Escribir, leer, viajar y mirar. Esas son las claves de lectura del más reciente libro de Alberto Fuguet, Apuntes autistas, en el que el narrador hace un repaso a los hitos e instantes que marcaron su experiencia estética y literaria. Un libro que puede dejar indemnes a muy pocos.
Giancarlo Stagnaro
En Apuntes autistas (Alfaguara, 2006) se configura la idea de que el lector ya no sólo lee, sino que hace zapping por películas, lecturas y la música. Como el lector o internauta de García Canclini…
Soy un intelectual intuitivo más que alguien de saber. Para mí fue importante hacer una suerte de ataque contra lo que había hecho antes. Marco una distancia no tanto por los temas sino por la forma también.
También puede concebirse como un vistazo a una educación sentimental…
Siento que no es mía, sino la de mucho más gente, o somos más parecidos de lo que creemos, o un grupo de gente. No me siento tan escritor como para haber escrito un libro así.
¿Una especie de feedback con tu trayectoria intelectual?
Trato de entender cómo llego aquí, no como un homenaje tipo “mira lo increíble que soy y pueden aprender de mí”. El libro está lleno como de guiños, que es lo más interesante, y muchos de ellos me gustan mucho. Hasta la misma foto de la solapa le toma fotos al lector.
Es evidente el sesgo autobiográfico.
Lo mismo pasa en mis novelas también.
Un paseo por un bosque narrativo, con el que mucha gente se identifica.
Me gusta esa idea, con tal que puedan salir al otro lado. Me da la impresión de que la gente que no viaja mucho viaja mucho. Ahora hay Travel Channel y Discovery. Hace poco estuve en el Jockey Plaza y es como uno de esos no-lugares, donde uno siempre se siente muy conectado o muy abandonado. En Lima me siento o muy en Chile o muy en otro lado, porque todo es igual y distinto a la vez.
El problema de los no lugares es que van de la mano con la homogeneidad de la globalización. Todo parece igual…
A la vez, creo que los temas que puedas hablar mientras caminas por el Jockey Plaza van a ser distintos. Tú me puedes contar una historia sobre tu colegio y vamos a llegar a un Perú, a cierto tipo de Perú. No tengo miedo a los no-lugares, casi me siento cómodo en ellos, porque significa que uno debe estar más atento a uno.
En el libro, diseñas una especie de cartografía o mapa de referentes…
Me gusta esa idea de crear mi propia cartografía, gracias a la escritura, yo estoy en mi planeta, más que un universo, que es un poco pedante. Yo hice mi planeta y creo que a la larga todo el mundo hace eso, no sólo los escritores. En mi planeta se vive de cierto modo, se viste de cierto modo y hay personas que están ahí.
Muchos de ellos provienen de la cultura pop…
Cuando me hacen preguntas intelectuales, me digo, porque siento que para todos como que la cultura popular, ¿acaso hay otra? Uno podría intuir que hay otra. La cultura como intelectual a la larga es pop, en la medida que lo sepan más de ocho personas, o mandes un trabajo académico por Internet. El rock es importante, supongo, como que todo el mundo ya anda con los teléfonos o los mp3. No es que yo sea el raro, a lo mejor todos somos raros.
Sin embargo, en cada apunte, en cada texto hay mucha cadencia. No están desvinculados unos de otros. Hay unidad a pesar de la diversidad.
Me gustaría pensar que lo escribí yo, a la larga la unidad soy yo, lo cual me tranquiliza, que no miento tanto. O que tengo una voz, que a veces se me pone más ronca, pero por lo que más apuesto es por la voz, que es lo único que tengo, lo único que no controlo. No es que lo controlo, sino que es lo único que no controlo. Esté borracho, enojado, en Lima o Quito, estoy hablando yo. Y eso yo no sé cómo ocurrió, no traté de ser un actor con distintas voces. Como ahí lo digo, me gustan los autores poco ambiciosos, los que dicen no quiero descubrir el mundo, quiero contar el mío. A Woody Allen le pregunté si quería ir a Chile y me dijo: no, y me encantó porque es honesto. Para qué quiero ir a Chile si ya tengo todo acá.
Es una de las ventajas de ser periodista…
Me quedó en el tintero hablando de Woody Allen y el periodismo. Me siento supersuertudo, tengo mucha suerte de ser escritor, un cierto nombre y confianza en el periódico en que escribo. A veces me ofrecen cosas que no me ofrecerían, como entrevistar a Woody Allen. Muchas veces yo llamo y me hacen caso, por el periódico. Quiero conocer a tal persona e ir a tal lugar. Como Tijuana, que no es un destino… generalmente te invitan a París, una vez fui a Ciudad del Este (Paraguay), esas cosas me atraen. Es mi lado groupie, fan, que siempre quiero mantener, mi lado agradecido. No soy muy católico, no tengo santos, pero es como la gente que siento me ha ayudado, prendiéndole velas, y si tengo la oportunidad de darle las gracias, lo hago.
En el libro hablas de una de tus visitas a Lima, siguiendo las pistas de las novelas de Vargas Llosa. Esas representaciones son importantes para un lector.
Visité la escuela de los cadetes, Champagnat, Leoncio Prado. Una de las cosas que más me molestan de García Márquez y de otra gente es ir a Colombia y conocer Aracataca. Es un viaje que a mí no me interesa. Cartagena menos, porque ahí vive. Me atrae la idea de que yo soy de Lima, no será quizás la mejor ciudad del mundo, o soy de Miraflores, esto es lo que me tocó, y este va a ser mi planeta, y no me voy a avergonzar de eso y voy a escribir sobre eso y lo transformo en algo universal, y algo que puede envolver con tanto glamour como el Louvre. Y eso pasa con distintas ciudades. Hay países o ciudades que no tienen eso, porque nunca nadie las escribió.
¿Crees que depende mucho de la manera de contar cómo una ciudad llega a ser un objeto literario valioso?
Siempre he dicho que Nueva York no fue atacada por casualidad. Entre las personas que tuvo mucha culpa fue Woody Allen. Por qué no bombardearon Cincinatti. Nadie lo conoce, nadie le tiene cariño. Es el valor simbólico y eso se crea con arte, rock y toda la gente como asquerosa de Nueva York, los punks, Andy Warhol, los pintores, los diseñadores de moda, toda esta gente que no tiene nada que ver con el dinero, el poder, la política o Bush. Son a la larga los culpables de Nueva York, y hoy pronto van a ser Tokio y Sofia Coppola. Por ejemplo, me están dando la oportunidad de un desafío, de ir a filmar una película en Iquitos. Y yo digo: ¿por qué no? Sí, me gustaría. Es como tratar de meterle mi lapa, aunque no es mi ciudad, mi país, nunca lo va a ser.
¿Cuál es tu más reciente proyecto fílmico?
Dos horas, un corto de 45 minutos en el aeropuerto de Santiago. Hacer largometrajes es muy caro. Filmaría una película cada seis meses, porque cuesta dinero. Puedo filmar cortos, es el equivalente a escribir cuentos y lo puedo pasar bien y puedo financiarlo. No entro en la maquinaria comercial, no tengo que meter españolas para la coproducción. Todo reducido, y a filmar con amigos.
¿Qué experiencia te dejó hacer la novela gráfica Road Story?
Con Gonzalo Martínez hice una película en papel, fue tener la posibilidad de volver al lenguaje audiovisual y que aprendiera cosas, cómo cortas para que los personajes no hablaran tanto, y la posibilidad de hacer una novela gráfica para adultos entre comillas. Sí me gustaría hacer novela gráfica, pero más valiente, en el sentido de no hacer una adaptación, sino escribirla directamente para que no parezca que estamos usando la literatura para entrar al género. No me da vergüenza, pero tengo un problema con la historieta, siento que no es lo mío, respeto a la gente que le gusta, pero no es el tipo de gaseosa que me gusta. No estoy en contra de que se pueda narrar visualmente, si el cine es narrar con palabras e imágenes, y para eso vine al mundo. Uno no puede aportar para el hambre o la pobreza, pero puede contar historias. Vivir para contar.
Publicado en el suplemento Variedades, de El Peruano, el 4 de agosto.