DESENCANTOS
Hablablog, Columnistas April 28th, 2007
EL CAPITÁN NEMO Y LOS HAMPONES DE WASHINGTON
Por: José Güich Rodríguez
Hace poco me reencontré con el capitán Nemo gracias a una atractiva edición de Veinte mil leguas de viaje submarino publicada en España por Abraxas. El entrañable personaje, héroe romántico por excelencia, había quedado en el depósito de los recuerdos, desde donde volvía en escenas que solemos evocar con melancolía (pocas) o con reproches y autoflagelaciones (más abundantes).
Al releer la novela, considerada la mejor de las más de ochenta publicadas en vida por Jules Verne -abogado y corredor de bolsa que terminó optando sabiamente por la literatura-, no dejaron de conmoverme la actualidad y fuerza de muchas imágenes. El libro salió a luz en 1870 y, de inmediato, se convirtió en el icono perfecto de la poética verniana (sí, poética, así les pese a aquellos que todavía niegan la relevancia de estas narraciones para la historia de la literatura). Lo cierto es que Verne, increíblemente, sigue capturando las mentes de cada generación, que lo reclama suyo y descifra, en esas historias de viajes y hazañas titánicas, sus propias angustias, sueños y temores. El hecho de que la mayor parte de invenciones prodigiosas descritas en sus obras fueran superadas por la realidad hace bastante tiempo no es óbice para el intenso disfrute.
Las librerías ofrecen, en pleno 2007, una amplia gama de formatos para acceder a este universo, donde habitarán para siempre seres como Héctor Servadac, Phileas Fogg, Ned Land, Miguel Strogoff o Robur el Conquistador (alter ego aéreo del capitán). Pero las palmas siempre se las llevará Nemo, atormentado y misterioso capitán de la no menos inquietante embarcación bautizada como “Nautilus”.
¿Quién es realmente Nemo? La pregunta atosiga a lectores de todas las épocas, y también al profesor Aronnax, el inesperado huésped-prisionero del “Nautilus”. Encarnación del cientificismo del siglo XIX, Aronnax será el interlocutor más capacitado para entender la compleja y ambivalente personalidad de quien gobierna la nave. No obstante, el capitán siempre se las ingeniará para mantener una distancia prudencial y cortés entre él y sus “invitados”, ansiosos por abandonar la extraordinaria máquina, y al mismo tiempo, cautivados por el despliegue tecnológico del que hace gala en forma permanente, avasalladora.
Erudito y hombre de acción, Nemo es responsable del diseño del navío, que se convierte en una proyección de su sombría naturaleza. El submarino vaga libremente por los mares de la Tierra. Es apátrida: no procede de ninguna parte específica; carece de bandera, excepto la que corresponde a la independencia y la autonomía. Por boca del propio capitán, sabemos de sus orígenes nobles; es hijo de un rajá de la India. Se declara enemigo de los países imperiales, como Inglaterra, a la que culpa de todas sus desgracias, y cuyos barcos hunde o castiga en cuanto se le presenta la oportunidad. Ese país, expoliador y colonialista por excelencia, ha provocado la ruina de su familia y de su tierra natal. Es, a fin de cuentas, un anarquista, un maravilloso renegado que deambula a sus anchas por un mundo desconocido, inexplorado y peligroso: el mar, su verdadera patria.
Todos los productos que se consumen en el “Nautilus” han sido extraídos de las aguas; nada se desperdicia, y se toma solamente lo necesario para el bienestar decoroso de la tripulación, de la que no sabemos en realidad mucho, salvo por las escenas en que esos hombres leales -al parecer de varias nacionalidades, pero que han renunciado a ellas para adoptar la del “Nautilus”- apoyan a Nemo a lo largo de las incontables peripecias que se suceden en la novela. Las potencias, siempre estúpidas y necias, han ordenado la inmediata aniquilación de lo que suponen un animal gigantesco, especie no catalogada por los especialistas.
Lo que llama la atención del personaje es su carácter multifacético: posee una cultura humanística; es también científico, músico, magnate que desprecia el dinero (cuenta con una fuente casi inagotable en el fondo del océano), filántropo (apoya económicamente a poblaciones sojuzgadas por los imperialismos de la época) y estratego. Puede pasar de hombre de mundo, apacible y sofisticado, a feroz aniquilador de especies a las que considera despreciables. En ese sentido, es impresionante el episodio en que combate contra los calamares gigantes, o la carnicería demencial que perpetra contra un grupo de cetáceos depredadores. De guardián del orden natural pasa a terrible destructor de fauna que no le resulta simpática. Ese aspecto tenebroso lo engrandece.
En varios pasajes, tenemos la sensación de que Verne habla de nuestro propio tiempo; solo han cambiado los nombres y el balance de poder. ¿Qué pensaría el capitán si por alguna fuerza ignota apareciera en nuestra realidad? Inglaterra, la nación expansionista del siglo XIX, ha sido reemplazada por Estados Unidos, el país más contaminante del planeta, que se niega a firmar tratados internacionales que puedan evitar la catástrofe climática que ya toca nuestras puertas. Debemos asumir que el rebelde Nemo atacaría sin piedad cualquier barco que pusiera en peligro el mundo transparente y puro que ha reivindicado como propio a lo largo de tantos viajes. Se transformaría en un furibundo ambientalista, armado hasta los dientes, dispuesto a hacerle la guerra -en solitario- a la potencia dominante.
Bush y los otros hampones que ocupan hoy la Casa Blanca lo declararían enemigo de la libertad, de la democracia (que patéticamente permite que hasta un imbécil fundamentalista sea líder) y de los negocios asquerosos con que llenan sus bolsillos, repletos de sangre. Ahí campean las pingües utilidades dejadas por la industria de las armas. La ocupación de Irak es un buen ejemplo de la infamia.
Pero, por otro lado, también estoy convencido de que buena parte de la población mundial (los países famélicos y arrasados por el salvaje neoliberalismo) aclamaría por unanimidad a ese escurridizo y mal llamado “terrorista” submarino, cuya cabeza tiene un precio. Los jóvenes, desde Vancouver hasta Johannesburgo, usarían camisetas con el rostro de Nemo, o con una efigie del maravilloso y vengador “Nautilus”. Alguien, dispuesto a agriarnos la celebración ficticia, sostendría que Nemo, con sus arsenales del siglo XIX, jamás sería rival para los aplastantes armamentos de última generación con que cuenta ese gobierno criminal. Consideremos la licencia: Verne no puso límites a su imaginación; eso bastaría para equilibrar la balanza. Además, su ventaja competitiva serían los incontables refugios y pasajes submarinos de los que ni siquiera Cousteau tuvo la más peregrina idea. Fantasía, 2; Realidad, 0. Así se zanja la cuestión.
En un planeta amenazado por uno de los peligros más horrendos de su historia, Nemo tendría bastante trabajo. Es probable que extendiera su guerra sin cuartel hasta tierra firme; pulverizaría sin miramientos cualquier fábrica o planta que atente contra los ecosistemas y la calidad de vida de los pobladores. Yanacocha tendría que cuidarse de su furia, así como todos los gobernantes lacayos que permitieron o facilitaron concesiones mineras sin ninguna preocupación por el futuro. ¿Cuántos Nemos y Nautilus se requerirían para paliar los daños, muchos de los cuales ya parecen irreversibles? A falta de una escuadra, uno debería ser suficiente para que la conciencia planetaria estalle y boicotee en ordenado bloque los intereses de ese Estado-Policía arrogante y de sus socios, que inició su vida bajo principios elevadísimos, y hoy no es más que una grotesca caricatura de lo que soñaron sus padres fundadores (casi todos latifundistas y dueños de esclavos…nadie es perfecto). Soñar no cuesta nada, dicen los antiguos.
Hoy, ese mismo país, que afortunadamente cuenta aún con voces disidentes y honestas, es el principal gestor de una posible extinción de la vida en todas sus formas. La batalla apenas comienza. Despidamos a Nemo una vez más. Él continuará navegando por los mares de la mente; llevará a cabo fatigosos inventarios de todas las especies que descubre en las profundidades insondables, a medida que su jornada transcurre, eternizada en las páginas de un libro excepcional. Pulverizará las embarcaciones que se atrevan a enfrentarlo. Será libre hasta la saciedad, utilizando los recursos con prudencia y respeto, lo mismo que la tecnología. Y nosotros, los indigentes mortales, nos prepararemos para lo que viene con un nudo en la garganta. Por si acaso, atisbaremos la bahía que va desde Chorrillos hasta La Punta. Quizá los dioses nos sean finalmente propicios y Nemo, por fin, emerja para guiarnos en la durísima lucha por la supervivencia. Capitán, estaré a sus órdenes de inmediato. Pero no se demore mucho, por favor, porque podría ser muy tarde y no habría quien lo reciba como usted y su tripulación lo merecen, en medio de aplausos, gritos de júbilo y bandas de música que celebran la vida como el verdadero, el único milagro.



April 28th, 2007 at 12:58 pm
Buenísimo este artículo, lo he leído entusiasmado. Apenas hace unos días me tocó ver en la televisión un reporte sobre el incidente de Tokio. El problema no solamente implica al gobierno de George Bush, sino también a los dos períodos de Clinton, donde el ambientalista Al Gore, ejerciendo entonces como vice presidente, se vio forzado a optar por las demandas económicas en perjuicio de los intentos por detener el calentamiento de la tierra. Esta es una manera un poco enrededada de nombrar algo en realidad muy sencillo: hay compañías americanas que viven de la contaminación, de la destrucción paulatina del mundo; esas compañías son las que financian, en gran medida, las campañas electorales de los grandes partidos de la unión americana, que cuando queman las papas son solamente uno (los demócratas aprobaron la campaña bélica en Irak y ahora, en marcha a las futuras elecciones, pretenden hacer creer al público que los habían engañado).
De la manera en que anda el mundo, tal vez no solamente necesitemos del regreso de Nemo, sino también de los Sicarios de Midas, del legendario Jack London. En estos tiempos en que el Darwinismo social parece ser la verdadera religión de los neoliberales, ¿por qué no seguirles la corriente manifestando que los pobres, los marginales, los pueblos más sufridos de la tierra, son los más aptos, los elegidos para sobrevivir a la debacle de los tiempos?
April 28th, 2007 at 4:56 pm
Es cierto, lo que dice el artículo, y pertienente el comentario de Tío Rico, pero lo que falta decir es lo que ocurre al interior de los países, donde los tíos ricos, son los agentes de Bush, y a nivel de la literatura, el capitán Nemo tiene nombre, gana premios, obtiene distinciones honoris causa hasta en los institutos pedagógicos, es invitados a todos los eventos, internacionales porque a los nacionales no va, publican en editoriales europeas. Ese es el capitán Nemo. Todos los aplauden como un gran marino, pero nadie analiza a profundidad el valor de sus obras. Es como el TLC, es antipatriota estar en contra, pero ¿es patriota el que está a favor? ¿O es que cpitán Nemo en persona el que pilotea el TLC y la literatura peruana de exito?
April 28th, 2007 at 5:28 pm
magnífico, tocayo.
jbadolph
April 28th, 2007 at 6:24 pm
¿Quién ha “negado la relevancia de estas narraciones para la historia de la literatura”?
¿Francisco Angeles,tal vez? No digas tonterías irresponsables,patita.
¿Por qué el hecho de que la actual tecnología haya superado las concepciones de Verne,podrían descalificar a su literatura? ¿”óbice para el intenso disfrute” de qué? Después terminaré de leerte;con esas dos trancas iniciales me desanimas en este momento.
April 28th, 2007 at 8:59 pm
Mi muy estimado malaleche, es una verdadera pena que te hayas estancado en la lectura solo porque hallaste esas frases que citas. Déjame decirte una cosa, para que empecemos nuestra amistad sin vainas y como los buenos. Esas frases son opiniones que pueden ser erradas o correctas, pero no alteran de ninguna manera el sentido general del artículo. O sea causita, tu comentario no hubiera sido tan malaleche si hubieras terminado de leer a José, es más, de repente hasta le hubieras echado mieles al artículo, porque en el fondo de tu corazón no hay mala leche, yo conozco a los duros como tú, todos somos inocentes corderitos y nos gusta llorar a gusto cuando algo nos emociona. Tuyo: el maleado.
April 28th, 2007 at 9:06 pm
¿Y dónde quedan aquellos que consideran a Verne como un autor típico de “libros juveniles”? Y en caso alguien deneste esta afirmación, ¿por qué no se lee a Verne en los colegios y universidades, salvo un par de libros en quinto de primaria?
April 28th, 2007 at 11:40 pm
Desde ahora mi dilecto Maleado Caracortada,tú más que el Bravo del Llauca (que podría ser bravo solo cuando grita en el estadio en contra de un penal) tienes que saber que nuestros antifaces seudonímicos,son en el fondo algo festivos y que si respondieran a la realidad de nuestros seres,no estaríamos participando en este blog.
Lo que no imaginas es que mi mensaje fue quemado por algún Savonarola y que a consecuencia de la quemazón,aparezco como un real malaleche.Yo iba primero contra una AFIRMACIÓN,que sí es intelectualmente irresponsable porque no tiene sustento real,y segundo contra un error manifiesto de sintaxis.Por estos dos hechos,tenía derecho a posponer el término de mi lectura.
Es después de leer el artículo que me choco con tu mensaje.No está mal pero presenta sesgos que no lo hacen impecable.(No puedo seguir porque me la pasé saludándote y no vayas a creer por favor que creo en Bush,pero sobre todo piensa que Nemo no hubiera fallado con el avión destinado a la Casa Blanca y de yapa habría estrellado otro en Coconut Grove y otro en Beverly Hills)
April 29th, 2007 at 12:15 am
El próximo año se celebran 180 años del nacimiento de Verne. Hace un par de años, cuando fue el centenario de su muerte, pasó casi desapercibido. ¿Podemos hacer algo?
April 29th, 2007 at 5:16 am
Estimados amigos, el menosprecio a las obras de Verne tiene entre sus adalides nada menos que a Jorge Luis Borges (y parece ser que mucha gente ha leido a Borges pero no ha Verne). Borges tenía en mayor estima la obra de H.G. Wells, a quien dedicó varios artículos. En uno de ellos, compara las novelas de ambos autores, dejando la obra de Verne a nivel de lectura escolar.
En buena hora, artìculos como el de José Güich nos muestran las cosas desde otro punto de vista.
April 29th, 2007 at 4:06 pm
existe un limite entre la imaginacion y el delirio,a lgo q ultimamente esta sucediendo en Güich, q te estas metiendo…
April 29th, 2007 at 5:58 pm
Cada vez que se hable de menosprecios en Borges, conviene no acatar demasiado cucufatamente el “magister dixit” y considerar,en previsivo por siaca,la palabra celos.Al divino inspirado García Lorca,lo calificó con glandular menosprecio de “andaluz profesional”.¿Que no lo dijo por letrados celos? Alejo Carpentier decía que Borges,al igual que Dalí eran repulsivos pero que al menos Dalí tenía el mérito de ser simpático.Nadie duda que Borges era un gran escritor,pero nadie tampoco debería dudar de que era parejamente “odiador profesional”.