. Como muchos intelectuales y escritores mexicanos, el episodio de Tlatelolco se convertiría en una pesadilla que solo fue exorcizada a través de los fastos de la creación. Le tomó siete años a Del Paso culminar el insólito proyecto, en el que se ensamblan múltiples temas de índole literaria, artística, histórica y científica, además de las inacabables referencias a la publicidad, a la que el autor le dedicó por catorce años hasta que partió, en viaje tardío, a Londres y luego  a París, para trabajar, primero, en Radio Francia Internacional y, luego, en la UNESCO. Con los años, desempeñaría el cargo de Embajador de su país en ese organismo internacional.

 Las deudas con Joyce y Rabelais son más que evidentes, pero hay una larga lista de autores, entre ellos Swift, Sterne, Bierce y Pérez Galdós, que son magistralmente parodiados a los largo de los veintitrés capítulos. La novela incluye una reelaboración de la Comedia del Arte, en la que los protagonistas (los entrañables Palinuro, Estefanía, Walter, Fabricio y otros) encarnan, merced a continuos desdoblamientos, a Arlequín, Colombina y Pantalone. La pieza, “Palinuro en la escalera o el arte de la comedia”, se convierte en una delirante y surrealista representación de los horrendos sucesos de 1968, tema que con variaciones es desarrollado a lo largo de las casi ochocientas páginas del libro. Probablemente esas dimensiones hiperbólicas, así como las exigencias discursivas, hayan sido el inconveniente para la plena aceptación de la novela como uno de los hitos máximos de la literatura hispanoamericana. De algún modo, cierra el ciclo de las obras totalizadoras que pretenden ampliar los horizontes y naturaleza de la escritura.

Don Fernando, ser humano sencillo y amable como pocos, también me confió, en esa charla de cuarenta y cinco minutos, que el tamaño descomunal de la novela había impedido su inmediata publicación, una vez obtenido el premio convocado por la Editorial Novaro en 1975. La empresa editora, famosa por sus series de historietas, en un acto de cobardía, no se atrevió a lanzar semejante desafío a los convencionalismos y a los clisés, aunque se aseguró de entregar el premio, tal como estaba estipulado en las bases. Solo en 1977, este Palinuro azteca, alter ego del piloto de la nave de Eneas (que en el poema de Virgilio no puede distinguir el día de la noche, y es sacrificado por nativos luego de caer al océano), vio la luz de la fama eterna. A partir de entonces, la novela se ha convertido en un mito, cuyos lectores forman una verdadera cofradía (reminiscencia de aquella fabulosa hermandad que en la novela organiza una desopilante batalla de ventosidades).

Sus camaleónicos personajes son una referencia  para  iniciados. Y el vocablo no es gratuito: es un libro  mistérico, de sometimiento a los fuegos mágicos de la literatura y de su capacidad para engendrar universos sostenidos únicamente por el poder liberador de la palabra. Puede resultar apabullante para un receptor no habituado a los experimentos radicales, tanto en el plano estructural como en el estrictamente lingüístico, o en el de la información pormenorizada y enciclopédica sobre multitud de conocimientos -muchos de ellos expresados con un guiño cómplice en relación a su utilidad, a su valor real en un mundo cada vez más hostil al saber por el saber mismo-. 

Entre esas referencias torrenciales, sobresale, sin duda, la historia de la medicina. Y a decir verdad, los hijos de Galeno, Hipócrates, Vesalio y otras figuras no quedan, en general, bien parados ante los feroces ataques del libro hacia las prácticas vejatorias en contra de la dignidad humana y la de otros animales. Experimentos que el santoral médico tiene por cumbres estelares son materia de constante denuncia y recusación, por cuanto niegan los ideales que siempre debieron nutrir a esta profesión; hoy, tales principios le ceden el terreno al marketing y a las mafias de la industria farmacéutica.

Profético en grado sumo, el texto confirma que las malas artes han prosperado. Pienso, por ejemplo, en muchos caníbales de estos lares, especialistas en reproducción humana asistida, que de verdaderos médicos tienen poco o nada.  Suelen pontificar, en simposios y congresos, acerca de la felicidad que dan a  manos llenas a parejas incapaces de procrear, cuando lo único que protegen, con sus nauseabundos manejos de óvulos fertilizados, es su propio bienestar, encarnado en las casas de playa, la costosa educación de su prole y los lujos frívolos de sus mujeres. No obstante, la lista de estafados es tan voluminosa como Palinuro de México. Y lo más sublevante de todo es que cuando estos carniceros oyen hablar de humanismo y bioética, casi efectúan el ademán de buscar un revolver (como el nazi Goebbels, cuando oía mencionar la palabra “cultura”).

Los vacíos legales, ciertamente vergonzosos para el país, deben ser resueltos, según la filosofía de estos pobres mercachifles -estarían mejor en la gerencia de un supermercado que laborando en una clínica-,  por ellos mismos y no por los “advenedizos” e “intrusos” de la sociedad civil. Una vez más, el gato funge como despensero; es decir, la perfecta metáfora para graficar la actitud no solo de tantos médicos inescrupulosos -que fingen amor a la humanidad-, sino de toda la mediocre clase dirigente que sufrimos día a día. Vamos igual que el cangrejo. Por el contrario, en países hermanos, como Chile, Argentina y Brasil, las decisiones sobre el marco jurídico en torno de tan delicados quehaceres las asumen en conjunto filósofos, médicos, abogados, sociólogos, biólogos, antropólogos etc. Es una perspectiva consensual, de avanzada, interdisciplinaria, comparada con el caciquismo de ciertos médicos peruanos, enceguecidos por la soberbia y la necedad del ignorante.

Volviendo a territorios más gratos, confieso que he sido admirador devoto de Fernando del Paso y su obra por veinte largos años. Recuerdo el día en que, por fin, después de fatigosa búsqueda, encontré Palinuro de México en una librería de Miraflores. Era la edición de Alfaguara, reimpresión de 1982. La devoré, con veneración casi religiosa, entre julio y agosto de 1986. Difundí sus grandezas entre mis amigos más queridos. Me convertí en un feligrés, en un acólito. Debo de haber resultado exasperante en algún momento, por lo que ahora me excuso. A tal grado llegó mi pasión por este libro -y otros de su autor- que recalé tres años en Buenos Aires, como becario de perfeccionamiento, para investigar sobre tan fulgurante narrativa.
 
La excentricidad me acompaña: un peruano que investiga sobre un mexicano en Argentina. Por razones azarosas y afortunadas, me enteré de una breve estancia del novelista en la capital porteña. Ni corto ni perezoso, lo llamé una noche al hotel Alvear, con la duda acerca de si me recibiría o no para una corta entrevista. Al día siguiente, muy temprano, nos encontramos en el restaurante. De esa lejana mañana sabatina, me queda el recuerdo de un hombre excepcionalmente cordial y educado, amigo íntimo de Rulfo, Paz, Fuentes, Elizondo, Arreola. A través de él, pude estrechar con la imaginación la mano de muchos de mis dioses personales.  Antes de despedirnos, me firmó el trajinado ejemplar de Palinuro de México que hoy, casi quince años después, conservo como una de mis pertenencias más preciadas. Cuando lo acompañaba al ascensor, comentó que se sentía tranquilo: era el único escritor mexicano que no mantenía pleitos con alguno de sus colegas. Otro punto a favor del artífice.

EL HOMBRE QUE MIRA EL MAR

Hablablog, Columnistas May 23rd, 2007

ewestphalen.jpgCarlos Calderón Fajardo nos ha entregado una nueva colaboración para su acostumbrado día miércoles. En adelante, el escritor publicará un artículo mensual en esta bitácora. Nuestro agradecimiento, y seguramente también el de los lectores, para nuestro columnista. Bienvenido de vuelta. 

Las Moradas: 60 años de su creación

 

Por: Carlos Calderón Fajardo

Se conmemora el nacimiento o muerte de un gran escritor, se celebra un mes dedicado a las letras, pero hay acontecimientos que no deben ser olvidados. Pilares de la historia de cómo creció nuestro espíritu y a los que hay que volver siempre porque son un manantial de sabiduría, porque representan momentos fundacionales de lo mejor de nuestra inteligencia, nuestro espíritu, nuestra sensibilidad, la continuidad de nuestra inagotable creatividad, y porque fueron un gran momento de creación cultural en sí mismo. Si sólo vemos el presente, la novedad, nunca lograremos crecer con raíces fuertes.

En el Perú se viene produciendo una cultura de un nivel creativo muy alto desde mucho tiempo atrás, y lo que hacemos hoy es producto de notables esfuerzos anteriores. No podemos comprendernos a nosotros mismos, ni orientarnos con un horizonte seguro para lograr lo que pretendemos si no  regresamos a ciertos acontecimientos cruciales. La cultura es eso: volver a lo que fue importante en el pasado para expresarnos en el presente y proyectarnos al futuro.

Hace 60 años, un mes de mayo de 1947, salió a la luz el primer número de la revista Las Moradas, creada y dirigida por el poeta Emilio Adolfo Westphalen. Su primer número tuvo como miembros del Comité de Redacción a Carlos Cueto Fernandini, Jorge Eduardo Eielson, Enrique Iturriaga, Fernando Shawb y Fernando de Szyszlo, con ilustraciones de Ricardo Grau, Klee, Sérvulo, Carlos Quíspez de Asín, y viñetas de Szyslo y la contracarátula de Judith Westphalen. Cada ejemplar se vendió a tres soles, pero el contenido de la revista es de un valor incalculable.

En poesía, la revista publica un fragmento de “Aloysius Acker” y otro de “Travesía de Extramares” de Martín Adán (”¡Muerto! En cuanto miro, no veo. Sino tu nariz de hielo. ¡Qué estado perfecto!…!Como si Dios creadora de cierto!…!El no nacido, el no engendrado, muerto!…”). “Viaje hacia la noche” de César Moro (”…como un caballo esquelético, radiante, de luz crepuscular, tras el ramaje denso de árboles de angustia”). Y “Zona de Angustia” de Enrique Peña (”Toda mi vida no ha sido hasta ahora sino eso: tránsito. Y afán de ver. Y de asombrarme”).

La revista contiene artículos diversos sobre literatura, arquitectura, filosofía, etc. Reseñas memorables hechas por jóvenes escritores. Dos textos de Kart Jaspers, traducidos del alemán por Carlos Cueto Fernandini. Un ensayo del extraño, múltiple, vidente intelectual Wolfgang Paleen “El Evangelio Dialéctico”.  Un extraordinario artículo de Javier Sologuren sobre Jorge Guillen  y uno de Szyslo sobre “Picasso después de Guernica”.

Por mis intereses personales voy a detenerme en dos ensayos y una reseña de este extraordinario número inaugural de Las Moradas. El primero, de Emilio Adolfo Westphalen: “Quién habla de quemar a Kafka”, un ensayo largo en el que Westphalen  se pregunta sobre la verdad en el arte partiendo de la obra de Kafka. Dice Westphalen: “Porque por el arte sabemos lo que sabemos, y aún más, por el arte nos damos cuenta de lo que podemos ser. En la historia del hombre las obras de arte son como los hitos que van dejando para reconocerse, y para poderse por el tumulto de lo desconocido”.

Y específicamente sobre Kafka dice, entre otras muchas cosas: “Sucede como si Kafka tejiera una tela maravillosa y deslumbrante, y cuando mayor es nuestra admiración por el trabajo cumplido, de súbito tirara de unos hilos y redujera a nada todo lo hecho. ¿Es este el límite de la desesperación? No, aunque consciente de la inutilidad, pero sonriente, Kafka nos dice: Probemos otra vez, hagamos otro tejido deslumbrante”.

Otro ensayo que llamó mi atención por la inteligencia de su análisis es el de Cueto Fernandini sobre la filosofía de Leibniz. En realidad, el ensayo es una reflexión sobre el concepto de Substancia y como lo entiende Leibniz en comparación a Aristóteles. Escribe Cueto Fernandini: “En la metafísica aristotélica las substancias contienen las partes formalmente con los cual se identificaba la sustancia con sus determinaciones esenciales. La substancia, es en sí, nada más que la suma de sus determinaciones, y ella se da ya lista en el sujeto del juicio. En Leibniz las determinaciones de la substancia han de ser inventadas o descubiertas…La posibilidad dinamiza la idea de substancia y la fuerza la actualiza”.

Y también llamó mi atención una excelente reseña de Sebastián Salazar Bondy sobre la novela de Karen Capek La guerra de las salamandras. Una novela fantástica en que las salamandras se apoderan del mundo, utilizando las más crueles artes de la guerra.

Los límites de espacio no me permiten abundar más en este primer número de la extraordinaria revista que fue Las Moradas. El mejor homenaje que se le puede rendir en el mes que se cumplen 60 años de la publicación de su primer número es reproducir su editorial. En él está dicho todo.

LAS MORADAS (Revista de artes y letras)

Cuando salimos a la aventura, a la caza de las presas espirituales pensamos que siempre habremos de volver a unas MORADAS, donde habrá amparo para lo atesorado, que habremos de llevar siempre.. Punto de reunión, para el contacto, para el cambio, para la confrontación de hallazgos, pero lugar donde toda conquista del espíritu, donde todo descubrimiento del arte y de la poesía, de la ciencia y del pensamiento, no habrá de considerarse nunca como un punto final, como un acabamiento, sino como un acicate hacia nuevas conquistas, como un despliegue de posibilidades futuras.

En esa atmósfera atravesada de pulsiones vitales, centelleante del peligro que siempre amenaza las manifestaciones desinteresadas de la vida espiritual, queremos erigir estas MORADAS. Nuestro fervor y nuestro entusiasmo esperan despertar la amplia respuesta de atención y de discusión alrededor de los problemas diversos que el destino trágico del hombre suscita en nuestra época. Sobre todo no queremos que se olvide que ese destino nos viene de un pasado remoto y que nosotros no somos más que el relevo que ha de ser transferido a quienes vengan detrás nuestro, y que es nuestro deber cuidar porque la acumulación de especulaciones teóricas y de creaciones de arte, venga a ser no una carga molesta, sino el sostén más efectivo, sino la gracia jubilosa que da sentido a la vida.

La tarea difícil y arriesgada no será llevada a bien si no contamos con la ayuda cálida de todos quienes han puesto su confianza en las expresiones libres del espíritu, de quienes creen que toda obra de creación, en el pensamiento y en el arte, solamente fructifica en un ambiente de desinterés completo por los halagos y las vanidades, adonde no llegan intransigencias dogmáticas e interferencias egoístas. A ellos nuestro llamado para apoyarnos y alentarnos.

Lima, mayo 1947.

(En la foto: el gran poeta Emilio Adolfo Westphalen).

Lobo doméstico

Hablablog, Columnistas May 16th, 2007

aguirre.jpgEL HOMBRE ARAÑA Y EL HOMBRE ELEFANTE

 

Por: Leonardo Aguirre 

Un anónimo, firmando como “Fernando Peres”, comentó el último post de Francisco Ángeles (”Dos versiones de la literatura y la humanidad del lobo”: léase antes de continuar con esta columna) y propuso que este blog se convierta en un mero noticiario (como si no tuviéramos demasiados en la blogósfera peruana) y que, entre otras cosas, informara sobre la vida de Siu Kam Wen y Sergio Galarza: “probablemente mas interesantes, para muchos de sus lectores, que Leonardo, Chebas, Percy, Jimmy y Andrés”. Bueno, de Siu Kam Wen, si mal no recuerdo, ya se ocuparon, no hace mucho, los blogs de Iván Thays y Paolo de Lima. Y con respecto a Galarza… a ver… qué quieren que les diga… es cierto que, como personaje, quizá sea más “interesante” que mis amigos Chebas, Percy, Jimmy y Andrés. Pero debo subrayar que, como narrador, no es más “interesante” que mis compinches. Claro, ésa es mi lectura y seguro rebosa de subjetividad. Pero ésta es mi columna y puedo ser todo lo subjetivo que se me antoje. Y lo último que voy a hacer es escribir según la agenda de los comentaristas mala-leche que se esconden tras un seudónimo. Antes bien, les daré la contra. Así que ahora voy a hablar de Chebas, Percy, Jimmy, Andrés y otros miembros del taller de comunicadores que tramó el volumen de cuentos titulado Papel cometa: cinco cuentos y un bonus track (Facultad de Comunicaciones PUCP, serie comunicuadernos, 2004). Si no les interesa, pues abandonen la lectura en esta línea y dejen de jorobar.

Sin embargo, creo que la palabra “taller” es un eufemismo. Sobre todo si pensamos en un cursillo pagado donde el profesor se ve obligado a ser cálido y condescendiente con sus alumnos-clientes (si te dijeran que escribes con los pies, obvio, no te vuelves a matricular y menos recomendarás el cursillo a otros alumnos-clientes). La palabra más exacta para definir nuestras reuniones bimestrales -espontáneas y extra-curriculares, pero no dionosíacas- debe ser “carnicería”. Somos amigos, claro está, pero siempre respetamos la primera regla del taller-carnicería: “apenas comienza la sesión de crítica, se suspenden las amistades”. La introducción de Papel Cometa (que no lleva firma pues todos metimos la mano) es bastante explícita: “encuentros en los que, hubiera quórum o no, jamás faltó un relato ultrajado. Sin embargo, fue esa dinámica cruel la que hizo que nadie se vaya a casa con alguna duda sobre si engendró al hombre araña o al hombre elefante”.

Esa misma dinámica, como resulta comprensible, alejó a muchos (y quizá, para qué negarlo, tuvo algo que ver con el estilo urticante que apliqué en mis épocas de reseñista para Agenciaperu). Pero algunos de los fugitivos persistieron en el empeño después de abandonarnos; es decir, abandonaron el taller-carnicería pero no la literatura (se zurraron, como debe ser, en nuestras malévolas objeciones: un escritor de raza nunca se dejará amilanar por periodistas aspirantes a escritores). Y permítanme nombrar aquí a los hijos más pródigos: el poeta y filoso periodista de Caretas Jerónimo Pimentel (Marineros y boxeadores , Santo Oficio, 2003); el narrador Paul Alonso (El primer invierno de Diana Frenzy, La toronja hidráulica, 2006); el último ganador de El cuento de las mil palabras, Miguel Ángel Torres Vitolas (Animales baldíos, Fondo Editorial PUCP, serie de la salamandra, 2001); y el poeta Luis Miguel Hermoza, que administra la web peruana La Siega y participa activamente en la web española Paralelo sur.

Y quizá nunca hubo más ultrajes que en la sesión dedicada al género gótico. (Por si acaso, los ilustres del párrafo anterior ya habían zafado para entonces.) Por eso no recuerdo con exactitud los cuentos que mis compinches presentaron aquella noche, pero sí recuerdo un cuento brutal de Ray Bradbury (antes de pergeñar nuestros adefesios revisábamos a los clásicos) que leímos en la orilla de Los Pulpos después de carbonizar chorizos y morcillas en una fogata. Claro, Bradbury es más conocido por sus relatos de sci-fi, pero la pieza que leímos aquella noche - “La sirena”, en Las doradas manzanas del sol- se nos antojó como un ejemplo magistral de la literatura de horror. No voy a contarles el argumento -para eso ya tienen el link- pero sí diré que el contexto de la lectura multiplicó sus méritos: el rugido de las olas a medianoche, en una playa desierta, nos hizo temer que el esperpento marino apareciera en cualquier momento a devorarnos como devorábamos nuestros chorizos.      

No obstante, esa noche sometí al escarnio la versión primigenia de un cuento que, dos años después, fue incluido en Papel cometa bajo el título de “El anillo de Judas” (debo aclarar, cómo no, que, durante el largo y tortuoso camino que medió entre la sesión playera y el libro colectivo, dicho cuento fue corregido hasta la saciedad y, más que gótico, me salió policial).

Percy Espinoza, a su vez, dio el permiso para publicar, en esa misma antología, un combo erótico-fantacientífico titulado “Yo tengo un sueño”, y Andrés Paredes ofreció “El último villano”, donde el protagonista -en serio, ah- es una simple pieza de Lego. Jimmy Carrillo participó con “Muere, posero, muere” (y, sin embargo, sigo vivito y coleando) y el Chebas Esponda, por desgracia, se abstuvo de publicar, a última hora -debido a pleitos internos que no refrescaré porque ya fueron resueltos-, el primer relato que he leído en mi vida sobre una verga extraterrestre: “La masa que cayó del espacio”. Además, el índice también incluye “Caperucita feroz” de Rubén Cano, un cuento colectivo titulado “Las cavernas de la musa” (el bonus track) y un prólogo de Abelardo Sánchez León.

Por cierto, quizá sea mejor citar el prólogo (”Apuesta de náufragos”) para terminar de insinuar qué diablos contiene (o no) este librito: “No hay luz, no hay esperanzas fáciles, no hay floro. El tono no llega a ser cachaciento, pero se le parece. No es una comedia, pero el drama ha pasado, el dolor ha sucedido, lo negro de la historia ha dejado el rastro de hollín en cada palabra. Las historias pueden ser extravagantes sin necesidad de que el narrador deba moverse un ápice de su cuarto, de su casa o de su barrio. Predomina una atmósfera claustrofóbica. (…) Tiene la influencia del cine, el lenguaje escueto, la rapidez de las imágenes.”

Pero, ojo, no estoy diciendo que el autor de El tartamudo fue el profesor de nuestro taller-carnicería. Nada más lejano de nuestro espíritu que someternos a los dictados de un especialista. Dicha firma, simplemente, responde al hecho de que, por aquel entonces, Balo era el único escritor “infiltrado” en la facultad de Comunicaciones y, por lo tanto, su oficina siempre estaba disponible para nosotros. Y debo decir, en honor a la verdad, que tampoco quiso, de ninguna manera, prologarnos a ciegas. Luego de tomarse un mes para leer el machote, recién aceptó redactar el espaldarazo (y, dicho sea de paso, convertir el taller, sólo por un ciclo, en materia curricular; ulteriormente, el taller de narrativa mutó a taller de crónica periodística, pero entonces dejamos de asistir).

Claro, éramos muy jóvenes e ingenuos, y creíamos en la necesidad imperiosa de recurrir a una firma notable para favorecer la circulación de la antología. Pero nunca nos ligó la estratagema. Y no por la calidad de los cuentos, sino porque ciertos líos burocráticos impidieron que el libro llegase a librerías (sí, pues, el código de barras está por gusto). Así que, si algún incauto se dejó seducir por esta columna y está interesado en leer los cuentos de Papel cometa, pues tendrá que tomarse el trabajito de ir a la mesa de partes de la facultad de Comunicaciones de la PUCP (o hablar con la profesora Carla Colona) y pedir su ejemplar. Yo tengo el mío, por supuesto, pero de mi biblioteca no sale.

Como quiera que sea, también hay que decir que Francisco Ángeles tuvo la suerte de encontrarnos mucho más blandos y maduros. Él no asistió a una carnicería. Como bien dice, presenció el amable proceso de corrección en vivo de una obra de teatro de Jimmy, un volumen de cuentos de Percy y un relato del Chebas (finalista del último Copé). Y es que ya no somos los chiquillos categóricos que aplicábamos a rajatabla el decálogo del buen cuentista y que, incluso, poníamos la lupa sobre deslices ortográficos (mismo Coaguila). Ya no destruimos; ahora sólo echamos una manito para crear y nos recreamos en el placer de la buena lectura.

Ahora bien, es cierto que, si no fuera por el proverbial maleteo, seguro que Papel cometa hubiera derivado en un mero sancochado de ejercicios estilísticos (y no merecería que dedique esta columna a sus autores); pero también es cierto que, después de tantos años, la gente ha progresado lo suficiente y ya no merece puyas sino sugerencias para exhibir con mayor propiedad el talento que siempre tuvieron.

Además, ya casi no leemos cuentos de diez páginas (y si lo hacemos, sólo se trata de premiados, como en el caso del Chebas), sino colecciones o proyectos de libro. De hecho, Andrés está a punto de vender un guión para una película yanqui, y los otros -por lo menos Chebas y Percy- ya están negociando la publicación de sus óperas primas. Muy pronto, sin duda, todos los cometeros se integrarán a la nueva generación de narradores peruanos que cada vez es más numerosa.

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