Escribir en tiempos de la novela histórica
Publicaciones February 29th, 2008

Alejandro Vázquez Ortiz
No es coincidencia que la única forma de narratividad que últimamente ha tenido un éxito apabullante, sea la novela histórica. No es casualidad que junto a ella, sólo se alzan algunas sombras paliduchas que recogen la estafeta de la historia y la prolongan sobre los individuos, o ficciones inocuas. No dudemos que en el fondo de todo esto no hay sino el anhelo, por demás positivista, de que algo se pueda rescatar, como conocimiento, de los discursos literarios. No es coincidencia que si bien la novela se perfeccionó para entretener las imaginaciones de la nueva burguesía del Renacimiento que disfrutaban de mucho tiempo de ocio; la novela histórica surja, no como divertimento para el recreo –aunque en el fondo lo sea–, sino como una ocupación más para los hombres que, a pesar de que no tienen tiempo libre alguno, deciden convertir su tiempo libre –la lectura– en un trabajo.
El mandato del capitalismo es, por supuesto, producir. Y la forma que ha encontrado la novela histórica ha hecho que el disfrute del ocio se convierta en un episodio más de la instrucción académica, o por lo menos así tiene que parecerlo. La novela tiene que producir: no ya como mero trofeo de los best-sellers, sino como un conocimiento que pretende deslindarse, a fuerza de repetirse, de su carácter subjetivo.
Estas consecuencias han sido nefastas para toda la producción literaria. Puesto que, por necesidad, toda novela tiene que rescatar el sentido más esencial de la ‘producción’, su sentido etimológico: del latín pro-ducere, que sería algo así como “poner en muestreo” o “mostrar”, “conducir un desocultamiento”. Toda la narración enuncia, pues, una verdad. Puesto que aquello que surge con un movimiento tal que se nos aparece es ya de por sí una verdad que nos trastoca y nos transforma. ¿A quién le importa, que en el fondo, todo o parte del contenido histórico de una novela, sea mentira? ¿No ha encendido los debates sobre el cristianismo la novela de Dan Brown, tal y como lo hacían en su momento las reformas eclesiásticas y los cismas vaticanos? La gran promesa de redención de la verdad tenía que ser no una crítica, sino un Gran Desvelamiento, una gran producción histórica, que sea falsa o no, se nos aparece con una insólita cristalinidad que no tienen ni las revistas de arqueología ni las ediciones críticas de los evangelios apócrifos.
Y la triste contrapartida de este edificio luminoso, que ha hecho las veces de máquina de batalla de los editoriales, es justamente la literatura marginal y sus tratamientos consecuentes. Una literatura de la “se-ducción” (como contrapartida directa de la “pro-ducción”, es decir la literatura del “ocultamiento”), esa que también se llama “maldita”, no pueda ser sino arrumbada a las márgenes de la literatura y de las fraguas editoriales. Hasta que, pasado un tiempo, se les rescata, eso sí, ya como producción: acompañadas con sendos estudios filológicos, perfiles biográficos, análisis psicoanalíticos y críticas apologéticas que nos “muestren” la lógica de los autores y rescaten el “verdadero” secreto sentido que “realmente” producían.
Así, el Marqués de Sade nos mostró el lugar que ocupa la sexualidad que lucha contra la represión; Baudelaire nos muestra el vacío melancólico que sobreviene ante la falta de mitos modernos y reconstruye toda la psicología de la posmodernidad; Heinrich von Kleist un antecesor de Kafka; y el propio Kafka un profeta que “muestra” las insólitas consecuencias de los idilios de los gobiernos con la burocracia.
Todo es, pues, cuestión de mostrar, enseñar, aplicar; tal y como en la ética capitalista del contexto y la ciencia, un conocimiento es totalmente inútil si no se aplica y produce. El imperativo está, pues, en escribir para dar cuenta de esa verdad, y no puede ya el escritor saltarse esa relación que le ata a sí mismo como sujeto. No puede el escritor ocultarse, sino que su mandato primero es mostrarse: y mostrarse de maneras bien particulares… En realidad, toda su producción está condenada, ya de por sí, a mostrarlo. Es casi una tautología y, por supuesto, es de lo más absurdo intentar salir de ese círculo: su palabra, quiéralo o no, ya da cuenta de sí misma…
Así pues, incluso esta literatura “maldita” es obligada a hablar, está obligada a fungir como documento histórico. Y desde esa obligación es, necesariamente, colocada en los escaparates de las librerías. Bien claro esto resulta la imposición de este muestreo descarado hasta en los aspectos más nimios y últimos de las vidas y obras de los escritores: claro que esto nos remitiría a un problema más complejo que es el del lector como figura democrática del libre escoger. Es decir, ¿por qué un lector no escoge al azar el libro que ha de leer? Contemplar esta pregunta es la remanofacturación de otra más peligrosa: ¿qué es elegir, sino someterse a los regímenes de la producción, de la “muestra”? En cualquier caso, esto es otro tema.
Obviamente, la novela histórica no necesita que los críticos y filólogos se sumerjan en ella para dar cuenta de su verdad. Principalmente por la absoluta nulidad de los sujetos (sujetos-personajes y sujeto-autor) que no son (como en la Historia misma) mas que meros accidentes de un devenir arquitectónico y estructural, un devenir histórico… Por ello no se necesita ninguna especie de fino oído para escuchar reverberar el hilo de la verdad que se recorre, sino que es justamente el lugar más puro y limpio en donde la palabra da cuenta de sí misma o, mejor aún, en donde la palabra da cuenta de la humanidad entera y su destino.
Por parafrasear a Hegel, cuando nos asomamos a la novela histórica, contemplamos, en cierta forma, el Sepulcro de Cristo, en donde los cruzados vieron el semblante de Dios que no era otra cosa que el espejo de la modernidad, forjada a palos y a sangre por la Historia. La Historia da cuenta de sí misma para, por fin, detenerse.
Escribir en tiempos de la novela histórica es escribir en el lugar del “eterno retorno”; espacio de la total exposición de la palabra, desnudez de los significados, que tienen a su disposición toda una batería jurídica, psicológica, moral y filosófica, que los descifra y los muestra como mercancía barata, para disfrute de sus consumidores. Lugar del que no se extrae ningún espacio público, ni ningún diálogo, ni ningún debate… sino que, todo lo contrario, impide que la Historia continúe, desde el espacio que la propia Historia funda para contemplarse a sí misma y las características que le son propias de sí misma.



March 3rd, 2008 at 4:10 am
Buen texto.
Cabe preguntarse por qué las novelas históricas ya no suenan tanto. ¿O ya no se escriben o se escriben pero ya no resulta tan comercial marketearlas?
Ver caso de Ospina y el peruano Benavides.
March 3rd, 2008 at 4:34 pm
Alejandro Vásquez:
¿Pero qué tipo de recuento histórico hace el Marqués de Sade? Que yo sepa el hombre detalla aspectos contemporáneos de su tiempo. ¿En dónde entra a tallar lo histórico ahí?
Saludos.
March 5th, 2008 at 2:45 pm
este texto estaría mejor en una revista impresa. muy denso. lo he podido leer completo sólo cundo lo he impreso. oigan y qué fue de Aquino?… se chupó por las críticas sobre su artículo de Bolaño?
March 6th, 2008 at 7:06 pm
El Marqués de Sade, en sus novelas no hace recuento histórico, ciertamente… Lo que quize decir, cuando hablo de él, de Kafka, Kleist y otros, es que ellos son, en cierta forma, la cara opuesta de la novela histórica; es decir que no producen un discurso histórico, sino que todo lo contrario es una literatura de la seducción, del ocultamiento, es decir que ocultan a la historia y sus estructuras´; y sólo vienen a ser aceptadas en la medida en que son reivindicadas…
A Sade desde que se le rescató con el movimiento surrealista ha sido constantemente reivindicado de distintas maneras…
Irónicamente escribió un libro que es pura Historia (sin lo de novela): “La Historia secreta de Isabel de Baviera, Reina de Francia”.
Saludos.