CornejoJosé Rosas Ribeyro

Un artículo mío que pone a la luz el origen de los tres poemas más conocidos y celebrados de María Emilia Cornejo, publicado en la quinta entrega de la excelente revista Intermezzo Tropical, y una entrevista posterior sobre el mismo tema editada por la también excelente revista virtual El Hablador, han provocado la reacción de dos escritoras peruanas a las que no conozco personalmente, pero que parecen odiarme desde ya por haber osado revelar lo que se oculta en el mito María Emilia Cornejo. Sirvan estas líneas, pues, para responder a las señoras Rocío Silva Santisteban y Giovanna Pollarolo. Lo haré, espero, con menos odio y furia que ellas y tal vez hasta con unas notas de humor.

Si detrás de las reacciones airadas de Silva y Pollarolo no se escondiera uno de los dramas del Perú, la negativa a ver y aceptar la verdad, la polémica con ellas podría ser eminentemente humorística, ya que algunas de las cosas que dicen son para morirse de risa. Una muestra es, por ejemplo, la jocosa paranoia de la señora Silva: termina su artículo escribiendo que “pronto se dirá” que Carmen Ollé no ha escrito sus poemas ni tampoco los suyos Giovanna Pollarolo ni Victoria Guerrero (directora, precisamente, de la revista Intermezzo Tropical que publica mi artículo sobre los tres poemas de Cornejo). Como el asunto parece angustiarla y no soy tan malo como me pintan, voy a empezar por declarar que no tengo la menor duda de que Carmen Ollé escribió Noches de adrenalina, un libro fundamental de la poesía contemporánea en castellano. Puedo añadir, además, que otro gran poeta del Perú es una mujer, se llama Blanca Varela y todos sus poemas los escribió sola consigo misma. Y puedo incluso ir más lejos y confesar que entre los poetas posteriores a los ochenta que he leído (y no he leído a todos, lo siento) me han impresionado mucho Montserrat Álvarez, Victoria Guerrero y Andrea Cabel, tres mujeres. Que entre mis poetas preferidas no figuren Silva ni Pollarolo no me lleva a pensar ni por un segundo que no hayan escrito ellas mismas sus obras, sino todo lo contrario.

La señora Silva hace referencia en su nota publicada en La República a “una reiterada e insistente campaña contra la imagen de poeta de María Emilia Cornejo”. No sé, yo vivo hace mucho tiempo en el extranjero y sigo a medias lo que ocurre en los círculos literarios del Perú, y debo decir que no me había dado cuenta de dicha campaña, ¿o será que para ella el sólo hecho de que Intermezzo Tropical, en su cuarta entrega, haya convocado a diversos escritores a reflexionar un poco sobre M.E.C. es ya una campaña negativa? En todo caso, mi artículo no forma parte de campaña alguna y lo que digo en él se viene diciendo en voz baja y entre sonrisas desde hace treinta años. Intermezzo Tropical tuvo el coraje de prestarme algunas de sus páginas para exponer con claridad y sin hipocresías lo que se venía murmurando.

Silva da rienda suelta a su mala fe y dice luego que, supuestamente, Elqui Burgos y yo ensamblamos los poemas con “restos de versos”, lo cual no tiene nada que ver con lo que digo yo en el artículo ni en la entrevista mencionados. Reitero: nosotros recibimos una serie de textos en bruto de M.E.C. después de su suicidio y de ellos, con mucho respeto, con cariño incluso, seleccionamos algunas líneas, algunos versos, escritos por ella, y los ensamblamos para dar como resultado los tres poemas que después se han hecho famosos. Esa es la verdad, ni más ni menos.

En otro momento la señora Silva, haciendo referencia a los demás textos de M.E.C que conforman En la mitad del camino recorrido, escribe: “Según Rosas Ribeyro estos poemas no valen nada…”. Es evidente que mejor sería para ella leer con los ojos y el cerebro y no sólo con el hígado, porque lo que yo digo es que, según diversos poetas y críticos que menciono, los demás textos de M.E.C. no están a la altura de los tres archiconocidos. Y esto, por cierto, no es lo mismo que lo que con mala leche me atribuye Silva.

Queriendo hacer humor (del malo), la señora Silva nos trata a Elqui y a mí de “Pigmaliones” que “insuflaron” su talento “para crear a una poeta paradigmática”. Otra vez la escritora prefiere sus mentiras a la verdad. Nunca, en ningún lugar, me he referido yo al talento de Elqui ni al mío, por la sencilla razón que nada tiene que ver eso con el tema tratado. El trabajo que hicimos al alimón fue una humilde labor de artesanos para construir en base, por supuesto, al material de M.E.C, unos poemas que a nosotros nos gustaran. Eramos jóvenes, habíamos conocido un poco a Cornejo, que era sanmarquina como nosotros, su suicidio nos había estremecido, y esa fue nuestra manera de rendirle homenaje. Anónimamente, humildemente, sin imaginar que esos poemas se utilizarían luego para construir un mito.

A Silva le choca que yo haya dicho que M.E.C. en vida sólo había publicado (digo “publicado” no “escrito”, estimada señora) “unos cuantos poemitas sociales”. Sin embargo, es estrictamente cierto. Según ella, yo utilizo el diminutivo “poemita” para desacreditar a Cornejo, lo cual no tiene nada que ver con mis intenciones que no buscan desacreditar a nadie, sino establecer la verdad de las cosas. Cuando digo “poemita” hago referencia a que se trata de composiciones pequeñas, de pocos versos y de versos cortos, ni más ni menos. Ese espíritu limeño deslenguado no tiene nada que ver conmigo, que dejé Lima hace más de treinta años. ¿No será más bien lo que ve Silva cuando se mira ante el espejo?

Decir, como hace Silva, que yo pongo en duda “toda la literatura escrita por mujeres” es una tontería tan grande (ya mencioné al empezar algunas de las escritoras que admiro, y hay muchas más en los más diversos universos literarios y, entre ellas, incluso algunas feministas) que produce más risa que indignación. La señora Silva es a veces una humorista a pesar suyo que recurre también a términos insultantes (mi supuesto “macrocefalismo ególatra”, “su amigo mudo” para referirse a Elqui Burgos, a quien antes, en Caretas, había calificado de “mi amigo”) a falta de verdaderos argumentos.

Y ahora pasemos a las notas de Giovanna Pollarolo en Perú 21. Esta conocida poeta y guionista se pregunta: ¿quién escribió los poemas de M.E.C.? Y sin ponerse roja responde ella misma: “Los verdaderos autores, afirma Rosas, son él mismo y el poeta Elqui Burgos”. Es decir que la señora Pollarolo miente sin tener vergüenza, porque ella sabe muy bien que nunca he dicho ni escrito que los “verdaderos autores” de los poemas de Cornejo seamos Elqui y yo. He dicho, y lo repito ahora, que los materiales son de Cornejo y sólo de ella, pero que la arquitectura de los poemas, su construcción, su estructura, la hicimos Elqui y yo al alimón. No es lo mismo y ella lo sabe muy bien porque no es tonta, pero miente para tratar, a como dé lugar, de que el mito no se quiebre.

En su segunda nota en Perú 21, la señora Pollarolo pretende que yo digo que Elqui y yo, supuestos “verdaderos poetas”, habrían hecho que “meros testimonios de una adolescente alcancen las alturas de la poesía.” Nada más lejano de lo que yo verdaderamente digo, es decir, que Elqui Burgos y yo, casi tan adolescentes como María Emilia Cornejo, quisimos meternos en su mundo, un mundo que en parte compartíamos, salvo que ella era mujer y nosotros no lo somos. Y lo hicimos porque éramos compañeros de generación, de San Marcos, y estábamos viviendo la misma explosión liberadora que a ella la llevó a hacer osadas anotaciones. ¿Qué “verdaderos poetas” podíamos ser Elqui y yo que por entonces sólo habíamos dado a conocer unos cuantos poemas en revistas? Teníamos algunas lecturas, probablemente más en poesía que M.E.C. que se había dedicado a otras cosas, eso es todo. Y eso poco que conocíamos lo pusimos al servicio de un universo, el de M.E.C., que nos había estremecido. ¿Podemos dos hombres sentirnos identificados con lo que escribió una mujer a tal punto de terminar siendo los arquitectos de sus mejores poemas? Pues sí, les guste o no a las feministas sectarias, lo cual me tiene sin cuidado.

Para terminar, quiero precisar que mi artículo en Intermezzo Tropical no es un testimonio personal salido de no se sabe dónde, sino la puesta en claro (”noir sur blanc”, se dice en francés) de algo que ya sabían muchos en el mundo literario peruano. ¿Carente de pruebas? La mejor prueba de todo es que no existe manuscrito alguno de los tres poemas famosos y que si se han conservado aún los “originales” que recibió Isaac Rupay para la publicación en su revista, se puede comprobar que estos están mecanografiados con la misma máquina, la mía, con la que lo están algunos textos míos de la época. Como por milagro conservo algunos, así que la constatación es posible hacerla. ¿Lo que digo es confuso?, como lo pretende Pollarolo. No, la confusión está en otra parte: en quienes se aferran a un mito por simples razones ideológicas: un feminismo oscurantista y ya nada liberador.

Lo positivo de todo esto podría ser el anuncio que hace Giovanna Pollarolo de la próxima publicación de un “estudio filológico” de la obra de Cornejo. El problema es que no se puede ser juez y parte. Susana Reisz se sitúa en el mismo campo ideológico de quienes han levantado el mito de María-Emilia-Cornejo-la-poeta-feminista y no es, pues, la persona más adecuada para analizar sin anteojeras lo que hay detrás de sus textos y detrás del mito. María Emilia Cornejo merece un análisis científico, serio, feministamente desideologizado. Un análisis en el que se considere en lo que valen las precisiones que he hecho en mi artículo de Intermezzo Tropical N° 5, la entrevista de El Hablador y en estas líneas, y en el que se incluyan las reflexiones de otros estudiosos y lectores de María Emilia Cornejo.

París, 4 de julio de 2008



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