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Reseñas de libros

La literatura es azul

Por Jhonny Pacheco Quispe

La poesía es la perfección de la materia trabajada en el mármol de la impotencia; la novela, su estilo. ¿Quién podría negar la catarsis al leer una prosa lírica? Cuando tallas con ritmo, precisión y goce, solo resta decir: el autor es su carácter; la poiesis, su alma. No hay otras palabras o razón para describir cada sensación, placer intenso, al leer el libro póstumo de Oswaldo Reynoso, Capricho en azul, una oda hacia la transgresión, la literatura, la mirada fina de la escritura, la poética de la piel y ese deleite inigualable del eros.

Al principiar el texto, nos hallamos ante el cuestionamiento de las formas, es decir, la transgresión del género. En la impronta de Reynoso, la vulneración de lo canónico no es un azar, sino su tópico, como se observa en su tratamiento sobre la marginalidad, el deseo y lo político. Entonces, ¿la libertad creadora de los géneros es solo una mescolanza sin mayor fin que la conjugación de una publicación? No, por ello, apostar por una etiqueta al libro en cuestión como una miscelánea es desmerecerlo, pues solo enunciaríamos el texto a la sazón de una serie de escritos sin mayor conexión y puestos de forma aleatoria. ¿Acaso los poemas y prosas no se han colocado con algún propósito? Si se sabe que el autor cuidaba la exactitud de la palabra para conjugar la armonía imposible del placer, ¿por qué juzgamos de misceláneo una obra que invita a regocijarnos con la literatura y su delirante invocación a mirar?

Situados en la misma diégesis, asistimos al horizonte cultural del escritor con citas a modo de epígrafe y parte de la argamasa textual con el objetivo de delinear su argumento, las estrategias de abordar el tópico, y el título de su libro. Con la advertencia literaria, el zaguán hacia la provocación y el éxtasis se muestra en «Sin nombre», donde el narratario recorre con su voz la antesala de la mirada, el contexto que impulsa el deseo y los escritores que representan, también, la desobediencia hacia el decoro, por ello, ese título sin título, pues ese capricho no tiene una significación, una nominación en la Ley. Sin embargo, el recorrido por asir el anhelo deja su huella en el presente cultural con la prosa lírica «Amor de chibolo», pleitesía lírica a lo Martín Adán.

Luego de ello, nos trasladamos a los orígenes del narrador, Arequipa, donde se configura el color azul, imponente, bello e imposible, a semejanza del cielo del Misti. Asistimos al génesis de la mirada y a la incomprensión por la contemplación de lo hermoso. Empero, la inmanencia etérea del azur, es la esperanza de la vida en medio del rechazo cotidiano. Esta historia se correlaciona con el relato «Malte», en el que la historia del muchacho de nombre homónimo lo lleva a acentuar el deseo por el cuerpo joven en una tierra milenaria, China. La naturaleza, los frutos, los colores, el susurro y el proceso de transferencia amorosa, que nos recuerdan a escenas griegas del maestro-discípulo, son los elementos que enmarcan este cuadro de sugerencia imposible. A manera de colofón, «Poema», sutura este ciclo de experiencia mundana que permitirá «engendrar la claridad auténtica» (p. 41), donde «se reconozcan las eternas historias del mundo / entonces de una sola, secreta palabra, / huirá todo ser pervertido» (p. 41). Con ello, Reynoso posiciona su literatura: experiencia e inocencia, derroteros que delinean de forma gravitante su numen narrativo.

Fuente: UCH

Los siguientes textos «Paisajes interiores» y «Sin palabras» representan el camino de lo acontecido. En ambos casos, nos expresa su quehacer escritural: la realidad que nutre a la creación, no obstante, con el tamiz de lo sublime. En el primer caso, el autor expone parte de su poética y su forma de construir sus escenarios ficcionales: «El paisaje interior de una ciudad es el que despierta en la profundidad de tu existencia la ciudad que siempre te seguirá» (p. 43). La historia empieza en la Habana y culmina en la Plaza San Martín con reflexiones sobre la soledad. En el segundo caso, la voz se sitúa en París y luego en Piura; después Arequipa y China. En este devenir, aparece el aprecio de lo bello en el cuerpo joven con su vitalidad y armonía. A partir de dicho encuentro, el autor comprende que la estética de sus textos proviene a partir de esa vivencia idílica.

Con «El arte es azul», Reynoso arriba al puerto de la nostalgia y la conceptualización del color en cuestión. Así, «el azul es misterioso, múltiple y arcano. Divino y demoniaco» (p. 53). También, cómo se concibe el azul en diferentes lugares, por ejemplo, «en China, [donde] el azul es lo prohibido, lo mórbido, lo sexual» (p. 54). Con relación a lo literario, cimenta su idea al referenciar al poeta de Una temporada en el infierno: «Para Rimbaud la vocal O es azul. O: sin comienzo ni término. La eternidad» (p. 54). Luego, se menciona el azul en Picasso, el rey Salomón y Vallejo para aproximarnos a su concepto. Con ello, se propicia la entrada al recuerdo en «Epístola inconclusa», en el que la madre se posiciona como la lectora de sus textos. Y en la línea discursiva de la rememoración y la reflexión, se halla «Un pescador inglés en Beijing», «Camino correcto en La Habana» y «Una tarde de verano cualquiera».

Después del viaje por la memoria configuradora de la ficción y la palabra, el narrador traslada al lector nuevamente al presente, a la urbe, a lo real, en «Plaza San Martín». En este lugar público, de tránsito y bullicio, las personas convergen y se reúnen en fastuosa alegría o con una actitud de protesta y crítica social. Así, en dicho recinto convulsiona el lenguaje, por ello, observamos el inicio del relato «Giragiragiragira», así como la ruptura de las diferencias sociales y mezcla de los múltiples estratos, lo popular y lo letrado. De este modo, se recorre los bares emblemáticos del Centro de Lima, el Jr. Quilca donde habita el saber, en el que se recuerda a uno de sus deambuladores: Martín Adán. Aparecen, también, retazos de Los inocentes y Los eunucos inmortales para culminar en Lima, la horrible, del poeta César Moro. Esta última mención permite enlazarlo con los siguientes escritos «Lima no es horrible» y «Ribeyro en la Ciudad Perdida». En el primero, se aúna de forma intertextual al autor de La tortuga ecuestre, interpretando y contrastando la frase moreana con la decisión del vate de retornar al Perú en los últimos años de su vida. En el segundo, Ribeyro es la metáfora de la ciudad y el tópico del mundo marginal y el desasosiego, así como la devoción a la escritura misma. Sobre estas dos perspectivas, el caos creador y la admiración por el quehacer sobre la palabra, se engarza la poética de Reynoso.

Fuente: El Comercio

Los tres últimos textos se conjugan en torno a la idea de escribir y qué concibe el autor de acuerdo a su perspectiva cuestionadora. En el caso de «Ficción y realidad», se expone brevemente lo que considera la expresión de lo literario. Para ello, inicia con la teorización de la literatura, luego las cuestiones filosóficas y la enunciación científica. De estas posturas, Reynoso enuncia su idea con la siguiente sentencia: «La ficción y la realidad son, pues dos mundos diferentes. La creación de un mundo ficcional, a través de la palabra, en su sentido poético, y de adecuadas estructuras, es la expresión de la ideología del autor» (p. 80). Se complementa su ideario con «Dimensión del significado subjetivo», en el que se afirma que Cien años de soledad es una gran novela por su riqueza verbal, además de su «sentido subjetivo y poético de su prosa» (p. 84). Por último, su poética llega al culmen con la transgresión en «Gloria in excelsis», en el que la escena de la masturbación del narrador en la sacristía, pensando en el éxtasis que le propicia la imagen del personaje Malte, forja la energía creadora. Con ello, se implica que la escritura es belleza y vulneración de lo canónico, un reto constante a la Ley represora.

Luego de este recorrido por Capricho en azul, concluimos que el libro póstumo de Reynoso no es una miscelánea textual, sino una conjugación textual mediante secciones no señaladas, situadas como un devenir no aleatorio, donde se engarzan, a manera de una cadena, los temas de la transgresión, la exaltación de la belleza, y la poética en torno al arte de escribir, en el que el capricho, el deseo, es el primer motor del recuerdo para ficcionalizar el mundo mediante una armonía que solo se consigue mediante la lírica, única fuerza capaz de asir el cielo azul de Reynoso, ese elemento etéreo e imponente difícil de enunciar.

Reynoso, O. (2020). Capricho en azul. Lima: Alfaguara.

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Reseñas de libros

Honestidad brutal

Por Diana Hidalgo Delgado

Degenerado (Anagrama, 2019) no da tregua alguna al lector. Es una sucesión imparable de prosa e imágenes abyectas que hipnotizan hasta el final. No hay subidas ni bajadas ni paradas. Todo está en el más alto de los tonos. Si fuera música, sería death metal. Son las palabras y las ideas vomitadas que la mayoría no se atreve a decir escritas de una manera descarnada y sincera. Por ratos uno cierra el libro para respirar, pero realmente es imposible dejarlo por mucho tiempo. La honestidad puede ser adictiva.

La novela de la argentina Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), que gira en torno a un proceso judicial, no tiene de por sí una gran trama que avance de una manera convencional. Lo que lleva al lector a algún lugar o a varios es la mente siniestra del hombre que comete el delito y está siendo juzgado. Al exponer sus alegatos de defensa dentro del juicio, de él salen las ideas más crudas y repulsivas sobre la sociedad contemporánea, la humanidad, la paternidad, la maternidad, el consumismo, el antisemitismo, la pedofilia, el amor, el capitalismo, la ley, la religión. Este hombre parece sentir desprecio por todo y por todos. Un desprecio, argumenta, producto de la discriminación que ha vivido de parte de la sociedad por ser judío, pero también abusos e incomprensión de parte de sus propios padres. 

A él, la humanidad entera y la sociedad en la que vive le parece hipócrita y asquerosa. Y ese mundo de hipocresía se vuelve un animal que actúa y habla por instinto. Basándose en ello, puede cometer las más terribles atrocidades, como violar y matar a una niña y enterrarla en un bosque o justificar la pedofilia o la zoofilia, a las que equipara con el amor. El acusado es un violador y un pedófilo.

Así, conforme avanza el libro, la autora presenta imágenes perturbadoras, a través de la mirada del enjuiciado, de una sociedad ilustrada a la que le cae un balde con excreción, burgueses agonizantes, cuerpos que llueven en forma de diablos, murciélagos que se muerden las pestañas, una cena familiar en la que el padre le pregunta a la madre delante de los hijos dónde está el clítoris y la hace buscarlo, o un vecino teniendo sexo anal en una granja con su cerda y a la vez con su esposa, el mundo como una sucesión de roedores con cola retorciéndose, chicos que nacen sin querer vivir, un ano manchado y con puntos de sutura por tanta violación. «Los que están fuera del mundo son personas afortunadas», dice el violador en la página 40 del libro.

Uno de los tópicos a los que vuelve constantemente el violador durante el relato es al de una infancia atormentada por sus progenitores. Pero también a un concepto escabroso sobre lo que significa nacer, procrear, ser hijo o ser padre. Lo dice claramente en varios pasajes del libro:

«Nadie merece ser abandonado, yo no siento nada por mi familia, mis padres la destruyeron cambiando de identidad. Yo también tengo lesiones en distintas zonas del cuerpo y también tengo constantes pesadillas y secreciones que no son normales en mis órganos genitales» (p. 114).

O:

«Amar se aman todos, cualquiera puede amar a un padre, yo diría que todos aman al padre, todos de una manera u otra se aman, el hombre es un chiquero de amor un pelotero sucio de amor. No voy a cambiar mi declaración, no hice duelo de infancia, sigo gateando, sigo babeando, sigo en la silla con babero» (p. 104).

Y también:

«La pederastia, el asesinato, es otra versión del amor o es lo mismo que el amor que me proponen. (…). Haber sido hijo de los que me llevaban para cometer atrocidades me volvió este que ven, haber salido de los que no tuvieron empatía» (p. 122).

Fuente: WMagazin

Después está la crítica que hace a la sociedad y a la política desde el punto de vista de un hombre que no tiene nada que ganar o perder; un hombre que se siente al margen de toda ley y toda humanidad y que no está de acuerdo con la moral impuesta por esa misma sociedad. De hecho, la considera como un fenómeno de los otros, que son quienes tienen que hacerse cargo. Ni qué decir del consumismo y de las leyes del mercado: «Ustedes son los pacientes oncológicos no los tratan así, más bien les decoran la pieza y les ponen música, vienen los actores célebres de Hollywood disfrazados de piratas, el cáncer es la sociedad elegida por el mercado» (p. 25).

Y, sobre el amor, el procesado da cátedra de su concepto, que involucra pensamientos tenebrosos y que va más allá de enamorarse y tener sexo con una niña, como en Lolita de Nabokov, sino que se concibe junto a la tortura, la violación, el asesinato al objeto del deseo. Además, el enjuiciado defiende la pederastia como un amor legítimo. «Todo amor es un crimen pero cómo podría vivir sin eso», dice el violador. Y sobre su experiencia con el amor, agrega:

«Amé tanto que me quedé sin horizonte, amé tanto que ahora ya no hay nada más que abrir el ano y recibir los desechos fecales, amé tanto una vez que incluso a los que dije querer, incluso cuando sonreí, cuando besé, después, cuando junté las manos en oración, todo ese invento del placer humano al lado del fuego, todo fue infamia» (p. 112).

Entre el bien y el mal, el violador también se siente al margen. Siente que los que los juzgan pueden estar igual de mal o igual de bien que él. Pero qué le importa. Está fuera y espera con tranquilidad su sentencia de muerte, sin ningún atisbo de arrepentimiento. Sin embargo, sostiene: «El bien puede ser terrorífico, y el mar, redentor. El bien puede ser nocivo, culpable, y el mal ayudarnos a sobrevivir» (p. 84).  Y en ese mal, se regodea, se baña y se empacha.

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Reseñas de libros

Realmente, mejor el fuego

Por Giancarla Di Laura

En 2015 editorial Planeta publicó Pequeña novela con cenizas, la primera obra narrativa de José Carlos Yrigoyen (Lima, 1976). Al año siguiente, Random House editó su segunda novela, Orgullosamente solos, y ahora este mismo sello lanza su tercera novela, Mejor el fuego, dedicada a la esposa del autor, Greta, así como a dos amigas suyas, las autoras María José Caro y Mayte Mujica (esta última esposa del director de la editorial), quienes no se demoraron en publicar elogiosos comentarios sobre el libro, utilizando criterios y vocablos como «belleza» para resaltarla. «Dolorosa y bella», dice Caro; «la única belleza posible proviene de la palabra», expresa Mujica. «Negro y amarillo»

Mejor el fuego es la historia de un estudiante de Derecho de la Universidad San Martín de Porres, espacio que ya ha sido abordado con anterioridad por Sylvia Miranda en Memorias de Manú (1997, Premio BCR de Novela). Si Miranda retrataba un Perú de mediados de los ochenta e inicios de los noventa con personajes como Manú desde el activismo estudiantil y la militancia política en la Izquierda Unida, Yrigoyen se concentra en el Perú de las dos reelecciones fujimoristas, con apenas una involuntaria y moralmente obligada asistencia a una marcha contra la dictadura en el 2000.

Dividida en diez capítulos de entre tres y quince páginas de extensión, Mejor el fuego es un relato relativamente breve contado desde la memoria personal, lo que se explica claramente: «El recuento de los hechos públicos ya los sabemos con detalle, por lo que este capítulo aborda otras cuestiones y sucesos». El narrador-protagonista, ya mayor, disemina así sus recuerdos a modo de «un montón de esquirlas», según los llama. Esta memoria va entre la primaria ochentera y el año 2000, desde una exploración exclusivamente individual relacionada con su orientación homosexual. «¿Pero qué historia? ¿Y quién era yo en ella, entonces? ¿Y cuál era la mía?», se pregunta el narrador a mitad de su relato. «Comprendí que ya no habría ninguna historia dentro de nuestra historia. De ahora en adelante me reconfortaba con tu sonrisa, un ramo de flores audaces», concluye al terminar la novela dirigiéndose a su pareja Samuel. Cabe resaltar que este es un judío practicante, mientras que el narrador es un enterado lector de libros sobre Hitler. Interesante y sintomática dupla gay dentro de una generación donde los horizontes políticos ya no funcionan como catalizadores de la trama, desdeñando lo que ha sido tradición en la mejor narrativa peruana. El trasfondo ideológico neoliberal transpira entre las líneas.

El narrador, hijo único y solitario, ha crecido sin amigos en una casa familiar ubicada en una zona distante de la ciudad (La Molina). En tercero de primaria, durante el recreo, dos compañeritos le dan latigazos hasta hacerlo sangrar. La directora pide a sus padres que lo cambien de colegio, a lo que estos acceden. Después, a los catorce, conoce a Gino, chico que atiende en una disquera, quien lo viola. A los veinte, el narrador mantiene relaciones con diferentes muchachos, con los que liga a través de salas de chat como Latinmail. A los veintitrés, sus padres se separan (la madre engaña al padre con un vecino de auto rojo) y la casa es vendida. Es por entonces que en la marcha a la que asiste el narrador conoce a Samuel, estudiante de Historia en la Universidad Católica, a cuya casa parental se va a vivir. Con ellos comparte el Janucá, la fiesta judía de las Luminarias. Se dedican a tomar y fumar, y aburridos deciden salir en auto de Lima, hacia Ica y Arequipa, en lejana reminiscencia del famoso cuento “Con Jimmy, en Paracas”, de Alfredo Bryce, pero sin su economía ni brillo de lenguaje.

Antes, en abril de 1995, cuando el narrador ingresa a la universidad, conoce a Javier Urrutia Arancibia, «un tipo que estaba a punto de llegar a los cuarenta», de madre chilena y cuyo padre «nació en una familia de terratenientes que lo perdieron todo con la Reforma Agraria». Con él se acuesta y acaba peleándose. Y luego, en el verano de 1998, conoce a María Paz Melero, «entre las chicas más bonitas de la facultad», en cuya casa, ubicada en el malecón Paul Harris de Barranco, conoce a su hermano menor David, estudiante de quince años. «Le sostuve la mirada mientras sacudía su mano y pensaba que era muy guapo y que ese uniforme escolar le quedaba increíblemente bien», proclama. Al poco tiempo, la madre lo confronta y lo acusa de violación y de corromper a un menor de edad. En otras palabras, el narrador se convierte en pedófilo.

Fuente: Perú 21

Estas memorias personales, concentradas en su identidad sexual, me recordaron un comentario antiguo de Mirko Lauer sobre No se lo digas a nadie (frase que aparece en boca de un personaje de Yrigoyen), la famosa novela de temática gay de Jaime Bayly: «La prosa me parece más escabrosa que el contenido». Recordé esta opinión ahora que leía Mejor el fuego y tengo que decir que en este caso prosa y contenido resultan ser igual de escabrosas, porque lamentablemente apenas llegan a encender algún interés por su discurso básico, de coloquialismo demasiado obvio, entre el mercado e inmediatas librerías, absolutamente referencial, anecdótico y chismero, con un anecdotario que a estas alturas a nadie escandaliza, al menos literariamente. Bayly siquiera aportaba cinismo y vivacidad a sus escenas. No resulta un azar que Yrigoyen decida comenzar su novela de esta forma: «Días que no se deciden entre el calor y el frío. Iguales a mí». Y es ese yo narrativo cuarentón y poco carismático el que repasa su vida, castigando al lector a lo largo de las ciento sesenta páginas de la novela (las que, debo confesar, solo terminé a fin de escribir esta reseña).

En esa narración los eventos van y vienen. Y conforme leemos, vemos primero sus acercamientos adolescentes que nos permiten vislumbrar la ciudad de Lima en los encuentros furtivos que mantiene con distintos jóvenes. Sin embargo, el paisaje urbano es de tan escaso espesor como la llaneza verbal con que lo presenta. Aquí algunos ejemplos: «casas chatas y disímiles», «basura acumulada en las esquinas de las vías principales», «construcciones incompletas y arbitrarias», «pasillos alfombrados de rojo, puertas de falsa caoba», «desayunamos jamón, tocino, huevos, pan francés, un café muy negro y jugo de piña: doce soles la porción», «balcones, cafés con las sillas y mesas ocupando la vereda, taxis y transeúntes entremezclados» (esta última es una descripción del centro de Arequipa) y demás generalidades sin calor ni frío ni humedad ni garúa ni nevada ni mayor inventiva. En pocas palabras, un estilo repetidamente simple dentro de lo que alguien ha llamado «querer ser honesto».

Y así las experiencias homosexuales de este narrador se suceden una tras otra, sin variación de tonalidad ni tensión dramática. Porque, aunque estén nominalmente sobre fuego (por el título, digo) aquí en verdad no hay fuego, sino una página tras otra y otra más, quizá reclamándolo, literalmente.

Muy lejos este libro de los versos de Luis Cernuda de los que toma el título: «Su vida ya puede excusarse,/ porque ha muerto del todo;/ su trabajo ahora cuenta,/ domesticado para el mundo de ellos,/ como otro objeto vano,/ otro ornamento inútil;/ y tú cobarde, mudo/ te despediste ahí, como el que asiente,/ más allá de la muerte, a la injusticia.// Mejor la destrucción, el fuego».

No dudamos que los actuales editores de Random House seguirán publicando las historias de José Carlos Yrigoyen, ya que algún público tendrán por su facilismo y su «mudez» literaria, para parafrasear a Cernuda. Y es que los churros embolsados siempre tendrán su demanda.

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Coyuntura

El falso problema

Por Cesar Augusto López

Los conflictos sobre la faz de la tierra son infinitos. Virus contra bacterias, animal contra animal, unos países contra otros, familias, ciudades, economías, costumbres. La fricción es inevitable, tan inevitable como la muerte. A veces se necesitan estrategias finas, muy finas, y, otras, simples, demasiado simples, para dominar una superficie descubierta y derrotar al contrincante o dominarlo. Por lo menos eso nos ha demostrado la pandemia sin que sea nada nuevo en nuestras diversas historias sobre la victoria y la derrota. La paz, hermana esquiva de la lucha, es una de esas ansiadas prendas que el hombre piensa algún día conquistar, pero, por ahora, su existencia es solo una intuición cada vez más vaga. Justamente en este instante, cuando todo vuela por los aires, la perspectiva se desintegra y no solo no se procuran respuestas, sino que, en el fondo, no hay preguntas qué responder. Todo se vuelve acción; incluso dejar de hacer toma un lugar privilegiado, porque solo una lógica de arrastre, una espiral, se erige como guía de las voluntades, como “razón” privilegiada.

En medio de tantas batallas que se disputan, hay una que tiene un valor importante y que implica el nacimiento o la muerte de un plan, de un sistema, de un nuevo mapa de movimiento. Nos referimos a la pugna entre Estado y Sociedad. Dos formas de diferente naturaleza, pero que se retroalimentan y cuya relación no tendría por qué ser necesariamente dañina como se afirma con cierta irresponsabilidad. Quiérase o no, el Coronavirus ha relativizado los poderes del Estado y ha fortalecido la libre agrupación de la sociedad. El problema surge por la falta de concierto entre ambos, por varias razones, pero, fundamentalmente, por un personaje nada inocuo y que ha catalizado la disputa, saliendo sin un rasguño. Nos referimos al sistema económico que gobierna tanto la dinámica estatal, que “regularía” el poder abstracto de la vida en la distribución monetaria, como la social, que aspira a tener los poderes de goce que ofrece el dinero.

Tanto el Estado como la Sociedad han caído en la trampa depredadora del pensamiento económico en su forma más salvaje. El lucro como máxima efigie se ha elevado y se ha valido de todos los elementos necesarios para pasar desapercibido con el máximo de su rendimiento. La rentabilidad no tiene rostro y por eso parece no existir. Solo basta el ejemplo oscilatorio que la palabra expropiación generó frente a la necesidad de administrar las clínicas privadas. Si por la mañana se nos presentaba un presidente con plena perspectiva “social”, por la noche teníamos a un siervo de intereses ajenos a lo político, como forma de posibilitar la vida del ciudadano. Aún así se considera estatal el problema cuando el asunto tiene que ver con los mecanismos que permiten una diversidad de existencias. No obstante, cuando estas son capturadas por la rentabilidad, un factor homogeneizante, no es nada difícil que la muerte sea lo más lógico, ya que el fundamento del existir rozaría con la succión desenfrenada de sus potencias hasta el agotamiento total. En otros términos, el Estado y la Sociedad han pensado en lo rentable como razón de la vida, antes que en la vida como razón de diálogo, sobre todo, en el momento en que más se necesita para sobrevivir.

Fuente: Diario Gestión

Bajo la óptica indicada, la verdadera resistencia era o es hacerle frente a la dinámica del sistema. Valga aclarar que no nos referimos a eliminarlo, sino a evadir al máximo sus dictámenes. No significa dejar su oferta de placeres, sino solo aplazarlos un tiempo. Se tiene que entender que el Estado no sirve a las clínicas o a cualquier conglomerado de empresarios, hacia el final de la noche, sino que se ha inclinado a la sucia y hambrienta boca que reclama réditos a cualquier costo, hasta el límite del absurdo. Este no es el tiempo de la ganancia, sino el de la insistencia de lo vivo. Pero, bajo aquel criterio, la Sociedad también ha sido capturada, ya que, en versiones minúsculas, ha buscado el sumo bien de la acumulación de ganancias en el oxígeno, en los fármacos o, en sus versiones más bochornosas, copando centros comerciales (ganancia de placer le podríamos llamar en este caso). La normalidad no existe, nunca ha existido y esta es, aún, la oportunidad de desentendernos de ella, porque ella nos ha llevado hasta límites insospechados de violentas omisiones.

¿Cómo no dejar de lado la vida en medio de esta aparente guerra entre Estado y Sociedad? ¿Cómo no caer en el aberrante llamado del beneficio desmedido del Capitalismo y su coronación indudable en casi todas las esferas de la experiencia? No se puede vivir con él –aunque probablemente tampoco sin él– al menos por ahora. Desde nuestro punto de vista, y con la inevitable ola de pobreza que está llegando, son necesarias las estructuras intermedias o mixtas, ya que no todo puede ser organizado por el Estado ni todo puede ser gestionado por la Sociedad. En ese sentido, se necesita de la postergación de la expectativa del interés económico, momentáneamente, puesto que es imposible satisfacer su apetito, la mayoría de las veces, ridículo. Ejemplos concretos se tienen en el programa del Vaso de leche o los Comedores populares, los cuales, debido a la mejoría económica del país, habían quedado en cierto abandono. Su retorno debe ser tecnificado y con la mejor conciencia del trabajo conjunto, fuera de la fría inversión económica. Es decir, con asesoría técnica que aspire a la liberación de las personas y no a la dependencia de estas formaciones por su propia lógica intermedia, de paso, resistencia, comunidad. Así, no solo hablamos de modelos de atención, sino de espacio de reconocimiento humano. No habría, pues, un favor del Estado ni un eterno mendicante llamado pueblo. Las estructuras intermedias, creemos, serían verdaderos espacios de experimentación si se evadiera, lo mejor posible, la lógica del beneficio absoluto, por el beneficio de la experiencia de la vida.

En Europa se propuso la creación de brigadas vecinales para la atención de enfermos de Covid-19 asesoradas por médicos, ya que estos no se daban abasto ante el oleaje de contagiados. La solidaridad en acción es ingeniosa y este es el justo momento de las asociaciones de subsistencia, ya que la enfermedad aún no ha pasado, aún todos estamos en peligro y, a pesar de que el Estado está dejando que todo vuelva a la “normalidad”, nada asegura que no haya un rebrote o que la naturaleza mutante del virus no vaya a potenciarse durante su viaje de cuerpo a cuerpo. Los virus, a diferencia de vivos y muertos, aprenden y parece que con mayor velocidad que nosotros. Pero no es así; su aprendizaje depende de la necesidad de permanecer en sí, exactamente lo que nos ha estado faltando por el ruido de la voz de la ganancia y el fin del modelo económico. Acabe o no, ese es otro tema oscuro, no importa fuera de que es sobre nuestras vidas que se ha erigido y se erigirá otro mundo o se acabará el mismo. Así que, en un momento de crisis, deberían promoverse los movimientos intermedios en todas las dimensiones de la experiencia; desde las que tienen que ver con la alimentación hasta las que se relacionan con la cultura. La ganancia económica va a ser mínima, sin duda, pero sin la posibilidad de existir no habría ninguna posibilidad de ganancia y esta pandemia es solo una primera advertencia de lo que puede venir si no consideramos asistirnos.

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Entrevista

La escritura estelar de Nona Fernández

Foto: Mario Téllez / La Tercera

Por Diana Hidalgo Delgado

En el lomo de su mano derecha tiene tatuados cuatro puntos negros pequeñitos. A simple vista, pueden parecer hormigas, bichitos, o esas marcas de tinta que quedan impregnadas por el roce del lapicero; pero si uno se fija bien, son estrellas. Mientras escribía Voyager (2019), un homenaje a las estrellas, las constelaciones, la memoria y la gente chiquitita que nos mira desde el cielo, la escritora chilena Nona Fernández se tatuó cuatro estrellas de la constelación de Cáncer –su signo regente– allí en la mano, muy cerca a los dedos con los que escribe. «Estaba en el proceso de escribir el libro y me lo hice como regalo de cumpleaños. Es el único tatuaje que tengo. Quería que sea ahí porque escribo con la mano derecha y quiero que las estrellas estén involucradas en mi escritura», cuenta Nona, desde Santiago de Chile, aún en tiempo de pandemia. «Las estrellas están hechas del polvo estelar de sus muertos», se lee en la página 53 de Voyager.

Nona, además, es madrina de una estrella. Algo que ocurrió también, mientras escribía Voyager. Estrella HD89353: Mario Argüelles Toro. Una de las 26 de la constelación de los caídos, víctimas de la Caravana de la Muerte en su paso por la ciudad de Calama. El 19 de octubre de 1973, durante la dictadura militar de Pinochet, miembros del ejército de Chile fusilaron a 26 personas en Calama y luego las enterraron en el desierto de Atacama. Una de ellas era Mario Argüelles Toro. Era comerciante, taxista, dirigente socialista; y tenía treinta cuatro años cuando fue detenido y asesinado. Recién en mayo de este año, meses después de la publicación de Voyager y casi 47 años luego de los 26 asesinatos, la Corte de Santiago condenó a 8 militares en retiro por el delito de homicidio calificado a las 26 víctimas de Calama. «Hola, estamos aquí, somos la gente chiquitita, no se olviden de nosotros», escribe Nona en Voyager, página 19.

Las obras de Nona son una caja de Pandora. No están definidas en ningún género, ni clasificación, ni etiqueta, ni en un solo tipo de lenguaje. Por una parte, son brutales, cuando narran lo más cruento de la dictadura pinochetista; por otra, están llenas de ternura, esperanza y luz. Tienen poesía, testimonio, canciones, ensayo, novela, prosa, verso. No sabes lo que encontrarás al abrirlos. Ella lo sabe y se siente más cómoda escribiendo así, sin encasillarse. Después de escribir La dimensión desconocida (2016) y Voyager (2019), sus dos últimos libros publicados, que sin duda están atravesados por la memoria histórica reciente de Chile, Nona se ha tomado estos meses de confinamiento para preparar un libro al que considera un artefacto literario. Digo considera, porque tampoco es una definición. Con ella no hay definiciones.

«Estamos viviendo un tiempo fragmentado, que mezcla temporalidades. He creado un artefacto literario que intenta dar crónica de las vivencias en las que estamos instalados gracias a la pandemia. Es una ficción mezclada con crónica, en distintas texturas», cuenta Nona. La escritora adelanta que, aunque aún no hay un nombre definido para el libro, está previsto publicarlo probablemente en octubre, en Chile, bajo el sello editorial independiente Alquimia.

En estos meses de encierro, además de escribir este libro, Nona, cuenta, ha aprovechado para leer mucha poesía, como la de la chilena Rosa Betty Muñoz y el clásico Walt Whitman; ver teatro por Zoom, asistir a reuniones virtuales sobre política, además de revisar películas y documentales de André Tarkowski y Agnes Varda. «El género documental me gusta mucho. En Chile un referente muy importante que tengo instalado en mi memoria es Patricio Guzmán», dice Nona. De alguna forma, se plantea, Voyager es como un documental hecho libro.

Tus libros son muy difíciles de definir. Los has calificado como híbridos, pero, ¿qué son?

Originalmente yo partí escribiendo cuentos y novelas muy en la tradición y de a poco, sin planearlo, los libros empezaron a transformarse en contenedores de varias cosas: de documentos, de crónica, mezcladas con ficción. Me he ido entregado a esa pulsión que es muy orgánica, mía; y con el tiempo la he podido observar, también. Los últimos libros que escribí son libros muy híbridos, que no tienen género. Yo misma no sé qué son. Son un poco de todo. Y con el tiempo también me he ido sintiendo más cómoda en ese género sin género, que también por lo demás me parece que ha adquirido una postura que me parece muy interesante en términos políticos, porque vivimos un momento donde pareciera que se nos imponen muchos límites. Y en general siempre hemos vivido muy limitados: en géneros, en naciones, en razas, incluso con países que establecen muros para separar los límites y creo que toda esa concepción de humanidad limitada está haciendo agua en este momento. Creo que estos libros también obedecen a tratar de traducir eso en términos estéticos y en términos artísticos. Decir que no tenemos límites y no tenemos por qué ponernos límites; decir que la literatura y que la creación en general está muy lejos de eso. Hay tantas posibilidades de personalidad como infinitos somos los seres humanos en el mundo, por lo tanto, las creaciones artísticas también. Y en este momento de mi vida me acomoda mucho ese tipo de trabajo que va acorde también a una posición epocal, histórica y política.

Sin embargo, en toda esta mezcla que confluye en tus obras hay un tema que conduce e hilvana todos tus escritos: la memoria y la dictadura. Y una especie de conducción entre pasado, presente y futuro, donde los hechos se pueden repetir justamente si no recordamos lo malo del pasado para no volver a repetirlo.

Toda mi obra está completamente vinculada a la memoria histórica reciente de Chile. Primero en un origen, la pulsión fue más bien investigar una época en la que yo nací y crecí. Mi infancia y mi primera juventud están instaladas en la dictadura; y era un momento donde todo era interrogante. No había claridad en nada. Y luego cuando fui mayor, cuando llegó la democracia, cuando encontré este oficio que es la escritura, quise investigar sobre ese tiempo pasado porque es un tiempo que había quedado lleno de oscuridad, muy nebuloso. Tampoco lo planeé, fue lo que salió. Mis obsesiones estaban instaladas ahí. Entonces comencé a investigar y a reflexionar. Para mí la escritura es eso, una manera de convocar la realidad y reflexionarla para tratar de entender un poco lo que había vivido. No entendí nada. O no mucho. Y aparecieron más interrogantes. Ya con el tiempo, con más oficio y libros en el cuerpo, empecé a entender que además de querer reflexionar, quería dejar un documento de todo aquello que no estaba todavía escrito en la historia oficial (de Chile), sobre todo aquello que no estaba visibilizado. Sentí que de una u otra manera la literatura también era un espacio para entregarle visibilidad a historias, a hechos y a reflexiones que no se habían hecho en términos históricos. Creo que también buscaba dejar un archivo. Registrar y archivar. Pero la historia es tan extraña, que de pronto el tiempo comienza a pisarse la cola y hemos vivido en Chile, diría que en los últimos años, tiempos que también están muy cercanos a la dictadura y donde toda esa historia que yo pensé que era un archivo del pasado instalado en la literatura para no olvidar y para no repetir los mismos hechos, comienza a tener una actualidad que es aterradora. Esos documentos del pasado comienzan a ser espejos del presente. Nos empezamos a mirar ahí como en un espejo. Y ha sido un poco la vivencia de estos textos ahora, que no fue lo que busqué, sin duda. Pero es la experiencia que estoy teniendo yo ahora con estos textos dado el estallido social que está viviendo Chile desde octubre del año pasado, más la pandemia. Estamos en un momento sociopolítico muy intenso, con violaciones a los derechos humanos, con impunidad, con un montón de cosas que se están repitiendo, desgraciadamente. Y es ahí donde los libros empiezan a tomar un carácter como de espejo, como que espejean la realidad.

Fuente: CNN Chile

Esta imagen que has planteado de tus libros como un archivo histórico de registro de la realidad, es también como un contenedor de memoria, como las sondas exploratorias Voyager.

Sin duda eso. Concebí mis libros como un espacio donde se registrara todo aquello que no había sido del todo registrado. Sin sacar conclusiones claras. Sino un trabajo de sonda exploratoria que registra y que fija un espacio de memoria para que en un futuro se pueda seguir observando.

Decías que en esto de que la historia es tan extraña, el tiempo se pisa la cola y ahora en Chile están ocurriendo hechos similares a los de la dictadura que registraste en tus libros. Hay un modelo económico muy desgastado, un descontento social muy profundo y una crisis que parece no haber concluido; que la pandemia es solo una especie de pausa hacia el exterior. ¿Cómo se está viviendo esta crisis sociopolítica ahora en medio de la pandemia y cómo ves que va a continuar una vez que la ciudadanía pueda volver a salir a las calles?

Ha sido lo más intenso que he vivido yo como ciudadana de este país, la verdad. Y eso que viví la dictadura y el pase a la democracia. Pero creo que desde ese momento no hemos vivido momentos de tanta intensidad. Vivimos en un estado como de planicie. Pensamos por mucho tiempo que ya no había vuelta, que habíamos fracasado y que no era posible un cambio. La historia estaba escrita y ya la ciudadanía no podía escribir nuevos capítulos en esa historia. De verdad sentíamos mucho eso. Pero a partir de la revuelta de octubre del año pasado eso se sacudió completamente y lo hizo sin que nadie lo hubiera propagado. Esto es muy interesante de observar. No hay ningún partido político, ninguna organización política que haya gestionado esto. Simplemente ocurrió y fue muy natural y vino de la ciudadanía. Una ciudadanía muy agotada de un sistema neoliberal muy desatado donde el mercado lo regula todo y con un sistema público muy precario, muy pobre, demasiado frágil. La ciudadanía ha vivido abusada por mucho tiempo sin un Estado mínimo que lo proteja. Eso reventó y ha sido muy fuerte. La pandemia ha obligado a que esa revuelta tome otro carácter, que es un carácter íntimo; pero la revuelta no se acabó. No se llegó a un fin. Simplemente tuvimos que entrar a nuestras casas, pero esto no ha acabado. Y lo que viene ahora, lo que yo observo, es que en cuanto la pandemia termine, cuando podamos volver a la calle, esto se va a reanudar con mucha más fuerza. Es lo que vemos en las asambleas virtuales, en redes, lo que la televisión permite mostrar. Hay mucha indignación, hay mucha pena y mucha rabia.

En el tercer mes de protestas, los chilenos volvieron a salir a las calles para demandar reformas estructurales, en Santiago de Chile, el 17 de enero de 2020.
Fuente: France 24

Al leer Voyager pensé mucho en el documental La Nostalgia de la luz (2010) de Patricio Guzmán, en ese mismo nexo que hace Guzmán con la tierra (el desierto de Atacama), los desaparecidos de la dictadura, y el cosmos. Es también una película muy dura, pero a la vez muy tierna, como tus libros. ¿Hay un guiño a Guzmán en este libro?

Patricio Guzmán ha sido para mí un referente absoluto, importantísimo. Y si bien no lo tenía muy puesto en la cabeza cuando partí la escritura del libro, cuando me vi en Atacama, por supuesto que apareció la película. Y su obra en general. Entonces, evidentemente que su trabajo y en específico esa película está presente en la escritura de Voyager. Como un guiño, o casi como un homenaje también.

Varios sucesos ocurrieron en tu vida mientras escribías Voyager: el tatuaje de estrellas que te hiciste en la mano derecha, pero también hay otro muy importante que igualmente dura para toda la vida. ¿Cómo es ser madrina de una estrella?

Fue una tremenda experiencia y sigue siéndolo. El madrinazgo es algo que nos une por toda la vida. Debo decir que yo ya estaba escribiendo el libro sobre estrellas y memoria, cuando se me cruzó en la vida esta campaña de Amnistía Internacional Chile, que buscaba cambiar el nombre de 26 estrellas y ponerle el nombre de las 26 víctimas de la Caravana de la muerte en Calama, llamándola la Constelación de los caídos. Cuando me enteré del proyecto, que me llegó en un correo, para firmar una carta, lo encontré realmente hermoso. Muy muy hermoso y sentí que tenía todo que ver con lo que estaba haciendo. Inmediatamente quise participar. No sabía si lo iba a escribir o no. Simplemente quería participar de lo que me parecía un acto poético, hermosísimo. Entonces fui. Las compañeras de Amnistía fueron muy generosas y me dejaron estar allí, participar con ellas, ser una más de ellas, participar de la gestión y creación de todo el proyecto y la ceremonia. La Unión Astronómica Internacional no autorizó formalmente el cambio de los nombres de las 26 estrellas. Le pareció hermoso el proyecto, pero argumentaban que si tuviesen que cambiar los nombres de las estrellas por cada víctima que la humanidad ha generado, no alcanzaría el firmamento. Entonces decidimos hacer una ceremonia simbólica. Fuimos a Calama. Estuvimos con las familias de las víctimas. Tuve la oportunidad de conocerlas, de compartir, de estar con ellas, de regalarle algunos textos que hicimos en la ceremonia. Fue muy muy emotivo. Tuve la oportunidad de estar con Violeta, la compañera de la estrella que yo amadriné, Mario Argüelles. Estuvimos juntas, fui a su casa, conversé con ella. Mi intención como madrina fue, y lo entendí estando allá, escribir la vida de Mario. Traspasar la luz de esa estrella a un libro para que no se pierda, para que se observe, para que siga iluminando desde otro lugar, que en este caso es un libro. Mi misión como madrina se redujo a eso. A contar la historia de Mario, para que nunca nadie la olvide.

Fuente: El Mostrador

La dimensión desconocida es quizá menos tierna que Voyager. Hay pasajes muy brutales de secuestros, torturas y asesinatos de la dictadura. ¿Dirías que hay una dimensión del terror o terrorífica en ese libro?

Creo que los contenidos del libro son súper terroríficos, sin duda que sí. Son horrorosos. Pertenecen a un pasado completamente feroz que quise iluminar y observar justamente con la fantasía de que quizá fijándolo en un libro esas cosas puedan llegar a no repetirse. No es un libro de género en ningún caso. Yo creo que ahí la que ha hecho maestría en ese género es Mariana (Enríquez), que ha logrado hacer ese cruce entre la historia política argentina y el género. Y ha construido los libros que ha construido, de manera maravillosa. Este libro se aleja de eso (del género), aunque evidentemente es terrorífico. Lo que pasa es que mi intención siempre es intentar, pese a que los contenidos son muy duros, narrarlos de manera cariñosa, para que nadie se espante. Para que nadie abra la primera página y no sea capaz de llegar hasta el final, sino todo lo contrario, quiera y se arriesgue a llegar hasta el final. Entonces, insisto, si bien los contenidos son muy terroríficos, creo que el libro intenta no serlo del todo. Trata de vagar por ese lugar oscuro, por esa dimensión desconocida siempre llevando al lector de la mano, cuidándolo. Esa fue mi intención, que fuese un libro, pese a todo, amable. Y siempre tuve la idea de contarlo como se lo podría contar a un niño, con ese criterio. Con el criterio de estar narrando algo tremendo, pero con las herramientas necesarias para poder leérselas a un niño.

Acabas de terminar de escribir un libro registrando estos tiempos tan extraños de la pandemia. ¿Cómo es esta nueva obra?

Así es. Se va a publicar probablemente en octubre en Chile, en mi editorial pequeñita que se llama Alquimia. Es una especie de artefacto literario, muy en la línea de Chilean Electric (2015). Casi como todos mis libros, que mezclan, crónica, ficción, archivo, ensayo y materiales de la realidad. De una u otra manera lo que he estado haciendo es registrar; construir una especie de ficción registrando documentalmente mucho del día a día en este encierro. Y el resultado de este libro es una especie de reflexión en vivo sobre todo lo que hemos estado viviendo acá como sociedad. Para mí la escritura es una manera de analizar y convocar la realidad, por lo tanto, es imposible encerrarme y no escribir. Creo que enloquecería. No lo hago como una manera de sanear mi cabeza, sin duda, pero he estado escribiendo como una manera de entender esto. Por supuesto estoy segura de que este libro no es la respuesta para entender lo que hemos vivido, pero creo que es un testimonio y un intento. Como todos mis libros, son intentos. Intentos de iluminar, de entender, de reflexionar. Intentos que después llaman a otros intentos, que son otros libros. Y este libro es eso también.

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Reseñas de libros

Un modo de resistir en el mundo

Por Sebastián Uribe

Verfremdungseffekt. Este término alemán acuñado por Bertolt Brecht al que se alude en la página 248 de la novela de Camille Bordas (Lyon, 1987), es una manera de expresar el distanciamiento entre una obra y el público. El también llamado efecto V sería el mecanismo por el cual una expresión artística exige una implicación distinta de la empatía emocional, requiriendo que el público se acerque con ojo indagador, no pasivamente. Féretro, el profesor de alemán que menciona dicho vocablo afirma, ante el cuestionamiento de una alumna, la imposibilidad derivada de este tipo de obras de conjugar la interpretación crítica y la “mágica”, entendida esta última como la hipnotización del espectador por un deseo de evadirse del mundo real; en otras palabras, el entretenimiento como escape. Cómo comportarse en la multitud (2017) es la respuesta de Bordas a dicha disociación logrando un libro capaz de cuestionar desde la ficción concepciones actuales sobre temas tabú como el duelo, la vejez, la depresión o el suicidio, a la vez que nos cautiva la voz de su inolvidable protagonista.

La novela de Bordas podría clasificarse, si cabe dicha taxonomía, como un anti bildungsroman. Isidore Mazal se encuentra en esa zona gris de tránsito entre la infancia y la adolescencia. Su mayor particularidad al inicio de la novela es ser el último hijo de una prolífica familia de genios misántropos en la cual él y su madre son los únicos que no están obsesionados con evadirse de la cotidianeidad, preocupados por dejar una obra para la posteridad siempre escribiendo tesis, o preparándose para escalar posiciones a pasos agigantados en el mundo académico. Isidore, o Dory como le dicen sus hermanas, por el contrario, se cuestiona en todo momento el presente, lo que ocurre mientras la tragedia empieza a rondar su hogar y se pregunta si el futuro le depara algo a él, y opta sin tanta convicción por prácticas como la escritura de la biografía de su hermana Simone o el aprendizaje del idioma alemán. Este último interés constituye una vía para construir puentes más sólidos que los que mantiene con aquellos con los que convive, basadas de manera tácita en un monótono silencio:

              «Como teníamos el jardín más pelado del vecindario, salvo por el cerezo, que se las apañaba él solo sin ayuda humana, aquel repaso semanal se llevaba poco con el aburrimiento del que huía cuando salía afuera. De hecho, era igual de aburrido, solo que el silencio del jardín era menos opresivo que el que había dentro de casa. Flotaba en él cierta esperanza en que algo pudiera venir a romperlo.» (p. 178)

Esta opresión se muestra desde la misma elección del epígrafe de Stanley Cavell: «Si hablar por otro parece una operación misteriosa, ¿no será porque hablar con alguien no parece suficientemente misterioso?»

Si bien una primera lectura podría aducir que hay una crítica al aislamiento por las pocas charlas fraternales que se dan entre los Malzer, sobre todo desde la pérdida de su figura paterna, la distancia alcanza otros grados, primero intelectual y, más importante, emocional, además de la representación de dicha brecha a través de otros eventos simbólicos como la negativa a responder una carta o la pérdida del idioma materno. Isidore se ve perdido entre las grandes mentes dotadas de sus hermanos, en los que no se ve reflejado por el sistema cerrado en el que estos transitan, no porque lo consideren menos, sino porque simplemente lo consideran solo en la medida en que este pueda servir de apoyo para sus intereses individuales, como la redacción de una biografía o de un trabajo académico sobre, vaya ironía, las relaciones familiares. De ahí que les sea imposible alcanzar un grado de empatía salvo cuando estos entran también en crisis y sus ideales se ven amenazados.

En esos momentos, cuando sus dogmas son puestos en duda, se logran los mejores diálogos de la novela, rebosantes de vulnerabilidad. Dory se da cuenta de que, si bien ha hallado pares en personas de círculos distintos como su vecina centenaria, la compañera por correspondencia de Simone o una amiga de la escuela también con dificultades para encajar en el grupo, es en los pocos pero intensos momentos con sus hermanos que alcanza a iluminar cuestiones vitales que le angustian. Esto le revela otras vías para sobrellevar el peso de las emociones que le embargan y los moldes sociales que debería asumir como referencia. Denise, su amiga de la escuela, le espeta la siguiente afirmación, toda una declaración de principios: «Dicen cosas como que no estés triste, que seas fuerte; dicen que es fácil abandonarse, que lo que de verdad cuesta coraje y valor es ser feliz y aferrarse a los pequeños placeres del presente… como si la gente que sufre fuera más débil, ¿sabes? Yo eso no lo pillo». (p. 171)

La anhelada libertad del conocimiento a la que se aferran sus hermanos termina siendo una prisión erigida por ellos mismos, una coraza de protección a lo expresado por Denise, tal como le explica Simone a través de su teoría del embudo:

              ‪«Cuando naces, tienes un número prácticamente ilimitado de opciones, estás nadando en lo alto del embudo y las vas analizando, aunque no pienses en el futuro o, al menos, aunque no veas el futuro como un nudo corredizo que se va cerrando sobre ti (…) Al principio ni te das cuenta, empieza con las optativas en el instituto: ¿más literatura, o más física?, ¿te pones a estudiar un tercer idioma o te tomas en serio la música? Y entonces van desapareciendo sin que te des cuenta algunas de esas oportunidades que entrevías para el futuro y te va succionando cada vez más en el fondo, te mete en un remolino de decisiones precipitadas, hasta que haces una tesis doctoral tan específica que solo hay veinticinco personas en el mundo aparte de ti que la entienden, veinticinco personas a las que les interesa». (pp. 155-156)

La idea de no poder salvarse del destino de los hombres comunes es lo que desencadena la tormenta sobre sus hermanas Berenice, Aurore y pronto Simone, quienes se topan con la frustración de no hallarle sentido a sus vidas a pesar de tener mayores habilidades que el resto, no solo en términos cognitivos sino también económicos, de lo cual son conscientes. De ahí que se aferren a la melancolía (que no es equivalente a la tristeza) de operar sobre sus recuerdos, en los que tienen más capacidad de control que en su presente y así no intentar relacionarse con más personas ante el temor de cargar con problemas ajenos a los suyos o descubrir verdades incómodas con los que más temprano que tarde tendrán que convivir: «Nunca sabes lo que le pasa a la gente por la cabeza, pero cuando te enteras, cuando una pequeña parte de ello sale a la luz, pues lo más probable es que te haga daño, que haga que te sientas fatal». (p. 263)

Ahora que nos encontramos en un período donde convivir de manera distante se ha convertido en el modo de vida imperante, se agradecen novelas como la de Camille Bordas capaces de brindarnos una literatura capaz de subvertir los lugares comunes en los que se incurre al reflexionar sobre la manera actual de relacionarnos y donde la soledad, la culpa o el sufrimiento no son presentados como males a temer, sino como sentimientos en los cuales se puede hallar resquicios de esperanza y consuelo. En suma, una forma de resistir en el mundo.