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Sidonie Csillag: La lesbiana del siglo

La lectura del sociólogo español Javier Sáez aporta elementos fundamentales para el estudio del psicoanálisis influenciado por el feminismo. Este autor publica un libro sobre teoría queer y psicoanálisis, que lleva este mismo título, en el que nos plantea una pregunta pertinente: Si el psicoanálisis considera que toda sexualidad es perversa y polimorfa, ¿Por qué el psicoanálisis se empeña en seguir hablando de perversión para referirse a la homosexualidad?

Y es que, como sabéis, entre las estructuras clínicas clásicamente utilizadas en psicoanálisis para profundizar la relación del sujeto con su deseo distinguimos tres grandes grupos: la psicosis, la neurosis y la perversión.

La herramienta clínica que nos dejó Jacques Lacan para poder diferenciar las estructuras era la metáfora. Transformando el mito de Edipo de Freud en una metáfora, la metáfora paterna, nos dio las claves para la constitución del deseo en el sujeto. El deseo del Otro es recibido como un significante: El Nombre-del-Padre, ese significante amo alrededor del cual se organiza la existencia del sujeto.

Esta brújula que orienta la clínica lacaniana resulta útil para distinguir entre la estructura neurótica y la psicótica, tratándose de un significante que da sentido al enigma del deseo del Otro en la primera, y de una forclusión en la segunda. Sin embargo, la utilidad de esta brújula para comprender la perversión es más dudosa, considerando que la experiencia analítica no es lo suficientemente significativa con este colectivo, ya que los perversos no se psicoanalizan.

Tradicionalmente, hemos hablado del fetichismo como si del ejemplo principal de la perversión se tratase, concretamente, el psicoanálisis ha estudiado la homosexualidad masculina y su relación absolutamente necesaria con el falo para ilustrar la formación de la estructura perversa.

La teoría analítica ha cambiado su posición con respecto a la homosexualidad según el periodo histórico en la que se la considerase, hecho que nos hace pensar la perversión más como un prejuicio social que como una evidencia clínica. La definición de lo que es considerado como comportamiento perverso no deja de cambiar con el tiempo, con la demanda del Otro social, con sus formas de censura y con las leyes que se aplican en cada sociedad.

Para Freud, la perversión era el equivalente de la sexualidad infantil, en el sentido que una pulsión parcial ejerce la supremacía sobre las otras. Mientras que en la sexualidad “normal” son las partes genitales las que juegan el rol principal. Habría pues una pulsión sexual genital a la cual aspiramos todos para alcanzar la sexualidad normal, y las perversiones no serían más que “desviaciones” de la pulsión sexual.

Siguiendo esta lógica, se considera una actividad sexual como perversa cuando esta ha renunciado al fin de la procreación y persigue un plus de placer independiente.

En este sentido, habría que acoplar la concepción freudiana de la sexualidad con la introducida por Gayle Rubin en sus estudios llamados Tráfico sexual, concretamente el capítulo “Pensar el sexo”, en el que la autora defiende que la sociedad tiene la idea de que existe una sexualidad que es buena, normal y natural; idealmente, esta sexualidad es heterosexual, se desarrolla con el cónyuge, por tanto, es monógama, procreadora y, sobre todo, no es comercial. Debe darse en una pareja estable, si es posible. Toda transgresión a esta sexualidad será considerada como mala, anormal y contra-natura.

Nos planteamos pues la pregunta de Sáez: ¿Dónde habría que establecer la frontera, cuáles serían los actos respetables? Si sostenemos la idea de que existe una sexualidad más respetable que las otras, es por que nos basamos en que existe un ideal de la relación sexual, y que hombre y mujer hacen uno. Freud, con ciertas premisas, nos induce a pensar que la relación sexual existe.

Pero, a la inversa de este sistema jerárquico de valor sexual, como lo llama Rubin y lo promueve Freud, Lacan nos enseña que el supuesto desarrollo de la libido no se da, y que sostener esta hipótesis es una posición que nos lleva a una elaboración teórica moralizante. Cuando se sigue la enseñanza de Lacan, solo podemos afirmar que no hay relación sexual entre el hombre y la mujer, ni entre el hombre y el hombre o la mujer y la mujer de hecho. Toda sexualidad es perversa en la medida que, para gozar al menos de una parte del cuerpo del Otro, hace falta pasar por el objeto parcial. El objeto a satisface el goce genital a través del fantasma. Lacan aborda la cuestión del objeto en relación al Otro: el objeto de la succión, de la excreción, de la mirada y de la voz. En su seminario XI dice “Es en tanto que sustitutos del Otro que estos objetos son reclamados, y son hechos causa de deseo”.

Al final de su enseñanza, Lacan nos hablará de père-version, es decir, de la versión del padre, en vez de referirse a una supuesta estructura perversa. Si asumimos la imposibilidad de la relación sexual en el ser-hablante ¿por qué continuamos a utilizar la nosología clásica de la perversión, heredada de la medicina? ¿Qué interés clínico puede tener para un psicoanalista el nombrar así a sus pacientes? ¿por qué seguir considerando entonces la homosexualidad como una perversión?

Por qué, a pesar de la desaparición de la homosexualidad como enfermedad mental del DSM en 1973, gracias a un psiquiatra perteneciente a la Sociedad Americana de Psiquiatria, Robert Spitzer, aún hoy continúa siendo considerada como “problemática” en ciertos sectores de la sociedad. En EE.UU., existen terapias de conversión, comportamentales, que hacen creer a los padres que sus hijos pueden cambiar y vivir una vida normal. Pero las consecuencias de estas intervenciones son dramáticas para los sujetos, desafortunadamente. En Francia, sin ir tan lejos, también asistimos a todo tipo de críticas homofóbicas con respecto al tema de la legalización del “mariage pour tous” (matrimonio para todos). Los antropólogos, los teólogos, los sociólogos… todos tenían alguna pega con respecto a esta iniciativa. Lo que más me impresionó fue que incluso algunos psicoanalistas que se decían lacanianos, como Jean-Pierre Winter, explicaban en los medios de comunicación que una pareja homosexual no debería poder adoptar hijos porque la representación de la diferencia sexual se debe jugar en la familia, y que el niño necesita tener acceso a una identificación con el progenitor del mismo sexo para integrar el orden simbólico. Llegó incluso a decir que “legalizar el matrimonio homosexual era matar al padre”, y que estas parejas extrañas darían como resultado hijos psicóticos. Esta fue una de las razones que me empujaron a escribir una tesis de psicoanálisis, pues me daba cuenta que realmente hacía falta una lectura diferente para solventar el conflicto entre el sector homo de la sociedad y los psicoanalistas, que empezaban a ser considerados como los principales enemigos públicos.

Es decepcionante escuchar enunciados moralistas y homofóbicos de la parte de un psicoanalista que se dice él mismo lacaniano, ya que si partimos del aforismo del Doctor Lacan “No hay relación sexual” no podemos sostener más la idea de una sexualidad “normal”. En efecto, esta promesa del psicoanálisis sobre la pulsión genital, esa que vendría a hacer converger todas las pulsiones parciales, no hemos podido comprobarla ni en nuestra propia experiencia ni en la de nuestros pacientes. Como decía Lacan “el amor genital es el Dorado prometido a los analistas”.

En efecto, el famoso complejo de Edipo sostiene la idea de una evolución de la libido en la neurosis, a diferencia de la perversión, en la que se considera que la pulsión sexual quedó fijada en algún momento a un objeto parcial.

Freud introdujo el complejo de Edipo por primera vez en una carta dirigida a Fliess en 1897, donde explicaba: “He encontrado en mí, como en todos los demás casos, sentimientos de amor hacia mi madre y celos hacía mi padre, sentimientos que son, creo, comunes a todos los niños. Comprendemos mejor así el interesante efecto que nos provoca el rey Edipo”.

Es a partir de esta intuición inicial que Freud constituye el pilar de su teoría analítica. A través de su historia, la de sus propios hijos y la de sus pacientes, elabora el complejo de Edipo, concepto fundamental para el psicoanálisis, que revolucionará radicalmente la manera de pensar la psique humana. Explica que este complejo comienza a la edad de cuatro años, cuando observamos al niño dirigir sus pulsiones sexuales hacia el padre del sexo opuesto, que es el objeto de deseo más próximo por que es él quien se ocupa del niño con su presencia y su interés. Estas pulsiones, con las frustraciones que le siguen, son el nudo del complejo de Edipo. El padre del mismo sexo representa un obstáculo para su satisfacción, y por consecuencia, la fuente de su frustración. Posteriormente, con la educación represiva centrada en la masturbación, el sujeto reprime sus tendencias sexuales, que quedarán latentes hasta la pubertad. La crisis edípica acabará con dos instancias de vital importancia para la socialización del sujeto: el superyó que reprime, y el ideal del yo que sublima.

Pero, ¿quién reprime el deseo hacia la madre? Aquel que será llamado a cerrar el triangulo edípico; a saber, el padre. Esta figura paterna es la que da sentido al deseo del Otro (la madre) e introduce un ideal al que poder identificarse.

El complejo de Edipo tendría entonces una función normativa, dándole al niño una estructura moral, nuevas relaciones a la realidad y también, una identificación masculina o femenina. Habría que atravesar el complejo de Edipo para poder dar sentido al deseo del Otro, para llegar a ser un hombre o una mujer y elegir el objeto de deseo.

Por tanto, el padre entra en juego como aquel que tiene el falo. La madre, marcada del signo menos porque no lo tiene, se dirige al hombre para obtener el objeto que desea (el falo se entiende). El padre sería aquel que permite al niño tener un falo pero para más tarde, en la pubertad. La salida del Edipo comporta la identificación con el padre (Ideal del yo). Sin embargo, el destino de la mujer está marcado por lo que Freud llamó “Penisneid” en alemán, es decir, una privación que siempre experimentará la mujer.

En definitiva, esta es una rápida aproximación de lo que Freud elaboró sobre el complejo de Edipo. Pero, como os habréis percatado es una teoría masculina, en la cual el falo está en el centro. Tenerlo o no tenerlo es la cuestión clave del Edipo. Por tanto, como feminista, puedo decir alto y claro que no me resulta un enfoque satisfactorio, porque obvia a más de la mitad de la población mundial.

Hizo falta la introducción del goce femenino, suplementario al masculino, en la enseñanza de Lacan para que mi interés por el psicoanálisis volviera a despertarse. El psicoanálisis que va más allá del falo y del Edipo fue para mi la salida al impase que representa el Edipo para las teorías feministas.

De igual manera, los homosexuales se indignan contra el Edipo, en la medida en que esta lectura los posiciona del lado de la perversión. Clásicamente, el problema homosexual era la negación de la castración de la madre, lo que se traducía en términos tales como “madre fálica” o “vagina dentada”. Dicho de otro modo, la madre como castradora del padre, que se orienta más hacia su hijo que hacia su marido. Entonces, se trataría de un individuo que guarda una relación profunda y perpetua a su madre, la cual en la pareja de los padres tuvo una función directiva, eminente, etc.

Retomemos las palabras de Freud en “Un recuerdo de infancia de Leonardo da Vinci”: ”En todos los hombres homosexuales, ha habido en la tierna infancia, olvidado más tarde, un lazo erótico muy intenso con una persona del sexo femenino, en regla general la madre, suscitado o favorecido por una dulzura excesiva de la propia madre, y conformado por una desaparición de la figura paterna en la vida del niño. Sadger subraya que las madres de sus pacientes homosexuales eran a menudo mujeres masculinas, con rasgos de carácter enérgicos, capaces de hacer titubear al padre y de quitarle la posición que le pertenece”.

Una vez más, observamos que la sexualidad femenina, concretamente la homosexualidad femenina, no aparece en el desarrollo de los postulados teóricos sobre homosexualidad, porque, de todas formas, en la mayoría de los casos era considerada como una manifestación de una histeria grave. Algunos analistas llegaron a formular inclusive que “la homosexualidad femenina no existe”, y por tanto, no puede plantearse como sujeto de estudio.

Entendemos mejor por qué la autora Gayle Rubin llegó a calificar a la teoría analítica de “théorie feministe manquée” (en psicoanálisis se llama “garçon manqué” a las chicas que se sienten masculinas, y manqué también quiere decir “falta”. Es un juego de palabras que quiere ilustrar que al psicoanálisis le falta algo en su elaboración sobre la sexualidad femenina). A pesar de los esfuerzos de Freud por hacernos comprender que lo que hace enfermar a las mujeres es el patriarcado, él mismo estaba atrapado por el lenguaje de su época y llegaba a promulgar enunciados falocéntristas propios de su cultura. Recordaré un fragmento de “La moral sexual civilizada” en el que encontramos un claro ejemplo de la ambivalencia de Freud con respecto a la histeria: “Hace falta, al contrario de lo que podríamos pensar, que una muchacha goce de buena salud para que pueda soportar el matrimonio. El remedio contra la enfermedad nerviosa que resulta del matrimonio sería más bien la infidelidad conyugal (…) pero en el conflicto entre sus deseos y su sentido del deber, la mujer se refugia una vez más en la neurosis. Nada protege su virtud más firmemente que la enfermedad”.

Sin embargo, los post-freudianos parecen haber olvidado los fundamentos mismos de la teoría analítica y han considerado la homosexualidad como una patología, como si de una fobia se tratase (evitar los órganos genitales del sexo opuesto por miedo). En estos casos, el tratamiento analítico debería curarlos, cambiando así su orientación sexual.

Pero hizo falta la introducción del término “Goce” en la enseñanza de Lacan para que el psicoanálisis saliese al fin de un discurso moralista y retrógrado en el cual el Complejo de Edipo lo había encerrado. La tentativa por dar una jerarquía, una prioridad o un fundamento a una practica sexual por encima de otras, es siempre un intento del Discurso del Amo, como diría Lacan. No existe una manera armoniosa, estable y natural de gozar. Al goce no se le puede adaptar o llegar a amaestrarlo.

El goce molesta, es brutal y no es adecuado para el sujeto. Es en la repetición del síntoma que algo apunta a la existencia de dicho goce, y es justamente esto lo que continua a dar crédito a nuestra disciplina. Por tanto, hablar de sexualidad perversa es redundante, ya que sería como hablar de sexualidad sexuada, en el sentido que, finalmente, lo que el psicoanálisis nos enseña es que toda sexualidad es perversa.

Así fue como, para defender mis postulados, me serví del famoso caso de la joven homosexual de Freud, texto publicado en 1920. Cuanto más leía sobre ella, la única paciente a la que Freud no quiso poner nombre (Conocemos a Dora, también Anna O, incluso el caso Juanito…), más me daba cuenta que este caso se escapaba a toda lógica clasificatoria partiendo de las bases del Edipo. Freud y Lacan la situaron del lado de la perversión, pero para otros analistas más contemporáneos como Philippe Hellebois o Charles Melman, la muchacha era histérica. Por no hablar de las últimas lecturas de Gueguen o de Marie-Hélène Brousse que la consideraban de estructura psicótica. Su carácter inclasificable fue el que me motivó a hacer una nueva lectura más borromea y menos estructural, para intentar acabar así con la vieja idea de que la homosexualidad es necesariamente perversa.


Lectura clásica de la joven homosexual, siguiendo a Freud y a Lacan
En 1919 Freud recibe por primera vez una paciente homosexual. Esta chica no venía al análisis por iniciativa propia sino que era su padre quien la enviaba con la idea de “enderezar” su desviación sexual. Su demanda era tan desesperada que no dudó en dirigirse a Freud (que contaba con muy mala fama en Viena), pidiendo que los instintos naturales de su hija despertasen y que el psicoanálisis ahogase de una vez por todas sus inclinaciones antinaturales.

Uno de los aspectos que más había disgustado al padre era la falta de pudor de la muchacha. La joven no tenía ningún reparo en exhibir su orientación sexual en plena calle y de mostrarse en sociedad con una mujer de mala reputación, que Freud califica en su análisis del caso de “cocotte”. Incluso en el texto en español la palabra aparece en francés, y es que en ocasiones Freud deja ciertas expresiones en la lengua original, incluso cuando escribía en alemán. Cómo sabéis, Freud fue discípulo de Charcot y vivió unos años en Paris, así que conocía muy bien el francés. Cocotte viene a ser una “mujer de vida alegre”.

En lugar de centrarse en actividades propias de su género, como cuidar bebés, ella prefería los encuentros con esta mujer de mundo.

Lo que enfureció el padre fue verlas un día cogidas del brazo en mitad de la calle. Les lanzó una mirada furiosa que las separó inmediatamente. La joven pagó su reacción muy caro, pues su amada le dijo que no quería volver a verla si se avergonzaba de su compañía. Acto seguido, la joven se dirigió a las vías del tren, y se tiró.

Esta tentativa de suicidio fue interpretada por Freud. Por una parte, el gesto no hizo más que beneficiarla, ya que su dama amada se sintió culpable y tomó esto como una verdadera prueba de su amor. Además, los padres fueron más indulgentes con su hija y se mostraron más comprensivos en cuanto a la relación con esta señora.

Seis meses más tarde, el padre acude a Freud. Su hija no para de desobedecerlo y sigue encontrándose con la dama. En definitiva, el padre le pide a Freud que ponga orden, y que su hija desarrolle una sexualidad normal.

Pero para Freud, esta tarea era una encrucijada por dos razones: la primera, que el deseo de análisis no venía de la paciente sino de su padre; y la segunda, que lo que estaba en juego era cambiar la orientación sexual de la paciente.

“No es indiferente que un individuo llegue al análisis por anhelo propio o lo haga porque otros lo llevaron; que él mismo desee cambiar o sólo quieran ese cambio sus allegados, las personas que lo aman”… “La tarea propuesta no consistía en solucionar un conflicto neurótico, sino en trasportar una variante de la organización genital sexual a otra. La experiencia me dice que este logro, el eliminar la inversión genital u homosexualidad, nunca resulta fácil” . (1)

La hipótesis de Freud es que no se logra cambiar completamente la orientación sexual de una persona. Es tan complicado como pretender que un heterosexual empiece a desear las personas del mismo sexo. A lo sumo, y a pesar de no haber sido estudiada después de Freud, esta tesis tiene todo su valor en la lectura del caso, a lo que se aspira en el análisis es a restablecer la plena función bisexual en cada sujeto.

Pero volviendo a la paciente que nos ocupa, la gran dificultad era que la demanda no venía de ella, sino de su padre.

Resulta llamativo que en la narración del caso, en ningún momento Freud considera a la muchacha como neurótica. En más de una ocasión lo deja caer:

- “Por otra parte, la muchacha nunca había sido neurótica, no aportó al análisis un síntoma histérico, de suerte que las ocasiones para explorar su historia infantil no podrían presentarse tan pronto” (2).
- “Los desplazamientos de la libido aquí descritos son, sin duda, notorios para todo analista por la exploración de las anamnesis de neuróticos. Sólo que en estos últimos se producen en la primera infancia, en la época del florecimientos de la vida amorosa; en cambio, en nuestra muchacha, que en modo alguno era neurótica, se consuman en los primeros años que siguen a la pubertad” (3).

¿Por qué hago hincapié en esto? Más adelante veremos que determinados analistas post-freudianos, inclusive post-lacanianos, han afirmado que la joven homosexual era histérica. Según el propio Freud, y como veremos también para Lacan, esta paciente era perversa. Explicaremos en detalle como se defiende la hipótesis de la estructura perversa en este caso.

Por tanto, a pesar de haber atravesado el complejo de Edipo con total normalidad, lo que lógicamente la situaría en la queja histérica, esta muchacha es perversa. Dicho de otro modo, y siguiendo a Freud, se necesitaría el Complejo de Edipo para construir una posición perversa.

La muchacha tenía entre trece-catorce años cuando aún mostraba un enorme interés por la maternidad. En aquella época, cuidaba de un niño de tres años al cual adoraba. Pero, de la noche a la mañana, cambia su centro de interés y dirige toda su atención a la madre del niño. Para Freud, este cambio se explicaba por un evento que había acontecido en la realidad y que fue el nacimiento de un hermanito cuando ella tenía 16 años.

En este cambio de orientación, Freud veía una sola explicación válida: La elección de la mujeres maduras era un substituto materno. Al principio, se interesó por las madres reales, mujeres jóvenes, entre los treinta y los treinta y cinco años, y a las que había conocido con hijos. Pero, la famosa dama, no sólo no era madre sino que además era bastante mayor que ella, y sin embargo despertó todo el interés de la chica, y la razón que nos da Freud nos reenvía de nuevo a la universal bisexualidad del ser humano, y es que la dama condensaba en su persona los ideales masculino y femenino:

“La silueta delgada, la belleza adusta y el carácter áspero de la dama le recordaron a su propio hermano algo mayor que ella. Por consiguiente, el objeto en definitiva elegido no correspondía sólo a su ideal de mujer, sino también a su ideal de hombre; reunía satisfacción de las dos orientaciones del deseo, la homosexual y la heterosexual” (4).

La razón por la cual la niña se desvía de la solución del Edipo y dirige todo su amor y atención a la madre, orientándose hacia la homosexualidad, está ligada con una decepción con el padre:

“Cuando la desilusión se abatió sobre ella, la muchacha se encontraba en la fase del refrescamiento, en la pubertad, del complejo infantil de Edipo. Se le hizo consciente a plena luz el deseo de tener un hijo y que fuera varón; que este debía ser un hijo del padre y la réplica de él, no le era permitido como saber consciente. Pero en eso sucedió que recibió el hijo, no ella, sino la competidora odiada en el inconsciente, la madre. Sublevada y amargada dio la espalda al padre, y aún al varón en general. Tras este primer fracaso, desestimó su feminidad y procuró otra colocación para su libido” (5).

En este caso, su deseo de tener un hijo del padre, normalmente se trata de un deseo inconsciente (donde el hijo viene a ser el sustituto del falo) se ve frustrado por la realidad, puesto que es su madre quien lo tiene. La explicación que propone Freud es que la muchacha se encontraba en la fase de reviviscencia del complejo de Edipo infantil en la pubertad cuando su deseo de hijo del padre se vio frustrado. Esto la condujo a una amarga decepción que la apartó del padre y del hombre en general. Además de esta explicación ligada al padre, Freud añade otra en relación a la madre; es lo que él llama “una ganancia secundaria de la enfermedad”. Y es que su madre era una mujer muy coqueta que seducía a los hombres en presencia de su hija, cuando se iban juntas de cura termal, uno de los pocos momentos de complicidad que compartían ambas. Convirtiéndose en homosexual, dejaba de interesar a los hombres y así dejaba el campo libre a su madre, la cual abandonaba la rivalidad imaginaria con su hija, que tanto dolor producía a la paciente. Este “hacerse a un lado” como hipótesis sobre la génesis de la homosexualidad, Freud ya lo había desarrollado en su trabajo sobre “Un recuerdo de infancia de Leonardo Da Vinci”, hablando de la homosexualidad masculina.

La necesidad de ser vista por el padre en sus encuentros con la dama testimoniaba, según Freud, un deseo de desafiarlo. Esta forma de vengarse, Freud la proyecta en la transferencia analítica, pensando así que la paciente reproducía en análisis lo que tenía la costumbre de hacer con su padre, a saber, engañarlo con mentiras. Freud está convencido de que la paciente inventaba sus sueños sobre la deseada heterosexualidad para confundirlo, como hacía con su padre. Esto sueños a los que Freud no da crédito son lo que llama “sueños hipócritas”. Su idea era que la paciente quería ganar su interés y su afecto, dándole la razón a su teoría, pero para quizás defraudarlo doblemente más tarde. Fue esta premisa la que le llevó a interrumpir el análisis de la paciente, derivándola a una colega femenina:

“Interrumpí, entonces, tan pronto hube reconocido la actitud de la muchacha hacía su padre (hostilidad latente), y aconsejé que si se atribuía valor al ensayo terapéutico se lo prosiguiese con una médica”(6) .

De esta manera tan drástica, se terminó el corto análisis de la muchacha.

Al final del texto, Freud comparte algunas reflexiones sobre su tentativa de suicidio que son de una gran importancia, y que Lacan retomará posteriormente para explicar el lugar central del objeto a en la comprensión de este caso. Me refiero al famoso “Niederkommen”, ese juego de palabras que en alemán resuena tanto con “caer” como con “parir”. Para Freud, en su intento desesperado de acabar con todo, no solo se escondía la razón que da la paciente, que él califica de superficial (la desesperación de haber perdido el objeto amado) sino un cumplimiento de deseo:

“De aquel deseo cuyo desengaño la había empujado a la homosexualidad, a saber, el de tener un hijo del padre, pues ahora ella caía por culpa del padre. Entre esta interpretación profunda y la consciente, superficial, de la muchacha, establece la conexión el hecho de que en ese momento la dama había hablado igual que el padre y pronunciado la misma prohibición. Y en cuanto autopunición, la acción de la muchacha nos certifica que había desarrollado en su inconsciente intensos deseos de muerte contra uno u otro de los miembros de la pareja parental”.

Más concretamente la madre, dice Freud, y añade:

“No halla quizá la energía psíquica para matarse quien, en primer lugar, no mata a la vez un objeto con el que se ha identificado, ni quien, en segundo lugar, no vuelve hacia sí un deseo de muerte que iba dirigido a otra persona”(7) .

Pasemos ahora a la lectura que hace Lacan del trabajo de Freud.

En su seminario IV sobre la relación de objeto, Lacan introduce el estudio de este caso para clarificar la relación de la mujer con el objeto fálico. La mujer, marcada por el signo menos, es considerada como un sujeto castrado a nivel inconsciente. Ella entra en el Edipo con este menos, deseando un hijo del padre. La decepción de no recibirlo la lleva a alejarse de la posición femenina. Siguiendo esta lógica, el hijo viene al lugar del falo en el inconsciente femenino, como un objeto imaginario. En el caso de la joven homosexual, la presencia real de este objeto imaginario (el hijo del padre) pero del lado de la madre, le provoca una gran frustración que le hace cambiar de posición.

En este momento, el sujeto se identifica al objeto en cuestión y esto le hace ocupar el lugar del falo, considerándose ella misma como el falo encarnado (Niederkommen).

El amor idealizado que ella dirige a la persona de la dama de mala reputación, relación por cierto, que nunca fue de naturaleza sexual, aclara la definición misma que nos da Lacan sobre el amor, cuando dice que “amar es dar lo que no se tiene” (8).

El falo imaginario que circula en esta simbolización del don es la clave para Lacan, que estudia el caso en tres tiempos siguiendo el esquema L:

  1. Primer tiempo: Son los tiempos del Edipo, en que la equivalencia Pene imaginario= hijo aún estaba presente. Este esquema posicionaba al sujeto en el lugar de madre imaginaria que se dirige a un padre simbólico, como aquel que puede dar el falo. La intervención del padre en lo real (le da un hijo a la madre) produce la frustración de la muchacha que se convierte en homosexual, amando como un hombre.
  2. Segundo tiempo: El padre que estaba en posición de gran Otro viene al nivel del yo, y la dama sustituye al hijo en este segundo tiempo.
  3. Tercer tiempo: En una especie de inversión, el sujeto, que situaba a su padre en el orden simbólico, lo permuta del lado de lo imaginario. Adoptando la posición del padre y conservando el pene que le falta a nivel del yo, la muchacha encarna el falo. El padre cambia de posición en el esquema L, desplazándose del punto A mayúscula (nivel del Gran Otro) al de a minúscula (nivel del yo).

En esto consistiría la perversión de la joven para Lacan, que toma en la realidad algo que en principio, debe quedar inconsciente, a saber, que el falo es femenino y que se puede entregar en la relación de amor.

Es precisamente cuando Lacan trabaja el tema del amor y de la transferencia a la persona del analista, no como una totalidad, sino como la encarnación del objeto a para el analizante, que cita el caso de la joven homosexual por última vez en su seminario. Concretamente en su Seminario X sobre la Angustia, cuando explica la distinción entre el pasaje al acto y el acting-out.

“La tentativa de suicidio es un pasaje al acto, pero la relación con la dama de mundo es un acting-out”.

Según Lacan, es Freud quien “deja caer” a la paciente, porque ella le provoca angustia, al poner en duda su teoría y la veracidad del inconsciente. Freud abandona esta paciente a su suerte, derivándola a una psicoanalista mujer. Da cuerpo al deseo de la paciente por ocupar el lugar de objeto del Otro, dejando entrar en lo real de la escena analítica el deseo inconsciente de la joven. Y no era un deseo inconsciente de maternidad, como suponía Freud, sino el del niño en tanto que falo. Frustrada por la imposibilidad de poseer el falo, se hace amante de una mujer de mundo mostrando así que ella lo tiene y que por tanto, lo da.

Lacan considera que la joven homosexual sí tenía una transferencia importante a Freud, pero que este no supo entreverla. La transferencia no se dirigía al padre, como Freud nos intenta convencer durante la exposición del caso; tampoco a la persona de Freud, sino al lugar de objeto que él encarnaba para la paciente, objeto parcial en todo caso. El analista representa el objeto a del analizante, y en lo que a la joven homosexual se refiere, este objeto era la mirada, en juego desde la tentativa de suicidio.


Lectura borromea del caso
La joven homosexual, como así la conocemos desde entonces, nunca consultó a otra persona que no fuera Freud, y le guardó un odio considerable el resto de su vida. En una entrevista que las autoras del libro “Sidonie Csillag, homosexual de Freud, lesbiana del siglo” le realizaron poco antes de su muerte, escuchamos como Sidonie califica el análisis como una “circunstancia estúpida” y que Freud era un “tipo repugnante” que había inventado “la historia más sucia que un ser humano puede imaginar”, y es que una niña quiera tener un hijo de su padre.

Siguiendo los nuevos elementos clínicos que nos aporta la biografía publicada sobre la vida de la joven homosexual, que las autoras del libro han decidido llamar Sidonie, vamos a efectuar un esfuerzo por salir de la lectura edípica y realizar una lectura borromea del caso.

La dificultad principal para realizar esta lectura es que no contamos aún con la publicación de su correspondencia, ya que ella ordenó antes de morir que esperasen 50 años antes de sacarla a la luz. Al no conocer los significantes-amo que guiaron su existencia, es más complicado hacer un análisis singular. Sin embargo contamos con los hechos.

Tras su análisis con Freud, la joven continuará su amistad con la Dama, la baronesa Léonie von Puttkamer, durante años. En ella encuentra una mujer con la que puede identificarse, ya que ambas tienen unas madres particulares: bellas, eróticas, coquetas… con la misma afición por engañar a sus maridos y faltarles el respeto. Eran más mujeres que madres, hasta el punto que la madre de Sidonie era capaz de negarla como hija cuando las dos partían en cura termal, con tal de parecer más joven y llamar la atención de los hombres. La relación con su padre era más calmada, pero se veía perturbada por la intrusión de la madre, una mujer celosa que no toleraba la complicidad entre el padre y la hija. Sidonie se sorprendía de ver hasta qué punto su padre cedía a los caprichos de su mujer, y se dejaba manipular a su antojo. Esta posición de pelele de su padre es una característica que compartía con el padre de la Dama.

El amor incondicional que la joven dirigía a la baronesa, era un amor al estilo caballeresco, pero sobre todo, nada carnal. Esta mujer nunca tocó a Sidonie, se conformaba con recibir sus caricias y sus miradas ardientes. Para la joven, lo importante era reproducir las buenas maneras de su padre, y copiaba los manierismos de la verdadera cortesía masculina, dejándole pasar primero al abrirle la puerta y hacerle una reverencia, regalándole flores, besándole la mano… toda una gentleman.

Su veneración se hizo patente cuando la baronesa fue condenada por el intento de asesinato de su marido por envenenamiento. Tal era la fusión entre estas dos mujeres que la joven se hizo cómplice del delito al ocultar las pruebas del departamento del matrimonio antes de que la policía llegase al lugar de los hechos.

La segunda tentativa de suicidio estuvo ligada a la huida de la baronesa a Berlín, siguiendo los consejos de su abogado. Esta separación la dejó en tal estado de desesperación que no encontró otra salida que darse la muerte ingiriendo una ámpula con veneno. Después de este episodio, atravesará lo que las autoras del libro llaman una grave melancolía.

Pero, paradójicamente, cuando la baronesa volvió a Viena queriendo reencontrarla algunos años después, la joven falsificó una carta, haciéndose pasar por su padre, para prohibirle todo contacto con su hija, es decir, con ella. Esta forma de ocupar simbólicamente el lugar del padre parece un apoyo esencial para el sujeto, que se sostiene de esta identificación imaginaria con el padre.

En este periodo en el que no se relacionaba más con la baronesa, el padre la empujaba a acudir a encuentros sociales, y fue así que conoció a su pretendiente. Para los negocios de la familia esta unión resultaba interesante, pero ella no mostraba en absoluto una predilección por este hombre, ya que cuando le dio su primer beso quedó paralizada ante tanta bestialidad. Así comprendió que el sexo no era la cuestión fundamental para ella, independientemente que se tratase de un hombre o de una mujer, no le gustaba desnudarse y que la tocaran, ni que la besaran, ni que la acariciaran… la relación al otro no debía pasar por el cuerpo.

Su tercera tentativa de suicidio fue la más grave, ya que se pegó un tiro en el pecho. Las autoras del libro explican que era para poner fin al proyecto de boda que su padre le había programado, pero parece más una racionalización que una verdadera causa. Si hay algo en lo que las feministas y los psicoanalistas no se pondrán de acuerdo es en la dimensión del síntoma. La teoría queer no aborda la existencia del sufrimiento de la persona en sus postulados, y por tanto, el diálogo con nuestra disciplina se hace más complicado.

La única actividad que le hizo recobrar el interés por la vida fue la equitación. En este contexto particular conoció a un hombre que le llamó la atención por sus buenas maneras, aprendidas al estilo Dandy. Un verdadero gentleman con quien poder identificarse. De nuevo encuentra una forma de sostenerse gracias al eje imaginario. Decidió casarse con él para poder entrar dentro de la norma social. Pero el problema surgió la primera vez que hicieron el amor, una extraña sensación le invadió el cuerpo. La penetración fue vivida como una agresión y un sentimiento de perplejidad acompañó este acto; no comprendía para qué servían esos gemidos tan horribles. Justo después de su matrimonio con él, decide evitar estos encuentros y por tanto, no compartir dormitorio con su marido. La vida conyugal empezó a ir mal tras la muerte de su padre.

El contexto histórico y los cambios políticos que surgieron en Viena en estos años tras la victoria del nazismo, la forzaron a dejar su país y refugiarse en Cuba.

Es en este punto de su existencia en el que había perdido sus marcas imaginarias que le permitían sostenerse, su padre y después, su marido, que se producirá un particular encuentro. En Cuba vivirá con sus hermanos en una gran propiedad durante algunos años y es allí que escogerá a un perro para que la proteja. Este perro se llamaba Petzi, y marcó su existencia durante quince años.

A sus cuarenta y cinco años se ve obligada a trabajar por primera vez ya que no tenía más que deudas. Durante dos años vivirá con una familia para ocuparse de un niño. La única condición que ella impuso para trabajar en esta plantación es que le dejasen venir con su perro. Rápidamente se sintió perseguida por los otros trabajadores, por que trataban muy mal a su perro. Solo el silencio apaciguador de la noche, mientras paseaba a su perro, le permitía evadirse de la hostilidad de aquella gente. La mirada de su perro parecía comprenderlo todo, y ella se protegía de esta manera de los otros. Para poder financiarse su regreso a Europa tras el fin de la guerra, se vio obligada a trabajar, pero en esta ocasión no podría viajar con el perro. Se lo dejó a una amiga en su ausencia, pero para ser justa con el perro, eligió el trabajo más desagradable, ya que lo abandonaba y se sentía culpable por ello.

A su regreso a Europa, nadie vino a buscarla a la estación, y la mirada de su perro era el único signo para ella de que no estaba sola en el mundo. Su ex marido no aceptó la presencia del perro en la casa, ya que ella dormía con él y no había más lugar en su cama. Al poco tiempo de su regreso, y debido a la imposibilidad de vivir con su ex, se buscó un trabajo de cuidadora en casa de una amiga enferma, en la que sí podría vivir con su perro.

Algo parecido le sucedió con la única relación estable que mantuvo con una mujer, Wjeba. Estaba tan pegada al perro que las relaciones sexuales no se producían, algo más bien adaptado para ella dada su dificultad con el cuerpo. Sin embargo, su pareja le dio a elegir en una ocasión entre ella o el perro, y Sidonie no lo dudó: eligió al perro.

Su lazo al otro se sostuvo más bien que mal mientras vivió en casa de su amiga, pero una vez que ésta murió, vemos su dificultad para poseer una casa propia y como, poco a poco, deriva hacía el vagabundeo. Aquello que evita que todo su mundo se desmorone es la presencia del perro, el único ser en el que puede tener confianza plena.

Sin embargo, cuando este animal cayó enfermo, su veterinario le pidió que le calmase el dolor con una inyección. Ella no quería ver sufrir a Petzi, así que accedió. Cuando el cuerpo del perro se volvió flácido en sus brazos perdiendo la vida ella sintió “como si le cortasen un trozo del interior de su propio cuerpo”.

El resto de su historia nos muestra una desinserción social grave, la única forma que encontró para poder vivir era como dama de compañía en familias que vivían en distintos países del mundo. Vivió en Estados Unidos, en Bangkok, en España, en Brasil… y es este nuevo significante, “Dama de compañía”, el que parecía darle consistencia allí donde fallaba el cuerpo. Como si este estatuto le otorgase un cuerpo “de compañía”, como si ella misma encarnase al perro. Esta especie de identificación canina fue su soporte en sus últimos años de decadencia, donde llegó a desarrollar un amor erotómano. Este amor se dirigía a una joven francesa, Monique, que había cruzado en una ocasión. Esta mujer, casada y con hijos, nunca respondió a las insistentes cartas de esta vieja enamorada de ochenta años. En su correspondencia con ella, la única a la que tenemos acceso en su biografía, podemos leer: “Me gustaría ocupar el lugar de Fifi (el perro de su amada): estar sentada a tu lado, poner mi cabeza sobre tus rodillas. Si yo fuera Fifi tu me acariciarías con tu mano graciosa… pero desgraciadamente no soy Fifi”.

Al final de su vida terminó viviendo en una casa de acogida de Caritas, y fue en este contexto de degradación que las autoras del libro vinieron a encontrarla. Para ellas, esta mujer representaba un modelo a seguir, la mujer que había conocido a Freud, sobrevivido a la guerra, priorizado su libertad ante todo… y esto le confería el nuevo estatuto de la “Lesbiana del siglo”. Este último significante, que da título al libro, es el que le permitirá construirse un ego-corrector que la animará a querer publicar una obra con su vida, escrita al estilo de una “moderna epopeya burguesa”, donde se narran las aventuras de esta singular heroína feminista.

Analizando el caso en términos de Real, Simbólico e Imaginario, vemos que la lectura edípica, donde ella sustituía el deseo de hijo por la posesión del falo imaginario, no cuadra. Salvo si consideramos que para ella, la identificación imaginaria con su padre le permitió circular por el mundo hasta la muerte de este. Después, como si por una identificación con el padre-pelele se tratase, ella extrapola esta identificación a la del perro, y se sirve del cuerpo de éste para obtener una cierta consistencia.

Lo que nos enseña el caso de “la joven homosexual”, que por cierto no tiene nada de joven (morirá con cien años) ni de homosexual (puesto que evitará todo contacto sexual con las mujeres), es la manera en que funciona la clínica borromea, a partir de la lógica de enganche-desenganche del nudo. Para el psicoanalista, como para los teóricos queer, el hecho de decir que una persona es homosexual no es un dato interesante. Esta forma de definir la sexualidad no aporta nada en el esclarecimiento de la singularidad del goce ni en como el sujeto se constituye su sinthome.

Inventarse su sinthome es la solución que propone el psicoanálisis lacaniano contemporáneo al sujeto para anudar los tres registros: Real, Simbólico e Imaginario. El estudio de la clínica borromea nos permitirá ir más allá del Edipo que, para ciertos casos que solemos llamar “los inclasificables de la clínica”, parece obsoleto.

 
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1 Pag. 144.
2 Pag. 149.
3 Nota al pie de página, p. 151-152.
4 Pag. 150.
5 Pag. 150-151.
6 Pag. 157.
7 Pag. 155.
8 Seminario V?
 
©Mari Paz Rodríguez Diéguez, 2019
 

Mari Paz Rodríguez Diéguez (Granada-España, 1985)
Doctora en Psicoanálisis por la Université París 8. Ha escrito artículos para revistas como Lacaniana (Buenos Aires) y Horizon (París), además del prólogo de Conferencias Andaluzas, de Jacques-Alain Miller. Trabaja como psicóloga clínica en la Función Pública Hospitalaria y como psicoanalista en París.

 
 
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