Homenaje a José Watanabe
Uncategorized June 7th, 2007
El Centro de Estudiantes de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (CELIT) ha organizado un homenaje al poeta José Watanabe, que contará con la participación del Dr. Marco Martos, Presidente de la Academia Peruana de la Lengua, y del profesor y crítico Camilo Fernández Cozman.
La cita es mañana viernes a las 8 pm en la Municipalidad de Miraflores (avenida Larco, a la altura del parque Kennedy). El ingreso es libre. Puede encontrar más información en el blog del CELIT.
Desencantos
Hablablog, Columnistas June 6th, 2007
LA LEY DEL GARROTE
Por: José Güich Rodríguez
La historia del continente demuestra, con abundantes ejemplos, la pervivencia de la ley del garrote. He improvisado esta poco elegante metáfora para exteriorizar mi repulsa, seguramente compartida por muchos hombres y mujeres del mundo, frente el atropello que la libertad de pensamiento y de expresión acaba de sufrir en Venezuela. Después de cincuenta y tres años de trayectoria, a un canal de televisión influyente y querido por la ciudadanía se le ha impedido proseguir sus actividades. Su horrendo delito: ser abanderado de la oposición democrática y no acceder a los caprichos del dictador, ansioso por ver a todos con la cabeza baja, acatando sin protestar sus demagógicos actos de albañal.
La argucia estaba ahí, a un tiro de piedra, solventada, de hecho, por lacayos y ujieres de la más baja estofa: no se renovó la concesión de Radio Caracas Televisión. La señal salió del aire, para ser reemplazada por un remedo de canal que “se encargará de defender y salvaguardar al pueblo de los pérfidos oligarcas”. Es tragicómico comprobar que, una vez más, un cacique con delirios napoleónicos pretende moldear la realidad a su gusto. Yo no consideraría precisamente oligarcas a las humildes señoras, entrevistadas por periodistas extranjeros, que expresaban -con improperios y llanto- su terrible pena por el fin de una era.
Esta vez, el caudillo mediocre se llama Hugo Chávez, que en medio de sus delirios mesiánicos y redentoristas, no es nada más que el último de la fila en una larga lista de tiranos que avasallaron de un plumazo, y con la ayuda de sus tanques, a la prensa independiente y crítica. “La historia es una farsa repetida a menudo” decía el entrañable Washington Delgado en uno sus grandes poemas. Cuánta razón tenía y cómo lo extrañamos.
Es una tragedia que un homínido tan poco evolucionado, espurio conductor de “los sagrados destinos de la República Bolivariana de Venezuela”, haya monopolizado un discurso trasgresor que jamás debió abandonar su territorio natural. La culpa es de los intelectuales vendidos de costumbre y los políticos camaleónicos que ladran, aquí, allá y en todo lugar, por un mendrugo de poder. Provoca vergüenza ajena el contemplar cómo, una vez más, sicópatas como el militarote de marras, apoyándose en una “izquierda” prostituida, hipócrita y traidora (una afrenta para los que sí pertenecemos sincera y auténticamente a esa orilla ideológica, y así moriremos), y además, en nacionalistas oligofrénicos -la peor lacra de nuestros inestables países-, desprestigian los fueros del compromiso por un mundo más democrático y justo que se articule desde una mirada socialista crítica, pensante e imaginativa y, sobre todo, consecuente.
Subleva ver cómo Chávez reclama para sí la lucha contra lo que él llama el Imperio, cuando bajo la mesa hace suculentos negocios con los Estados Unidos. ¿Quién puede tomarlo en serio? ¿Quién puede tomar en serio a Humala, su rastrero acólito en nuestros lares, quien solo hace unas horas declaró su simpatía por las medidas de su amo, al que mira arrobado cuando viaja con todos los gastos pagados a besar los pies de quien le da de comer? Pienso en el perrito convertido en símbolo de la RCA Victor.
Chávez ha basado su gritería de bravucón de barrio en el petróleo que le vende a Washington en cantidades industriales. Gran parte de éste sirve para mantener operativos los vehículos de la horda de ocupación que Bush, tan pletórico de estulticia como el venezolano, aún osa mantener en el castigado Irak. Su política clientelista ha comprado las conciencias y los estómagos de los sectores más pauperizados, como aquí hizo la despreciable alimaña llamada Alberto Fujimori Fujimori, junto a su simbionte Vladimiro Montesinos. Estos dos reptiles también esparcieron el cáncer de la corrupción en los medios de prensa locales, asociándose también a crápulas del mundo empresarial, capaces de sacrificar valores sustanciales a cambio de prebendas y beneficios.
Sus esbirros son los mismos miserables que hoy quieren enlodar la memoria de un gran hombre, como fue Gustavo Mohme, y desprestigiar a un diario valiente como “La República”, que estuvo al pie del cañón en el combate que libramos en el 2000 contra la dictadura por la recuperación de la democracia. La cloaca en que se ha convertido el diario “Expreso”, representante de la derecha más cavernaria y pútrida, es un capítulo en la historia universal de la infamia.
Si alguien me proporciona el nombre de solo un magnate de las finanzas, de la industria o de los servicios que no haya apoyado a Fujimori -exceptúo a Don Gustavo- en alguna hora de su vomitivo proyecto autoritario, me retractaré y haré lo que no hago hace mil años: confesarme ante un cura y rezar cien padres nuestros, en castigo por hablar mal de las personas honorables. Pero encontrar a ese egregio personaje es como pedirle peras al olmo. Así que cura y confesionario pueden aguardar otro milenio, por la gracia de Dios. Habría que revisar el directorio de la Sociedad Nacional de Industrias para taparnos la nariz por el hedor que emana de ahí. Si no, que le pregunten a Dionisio Romero, a quien ningún fiscal osaría, ni por asomo, colocar en el banquillo de los acusados. Y de los académicos vendidos por un plato de lentejas, como Macera y compañía, muchas líneas se han escrito, pero nadie los ha declarado felones, como bien lo hubiesen merecido.
Pese al desencanto mayúsculo (el soporte de esta columna), aún existe la esperanza de que la ignominia del sátrapa llanero sea el principio del fin de un régimen sembrador de divisionismo y discordia en América del Sur. Probablemente hoy, cuando vocifera necio y seguro de su posición “revolucionaria”, y dispara sus proyectiles por doquier, estemos asistiendo al inicio de su caída. Que así sea. No permitamos que el proyecto dictatorial del fascista encubierto que es Chávez se esparza a otras naciones.
Los intelectuales comprometidos con una sociedad democrática y más humana deben unirse en una batalla final por la libertad de Venezuela, que al fin y al cabo, es la de todos. Los foros internacionales serán el eje de la lucha. ¿Qué esperan los activistas de las ONGs locales para organizar un serie de plantones frente a la Embajada del país hermano? ¿Cuándo iniciamos el combate por los principios eternos? Yo me anoto en la lista sin tapujos o falsos pudores.
No toleremos la complicidad; la enfermedad puede propagarse sin control. Una nueva mística de izquierda, honesta y con fe en el futuro, deberá surgir de las tinieblas. Ha de ser tan sólida, ética y consistente que no permita la llegada de ambiciosos o de bárbaros seudo contestatarios, capaces de retroceder la causa de las necesarias reformas ciento cincuenta años. Por ahora, el mejor aliado de los neoliberales salvajes es Hugo Chávez. Los Ghersi, los Espá, los Tafur, los fujimoristas y los truhanes de “Expreso” han de estar felices por lo que, según su fina sensibilidad, es la cancelación definitiva de la eterna utopía vía el patético chavismo. Pero soñar no cuesta nada, jóvenes turcos. Sigan buscando “caviar” debajo de la cama.
Los disidentes uno por uno (segunda parte)
Reseñas, Hablablog June 4th, 2007
Por: Francisco Ángeles
Tres o cuatro amigos me habían advertido que éste podía ser el grupo más parejo (”a ver cómo los vas a ordenar”, me dijo uno). Esos comentarios quizá olvidaban que el discutible asunto de poner medallas es anecdótico y accesorio (sólo era para darle un poco de color al asunto). Pero como ya empecé la semana pasada, me veo obligado a seguir adelante con mi medallero personal. En mi favor, debo decir que tampoco es para arañarse tanto: es lo mismo que ponerle estrellitas a las películas o hacer recuentos de “lo mejor del año”.
El problema no son las medallas en sí mismas, sino que su presencia puede distorsionar la manera en que son recibidas las reseñas. Tengo varios amigos y conocidos entre los antologados, y en la última semana me he dado cuenta de que les importa muy poco lo que escriba sobre sus textos, pero sí muestran interés por saber si les tocará alguna medallita o sólo una modesta mención. Supongo que esa vanidad de la que ninguno escapa despierta el espíritu de competencia. Como encargado de las reseñas, me gustaría que no se le diera a las medallas más valor del que realmente tienen, y espero que si en estas líneas hay algo que pueda despertar interés sean las reseñas y no el orden en que, con la mayor honestidad posible, he colocado a los escritores.
Finalmente, ya que eso parece importarle tanto a los escritores comentados, debo aclarar que las dos “menciones” de cada grupo no son de distinta jerarquía (no hay una “primera” y una “segunda”). Siempre irán en orden alfabético. Dicho esto, aquí los cinco de la semana:
MEDALLA DE ORO
LA TIERRA MÁS LEJANA
MARCO GARCÍA FALCÓN
Muy bien recibido por la crítica cuando publicó su primer libro, Paris personal, García Falcón presenta en Disidentes uno de los relatos de su ópera prima. Puesto que el saldo es decididamente favorable, empecemos por los reparos.
La anécdota es sencilla: el narrador viaja a Paris buscando recuperar los pasos de su hermana menor, Vera, quien ha muerto en esa ciudad tiempo atrás. En el esquema que sigue el autor para desarrollar la historia, todo es previsible e incluso estereotipado: la hermana era una muchacha extraña (de chica jugaba en el jardín con amigos imaginarios), se encerraba a leer, escribía poesía, no se adaptaba a la sociedad (es talentosa, pero inútil). Tal como corresponde, Vera decide viajar a Paris a realizar sus sueños artísticos. Y, claro, al final se suicida. Sí, pues, suena conocido.
Pregunta fija: ¿entonces por qué “La tierra más lejana” es un cuento bastante bueno? En primer lugar, señalaré la razón que considero menos importante. García Falcón tiene un estilo que a grandes rasgos sigue el mismo modelo que utiliza la mayoría de los narradores antologados: un estilo cuidado, “bonito”, con imágenes, en algunos casos hasta musical. La ventaja de García Falcón es que ejecuta ese estilo con mayor soltura, y que tiene el buen gusto de casi nunca caer en excesos estilísticos que cortan la fluidez de la lectura.
Sin embargo, el mérito que considero más valioso, talento antes que oficio, es que el autor sabe contagiar al lector de una atmósfera espiritual que penetra en la piel y perturba, a pesar de que lo narrado no sea otra cosa que una suma de lugares comunes. A riesgo de sonar demasiado “impresionista”, utilizaré la palabra adecuada: lo que García Falcón tiene es un feeling arrollador que deja al lector inmóvil y con el libro abierto una vez concluida la lectura. Lo que García Falcón tiene (repito las palabras para enfatizar) es ese nervio que difícilmente se puede conseguir a base de esfuerzo y voluntad, esa marca de fábrica con la que, creo, uno nace o no nace (lo demás, en mayor o menor medida, se puede aprender).
Cuando el autor publicó Paris personal, creo que nadie hubiera esperado que pasen cinco largos años sin que llegara a nuestras manos su segunda entrega. A nombre propio, diré que me gustaría leer algo nuevo de García Falcón (a quien no conozco y sobre el que no tengo ninguna noticia). Con mayor oficio que en su libro debut, oficio que le permita deshacerse para siempre de los lugares comunes, los logros pueden resultar insospechados.
PS. Casi cedo a la tentación de servirme del nombre de Vera para lanzar una de esas hipótesis que a veces son tan divertidas (y a menudo injustificadas) al diseccionar un texto. Dejo la pelota dando bote: el nombre de la suicida es el mismo de la que quizá sea la más conocida esposa de un célebre escritor. En vista de que la familia de los personajes es polaca (no está tan lejos), la metáfora oculta, aunque cursilona, sería que Vera murió soltera sólo en apariencia (en realidad estaba casada con la literatura, personificada por Nabokov). En ese caso, sólo faltó que, de niña, Vera jugara a capturar mariposas y no a hablar con amigos imaginarios. Si el autor hubiera dejado esa señal, me lanzaba con todo a la búsqueda de más relaciones. Será para la próxima.
MEDALLA DE PLATA
EL INVENTARIO DE LAS NAVES
ALEXIS IPARRAGUIRRE
No es poco lo que se puede decir a favor del cuento de Alexis Iparraguirre (en realidad, es tanto como lo que se puede decir en contra). Destaquemos en primer lugar, y no es poca cosa, que de todos los textos comentados hasta ahora, el de Iparraguirre es quizá el que más se ha arriesgado en la construcción de un universo propio. Ahí está su mérito, pero también su perdición.
Desde las primeras líneas, “El inventario de las naves” recrea un universo contaminado por una atmósfera de destrucción. En una época que se adivina como un futuro no muy lejano (recurso que, bien manejado, siempre le agrega cierta sensación perturbadora a un relato), el autor presenta la inminencia del colapso en dos situaciones paralelas: un extraño caso que debe resolver el comisario Dovidjenko (brutales asesinatos colectivos que incluyen cercenamiento de cuerpos), y feroces cambios climáticos a los que, de acuerdo a lo anunciado por los reportes, se sumará un huracán que amenaza devastar un mundo de por sí en decadencia (el catalizador externo que termina por hacer estallar la frágiles estructuras internas). La relación entre uno y otro hecho no es explícita, pero queda acertadamente sugerida. Más que pensar en el clima como metáfora de la violencia y degradación del mundo en que habitan los personajes, sería conveniente retomar la idea de corporización que Zizek aplica al interpretar Los pájaros (y en ese caso, el clima y el huracán son efectivamente reales).
Aunque el recurso no es en absoluto novedoso (Hollywood lo ha explotado en películas de diverso calibre), el relato gana interés conforme avanzan las investigaciones: todo indica que el serial killer ejecuta su proceso de aniquilamiento siguiendo una interpretación personal del Segundo Canto de La Ilíada. De manera que analizando detenidamente ese Canto, se puede anticipar los próximos movimientos del asesino. La idea no deja de ser atractiva: la única verdad, todas las posibles respuestas al pasado y al futuro, están en la literatura (muy bien representada por el texto homérico).
Hasta aquí todo muy bien. Pero hacia la segunda mitad del relato, el logrado universo que Iparraguirre ha puesto en marcha busca convertirse en una alegoría que nunca llega a cuajar. La presencia de un Borges a manera de un típico dios omnipotente resulta muy frágil (el final, homenaje a “Las ruinas circulares”, pretende ser coherente con esa idea, pero sólo consigue aumentar la sensación de que en algún momento la narración desvarió).
A favor de Iparraguirre se puede decir que, como proyecto narrativo, el relato es complejo y ambicioso, y que tranquilamente aceptaría bastante más de lo expresado en estas pocas líneas. Pero esa misma complejidad es la que enfatiza la sensación de no haber logrado redondear adecuadamente los méritos alcanzados en las primeras páginas. Es como si el autor, sabiendo el material que tenía en las manos, se hubiese esforzado en llevar esa complejidad al extremo, por momentos gratuitamente, en busca de un tour de force rotundo, y en ese camino perdió de vista la funcionalidad del relato.
Finalmente, diremos que la lectura de “El inventario de las naves” permite iniciar una discusión que puede resultar interesante: ¿llegar a entender lo que el autor quiso decir necesariamente mejora la valoración de una obra? ¿Qué pasa si esa ideología no explícita apenas es una opinión sin mayor brillo ni desarrollo? Dejo las preguntas ahí y paso al siguiente texto.
Sobre El inventario de las naves: Luis Aguirre, Luis Hernán Castañeda, Daniel Salvo.
MEDALLA DE BRONCE
BUSCANDO A FORSTER
PEDRO LLOSA
Primera virtud: el autor no es ningún gil. En uno de los diálogos, el narrador le dice a Eric Huiman, el héroe de la historia, que le recuerda a López, el tesonero morenaje a quien Ribeyro dio vida en “Alienación”. De esa manera, Llosa le quita a los ojos cizañeros la posibilidad de señalar una copia (y, como la filiación es evidente, ese gesto basta para convertirlo en un homenaje).
No encuentro elementos que me permitan hablar de “Buscando a Forster” como una parodia del cuento de Ribeyro. Podría ser una reelaboración libre que respeta las líneas esenciales de “Alienación”. Si López quería viajar a Estados Unidos, Eric Huiman, el protagonista de “Buscando a Forster”, sueña con vivir en Inglaterra. Un poco más ambicioso que el zambo López, el “trigueño Huiman” no se conforma con llegar a las islas británicas, sino que aspira a convertirse en estudiante de Cambridge. Si López utiliza la guerra para asegurarse un porvenir en suelo norteamericano (se ofrece como voluntario para ir a Corea), Huiman es menos belicoso pero igual de arriesgado: seduce a una inglesa impresentable que a sus treinta años sigue siendo virgen (se aplica la frase del tío Facundo Cabral: “con esa cara no era ninguna virtud”). Uno y otro personaje, el de Ribeyro y el de Llosa, llegan a vivir en su país añorado. Uno y otro, también, a pesar de ese aparente éxito terminan fracasando.
Mas allá de la anécdota, los dos cuentos también coinciden en ser narrados por un amigo del personaje principal (colectivo en el caso de Ribeyro), quien tiempo después va haciendo un registro de la historia de su esforzado compinche. En los dos cuentos las informaciones sobre los protagonistas son imprecisas, llegan de segunda mano o son completadas por la imaginación.
Por otro lado, las coincidencias formales son muy visibles (citemos una frase típicamente ribeyrana: “Edward Morgan Foster había sido un individuo que pasó por los claustros y las calles de Cambridge con mucha trascendencia y poca rebelión”). La prosa de Llosa, bien elaborada, le debe mucho sobre todo al Ribeyro del volumen Silvio en El Rosedal (y no sólo porque ahí está incluido “Alienación”). Como su modelo, Llosa consigue que el humor cumpla una función dentro de la secuencia de los acontecimientos, y no sea un simple chiste prescindible.
Un nuevo punto de contacto: cierta debilidad por la sentencia, utilizada a menudo por Ribeyro, sobre todo en sus diarios y en Prosas apátridas. En ese mismo camino, Llosa también pretende universalizar una situación particular y no cae tan lejos del aforismo: “desarrolló una dependencia imperceptible, un cariño que está en los gestos más inocuos y que mantiene juntos a los matrimonios viejos”.
Eric Huiman fracasa, pero no a la manera en que lo hacen los típicos héroes de Ribeyro (por ejemplo, los de “Una aventura nocturna” o “Espumante en el sótano”), quienes después de haber creído que al fin la buena estrella parece iluminarlos y ha llegado el instante en que todo está a punto de cambiar, vuelven a su triste realidad. Llosa le da un giro existencialista al típico fracaso ribeyrano. Es cierto que la ilusión del éxito se mantiene, pero no como una circunstancia definitiva sino como el cumplimiento de los pasos previos en el tránsito hacia el objetivo final. En el cuento de Llosa todo termina de acuerdo a lo planificado. Después de numerosas peripecias, Huiman consigue todo lo que quiere. Pero una vez logrado, el pobre Eric no sabe de qué sirvió o qué sentido tiene.
“Buscando a Forster” es un buen cuento, un cuento clásico, quizá demasiado clásico, pero como ha sido bien diseñado y está narrado con acierto y gracia, difícilmente puede decepcionar al lector. Menos aún a la fiel hinchada de Julio Ramón.
Sobre Protocolo Rorschach: Juan Carlos Bondy, Niki Tito, Roberto Limo.
MENCIONES
LA ÚLTIMA ENTREGA DE JESÚS CAMARENA
AUGUSTO EFFIO
Más de una persona me ha hablado muy bien de Lecciones de origami, el primer libro de Augusto Effio. Y al comentar el cuento elegido para Disidentes, alguien me dijo que no es de los más destacados del conjunto. Veamos qué pasa.
El protagonista es un visitador médico que viaja con frecuencia al interior del país. Siempre resulta interesante acercarse a un personaje que desempeña un oficio con el que la mayoría no tiene contacto, y que tampoco suele ser recreado literariamente (por ejemplo, la extraordinaria aproximación al universo de los traductores simultáneos que hace Javier Marías en Corazón tan blanco). En este caso, y por mucho que cite de memoria nombres de productos y compare a la gente que observa con las medicinas que ofrece, el protagonista no llega a ser un personaje del todo consistente. Un visitador médico no es otra cosa que un vendedor especializado, y como cualquier profesional de la venta que quiera sobrevivir en ese campo, debería ser un tipo al que nadie va a hacer cholito. Sin embargo, a Camarena se la hacen linda.
Cuando se habla de las cajas que debe entregar (siempre en cursivas de las que tranquilamente se pudo prescindir) muy rápido se despierta en el lector la certeza de que algo anda mal con ellas (y que ahí está la clave). Es demasiado evidente que sus viajes, su sueldo multiplicado y la bondad con que es tratado por su jefe Marino Celada (tampoco era necesario ilustrar en el apellido la jugada que le estaba haciendo) esconden algo sospechoso. Evidente para cualquiera, y para el lector antes que nadie, pero no para Camarena, quien le da muchas vueltas al asunto y tarda demasiado en descubrir que por ahí está la respuesta.
Vamos a la historia: Camarena ha sido enviado a entregar sus productos al pequeño pueblo de San Cristóbal, donde tiene una amante. La esposa lo espera en casa y nosotros lo seguimos, paso por paso, a lo largo del viaje. La secuencia, narrada con una prosa a veces excesivamente recargada, se vuelve repetitiva y por momentos deja la sensación de que no se sabe hacia dónde va. Sin embargo, en medio de esa acumulación de palabras, el autor va dejando sembrados los datos que le servirán para su broche de oro.
Effio ha trazado con inteligencia la estructura del cuento, y el final que se esperaba (y que temí que el autor juzgara sorpresivo) es reemplazado por una variante mucho más interesante que justifica los pasos precedentes. El relato clásico al que Effio recurre como modelo (una progresión lineal hacia el final inesperado) es utilizado abusando de situaciones anodinas que, sin ningún atractivo por sí mismas, juegan exclusivamente para el desenlace. Por ello, el cuento hubiera quedado mucho mejor si el autor hubiese conseguido dotar de algún sentido previo a esas situaciones, y no sólo las acumule para que encuentren su justificación en la última página.
Camarena es una víctima y el cuento pretende (y en parte lo logra) que el lector también lo sea. Habrá que leer Lecciones de origami en su totalidad y comprobar si en otros relatos Effio consigue llevar a mejor puerto el oficio narrativo que, pese a los reparos, sin ninguna duda aquí demuestra.
Sobre Lecciones de origami: Enrique Prochazka, Olga Rodríguez Ulloa, Sandro Bossio, La Vaca Profana.
DENTRO DE UNA TUBERÍA ROTA
VÍCTOR FALCÓN CASTRO
Dos libros de cuentos han bastado para que el autor consiga perfilar un estilo bastante llamativo. Aunque los relatos incluidos en Cómo alterar el orden de todo y Mujeres a punto de alzar vuelo siguen un esquema tradicional de cuento, el tipo de escritura que Falcón ha elegido llama la atención puesto que lleva el minimalismo a un extremo que, siendo funcional, puede llegar a resultar chocante. Ilustremos la idea con un fragmento:
“Se sienta a mi costado. Tiene unos treinta años. Huele a alcohol y sostiene un cigarro con la boca. Vemos la película, me acaricia la pierna. Me desabotona los pantalones y hace los mismos con los suyos. Comienzo a chupársela. Escucho pasos y jadeos por todos lados. Quiere que lo acompañe a su carro”.
Los cuentos de Falcón vienen a ser una especie de versión naif del realismo sucio nacional de la década pasada. El autor retoma los tópicos de fines de los noventa (pesimismo juvenil, experiencias con drogas, la dificultad de encontrarle un sentido a la vida), pero sus personajes muestran una inocencia a veces incompatible con el universo representado.
A grandes rasgos, podemos dividir sus cuentos en dos. Un primer tipo, en el que Falcón alcanza sus mejores logros, estaría formado por relatos en los que un personaje de clase media (o media alta) se va adentrando en una realidad sórdida que no conoce. En estos cuentos, el lector va descubriendo de la mano del protagonista ese mundo oscuro en el que, a veces sin proponérselo, el personaje ha incursionado.
En el segundo tipo de cuentos, el protagonista de uno u otro modo pertenece a ese mundo sórdido. El problema es que su mirada sigue siendo la de alguien que observa algo que le resulta ajeno, y esa pureza no hace creíble su aparente familiaridad con los terrenos de degradación en los que se mueve.
“Dentro de una tubería rota”, el cuento elegido para Disidentes, pertenece a esa segunda clase de cuentos, y por ello no termina de convencer. El narrador relata sus peripecias en un cine porno, donde suele ir a pasar el rato y obtener algunas monedas a cambio de sus servicios. La geografía del lugar es previsible: caseritos que le invitan coca, gemidos altisonantes, condones regados en el baño, e incluso estereotipos totalmente prescindibles (”Se baja el cierre y la hace crecer. Es enorme”). Más allá de su adecuación o no a la realidad, en el cuento queda la sensación de que todas esas circunstancias no son más que el decorado que sirve para darle brillo y credibilidad a la escena
En mejores páginas de su dos libros, Falcón ha demostrado que es capaz de escribir cuentos redondos, aunque se le puede reprochar que todos son muy similares entre sí: una sucesión precisa de situaciones que desemboca en un final que busca ser sorpresivo (y a veces lo consigue). Falta ahora que demuestre que puede dejar de lado la fórmula narrativa que ha venido utilizando con éxito, y empiece a practicar jugadas más arriesgadas.
Sobre Cómo alterar el orden de todo: Niki Tito.
Sobre Mujeres a punto de alzar vuelo: Imberbe muchacho.
* Los cinco del próximo lunes: Antonio Moretti, Ezio Neyra, Sussane Noltenius, Johann Page, Santiago Roncagliolo.
La palabra de Nicanor Parra
Uncategorized June 2nd, 2007
MANIFIESTO
Señoras y señores
Esta es nuestra última palabra.
-Nuestra primera y última palabra-
Los poetas bajaron del Olimpo.
Para nuestros mayores
La poesía fue un objeto de lujo
Pero para nosotros
Es un artículo de primera necesidad:
No podemos vivir sin poesía.
A diferencia de nuestros mayores
-Y esto lo digo con todo respeto-
Nosotros sostenemos
Que el poeta no es un alquimista
El poeta es un hombre como todos
Un albañil que construye su muro:
Un constructor de puertas y ventanas.
Nosotros conversamos
En el lenguaje de todos los días
No creemos en signos cabalísticos.
Además una cosa:
El poeta está ahí
Para que el árbol no crezca torcido.
Este es nuestro lenguaje.
Nosotros denunciamos al poeta demiurgo
Al poeta Barata
Al poeta Ratón de Biblioteca.
Todos estos señores
-Y esto lo digo con mucho respeto-
Deben ser procesados y juzgados
Por construir castillos en el aire
Por malgastar el espacio y el tiempo
Redactando sonetos a la luna
Por agrupar palabras al azar
A la última moda de París.
Para nosotros no:
El pensamiento no nace en la boca
Nace en el corazón del corazón.
Nosotros repudiamos
La poesía de gafas obscuras
La poesía de capa y espada
La poesía de sombrero alón.
Propiciamos en cambio
La poesía a ojo desnudo
La poesía a pecho descubierto
La poesía a cabeza desnuda.
No creemos en ninfas ni tritones.
La poesía tiene que ser esto:
Una muchacha rodeada de espigas
O no ser absolutamente nada.
Ahora bien, en el plano político
Ellos, nuestros abuelos inmediatos,
¡Nuestros buenos abuelos inmediatos!
Se refractaron y dispersaron
Al pasar por el prisma de cristal.
Unos pocos se hicieron comunistas.
Yo no sé si lo fueron realmente.
Supongamos que fueron comunistas,
Lo que sé es una cosa:
Que no fueron poetas populares,
Fueron unos reverendos poetas burgueses.
Hay que decir las cosas como son:
Sólo uno que otro
Supo llegar al corazón del pueblo.
Cada vez que pudieron
Se declararon de palabra y de hecho
Contra la poesía dirigida
Contra la poesía del presente
Contra la poesía proletaria.
Aceptemos que fueron comunistas
Pero la poesía fue un desastre
Surrealismo de segunda mano
Decadentismo de tercera mano,
Tablas viejas devueltas por el mar.
Poesía adjetiva
Poesía nasal y gutural
Poesía arbitraria
Poesía copiada de los libros
Poesía basada
En la revolución de la palabra
En circunstancias de que debe fundarse
En la revolución de las ideas.
Poesía de círculo vicioso
Para media docena de elegidos:
“Libertad absoluta de expresión”.
Hoy nos hacemos cruces preguntando
Para qué escribirían esas cosas
¿Para asustar al pequeño burgués?
¡Tiempo perdido miserablemente!
El pequeño burgués no reacciona
Sino cuando se trata del estómago.
¡Qué lo van a asustar con poesías!
La situación es ésta:
Mientras ellos estaban
Por una poesía del crepúsculo
Por una poesía de la noche
Nosotros propugnamos
La poesía del amanecer.
Este es nuestro mensaje,
Los resplandores de la poesía
Deben llegar a todos por igual
La poesía alcanza para todos.
Nada más, compañeros
Nosotros condenamos
-Y esto sí que lo digo con respeto-
La poesía de pequeño dios
La poesía de vaca sagrada
La poesía de toro furioso.
Contra la poesía de las nubes
Nosotros oponemos
La poesía de la tierra firme
-Cabeza fría, corazón caliente
Somos tierrafirmistas decididos-
Contra la poesía de café
La poesía de la naturaleza
Contra la poesía de salón
La poesía de la plaza pública
La poesía de protesta social.
Los poetas bajaron del Olimpo.
Al paler con cariño
Uncategorized June 1st, 2007
Por: Alfonso González Vigil
En su columna “Desencantos” del pasado 23 de abril del 2007, José Güich dedicó un texto reivindicativo del combo Procol Harum. Recuerdo que, por recomendación de mi padre, escuché hace muchos años atrás el éxito mítico de los Harum “A Whiter Shade Of Pale” (”Con su blanca palidez”); él me insistió que esa canción poseía una hipnótica fuerza. Luego supe que los británicos sobre la base del “Aria” -segundo movimiento de la suite N. 3 de Bach- crearon un tema con melodía persuasiva, ejecución instrumental prístina e interpretación vocal sentida. La crítica de los sesenta los llamó “Bach rock”.
John Lennon amaba ese single, bueno en realidad adoraba el álbum completo que se llamaba Procol Harum y que después sería reeditado como A Whiter Shade Of Pale. Lo escuchaba en un plato giratorio que se hallaba dentro de su lujoso Rolls-Royce. En el libro de Peter Brown y Steven Gaines The Love You Make an Insider’s Story of the Beatles se describe una reunión que se llevó a cabo en el auto y donde aprovecharon ingerir LSD. Experimentando uno de sus vuelos John hizo que se tocara “Con su blanca palidez”, intercalada con Sgt. Pepper.
A propósito de los Beatles, una de las observaciones al texto de Güich radica en mi desacuerdo cuando sostiene que los discos de Procol “no tenían nada que envidiar a los vuelos de los Fab Four”. A mí me gusta Harum, pero los Beatles me parecen superiores; además ellos hicieron uso de algunos acordes de la sonata al claro de luna de Beethoven en “Because” tocados al revés. Ellos de una manera más diáfana y arriesgada operaron una variante de una melodía clásica. Lo digo, ya que los Beatles recogieron unas notas o un fragmento casi igual que los Procol, no obstante la trascendencia y popularidad de “Con su blanca palidez” frente al track “Because” del álbum Abbey Road no tiene parangón. Incluso, yo prefiero el hit de los Harum. Sin embargo, mucho del éxito de la canción “pálida” obedece a su procedencia clásica, yo creo que si le quitarán las notas de Bach parafraseadas se eliminaría un considerable porcentaje de intensidad. En el caso de los Beatles “al tocar al revés” unos cuantos acordes de la composición de Beethoven, hace que únicamente los melómanos entrenados identifiquen la obra inspiradora. Por si fuera poco, “Because” privilegia las voces de los de Liverpool, dejando breves instantes de lucimiento a la lúgubre melodía.
Mi intención no es pelear con los hinchas de Harum, al contrario aprecio a la banda, sólo que los Beatles considero llegaron a mayores cúspides. Otra aclaración, el término brit-pop por cuestiones cronológicas no se suele aplicar en la década del sesenta. Antiguamente la movida inglesa era bautizada como “Invasión británica”. Y, por último, una corrección: se menciona que B.J. Wilson fallece en 1992, siendo el año indicado 1990. Para corroborar el dato pueden chequear Wikipedia y la página allmusic.com
Eso sí, comparto el entusiasmo de Güich por los tres primeros LP’s de Harum (sobre todo el discazo A Salty Dog). Escucharlos, garantizan minutos sosiego, magia y suspenso, porque sus obras no siempre buscaron lo políticamente correcto o lo predecible. Dato aparte: resulta una curiosa coincidencia la publicación más o menos reciente de trabajos que exaltan los méritos del rock sinfónico y progresivo. Lo manifiesto, porque la palabra reivindicación aparece tanto en el título del texto de Güich, “Reivindicación de Procol Harum (o en busca del tiempo perdido)” como en el de Jorge Luis Tineo, “Reivindicando a las minorías: una defensa del prog rock” (dicho panorama del rock progresivo figura en el número 11 de la revista Freak Out! de setiembre del 2006).
Olvidémonos de las discrepancias y precisiones por un rato. La virtud del texto de Güich consiste en la invitación al lector de conocer o valorar el legado de un grupo. En mi caso disfruté con la combinación de información musical e intimista. Y eso que cuando José me adelantó que defendería a una banda vilipendiada, pensé que le escribiría una loa a Duran Duran. Me equivoqué y felizmente para bien.
* Nota: tal como ocurrió hace dos días con el texto de Daniel Soria, hoy hemos tenido nuevamente un columnista invitado. La próxima semana las columnas de Guich y Aguirre vuelven con normalidad (Francisco Angeles).


