Archive for October, 2007

Las visiones de Lima en Ciudades ocultas

Publicaciones, Debate, presentaciones October 30th, 2007

Ciudades ocultas


Giancarlo Stagnaro


Quisiera empezar estas reflexiones con una analogía urbana. Mejor dicho, visual y urbana a la vez, ya que el tema que nos reúne esta noche tiene que ver con dichos tópicos. El libro de José Güich y Alejandro Susti, Ciudades ocultas. Lima en el cuento peruano moderno (Fondo Editorial de la Universidad de Lima), me hizo recordar por muchos momentos la imagen que proyecta Lima vista desde un avión y cómo se va configurando la ciudad a medida que el avión desciende. Podemos trazar una analogía con la tradición literaria, esa serie de concatenaciones hechas de nombres y títulos que en definitiva le otorgan identidad a la producción letrada de un entorno determinado. Pues bien, en nuestra analogía tenemos esta serie literaria dispersa, fragmentada, vista desde el cielo. Quiero postular que la crítica literaria es como ese descenso del avión, en el que se comienzan a configurar formas, paisajes y ámbitos más definidos, más evidentes.

Ciudades ocultas funciona como una incursión aérea a uno de los aspectos más celebrados pero menos estudiados de la llamada Generación del 50: los vínculos netos entre literatura y ciudad que, a su vez, conducen a los vínculos entre literatura y serie social.

Hace un par de años, en el centro cultural Peruano Británico quien suscribe estas líneas inició una serie de conferencias sobre Lima y la literatura peruana, es decir, la representación de Lima en lo simbólico, y efectivamente, el punto de quiebre de dicha representación son los escritores que Güich y Susti han analizado sustantivamente en este libro.

Julio Ramón Ribeyro, Sebastián Salazar Bondy, Enrique Congrains, Mario Vargas Llosa, Luis Loayza, Oswaldo Reynoso y Alfredo Bryce reciben, en mayor o menor medida, la atención de críticos y estudiosos que indagan a través de sus textos literarios las preguntas esenciales del Perú contemporáneo. Cada uno de ellos debería merecer un libro, por lo menos, en cuanto a sus logros narrativos. Sin embargo, vale la pena recordar que Lima hace sus autores (véase el suplemento identidades 56, de marzo de 2004).

Efectivamente, Ciudades ocultas prueba el aserto. Sin la experiencia limeña, pero sobre todo, con los cambios que experimentó Lima en la década de 1940 –la incipiente modernización, la urbanización apresurada, las migraciones–, no hubieran surgido los autores que ahora comentamos. Es como en el texto de Ribeyro, “Mayo 1940”, el famoso terremoto que dejó sus secuelas físicas y afectivas en el microcosmos del barrio miraflorino de Santa Cruz. En su caso, un barrio hizo al autor, a un sujeto en busca de su lugar en el mundo.

Y si miramos a nuestra propia devenir, los limeños que aún vivimos en Lima, nuestra vida se resume en este recorrido urbano. Somos los mismos sujetos urbanos que vamos desplazándonos de un punto a otro de la ciudad, como bien lo han dilucidado Guich y Susti, sólo que hace cincuenta años se movían en ruidosos tranvías y ahora en combis asesinas.

Es decir, nos enfrentamos a lo que Marshall Berman –uno de los referentes citados en Ciudades ocultas, junto al historiador de la cotidianidad, Michel de Certeau– define como lo moderno: la masa, el encuentro con rostros anónimos, cosa que recién podemos ver en nuestros días, pero que en los 50 todavía era lejano. Lima recién empezaba a mostrar esas múltiples caretas, como en “El niño de junto al cielo”, de Congrains; o convertía sus viviendas en espacios irrecuperables, como en los relatos de Sebastián Salazar Bondy.

Por tanto, los estudiados son los escritores de la transición limeña, del huerto cerrado oligárquico, ataviado con la extraviada nostalgia de Porras Barrenechea, rumbo hacia la emergencia de nuevos actores y sectores sociales de Matos Mar. Frente a estos cambios, de faz imprevisible, sólo quedan dos caminos: o bien la nostalgia y la elegía por todo pasado fue mejor; o bien el redescubrimiento y la fascinación por nuevas experiencias urbanas traídas caóticamente por la modernidad y la migración.

ribeyroNostálgicos
Pienso que Julio Ramón Ribeyro, Luis Loayza y Sebastián Salazar Bondy pertenecen al primer grupo: reaccionan literariamente refugiándose en las ficciones que provee la nostalgia. Aunque no fue un defensor estricto de la vieja guardia, en muchos cuentos Ribeyro profesa una velada admiración no por la Lima criolla que se fue (y que nunca termina de irse), sino por la Lima que no puede retener entre sus dedos, la Lima apacible y clasemediera de Miraflores, otro de los distritos que también ha sufrido distintos tipos de embates modernizadores. Véase si no el caso de “Tristes querellas en la vieja quinta”. Claro, el asunto le sirve para ironizar, tomar partido con una sonrisa mordaz a la distancia, sobre todo en “El marqués o los gavilanes” o “Alienación”, por ejemplo.

“Enredadera”, de Loayza, texto analizado en Ciudades ocultas, quizás es el relato más nostálgico del grupo, por razones que este libro revela. Y también, el cuento de Sebastián Salazar Bondy con el esclarecedor título de “Volver al pasado”, en el que se nos advierte de la imposibilidad de este periplo. El choque entre deseo y realidad es, por decir lo menos, más que brutal. Lima ha dejado su halo romántico y más bien es una ciudad que abre heridas, brechas terribles. Caso similar es el de Enrique Congrains en el cuento reseñado en esta selección.

En realidad, y aquí quiero hacer una digresión, todos estos escritores son provenientes de un sector social, la clase media que no ha sido proletarizada ni se ha alineado con los sectores populistas. Más bien, recordemos que Salazar Bondy fue impulsor de un proyecto particular, el socialprogresismo, que de algún modo viabilizaba las aspiraciones de esa clase media de la década de 1950 y 1960. Ellos están representados por los Gavilanes, como en el cuento de Ribeyro, o formaron parte de iniciativas democratizadoras como los Populibros de Scorza. Sin embargo, y a diferencia de países como Argentina o Brasil, la clase media peruana ha padecido con mucha intensidad las crisis económicas y políticas que en años posteriores le han impedido despegar y ser un factor político e intelectual decisivo que tome en sus manos los destinos del país.

Precisamente, los narradores de la Generación del 50 prefiguran esa crisis. Por eso, surge Lima la horrible, como un escenario posible para el futuro de Lima. Es un llamado de atención de lo que vendría después.

vargasllosaCorporales
El grupo de Oswaldo Reynoso, Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce, si bien no podían calcular la magnitud del crecimiento de Lima, nos entregan la imagen de una ciudad dinámica, de exploraciones e iniciaciones. El cuerpo de los niños o adolescentes que protagonizan sus relatos es el cuerpo mismo de una ciudad experimentando los avatares del crecimiento, descubriéndose a sí misma. En ellos hay novedad por un nuevo lenguaje y la búsqueda de nuevas sensaciones.

Los cuentos agrupados en Los inocentes reflejan no sólo los conflictos sentimentales de la juventud limeña, sino también esa incursión urbana que al final conduce a la sensación de no pertenencia, el hecho de no lograr en ningún momento la realización, y que bien podrían desembocar en el cántico escéptico al no future, como lo sugieren muchas novelas y cuentos actuales frente a la realidad social. También prefigura en cierto modo al pandillero callejero —o pirañita— de nuestros días que al fin y al cabo, es cierto, forma parte del paisaje urbano, pero que no por ello abandona su humanidad, sólo que ella se encuentra zarandeada por condiciones de vida excluyentes.

Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce comparten, por cierto, estos ritos iniciáticos, el paso de la niñez a la juventud, con todo lo que ello comporta, como el descubrimiento de la sexualidad y la seguridad afectiva. Lo que los vincula con el proyecto de Ciudades ocultas es que dichos ritos iniciáticos se llevan a cabo en distintos pasajes de la ciudad: los bares de Surquillo, el Country Club, la fiesta, el mar. Los desplazamientos simbólicos por la ciudad replantean y dan peso a la identidad, línea central que de este análisis se desprende.

Vínculos
Lima, pues, hace a sus autores. Los moldea, no a su imagen y semejanza, pero deposita en ellos los elementos necesarios para que puedan escribir sobre ella. Son aprendizajes vitales, re-conocimientos, en muchos casos, traumas reales, como el del niño Esteban luego de ser estafado en la narración de Congrains; o el de Leandro al pie del acantilado. En cierto modo, los escritores se adelantan para replantear los indescifrables vínculos que los ciudadanos tenemos con el medio en que habitamos.

Y tales vínculos se dan en el plano afectivo. Basta el nombre de una calle para activar a los emisarios de la memoria: el recuerdo de una plaza, el Centro de Lima –lugar de mil y una batallas– o la ruta hacia el sol de Chosica, en contraposición al imaginario sol de Lima, para despertar la chispa de la escritura. La afectividad es una materia que en el Perú reprobamos y con creces, porque demuestra nuestra verdadera capacidad de comunicar lo que realmente sentimos. La salvedad ocurre a través de un poema, un relato o una novela.

Antes de finalizar, quisiera señalar la importancia de un libro como Ciudades ocultas en los estudios peruanos actuales. En realidad, quizás estamos empezando a hacer justicia a una generación de escritores que vio en los problemas urbanos el giro de timón por el que enrumbaba el país. Pero, sobre todo, es el comienzo del pago de una deuda que la crítica literaria le debía –y le debe aún– a estos autores, en particular, a Salazar Bondy, Loayza, Congrains y Reynoso, escritores que lamentablemente han sido poco estudiados por nuestro críticos. En un medio con las limitaciones institucionales al que todo oficio humanístico se enfrenta, bien vale la pena ser desafiado por libros como el de Susti y Güich, porque en cierto modo son capaces de articular lecturas previas, desperdigadas, en algún salón de clases o para matar el rato. Es, por tanto, un plus que Ciudades ocultas le entrega al lector: el placer de la relectura.

El hecho de concatenar en varios niveles a todos estos autores representa un hito para la crítica literaria peruana. Al fin, luego de alzar vuelo y divisar el territorio desde arriba, como era usual en ella, el avión de la crítica comienza a desentrañar las misteriosas figuras del terreno y, finalmente, con una renovada y fresca mirada, puede descender a tierra con firmeza.

La musa calculadora

Publicaciones October 23rd, 2007

L.M.T.

 Jack Martínez

Leonardo Aguirre ha vuelto a publicar un libro de cuentos bajo el sello de la Editorial Matalamanga. Sus historias siguen girando alrededor de personajes-escritores ávidos de reconocimiento. Su lenguaje sigue siendo desenfadado. Entonces, ¿qué hay de nuevo en La musa travestida?, o ¿tiene que haber necesariamente algo nuevo?

En este libro Leonardo Aguirre busca aún más libertad en el empleo del lenguaje. Frases como “Dime la verástegui: ¿no tengo pinter de adolescente?” o “Parece que esa fulana lo tiene pizarnik” o “Sírveme un basadre… gracián… sin espuma, pues” se repiten innumerables veces en el libro. Pero es en el primer relato, “W. C.”, en el que desfavorablemente confluyen en mayor número y frecuencia, lo que produce confusión en el lector, pues el carácter formal del lenguaje cargado de jergas se antepone a alguna trama o historia que se supone, se cuenta aquí.

Sin embargo solo es el primer cuento en el que la historia se desvirtúa ante tantas jergas. El resto del libro sí conjuga cabalmente el trato de la anécdota con el lenguaje. Y este último empieza a jugar un papel imprescindible para agilizar la lectura. Aguirre ha insertado los nombres del canon literario -ya sea nacional o universal- en el lenguaje coloquial de los escenarios grisáceos de La musa travestida. Ha extraído nombres representativos de la literatura para descontextualizarlos y establecerlos en conversaciones triviales de collera o cantina. He ahí uno de los méritos del libro. Aguirre se atreve y acierta.

Respecto a los personajes, como ya lo ha advertido el autor en una entrevista, se trata de escritores que, a diferencia del libro anterior, no son tan ajenos a la fama literaria. Entre ellos, Sorrento es el más representativo. Se suicida y gracias a ello sus escritos perviven en el tiempo. Muere joven, como Abraham Valdelomar. ¿Y por qué esta analogía con el Conde de Lemos? Pues porque la ideología de Sorrento está marcada por la vida del autor de “El Caballero Carmelo”. Las alusiones a Valdelomar aparecen constantemente, no solo en “Sublime Sorrento”, donde es denominado “el ídolo del finado”, sino a lo largo de todo el libro. El modelo de escritor es él: un artista que basa su fama no solo en su buena escritura, sino en la extravagancia y algunos escándalos en el “mundillo cultural limeño”.

Es por ello que en cuentos como “Estás conmigo, estás con Dios” o “Sodomización mutua” se resalta la supremacía del autor, en tanto creador, sobre el resto; y el ritual casi religioso que tiene que seguir para iniciar la escritura. Esto, claro está, obedece a la visión romántica del escritor que buscan expresar los personajes de La musa travestida. Paradójicamente, la lectura de los cuentos no muestra esta condición de manera apologética, sino que a través de la exageración -que muchas veces llega al ridículo- la critican.

Los escritores que aparecen en el libro pues, no son seres abstraídos de la realidad, aunque así lo quieran o lo profesen. A ello obedece la atmósfera en la que los sitúa Aguirre. Conversaciones en lugares comunes, todas ellas plagadas de elementos mediáticos como programas de televisión, partidos de fútbol, música y la aparición de elementos coyunturales ya sean políticos o faranduleros, desmitifican el carácter “puro” del escritor.

La musa travestida se lee con gran facilidad. No confundir facilidad con falta de calidad. Aguirre demuestra oficio en la elaboración de diálogos y absorbe al lector, situándolo en un mundo incoherente pero atractivo, donde los personajes, lejos de lo que aparentan, actúan calculadora en mano a fin de obtener los resultados esperados, la fama. Y no escatiman en decisiones extremas para lograr ese cometido.

Finalmente, con La musa travestida, Aguirre confirma sus dotes de buen cuentista, siempre punzante, irónico, divertido e ingenioso.

Entrevista a Francisco Izquierdo Quea

Publicaciones, entrevista October 17th, 2007

PanchoL.jpgFrancisco Ángeles

Francisco Izquierdo Quea (Lima, 1980) es, además de codirector de la revista virtual El Hablador, un narrador peruano que acaba de sacar a la luz el libro de relatos Bonitas palabras (Mundo Ajeno, 2007). A continuación, reproducimos la entrevista aparecida originalmente en la revista chilena Letras.s5, en la que Izquierdo entabla un revelador diálogo literario con su tocayo.

Hay una regla implícita que la mayoría sigue: publicar libros de cuentos unitarios, orgánicos, etcétera. En tu libro hay más de una línea, y supongo que por eso lo has dividido en tres partes. ¿Te parece que los libros de cuentos deben ser algo más que una suma de textos independientes? ¿Necesariamente tiene que haber algo que los enlace?
Creo que, a diferencia de la poesía, en los cuentos uno puede tomarse ciertas licencias. Hay autores reconocidos –pienso en Quim Monzó o Foster Wallace– cuyos libros presentan relatos que muchas veces distan en temática, estilo o técnica. En el caso de Bonitas palabras, lo que intenté es partir de una idea fija: lo peruano, tanto desde una óptica historicista como desde la cotidianidad que impera en nuestra sociedad…

¿Crees que se te podría maletear por juntar en un mismo libro cuentos tan distintos como, por ejemplo, “Nada ni nadie” y “El niño en casa”?
Se me puede maletear por eso o por cualquier tontería…

A eso iba. Para la crítica puedes ser un escritor que “domina diversos registros” o también un patita sin estilo definido…
Obvio. Ahí entrar a tallar el talante de la persona que escriba el comentario o apreciación del libro. De un mismo aspecto me pueden decir algo positivo o negativo. Pero eso es normal, ya depende de la apertura del lector…

Dices que has intentado retratar lo peruano. ¿Hasta qué punto podemos considerar peruano un cuento como “La guapa”, si tomamos en cuenta que la misma situación puede ocurrir en cualquier otro lugar?
En el caso de ese cuento tienes razón, su anécdota puede suceder en cualquier lugar. Pero puede ser identificable como peruano, al menos para mí, si partimos del lenguaje, las costumbres y una que otra descripción que el narrador hace…

Claro, eso es más interesante. A veces uno cree que una anécdota descontextualizada basta para considerar que un texto ya no pertenece o no se inscribe dentro de una tradición….
Esa es una lectura que cierta crítica institucionalizó, y no solo en nuestro país. Por ejemplo, Bolaño. Algunos no lo consideran un escritor chileno sino mexicano o español. Yo he hablando con escritores y lectores chilenos y para varios de ellos la obra de Bolaño es resistida, a pesar de que escribe sobre Chile y sobre elementos reales de su país. Y con un lenguaje chileno, con sus modismos…

Sobre Bolaño se podría hablar un buen rato, pero yo iba por otro lado: pensar que porque uno ubica sus relatos en un lugar lejano o en un lugar sin nombre ya no se mueve dentro de la tradición. Los cuentos más coloquiales de Bonitas palabras podrían tranquilamente ocurrir en China y no hacer ninguna referencia histórica ni política ni geográfica al Perú. Sin embargo, solo en la construcción de las frases se puede descubrir una tradición detrás. Veo, por ejemplo, al Bryce de La felicidad ja ja…
Lo que pasa es que la tradición de nuestras letras tiene muchos momentos. Por ejemplo, los de La ciudad y los perros, La felicidad ja ja, Los inocentes, las obras de Arguedas o Alegría, los cantares novelados de Scorza. Son libros cuyas historias ocurren acá o donde sus personajes son peruanos. Sin embargo, lo que los identifica es el lenguaje…

¿No es curioso que el más representativo de nuestros cuentistas, Ribeyro, sea uno muy tradicional?
Llamar a Ribeyro el cuentista más representativo me parece una exageración. Yo no discuto a sus seguidores ni al fervor con el que lo admiran. Pero a mí no me gusta la mayoría de sus cuentos. Sus artificios son demasiado identificables y el lenguaje es obviamente clásico…

Y lo clásico era para él más una imposición que una elección. No podía escribir de otra manera, él mismo lo dice. De hecho, en uno de sus cuentos más flojos, “Fénix”, quiere aplicar las técnicas que utiliza el boom y pierde por goleada…
Curiosamente, ese cuento es uno de los que más me agrada. Al menos rompe con ese sopor tan común en su obra…

Claro, si no te gusta Ribeyro es normal que prefieras un cuento en que no es él…
Me agrada “Fénix”, no sé si porque no es el Ribeyro clásico o por la técnica. Pero en general, la calidad de los cuentos de Ribeyro es, a mi juicio, discutible. Yo no digo que sea un mal escritor, pero llamarlo “el cuentista de bandera” es demasiado. ¿Por qué ese término? ¿Porque hizo en su mayoría cuentos? ¿Porque sus novelas tienen menor calidad que sus relatos?

O porque tiene una imagen muy vendedora, que es precisamente la del no vendedor…
Por supuesto. Ribeyro puede ser un gran referente si lo lees a los catorce años. Ahí te marca…

¿A ti te marcó?
No.

Hace poco releí Prosas apátridas y me encontré con una que empezaba diciendo algo así como “abro la ventana, miro las calles y siento toda la tristeza del mundo cayendo sobre mi pecho”. Uno lee eso a los catorce y dice qué paja, cómo sufre este pata, yo también quiero. Creo que por eso soy medio depre…
Pero no te sientas mal por eso…

(Risas.) De hecho, al releerlo me sentí muy mal…
Eso le ha pasado a muchas personas. Hay gente que asimila eso y siguen pensando en el Ribeyro de los diarios. Porque vende la idea de ser un escritor que se va a Europa y que sufre, la pelea y que al fin consigue su obra. Pero eso es parte del bluff…

Pero supongo que Ribeyro no lo planificó así. Quizá al escribir su diario sí se la creyó, quizá todo es cierto. A lo que iba es que esa imagen, natural o impostada, después le ayudó a tener éxito…
Definitivamente. Y en San Marcos, por ejemplo, los mismos profesores que te dicen “hay que separar biografía de obra” son hinchas de autores como Ribeyro o Bolaño porque sus vidas les parecen fascinantes. El solo hecho de publicar un diario en vida puede suscitar malicia en quienes lo leen. ¿Quién te dice que el autor no metió mano ahí o hizo sus cambios para que su vida suene, no sé, bien hard core? Tranquilamente los diarios pueden ser parte de la ficción en su obra…

Ya. Pero estábamos en que es el mejor cuentista del Perú, cosa que no atracas. Más allá de que no te parezca gran cosa, ¿es el mejor o no?
Es que nuestro país no tiene una tradición grandiosa en cuento…

Por eso mismo. Es el mejor, ¿no?
No. El mejor es Bryce. Al menos a mi juicio, Bryce es mucho más cuentista que Ribeyro.

OK, hablemos un poco de la prensa. Tú has trabajado varios años ahí y nunca te has sentido muy a gusto…
No, aunque mi último empleo dirigiendo una página cultural tuvo momentos gratificantes. La prensa juega un rol importante en la difusión de una obra o en su valoración. Hay que diferenciar esos conceptos. Tú puedes decir salió tal libro de tal autor, el libro trata de esto, con ustedes la entrevista. Eso es difusión. La valoración implica criterios más exhaustivos…

Sí, eso está claro. Pero lo interesante es cómo elegir material entre lo más caleta. ¿A quién se le da cobertura?
Eso depende del encargado de la página. La prensa en general, en todas sus áreas, salvo valiosas excepciones, es un ambiente copado de argollas, coimas, mermeladas…

Claro, entiendo. Pero tampoco nos hagamos los estrechos. O sea, hace tiempo que no entrevisto a nadie y ahora te estoy entrevistando a ti, que eres uno de mis mejores amigos…
Por supuesto, pero quienes lean la entrevista se darán cuenta que por esa amistad acá hay un trato cordial y nada más…

Claro, no saben que después la vamos a editar juntos…
(Risas.) Así es. Tipo Ribeyro y Campodónico con los diarios…

“Julio, ¿qué palabrita cambiamos, qué coma le movemos para hacerte más depre y melancólico?”. ¿Así crees que fue?
Yo creo que hubo un floro agregado y sus buenas tijerazas…

Pasemos a algo más actual. La pregunta de siempre, que no voy a hacerte, es cómo te ubicas en el panorama de la joven narrativa peruana…
Qué bueno que no la vas a hacer…

Eso no sé cómo se contesta, y supongo que tú tampoco…
Exacto.

Pero sí me interesa saber tu opinión sobre este nuevo grupo de narradores. ¿Cuáles te parecen los más destacados?
Yushimito, Leonardo Aguirre, Castañeda y Alarcón. De Aguirre sólo he leído su primer libro, no sé qué tal está el segundo. De Castañeda y Alarcón he leído también sus siguientes libros y en ambos casos me parecieron inferiores al primero…

¿Y qué opinas sobre este fenómeno de editoriales jóvenes?
Bueno, la labor que desempeñan es loable. Publican en la mayoría de los casos a nuevos autores…

Pero los autores van con la suya, ¿no? ¿Dónde está lo loable?
Pero eso ocurre en cualquier editorial, sólo que en éstas es más barato y aumenta las posibilidades de publicar un libro. Mucha gente, y en esto me incluyo, no hubiera podido publicar sin la existencia de estas editoriales. Que tu libro sea bueno es otro cantar…

A lo que iba es que esta explosión editorial ha creado la ilusión de un movimiento literario que no estoy seguro que exista en la magnitud en que se cree. Basta ver el tiraje de los libros. Y casi ninguno se agota…
Pero hay libros, hay producción…

Claro, eso me parece muy bien. Pero el punto es que no hay más lectores. ¿O crees que sí?
Pero nada es perfecto, y menos en un mercado editorial tan desfasado como el peruano. Hay móviles importantes. Los premios de Cueto o Roncagliolo hacen que cualquier chibolo o autor joven diga “yo también la hago”. Se ha creado una atmósfera de optimismo y eso ha llevado a muchos a escribir y publicar…

Tengo la sensación de que aparentemente hay mucho ruido con tantos nuevos escritores, pero que afuera, más allá del público de siempre, nadie se entera…
Bueno, si hablas de que los escritores sean más famosos, podemos hablar, por ejemplo, de Vargas Llosa. En nuestro país es conocido en gran medida por su rol como ex candidato y porque funge como líder de opinión y en la calle todo el mundo lo reconoce. Pero en París sólo lo reconoce la gente que sabe que va a ir a tal conferencia o algún peruano que lo ve en la calle y va de frente a mentarle la madre. Pero fuera de eso, pasa completamente desapercibido. Tú agarras a Marco Martos o resucitas a Heraud y los paras en Larcomar y nadie los saluda. Frente a eso, ¿qué se puede esperar de un autor joven?

No estoy diciendo que a Leonardo Aguirre le pidan autógrafos en cada esquina de Larco (aunque el otro día me contó que le pidieron uno en la puerta de un burdel), pero al menos que su Musa travestida se deje de apolillar en Crisol…
En eso entra a tallar la difusión por parte de las editoriales y el trabajo hecho en prensa…

Porque el objetivo debería ser conseguir nuevos lectores, no sólo que la gente publique en mancha…
Eso se consigue mediante la prensa o buscando que te pongan dentro del plan educativo del ministerio y te lean en el colegio. Que en el libro de cuarto de secundaria haya una sección de autores peruanos jóvenes. Aparentemente suena rayadazo, pero eso ha pasado antes. Yo tengo un libro de Literatura del 79 donde sale gente tipo Marco Martos, Cisneros, Hinostroza, Heraud…

Que en el 79 no era tan calichines que digamos…
Pero, a ver, ¿tú te imaginas a alguien tipo Malca en un libro de cole del 2015? O a gente de los 80 como Domingo de Ramos o el chino Mendizábal, que tienen casi treinta años escribiendo buena poesía. No pues. No van a estar ahí. Y sobre esto de los narradores jóvenes, a algunos los leerán afuera y a otros no, a algunos los traducirán y a otros no, a algunos los publicarán editoriales españolas y a otros no. Ya depende qué tan recompensado se sienta el autor frente a lo que le toque…

Para terminar, hablemos un poco del libro. Tienes un cuento en el que abordas el asesinato que cometió Chocano contra Edwin Elmore Letts…
Sí. La anécdota me pareció interesante, por todo lo creado alrededor de ambos personajes, la víctima y el victimario…

Es un poco extraña la figura del escritor asesino. Creo que no hay muchos. El que escribe no mata, algo así. Pero sí se mata, ejemplos sobran…
Claro, porque se supone que el que escribe se defiende con su pluma. O porque se asocia al escritor como una lornaza que no le entra al golpe. Claro que igual Chocano pudo ser un mancazo. Cualquier manco puede matar, agarra una pistola y te plomea sin mucho esfuerzo. Pero bueno, ésa es la visión romántica que se tiene del escritor, un intelectual que sólo se dedica a leer y a hacer viajes…

Un tema recurrente en tu libro es Chile, que de distintas maneras aparece en varios cuentos. El de Chocano tiene móviles que se pueden relacionar con Chile, otro cuento habla de la guerra con Chile, en “El partido” Perú juega contra Chile. ¿Hay una obsesión ahí?
Bueno, Chile es parte de la vida de muchos peruanos. Creo que representa un tema de mucha relevancia, y es algo que he tratado de manifestar en algunos de los relatos del libro. En “Bonitas palabras”, a Elmore Letts se le sindica como el hijo del traidor de Arica, y eso es algo que Chocano se lo dijo en la vida real, pues el padre de Elmore Letts, Teodoro Elmore, es sindicado como el ingeniero que colocó las minas en el morro de Arica, luego se pasó al bando de los chilenos, las desactivó y con eso permitió que el ejército contrario pueda entrar a matar a las tropas peruanas. En la actualidad la situación ha cambiado, pero continúa muy latente por todo lo que difunde la prensa: las inversiones chilenas en el Perú, la cuestión limítrofe, los peruanos en Santiago y los partidos de fútbol…

Hay gente que sigue con esa nota de recuperar Arica…
Esa es una cuestión cultural que está establecida en nuestra sociedad…

Pero en tu caso, ¿hay un interés particular o es sólo coincidencia?
Es un interés particular porque es algo que actualmente sigue instaurado en el Perú. Se respira a cada momento con disputas comerciales, territoriales, deportivas. Lo mismo, pero en menor grado, ocurre en Chile: la prensa crea fantasmas, los políticos salen a decir que movilizarán sus aviones, barcos, etcétera. Pero a los días los cancilleres de ambos países se juntan para meterse unos tragos y la presidenta Bachelet viene a bailar y a cantar el himno nacional acá. Y es curioso, porque al final la que termina matándose es la gente de abajo, chilenos y peruanos del vulgo, que sólo siguen una coyuntura.

El circuito de la lectura

Publicaciones October 13th, 2007

ET

Mario Granda

Un post titulado “Leer en la combi es paja”, escrito por Juan Manuel Robles en su interesante blog Santa Lima, comprobó el hecho de que muchísimos limeños, si no peruanos, leen durante su trayecto en la combi. Y para sorpresa de muchos, los comentarios que le siguen al texto (invito a leerlo) ratifican el hecho de que el viaje en la ya tradicional coaster puede ser uno de los momentos más placenteros para la lectura. Desde los periódicos chicha hasta la Biblia (recordemos la campaña “LEA LA BIBLIA”), una amplia gama de textos son leídos y hasta devorados por los silenciosos pasajeros. Sin embargo, los lectores también aseguran que puede haber muchos contratiempos. Allí están los se marean y no pueden leer ni una línea, los que se desconcentran por los bocinazos y los baches se lo impiden, los que lamentablemente realizan un trayecto muy corto desde su casa hasta su trabajo y no pueden leer más de una página y extrañan esos días universitarios en los que sí podían terminar un libro por semana. Y si salimos de Lima podríamos añadir también aquellos viajes interprovinciales, ideales para leer porque hay espacio, luz y sobre todo buenas carreteras, pero, maldita sea, ponen una película a todo volumen algo así como Speed o Rápidos y Furiosos 2— y fin de la historia, porque no se puede leer absolutamente nada… Y resulta que uno es el único loco que quiere leer porque sabe que es el momento perfecto, aunque ninguno de los más de sesenta pasajeros estaría igualmente de acuerdo.

El propósito de este artículo es proponer el Circuito Vial de la Lectura, un proyecto que consiste brevemente en crear un plano en el que se señalen las mejores calles para leer dentro de la ciudad de Lima mientras se viaja en una combi, micro o cualquier otra empresa de transportes. Si se lograra crear un plano de las calles y avenidas en los que se señale en qué lugares hay o no hay baches, aquellos que gusten de la lectura sabrían cuándo abrir su libro y leer plácidamente. Pero como no existe tal mapa, a veces sacamos el libro y por las puras, pues ninguna de las cuarenta cuadras de la avenida nos lo permite. Es cierto que el tema de los baches no es el único, pues, como ya se señaló, también son negativos los malos amortiguadores, la baja luz, el incómodo asiento (el de la llanta o aquel que se desfonda y produce escoliosis). Pero en gran parte el problema de la lectura en la combi se produce las calles, algo que bien podrían tener en cuenta los alcaldes.

Para comenzar, podemos decir que las vías más cómodas son la Panamericana (sur y norte), Circunvalación y Evitamiento. Luego, la Javier Prado en su tramo desde la avenida Arequipa hasta Santa Patricia (de Este a Oeste y viceversa). En lo que se refiere a esta misma vía, no se puede decir lo mismo del tramo desde la Arequipa hasta Pershing, llena de huecos y baches. Mejor que la Javier Prado en este trayecto son Pershing, La Marina y Guardia Chalaca.

A ver si podemos formar el plano del doble viaje (el del espacio y el de la lectura) para poder realizar una señalización en verde, amarillo y rojo (de mejor a peor). Cualquier añadido para Lima o para otras ciudades es bienvenido. Las correcciones también.

En la foto: Concentrado lector aprovechando las comodidades de la E-10 en la avenida Brasil.

Ciencia ficción en la literatura peruana

Publicaciones, Debate, Hablablog October 9th, 2007

1-1-c.jpgGiancarlo Stagnaro

Del lunes 15 al viernes 19 de la próxima semana, se llevará a cabo en Huanchaco el Segundo Congreso Internacional de Narrativa Peruana, organizada por la asociación cultural La Mirada Malva. Recordemos que dicha asociación emprendió en Madrid, en mayo de 2005, el Primer Congreso Internacional de Narrativa Peruana; y al año siguiente el Primer Congreso Internacional de Poesía Peruana (2006). Aunque la primera versión del cónclave de narradores trajo consigo una serie de repercusiones –como la llamada polémica andinos-criollos–, se ha convertido en una ventana importante para dar cuenta de la diversidad y la problemática de la literatura de los últimos 25 años en el Perú.

En esta oportunidad, el segundo congreso –puede verse el programa en PDF– se centra en la tradición y el rescate de voces fundamentales, pero poco divulgadas, de la literatura peruana. Ello permite poner al día la agenda en cuanto a las líneas de trabajo de los escritores nacionales, residan fuera o dentro del Perú, o hacer visibles ciertos procesos que para la crítica o el público en general resultan de escasa presencia. Uno de esos casos, entre muchos otros, es la ciencia ficción en el Perú.

Para nadie es un secreto lo poco que se conoce de la narrativa fantástica o de ciencia ficción local. Salvo los casos de Clemente Palma, José B. Adolph (en la imagen) y Juan Rivera Saavedra, eran poco conocidos los autores que practicaban esta tendencia literaria. En la entrevista con Adolph en el tercer número de El Hablador, él se refería al crítico alemán Wolfgang Luchting, quien afirmaba que era imposible que la ciencia ficción floreciese en un país con poco desarrollo industrial como el Perú. Postura eurocéntrica, a todas luces.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte las cosas han venido cambiando, como lo demuestran la influencia del cine y la globalización, entre otros factores. Por ejemplo, la revista Ajos & Zafiros (número 7) publicó la versión facsimilar de la novela de folletín Lima de aquí a cien años (1843), cuya autoría recae en Julián M. Portillo. En este relato, se traza una visión de un Perú moderno, ordenado y altamente desarrollado. En todo caso, una utopía muy cercana a los cánones de la ciencia ficción del siglo XIX. En el siglo XX, como sabemos, prevalece la distopía.

Pues ahora contamos con un corpus bastante amplio de autores de ciencia ficción en el Perú que valdría la pena conocer (léase la selección de la revista Alfa Eridani). En la mesa que compartiremos el jueves 18 junto a miembros de las revistas Maldoror (de estudiantes de San Marcos) y Argonautas (alumnos de la Federico Villarreal) intentaremos trazar algunos líneas de lectura sobre la literatura de ficción y especulación científica en nuestro país, con su respectivo homenaje al maestro Pepe Adolph.

Cultura andina en la Revista Iberoamericana

Publicaciones, Hablablog October 5th, 2007

220.jpgJohnny Zevallos

Fundada en 1939, la Revista Iberoamericana, publicación del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, órgano de la Universidad de Pittsburgh, ha lanzado el número 220 de tan importante revista, correspondiente a julio-septiembre de 2007. El dossier —cuya coordinación estuvo a cargo del reconocido investigador peruano Sergio R. Franco— lleva por título Literaturas y culturas de la zona andina y contiene 15 artículos, que fomentan una revisión de las diferentes producciones literarias y artísticas de lo andino, analizadas desde las perspectivas de etnicidad, género y estudios coloniales.

Entre los colaboradores de esta entrega podemos destacar a los estudiosos Rocío Quispe-Agnoli, Peter Elmore, Ulises Zevallos Aguilar, Antonio Melis, Leila Gómez, Orlando Bentancort y Joanne Rappaport, entre otros. En el próximo número de El Hablador, daremos una reseña más detallada de esta imprescindible publicación.

En la portada de la revista: ilustración tomada de la Nueva corónica y buen gobierno, en la que Felipe Guaman Poma se representa a sí mismo como “autor”.

Mujer bonita, mujer ballena

Publicaciones October 2nd, 2007

 

lmb

 

Por: Jack Martínez

Alonso Cueto cuenta con un nuevo reconocimiento literario: el de finalista del concurso Planeta-Casa de América de narrativa iberoamericana 2007, por la novela El susurro de la mujer ballena. De ella se ha dicho, entre muchas cosas, que se trata de la mejor novela de Cueto en los últimos años. Pero lo cierto es que la comparación entre ésta y sus antecesoras más renombradas (La hora azul y Grandes miradas) resulta un tanto inapropiada si se toma en cuenta que El susurro de la mujer ballena no es una novela que encierra un argumento –ni un escenario– marcado por la violencia política vinculada al terrorismo en las décadas finales del siglo pasado. El susurro…, lejos de ello, es un melodrama situado en Lima, donde el elemento sentimental de los personajes adquiere dimensiones preponderantes. 

Se trata de una historia de amor-odio entre las dos protagonistas: Verónica, periodista madura, bella y exitosa; y Rebeca, la “mujer ballena”, de cuerpo descomunal, torpe, antisocial y rica. La tensión se instala a través de el reencuentro de estos dos personajes luego de muchos años (ellas fueron compañeras de colegio y en ese entonces compartieron momentos de íntima amistad, entre lecturas y canciones), y el recuerdo del lejano pasado conlleva a despertar un suceso desagradable y traumático en “la mujer ballena”, suceso humillante provocado por quien fuera en aquel tiempo, su única y mejor amiga: Verónica.

Verónica percibe un comportamiento extraño de parte de “la mujer ballena” tras el reencuentro inicial, y evade las constantes apariciones de Rebeca, quien con un halo de misterioso accionar mantiene latente una doble faceta: la amiga nostálgica que desea volver a ser querida, y la ex amiga que guarda aún un gran resentimiento y está buscando el momento propicio para la venganza. En este punto, es preciso señalar el destacado dominio de la voz narrativa femenina (Verónica) por parte del escritor. Sin embargo, este mérito, con el que ya antes ha contado Cueto, se ve opacado por los no pocos errores gramaticales que se presentan en los diálogos, abstrayendo al lector de la atmósfera construida en la ficción y por tanto, de la ilación de la historia misma.

El susurro de la mujer ballena se centra pues, en los encuentros y desencuentros de estas mujeres, con esporádicas intervenciones de otros personajes, como el solitario padre de Verónica, su amante, su marido o sus pretendientes y colegas. Sin embargo la trama, en gran medida, se reduce al conflicto entre “la mujer ballena” y la bella periodista. Se trata de una situación que se muestra insuficiente a lo largo de las más de trescientas páginas, y desemboca en escenas fácilmente predecibles: todos los contratiempos, líos y problemas de Verónica van a estar ligados exclusivamente a la intervención, a veces directa, a veces indirecta, de Rebeca. Así, la monotonía se instala en varios capítulos de la novela.

Sin embargo, al lado opuesto está la descripción de los escenarios -en su mayoría lugares cerrados- que contribuye a la concentración de las acciones y, por tanto, al desarrollo de los diálogos decisivos para el desenlace. A excepción de algunas calles de Miraflores o San Isidro, la novela se desarrolla en espacios como: el interior de un avión, una limosina, cafés, centros de convenciones y la redacción del diario en el que labora la periodista. Esto, por tanto, constituye uno de los principales méritos de la novela en pos de lograr la verosimilitud.

Es sobre estas conversaciones, que son de carácter atípico pero que van acorde con el comportamiento patético de “la mujer ballena” a lo largo de la historia, que se erige la trama. En los diálogos se exteriorizan los sentimientos y resentimientos de ambas mujeres, obedeciendo esto a la característica propia del melodrama como género. El susurro de la mujer ballena pertenece a ese tipo de novelas donde lo afectivo guía el accionar de los protagonistas. Una temática recurrente en la literatura y que cuenta con gran aceptación entre un número considerable de lectores, pero tomada, en este caso, desde una perspectiva particular que deja de lado el amor convencional de pareja para dar lugar al conflicto y la íntima amistad entre dos mujeres.

El susurro de la mujer ballena presenta el tópico que enlaza el presente con un pasado desde el que se arrastra una cuenta pendiente. De allí parte y culmina la historia. En suma, una novela de trama elemental en la que confluye un lenguaje ágil, con algunos momentos intensos, y otros que caen en los baches de lo esperado.

El susurro de la mujer ballena
Alonso Cueto
Planeta
259 páginas.

Publicada originalmente en el suplemento Variedades del diario El Peruano.

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