Nº23
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El campo literario peruano del Siglo XIX: La defunción del hombre de letras, advenimiento del hombre de ciencias

El presente trabajo analizará la ligazón entre modernidad, educación e ideología en el siglo XIX. Anotamos que es un trabajo de índole panorámica, y se centra en el estudio del campo literario y cultural peruano en donde confluye la literatura, la cultura y los proyectos de nación decimonónicos. En el canon literario, sostenemos, subyace una crítica y una exclusión, que es a la vez espejo cultural de los acontecimientos científicos, tecnológicos y políticos de la época. Precisamente, a través de ello se puede visualizar el cambio que se dio en el paradigma nacional: el paso del hombre de letras como sujeto más importante de la nación, en constante búsqueda de la modernización de la nación, al hombre de ciencias, como abanderado de la modernidad.


El canon literario peruano moderno
En este largo apartado nos centraremos, apoyándonos en lo ya dicho sobre la modernidad, en definir las circunstancias que dieron pie a la creación del canon literario peruano moderno. Además de ello, revisaremos cómo se ha ido construido la noción del canon, y más precisamente la noción del canon literario peruano, que se basó en la búsqueda de una identidad nacional, que buscaba represente en los productos culturales que los agentes del campo cultural peruano habían creado a fin de consolidar dicho objetivo (antologías, estudios, obras literarias, etc.). Para ello, revisaremos los primeros años de la república (siglo XIX), que dieron pie a la búsqueda de este objetivo, y veremos cómo se fue llevando a cabo esta tarea, en un principio autoimpuesto, luego agendada por el Gobierno, y las consecuencias de todo ello.

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El consabido atraso cultural ―en cuanto a novedades culturales se refiere― de Latinoamérica con respecto a Europa, se debe principalmente por su condición de colonia. Por ello, para ubicarnos en el contexto en el que se desarrolla el ingreso de los ideales de la modernidad y su proyecto racional, con las estéticas que representan el Neoclasicismo y el Romanticismo, utilizaremos la periodización propuesta por el doctor Carlos García-Bedoya en su libro Para una periodización de la literatura peruana, a su vez que postularemos, grosso modo, una breve periodización tomando como referente a la modernidad y las estéticas que confluyen en ella. Antes de pasar a esto, recordamos junto con el maestro sanmarquino, García-Bedoya, que «no es posible hablar de periodos literarios en que solo rija un sistema de normas [estéticas].» (2004: 51), puesto que la historia literaria suele nominar a un periodo, de alguna manera porque predomina una estética determinada sobre otras (por ejemplo: Literatura del Romanticismo, Literatura del Realismo, etc.), mas no es la única, por lo que

«Hay que rechazar cualquier visión lineal de la historia literaria, considerada como sucesión progresiva de corrientes que se sustituyen unas a las otras. Debemos reivindicar una concepción “polifónica” del periodo: en cualquier momento de la historia coexisten diversas secuencias literarias […]. El periodo deja de ser así un ente plano y armonioso y se dota de un espesor, una dinámica y una conflictividad.» (Ídem.)

Entonces, las secuencias literarias(1)(a las cuales podemos denominar también como estéticas) confluyen en un periodo determinado, pero este periodo recibe (a veces de manera arbitraria o caprichosa por parte del historiador literario) el nombre de la secuencia dominante. La propuesta que haremos ―rebatible, por supuesto―, se sostendrá entonces en el común uso de las corrientes literarias dominantes (secuencias literarias, vale decir), ya categorizadas por la historia literaria tradicional, y girará en torno a las ideas propuestas por Toulmin.

Nuestra división gira en torno a la modernidad, y trata de periodizar, basados en la historia tradicional, las estéticas dominantes en ciertos periodos de la literatura peruana. Como hemos advertido, esta es una estrategia para definir las circunstancias en las que surgió el canon literario moderno. Pero antes de pasar a esta explicación, expondremos brevemente en qué hemos basado nuestra periodización, pues, a parte de la apelación a la historiografía tradicional (la que se suele enseñar en las instituciones educativas de educación básica nacionales), nos hemos basado en las características que hemos propuesto en su debido momento.

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La premodernidad es un periodo asociado al “oscurantismo” de la Edad Media. Este es «el período histórico que más prejuicios, simplificaciones y generalizaciones ha merecido. [Es por eso que] cuando se hace referencia a esta época, a menudo mediante el tan manido adjetivo “medieval”, carente de significación alguna» (Beura García, 2012: 8) se suele tomar a «lo medieval [como] sinónimo de incultura, irreflexión, violencia y atraso en todos los ámbitos» (Ídem.) Con lo dicho, queda expuesto el prejuicio divulgado durante tanto tiempo acerca de este periodo histórico, el cual ha sido notado por Beura García, quien intenta desentrañar el origen de este “oscurantismo” medieval. Nos dirá, entre otras cosas, que, producto de la cristianización, se condenará la época anterior a esta por ser de índole pagana. Asimismo, el siglo XIX supone una revaloración de esta época, sobre todo por parte de los románticos europeos que redescubren elementos que luego idealizarán. Sin embargo, esta visión idílica se verá afectada por el descrédito que algunos autores, admiradores del Renacimiento italiano, someterán a la Edad Media. Es de este proceso de impronta peyorativa que nace la asociación con el “oscurantismo”, asociación que, de hecho, es incorrecta, puesto que, si bien no hubo una libre circulación de la cultura, si no más que solo dentro de la élite letrada, la cual era ostentada en su mayoría por la Iglesia, lo que, de algún modo, condiciona la producción cultural de la época, haciendo de esta algo endémica, con una sola clase productora, para sujetos de la misma clase (la clausura del circuito), cumpliendo para ese fin ciertas reglas de producción. Entonces, por lo dicho, cuando nos referimos al oscurantismo, apoyándonos en lo expuesto por Beura García, no nos referimos al estancamiento cultural adjudicada a esta época por parte de autores del siglo XIX, sino a que su producción y difusión está a cargo exclusivamente de la Iglesia, por lo que el circuito de producción y difusión se caracteriza por su clausura y estar altamente normada a las reglas que la institución crea necesarias, es decir, se produce conocimientos y productos culturales de acuerdo a los intereses de clase dominante.

Puesto que lo descrito en el párrafo anterior es el panorama en que la premodernidad y su respectivo correlato histórico, la Edad Media, tuvieron como espacio y características el ya mencionado circuito cerrado de la cultura, ahora conviene aclarar que, durante la llamada Baja Edad Media (siglo XII – XV), sobre todo al periodo de tiempo correspondiente al Renacimiento, que dará paso a la Edad Moderna, según James Casey (2001), España cumple un papel fundamental en este tránsito, siendo uno de los hechos más resaltantes el descubrimiento de América, que da comienzo a una economía de escala mundial. (p. 23). En efecto, la invasión a América transformó, para muchos autores, el panorama histórico que Europa vivía hasta ese entonces. Se crea, entonces, la dependencia de América a la metrópoli, en cuanto a política se refiere, y viceversa, pero en lo concerniente a la economía. Por ello es que las novedades culturales suceden primero en Europa, y se proyectan fractalmente y con cierta distancia temporal en América. Las estéticas dominantes llegan con cierta demora, y, al llegar, sufren un proceso de reelaboración para poder ser asimiladas por la nueva cultura. Los hombres europeos que han llegado a América son, en ese sentido, portadores y sujetos culturales, productos de esta sociedad y los cambios que se suscitan en su interior. El español que llega a América es un sujeto que aún vive en el medioevo, se resiste a la modernización y está fuertemente influenciada por la ideología cristiana. Es por ello que la ocupación peninsular de América supuso la proliferación de este modo de ser, por parte del europeo sobre la población amerindias. Entonces, al llegar el español, como sostiene José Carlos Mariátegui, se inicia nuestra Edad Media, que se mantiene en ese estadio de retraso por algunos años, y supone que las tierras conquistadas se conviertan para los imperios europeos en provincias, proyecciones de la cultura dominante.

Sin embargo, con respecto a los demás países de Europa, los imperios peninsulares que conquistaron América, se encuentran en un retraso, debido a la impronta cristiana que aún se vivía en las cortes, como sostiene Mansilla:

«El relativo atraso y el estancamiento secular de España y Portugal no pueden ser disociados de un talante iliberal, dogmático y acrítico que permeó durante siglos todas las instancias de las sociedades ibéricas y que fue parcialmente responsable por la esterilidad de sus actividades filosóficas y científicas, por la propagación de una cultura política del autoritarismo y por la falta de elementos innovadores en el terreno de la organización social.» (1988: 42).

De este fragmento destaca la correlación entre el retraso cultural de la península y la propensión estatal hacia las doctrinas religiosas. Es en este escenario, que luego se trasplantará a América hispana, en el caso de la corona española, que surge el canon premoderno, el canon incipiente de autores que responden a los intereses de una clase dominante, pie juntillas, y se basan en los presupuestos de estas para reproducir, como en el caso del canon bíblico, la ideología dominante. Tal es el caso de la denominada Literatura inca y Literatura colonial, en el caso peruano, por lo menos en su división tradicional, donde los textos (orales y escritos) y discursos se corresponden a ciertos intereses de clase. Por supuesto que existen textos que intentan subvertir este orden establecido por el poder, el caso de la literatura popular, la sátira y poetas que con la labor filológica del XIX peruano fueron revalorados. Sin embargo, lo dominante será el producto de las élites letradas, en sintonía con las estéticas dominantes, y sobre esto se creará el canon premoderno.

Basados en nuestra división propuesta, las estéticas dominantes de esta época premoderna se suceden como eco de lo que acontecía en la metrópoli. La división entre lo Premoderno y la Modernidad tiene como fundamento el ingreso de las ideas separatistas, productos de la Ilustración del siglo XVIII, que llegan a América a despertar las luchas independentistas. Se suele tomar por consenso como el inicio de la Literatura de la emancipación el año de 1780 por iniciar este proceso la rebelión de Túpac Amaru II. Sin embargo, dada nuestra periodización, la Modernidad empieza en una etapa donde la estética dominante es la Neoclásica, y esta aún no ha sido asumida como dominante, por el contrario, pugnará su prevalencia sobre las estéticas caducas, representadas por el poder colonial.

El canon moderno se inaugura, como ya hemos explicado en un contexto mayor, como una norma para agrupar cierto número de textos y autores, al menos en su etapa de formación, la cual, en Latinoamérica, a diferencia de Europa, tiene una duración mayor, primero para polemizar el poder, luego para legitimarlo. La consolidación del canon moderno se da hacia el siglo XIX, en ese transcurso. Con el auge del Romanticismo europeo, el canon moderno se toma como lo más representativo de una nación que lo dotará de identidad. En Latinoamérica dicho proceso se da luego de la independencia, ya entrados al siglo XIX, con la creación de las primeras instituciones culturales que darán pie a la consolidación nacional, es decir, la revalidación frente a otros de las naciones. En el Perú a este proceso de modernización del canon ha sido llamado por Cornejo Polar (1989) como “La nacionalización de la herencia colonial”, la cual pasaremos a analizar en breve, para situarnos mejor en la Modernidad que proponemos en nuestra división.

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La búsqueda de la unidad nacional a través del canon literario
Ya hemos explicado que lo que conocemos como canon literario fue el resultado y producto de la modernidad que ingresó a las sociedades de forma paulatina. Sin embargo, lo referido anteriormente ha sido en un contexto global. Para el caso peruano, que es el que nos interesa en este punto, lo expuesto puede diferir un poco de lo que explicaremos a continuación.

Hemos hecho mención, también, a “la nacionalización de la herencia cultural”, nombre con que Antonio Cornejo Polar (1989) denomina al proceso en que «la colonia es asumida como tradición propia, nacional y su imagen [pasa a ocupar] buena parte de la fantasía evocadora de nuestros románticos» (p. 43). Lo importante de este proceso es que se construye, a través de la apropiación de lo antes negado, la tradición que dará cuerpo a la sociedad peruana naciente. Es decir, se logra una conciliación entre el pasado colonial y el presente republicano, independiente, separado ―o al menos a eso aspiraba― de todo lo que remita a lo español. Dicho proceso fue posible por los notorios contenidos coloniales que se conservaban en la sociedad peruana. Líneas más adelante, Cornejo Polar sostiene que los sentimientos antiespañoles «se ensamblan con la necesidad de delinear el espacio geográfico de la nación y de distinguirse de los países vecinos» (p. 44). El ejemplo que nos da el investigador peruano citado es que, para resolver los conflictos limítrofes, se acude aún a instrumentos legales que fueron utilizados en la colonia(2). Es decir, todavía la forma de gobierno, o al menos de cómo esta se ordena sobre los gobernados y frente a los otros, es de talante colonial. Quizá lo más contundente de estas tesis legales que intentan delimitar las fronteras de la nación sea que se afirma que «el Perú es el sucesor legítimo del virreinato». (Ídem.). Como consecuencia de tal afirmación la sensibilidad patriótica creará un vínculo, antes impensado, entre la república y la colonia. Pareciese que lo Premoderno, asociado por nosotros con lo colonial, que a su vez, como ya lo hemos citado, representa nuestra Edad Media, sigue vigente, y en consecuencia los productos de esta sociedad, como el canon, aún se rigen por estos parámetros culturales. Sin embargo, la tensión que resulta de esta búsqueda de modernización y la preservación de estructuras coloniales arcaicas dará pie a esta sublimación del pasado negado. Así, se dará la “nacionalización de la literatura colonial”. De esta manera denomina Cornejo Polar a la creación de un corpus representativo de nuestra nación a fin de crear una tradición literaria sobre el que se funde la república, basado en una selección de textos producidos en la colonia.

Cornejo Polar sostiene que la fecha clave para el inicio de esta nacionalización es 1862, pues, en esa fecha, «con la aparición de El álbum de Ayacucho, concluye el primer y más importante ciclo de antologías que recopilan composiciones varias en torno a un hecho histórico decisivo, y comienza, con El Parnaso Peruano de José Toribio Polo [publicado ese mismo año] la serie de antologías específicamente literarias» (Ibíd.: 46). Sostiene, además, que dicho proceso tiene esta fecha de inicio pues las aquellas antologías se basan en un pertinencia temática, mientras que estas lo hacen pensando en la formación de una tradición. Es por ello que Toribio Polo asume su tarea con ánimos patrióticos, dispuesto a asumir una función social como lo es el difundir las obras de aquellos poetas que le dan gloria al Perú (p. 47)(3).

Tal como lo venimos sosteniendo, la creación del canon literario peruano moderno se origina con el paso a la modernidad, es decir, aquel es producto de esta. Una de las características de la modernidad, como anotamos líneas arriba, es el paso de la monarquía, totalitaria, a la autonomía en las nuevas naciones estados, lo que es significativo, puesto que en nuestra historia esto es análogo al paso del dominio colonial español a la independencia y fundación de la república. Es por ello que el siglo XIX representa este paso a la modernidad, o al menos su aceptación como objetivo en tanto sociedad nos compete. Pero dicho proyecto se llevaría a cabo con el apoyo de una tradición que respalde dicha tarea, al modelo de las naciones europeas. Es por ello que durante ese siglo la búsqueda e indagación en el pasado reciente se vuelve exhaustiva, particularmente, a partir de la segunda mitad. Prueba de ello es que, como anota Cornejo Polar: «Después de 1850 comienzan a aparecer con relativa frecuencia obras que de manera directa asumen la historia colonial como parte de la historia del Perú» (Ibíd. 53). Esto debido a que necesitan justificarse a sí mismos y frente a los otros como ciudadanos de una nación que aún está en gestación, lo que los lleva a afirmar como válida dicha secuencia histórica, con ciertos reparos, desde luego, condenando ese pasado colonial, pero no negándolo. Ejemplos de estas tareas de construir una historia del Perú sin negar el pasado español se hallan en los libros citados por el investigador peruano, libros como Documentos de Manuel de Odriozola, donde se asume una historia que va desde el coloniaje hasta el presente republicano. Otro de los aportes es del Mendiburu que denomina a esta etapa colonial como “etapa de la dominación española” pero la incluye en la secuencia histórica nacional. Prescott, antiespañolista, a pesar de «preservar su resentimiento frente a la dominación colonial» (ídem). Entonces, el común denominador, la preocupación general referida a la formación de una tradición peruana deviene en construir un espacio que incluya el periodo virreinal y le confiera el rango de nacional (ídem). En otras palabras, la apropiación del pasado del cual renegaron y se desprendieron para construir una tradición que justifique frente a los otros la existencia de una nueva nación. De ese modo operaron los historiadores.

En el ámbito que le compete a la literatura se busca algo similar. La asimilación de los productos culturales creados en la colonia, dentro de los márgenes que esta disponía para dicho fin, empieza a darse, en un primer momento, con el redescubrimientos de esos autores (peruanos, al fin y al cabo, por pertenecer a la historia virreinal, también ahora, asimilada); luego con la elaboración de un canon literario que los atesore y perpetúe como lo más representativo de esta tradición y de esta sociedad, al menos en lo referente a lo literario, que se va formando. Es por ello que en el siglo XIX, para ser más exacto, a mediados de ese siglo, esta tarea, no solo en el Perú, sino en que en toda Latinoamérica, según Cornejo Polar, representa y busca la fundación de una tradición literaria(4).

Como hemos dicho, la labor que se exige el nuevo ciudadano, labor que recae en los sujetos culturales, será dotar de esta tradición al presente republicano. La insistencia se da a partir de la 1850, el fervor por esta búsqueda desencadena la consecuente asimilación de esa herencia cultural. Es en este marco que se inscribe la labor de Polo. Es por ello que él ―nos dice Cornejo Polar― considera que la literatura de su época, es decir, la de mediados del siglo XIX: «[…] forma parte de una época [la cual] comienza en la colonia, concretamente a mediados del siglo XVII con la renovación que entonces habían producido Peralta (1664 - 1743) y Caviedes (c 1645 – c 1647)» (Ibíd.: 48). En efecto, consciente de esta labor de continuidad, una época que, como ya lo anotó Cornejo Polar, se engarza con el pasado colonial, necesita de una progresión hacia el futuro. Es por ello que «El Parnaso Peruano de Polo ofrece una primera sistematización del proceso de la literatura nacional e instaura una tradición que traspasa sin esfuerzo el límite de la independencia para buscar sus orígenes varios siglos antes, en la literatura colonial». (Ídem). Este esfuerzo constituye, entonces, un testimonio que termina con la manera negativa de ver el pasado colonial, y coloca los cimientos para abrirse paso a la formación de una tradición que sería el basamento para el canon literario moderno, cuyo origen y cuyo material se encuentra en esa tradición negada ―al principio― del legado español, el cual debe ser asimilado, puesto que la armonización de ambas tradiciones (es decir, lo colonial y lo republicano) es el sustento de la nueva nación: la tradición literaria peruana, la cual, a su vez, legitimará frente a los otros la nación y fortalecerá la independencia y autonomía del presente republicano. Esta es la principal preocupación de Polo, la de dotar de una tradición literaria auténtica a la república, tarea que fue asimilada también por (y de) sus contemporáneos(5).

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La labor de José Toribio Polo constituyó no solo una opción personal, sino que respondía a una tarea que había sido la conciencia hegemónica(6). Es así que los románticos, con Palma a la cabeza, ya habían iniciado esta labor. Nos dice Cornejo Polar que esta tarea se dio gracias al estímulo de «un contexto social claramente favorable a la reanudación del vínculo histórico con la colonia e inclusive con España» (ibíd.: 49). Además del deseo por la reanudación del vínculo, con el fin de proveer de una tradición literaria, hay que aclarar que esta incursión romántica se dio más como la necesidad de presentar a la nueva nación en el marco de una cultura occidental, es por ello que, en palabras del crítico peruano, «la apropiación de ese periodo histórico, su “nacionalización”» (p. 50), constituye la inserción del Perú a una tradición mayor, la tradición occidental. Esto debido al reconocimiento de que las prácticas coloniales perviven en la vida republicana, lo que lleva a tomar ambas etapas como parte de un solo proceso.

En otras palabras, la tradición literaria peruana se erige de la asimilación de un elemento antes negado (con el cual, además, pretendían marcar distancia). Es por ello que, como sostiene Cornejo Polar, en la labor de indagación en el pasado colonial por parte de los románticos peruanos:

Interesa remarcar que la apropiación del universo colonial supone que la literatura peruana gana para sí nada menos que tres siglos de tradición occidental, preferentemente en su versión hispanista, con manifestaciones renacentistas, barrocas y neoclásicas […] [manifestaciones que] se articulan entonces con fuentes peninsulares pero ―y esto es lo decisivo― dentro de un proceso nacional.
[…]
Ciertamente lo esencial apunta hacia la nacionalización de la tradición literaria colonial en la que se encuentra el origen de una experiencia artística que desemboca en el presente, pero por ese mismo camino puede producirse una ampliación mayor, abarcadora del proceso literario metropolitano y de sus múltiples raíces europeas (Ibíd. 51 - 52). (Nuestro énfasis).

La nacionalización de lo colonial implica la asimilación de ese pasado del cual quisieron distanciarse los ciudadanos de la república. Dicha asimilación se da, a veces, en términos favorables(7) lo que posibilita, a su vez, la inserción de la nueva nación a una tradición aún mayor. Por otro lado, el proceso de nacionalizar lo negado consiste, además, en reconocerse herederos de las prácticas culturales llevadas a cabo en la colonia. El proceso se visibiliza así: al crearse la tradición literaria peruana, esta se siente heredera de la tradición española, que ya está legitimada en una tradición mayor, la de occidente, por lo que, al reconocerse como “hija de la tradición española”, se facilita también la inserción de la nuestra tradición, sea como una continuidad o como una variante (muy cercana) de aquella tradición española ya posesionada dentro de la tradición de occidente. Es así que Cornejo Polar sostiene que «la apertura hacia Occidente por la vía de la apropiación colonial supone una operación ideológica» (p. 52). Por ello, lo republicano se toma como una continuidad de lo colonial, pues «Después de todo, república de y para criollos, el Perú reivindica su ancestro virreinal y se identifica con esa tradición» (p. 53). Es decir, las estructuras políticas en la república se mantuvieron inamovibles, solo rotaron los nombres, por ello es que la clase dominante –una élite reducida– recuerda la misma que ocupaba el poder en la colonia. A nivel cultural, sucede lo mismo. En cuanto al canon literario, sucede algo semejante y a la vez distinto: los agentes de canonización ya no pertenecen directamente a esa élite del poder, sino que entre esta y ellos media la institución cultural. Por eso es que todos aquellos compiladores son legitimados por el poder a través de sus instituciones culturales (legitimados o “autorizados a” por medio de un título académico), pertenecen a estas (los círculos literarios, los clubes de lectura, los grupos literarios que dinamizan el circuito cultural con la difusión de escritos y producción de los mismo, así como la lectura y compilación) o mantienen alguna relación con ella (es decir, funcionares públicos del sector cultural o no, como bibliotecarios, catedráticos, reconocidos como sujetos culturales insertos en dicho campo) dentro del campo intelectual de esa época. Con esta labor dentro del campo cultural peruano la asimilación de la tradición española se facilita en gran medida, puesto que la difusión de dichos discursos armonizantes se da a partir de los libros de historia publicados a partir de 1850, en donde es más frecuente en dichos textos el asumir la historia colonial como parte de la historia del Perú, y aunque haya renuencia por parte de los enunciadores de estos discursos(8), manifiesta lo que se asumiría luego como la imagen oficial de la historia del Perú. Y aunque dicho proceso se haya dado de manera fragmentaria, que «pareciera delatar cierta incapacidad para articular en un discurso totalizador la experiencia histórica de régimen colonial devenido en republicano» (p. 54), logra afianzarse y sostenerse con mayor premura en el terreno de lo literario. Prueba de esto es la producción de Ricardo Palma.

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Dentro del campo cultural de la época ―al que ya hemos hecho mención líneas arriba, de manera muy somera―, los agentes de canonización, a diferencia del canon premoderno, no provienen directamente de la élite del poder, sino que reciben de esta cierta autorización, la cual se les lega a partir de su pertenencia o aceptación en el seno de las instituciones culturales. Así, dichos agentes, tanto como creadores, lectores y difusores de la producción literaria dinamizará dicho campo a través de la crítica de las obras más populares de la época. Sin embargo, lo que prevaleció más fue el deseo por sistematizar ese el pasado ganado (o adquirido). De esta problemática dan cuenta los primeros estudios sobre el tema, los cuales exponen esta problemática, especialmente el discurso de la historia literaria. En palabras de Cornejo Polar:

«La apropiación nacional de la colonia también deja sus huellas en los testimonios inaugurales de nuestra crítica e historia literarias y en la producción filológica de mediados y fines del siglo XIX. Como ya está dicho, Valdez y Polo trazan los primeros esbozos de la historia de la literatura peruana sin distinguir un periodo colonial y otro republicano, sino, en el caso de Polo, dos “faces”, cuya caracterización reside sobre todo en los valores literarios que se plasman pobremente en la primera y con excelencia en la segunda. Una década después, las revistas nacionales comienzan a publicar con relativa asiduidad estudios sobre varios aspectos de la literatura colonial» (Ibíd.: 55).

Si bien, por lo escrito por Cornejo Polar, se percibe cierta renuencia en mirar favorablemente hacia lo colonial, es decir, como ejemplo a seguir por los poetas de la república, tanto que Polo ve en esta “faz” valores literarios escasos, dicha reticencia se verá superada, con el fin de no interrumpir el proceso de creación de una tradición, y la inserción de esta a una tradición mayor. De este fragmento también nos damos cuenta de que dicha asimilación por parte de la historia y la crítica posterior se dará en términos favorables para la literatura, puesto que en un periodo de tiempo próximo se empiezan a producir estudios acerca de la literatura de la colonia(9). Dicho esfuerzo fue de tal magnitud que incluso el Gobierno logró financiar la edición de autores coloniales, es decir, tal interés se instauró en la ideología del poder (cfr. Cecilia Moreano, 2006: 6). Pero no es hasta 1910 en que aparece el primer libro dedicado a la literatura colonial en su totalidad: Bosquejo de la literatura peruana colonial. Causas favorables y adversas de su desarrollo de Carlos Prince. Lo importante de este libro es que nos ofrece un listado de autores y escritos coloniales, que, a pesar de no ser específicamente literarios, pues abarca documentos administrativos, constituye un primer elenco de autores tomados de esta época, y dado el valor que el autor halla en ellos, constituye un primer esbozo de un canon literario peruano moderno, pues él «considera que los escritores del siglo XVI fueron los “fundadores de la genuina literatura nacional”, seguidos por quienes más tarde, con mejores recursos, “cimentaron las bases” de la literatura del Perú» (p. 56). Sin embargo, en contraposición a Polo, esta época (siglo XVI) ―anterior a la apreciada por el autor del Parnaso Peruano, pues, recordemos que para él, esta época empieza con Caviedes y Peralta, es decir, la asimilación de la tradición española parte desde estos autores, y lo anterior, simplemente, no lo toma en cuenta―, según Prince representa el momento fundacional de la literatura peruana. Con la visión de Prince la literatura peruana gana más tradición. De este modo, el corpus obtiene más elementos, los que luego será la fuente para que, ya entrados el siglo XX, las historias literarias elaboren periodizaciones más nutridas, y se elaboren también el canon literario, función que también recae, no solo sobre el historiador de la literatura, sino que en las instituciones culturales, como las universidades, que crearán listas de autores representativos, dignos de ser estudiados. Es por eso que la historia literaria, al igual que cualquier otro discurso, responde a intereses de distinta índole, intereses, al fin y al cabo, que atañen al historiador al realizar su selección, por ello, dicha finalidad, si es afín a la ideología hegemónica, no hará otra cosa que reproducir tal en su selección, como ha sucedido durante las primeras sistematizaciones historiográficas del siglo XX, que son los primeros cánones literarios peruanos.

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Una de las principales limitaciones que se tiene al elaborar el canon literario es que el corpus que con que se trabaja, al menos por el afán sintetizador del historiador, es muy reducido, por ello, no se puede trabajar con una totalidad de escritores de determina época, sino que solo es posible hacerlo con los más resaltantes, esto es, los más populares, los más reconocidos, etc. O, como sostiene el Doctor Carlos García-Bedoya: «La historia literaria tradicional se ha caracterizado por dos operaciones simplificadoras: una primera que restringe la multiplicidad de materiales literarios a aquellos vinculados con la escritura “culta”; y una segunda que empobrece el proceso literario presentándolo como una articulación evolutiva y gradual» (2004: 51). Sea cual fuere la operación, hay intentos de simplificar y reducir el corpus de trabajo, es decir, de cribar, quizá para fines prácticos una totalidad. Dicho afán reduccionista, con fines prácticos en la literatura peruana, ha llevado también a reducir el corpus de obras y el elenco de autores, por lo que se toma en cuenta solo los autores y obras que están en consonancia con la estética dominante en un determinado periodo. Tal como lo anota Cecilia Moreano: «en el caso de la literatura peruana decimonónica suele limitarse a considerar tres etapas: el costumbrismo de Felipe Pardo y Aliaga y Manuel Ascensio Segura, el romanticismo de la generación encabezada por Ricardo Palma, y la producción literaria de la generación de la posguerra liderada por Manuel Gonzales Prada» (2006: 5). Se dejan de nombrar y estudiar autores que en su época gozaron de cierto prestigio e interés local.

La autora, líneas más adelante, alude a la relación del canon con el poder, cabe agregar a ello que existe algo más. Como venimos sosteniendo, y aquí lo reafirmamos, no solo se trata de esta alianza del canon con el poder (político o cultural), puesto que ya no es él directamente quien elabora los cánones, sino que lega dicha facultad a autoridades que se suponen preparadas para dicha tarea. Y aunque el historiador literario responda a intereses propios y de clase, subyace también en él el interés general no solo de representar su época, su clase o su ideología, sino de presentar frente a los otros su procedencia. Recordemos que en esta época, siguiendo a Cornejo Polar, la nación peruana ha asimilado la herencia colonial y está elaborando una tradición, la cual insertará a la tradición occidental. Si tenemos en cuenta que ya hemos ganado más de trescientos años de historia y tradición, lo que supone en nuestro caso la inserción de la tradición literaria peruana a una tradición literaria mayor (lo que anteriormente hemos llamado en esta investigación como Gran Tradición), la de Occidente, por vía de la tradición española (un proceso ideológico, al fin y al cabo), necesitamos primero consolidar nuestra tradición. Más allá de ser heredera de la tradición española, la tradición literaria peruana necesitaba (y necesita) afianzarse como una tradición propia y autónoma, tarea que los antologadores e historiadores de la época tuvieron muy en cuenta, por lo que elaboraron antologías sobre los poetas de la república y de la colonia. Sin embargo, esta tarea, siempre inconclusa, se vio entorpecida, históricamente, por la Guerra con Chile, y culturalmente por el hispanismo de los primeros años del siglo XX. Desde entonces, la literatura peruana no ha podido elaborar un canon literario moderno que sea sostenible y representativo para todos, más allá del canon que el Poder elabora para reproducir la ideología dominante en los ciudadanos (cánones pedagógicos, académicos y oficiales) a través de la educación. Es en estas circunstancias, análogamente a lo que lo hemos dicho en 1.1.4., que sin haber consolidado un canon literario peruano representativo se inició su revisión, solo prestándole interés a los fundamentos ideológicos del mismo, como la representatividad, entre otros. Es decir, la revisión del canon literario peruano responde a intereses ideológicos, más no a la búsqueda de valores literarios (si acaso aún los hubiera) dentro del corpus canonizado.

El estudio de Cecilia Moreano (2006) sobre el canon literario en la segunda mitad del siglo XIX se centra en el análisis de cómo opera el campo intelectual peruano para formar un canon desde las academias, es decir, cómo estas se erigen como agentes de canonización, implementando reglas y modelos de escritura, con el fin de regular la consagración de obras. Dentro de dicho proceso, no solo las academias son las garantes de la canonización, sino que los salones literarios cobran importancia, puesto que estos –y aquí Moreano sigue a Dominique Maingueneau–, además de espacios de intercambio cultural, son espacios de recepción y de reescritura de las obras, cuando estas ingresan por primera vez al circuito literario(10). Es por ello que tomará en cuenta los elementos contextuales de la producción literaria en la segunda mitad del siglo XIX. Siendo así, determina que, más que una estética,

«un tema dominante en la literatura peruana [de la época estudiada] […] es el de la representación de la vida cotidiana, ya sea del pasado (la ficción documentada) o del presente […], la literatura decimonónica funciona como un espejo que refleja la realidad, las costumbres, para corregirla; o como una lámpara que ilumina esa realidad y permite conocerla e incorporarla a la conciencia nacional.» (p. 7).

Si bien el tema determinado por Moreano ya se haya en autores peruanos de la primera mitad del mismo siglo (y acaso aún pervive como tópico en nuestra literatura actual), tenemos que esta, al ser un tema dominante y recurrente, se vuelve un criterio de evaluación para la crítica de los textos producidos y para la producción misma. Nos dirá la autora que dicho proceso de tomar un tópico por regla, sustentado su afirmación en la propuesta de Earl Miner, forma parte de una “poética sistemática”, la cual consiste «en trasladar a la literatura la labor de consolidación de la nación a través de la escritura de “narrativas fundacionales”» (ídem). Este motivo común a los escritores se puede explicar, a partir de lo expuesto líneas arriba, siguiendo a Cornejo Polar, como la tarea del nuevo ciudadano de la república de dotar a la nación de una tradición que permita su ingreso a una tradición mayor. Así, alrededor de este motivo, la preocupación de los escritores peruanos del siglo XIX será, para lograr dicha labor, una revisión del pasado para elaborar no solo tradición, sino una historia y asimilar armoniosamente la herencia colonial. Es en este punto que los salones literarios, academias, grupos y demás, cobran importancia, pues, alrededor de ellos, se agrupan los escritores. El Club Literario de Lima, en este contexto, se compromete en llevar a cabo esta tarea de «acercar el pasado a los lectores y conocer de manera amena sus orígenes, pues solamente aprendiendo del pasado puede uno reconocerse como parte de una nación» (p. 10). Es decir –ya lo hemos señalado antes–, la necesidad de una historia, de una tradición común a todos los ciudadanos consolidaría la nación. Dicha tarea, asumida con entusiasmo por los románticos peruanos, fue incorporada como proyecto cultural por parte del Gobierno peruano. Es decir, lo que venía siendo una tarea asumida inconscientemente por el sujeto cultural, condicionado por su época, más que como un determinismo, por una necesidad nacional que debía ser saciada, se ve reforzada con la presencia más notoria del Estado peruano. Así, este asumirá un rol de mecenazgo al reeditar textos de la colonia y financiar estudios sobre el pasado colonial.

* * *

La tarea de construir una tradición literaria peruana, tarea que agrupó, siguiendo lo escrito por Cecilia Moreano, a escritores alrededor de academias, clubes y salones literarios se vio interrumpida por la Guerra con Chile. Este conflicto bélico supuso para la labor antes mencionada un cambio en la misma. Para ubicarnos mejor en este contexto y entender cómo la guerra incide en el cambio de objetivos, debemos contextualizar dicho viraje.

En principio, recapitulando un poco lo dicho, el proyecto de dotar de una tradición a la nación peruana y los procedimientos ideológicos que este conlleva ―tarea asumida principalmente por el campo intelectual de mediados del siglo XIX, y tomado con más entusiasmo por los románticos peruanos, a partir de la segunda mitad del mismo siglo―, se tuvo primero como una labor ciudadana autoimpuesta en el sector intelectual, así se comprometen en dicha tarea los historiadores, poetas, antologadores, bibliófilos, escritores, filólogos, etc. Luego, dicha tarea fue oficializada. Es decir, el Estado peruano tuvo injerencia directa en dicho proyecto. Al decir que la injerencia es directa estamos diciendo que el interés inicial, nacida de una parte del sector cultural, sector que, dada la distribución del poder cultural impartido en las instituciones culturales creadas por el Poder para reproducirse en la sociedad, de algún modo son portavoces de este poder, en otras palabras, es a través de estos agentes culturales que el poder (cultural) se ejerce; son estos mismos agentes los encargados de dotar de tradición a la nación; sin embargo, dicha tarea particular ―acaso en gratitud a la educación recibida por parte de las instituciones culturales― supone una manera de ejercer la ciudadanía, supone además un modo de patriotismo, que compete solo a agentes culturales (a través de los cuales se ejerce indirectamente el poder sobre la sociedad), pero que luego sumará un componente más: la intervención directa del Poder, a través de la promoción de investigaciones y financiación de publicaciones en torno al legado colonial. Nos dice Cecilia Moreano que:

«En octubre de 1877, a la propuesta impulsada por el Club Literario se añade el mecenazgo del gobierno Mariano Ignacio Prado, quien a través de un decreto oficial anuncia la creación de un premio para fomentar la escritura de obras literarias, específicamente de piezas teatrales, basadas en los hechos de la independencia» (2006: 10).

Si bien Moreano, parafraseando, especifica que son “piezas teatrales inspiradas en la gesta de independencia”, más arriba hemos dicho que, dada las prácticas coloniales siguen vigentes durante la república, y que por ello la república es asumida como continuación de la colonia, por lo que, cabe inferir, que la lucha de la independencia representaría entonces para el proceso histórico peruano un cambio de mando, es decir, la legitimación de un nuevo gobierno que se construye sobre la base del anterior, que aún pervive en, por ejemplo, los modos de ejercerse y de centralizar el poder en una élite. Sin embargo, lo llamativo es el decreto citado en la misma página por la investigadora peruana; es así que, revisando los considerandos, leemos:

«Que es conveniente estimular siempre a los que se dedican a la carrera de las letras, que tanto contribuyen en la instrucción del pueblo, al mejoramiento de las costumbres, al desarrollo de la inteligencia y de las virtudes sociales;
Que los días del aniversario de la independencia son los más apropiados para conmemorar los principales sucesos de nuestra historia y las glorias de nuestra patria […];
Se concede un premio de diez mil soles (S. 10.000) al autor del mejor drama que sobre dichos sucesos se trabaje» (Boletín de Instrucción Pública, 1877 en Moreano, ibíd.: 10)

Además de este incentivo directo por parte del estado en apoyo a la producción de textos, dinamizando así el circuito literario y el consumo de bienes culturales, tenemos que con esta injerencia se está creando un canon literario peruano oficial.

Líneas más adelante, se pueden inferir los requisitos que deben cumplir dicha obra para ser distinguida, de lo cual se puede inferir (y aseverar), como antes hemos dicho, que el tema dominante de la indagación por el pasado, sigue muy presente en la producción de textos, y se asume como criterio valorativo. Pero, también se deja ver los agentes culturales que, al distinguir la obra sobre las demás, inciden en la formación de un canon, sometidos, ya no como antes de la injerencia directa (actuando con cierta autonomía, pero acordes a la ideología dominante(11)), sino que ellos mismo funcionando como si de un agente cultural se tratase, determinando la labor de los otros agentes:

«Este drama [y los demás…] se someterán oportunamente a la Junta Censora del Teatro […];
Después de este examen serán sometidos los dramas al Consejo Universitario, para que los califique y exponga si alguno de ellos es digno de obtener el premio ofrecido.
El Ministerio de Estado en el despacho de Instrucción Pública, queda encargado del cumplimiento de este decreto» (Ibíd.: 10 - 11)

No solo cabe señalar la pertinencia de las instituciones culturales en la formación de dicho canon oficial peruano, sino que, a través de este se busca crear la tradición literaria en torno a la representación de hechos históricos, por lo que la temática realista, además de esto se vuelve criterio de evaluación, en otras palabras, se vuelve valor literario que deben tener las piezas teatrales para ser consideradas como tal.

Ahora, para continuar con la contextualización en dicho decreto se citan los decretos de dos fechas distintas: uno del 28 de julio de 1866 y otro del 26 de julio de 1873. De estas se dice que en ambos «supremos decretos» han sido para otorgar «premios a los autores como los mejores trabajos literarios e históricos del Perú». (p. 10), pero se hace la salvedad que dichos decretos «no han producido los benéficos efectos que se propuso el Gobierno al expedirlos» (ídem). ¿Qué implica este cambio?, ¿por qué se dio? Lo notorio es que en el decreto de 1877 de Manuel Ignacio Prado se estipula un criterio: representar los principales suceso de la historia del Perú. A la primera pregunta podemos responder que las implicaciones acarreadas por este nuevo decreto, además de la participación del Gobierno en la formación del canon literario y, por extensión, en la tradición literaria peruana, es que se ha oficializado el interés general que, en un primer momento, fue una manera de ejercer la ciudanía (el volcar en la indagación por el pasado la labor intelectual), para proponerse como tarea nacional.

Para responder por qué se dio tal efecto habría que recurrir primero al contexto histórico. Un antecedente de dicho asimilación por parte del Gobierno de la labor intelectual lo hallamos en 1872, año en que se entrega el mando al primer presidente civil del Perú, Manuel Pardo, pues fue para los participantes la culminación del sueño republicano, que puso fin a las querellas caudillistas anteriores, dando inicio a la administración civil. Este gobierno, denominado la “República Práctica” (1872 – 1876) por Carmen Mc Evoy (1997) tendrá la difícil tarea de restaurar las bases corroídas que dejé el autoritarismo y la experiencia guanera. Entre los proyectos que quiso llevar a cabo este primer civilismo fue «alterar radicalmente el legado político y económico “castillista”. Para lograrlo puso en funcionamiento un agresivo proceso de reformas fiscales y consolidación estatal (Mc Evoy, 1997: 123). Las modificaciones que Pardo buscaba se darían a nivel político, lo que sería un reformulación del cómo hacer política hasta entonces. Sin embargo, para dicha tarea también, como plan de gobierno, propuso “educar al ciudadano”. Nos dice al respecto, Carmen Mc Evoy que: «La búsqueda de la virtud cívica durante la administración del partido Civil no fue, como en tiempos de la campaña electoral, una defensa frente a la tiranía de un estado autoritario, sino un instrumento, desde el poder, capaz de forjar identidades colectivas, y de socializar y disciplinar a los “ciudadanos republicanos”» (1997: 149). Destaca la palabra “disciplinar” que pudiera reemplazarse por “adoctrinar”, y es que para que la ideología del poder –y al parecer el partido Civil lo tenía claro– se perpetúe en las mentes de sus ciudadanos necesita reproducirse en ellos a través de prácticas culturales y el educativas que se impongan a estos. Si repasamos someramente el periodo antes del gobierno civilista, tendremos que la constante en la ciudadanía son los amotinamientos y el caudillismo. Este intento de monopolizar la ideología por parte del gobierno de Pardo responde, entonces, a un intento de unificación. Si bien la tarea de todo intelectual hasta entonces era dotar de una tradición a la república –con esto no queremos decir que se haya dejado de lado–, se suma a esta la de reproducir dicha tradición, con los valores que esta implique, en la mente de los ciudadanos. Es por esta razón el gobierno de Pardo, continuando con una tarea ya iniciada en el gobierno de Castilla, enfatiza sus esfuerzos en la educación, porque: «La educación fue […] el mecanismo estatal para formar y reformar las estructuras mentales y crear una comunidad de conciencia, cemento y sostén del proyecto nacional propiciado por el partido gobernante» (Ibíd.: 149-150). Dicho interés por “homogenenizar la cultura”, como sostiene Mc Evoy, se dio en la creación de

«la Ley de Instrucción, en la Ley Orgánica de Municipalidades y la refundación de la Guardia Nacional, [lo que] coincidió con las creciente necesidades y expectativas de amplios “sectores medios” emergentes. Estos vieron en la educación, en el autogobierno municipal y en la Guardia Nacional los vehículos capaces de proveer, además de una movilidad social y un estatus, el control y la promoción del orden en sus respectivas comunidades» (Ibíd.: 150).

Con estas leyes y la legitimación del control policial, tenemos que el gobierno de Pardo, busca: 1) Formar ciudadanos a través de la educación(12), 2) Crear enclaves de poder que pueden dirigir la vida en comunidad con mayor precisión (los municipios) y 3) Controlar a los ciudadanos formados. Dicha operación por parte del gobierno –se desprende del fragmento citado– supuso para el gobierno la apertura de quienes acceden al seno del poder. Se podría ascender socialmente mediante la educación, siempre y cuando fuese la educación impartida por el poder. De hecho, al ser un gobierno civil privilegiará la participación del ciudadano. A este sujeto se le denomina “el ciudadano republicano”, que jugó, primero en campaña un rol crucial para sumar adeptos al partido civil y restarle crédito al baltismo, Después de la toma de mando, el partido se orientó hacia la consolidación ideológica, «El fortalecimiento de un poder simbólico capaz de capturar y dominar la mente de los simpatizantes fue esencial para la forja de la “República Práctica”», nos dirá Carmen Mc Evoy. Y, agregará que: «Es dentro del contexto anterior que una obra como la publicada en 1874, “Catecismo Civil de los Deberes y Derechos del Ciudadano”, texto oficial de la Secretaría de Educación para las escuelas primarias del país, adquiere su pleno significado» (p. 150). Esta obra fue adaptada a la constitución peruana, sintetizando eclécticamente el civismo y la religión(13). Su finalidad era claramente adoctrinadora. Dicha labor respondía a la construcción de una identidad colectiva, es decir, la cohesión de la sociedad peruana entorno a una sola figura, que era la tradición, pero imbuida en los valores cívicos patrióticos que el Poder perseguía para sus ciudadanos. Dichos valores son los que se reconocen en el decreto antes citado para el premio nacional de 1877, cuyo antecedente es quizá el decreto del 26 de julio de 1873, también referido anteriormente. Con esta injerencia en la educación por parte del gobierno de Pardo, la construcción de un canon literario, orientado mayormente hacia lo pedagógico e instructivo, lo identitario y tradicional en las escuelas queda manifiesta: «La participación del estado en la educación se manifestó, entre otras cosas, en la contratación de maestros y en la publicación del “Catecismo civil de los deberes y derechos del ciudadano”, texto oficial de la Secretaría de Educación para las escuelas primarias. Publicado en 1874, fue adaptado a la Constitución, sintetizando civismo y prácticas religiosas» (Mc Evoy, 2013: s.n.). La visión totalizante quizá es más notoria, como anota Mc Evoy en el hecho de que dicha promoción educativa fue más allá de los linderos de la urbe para lo cual se dispuso «la difusión nacional de la Gramática y diccionario español- quechua-español, de José D. Anchorena, ordenándose la impresión de mil ejemplares para ser distribuidos a nivel del país. Dicha publicación tuvo por finalidad capacitar a los profesores en la tarea de traducir el mensaje del civilismo al quechua» (Ídem). La labor aleccionadora del ciudadano ideal para la “República práctica” desde la educación tiene como eje encontrar la comunión en el concepto de unidad nacional, al cual llamaron “patria”, que a su vez se dividía en una patria nacional y una patria municipal(14). La segunda era una suma de las primeras. Y es sobre la patria nacional que se ejerce un «amor a la independencia de cualquier dominación extranjera». Si bien la formación se da en esta educación del ciudadano, pero el gobierno civilista también pensó en cómo no hacer que este adoctrinamiento se difumine con el pasar de los años. Es así que la “actualización de la formación ciudadana”, ya en la vida práctica del ciudadano común (diferenciado del ciudadano intelectual, que es el que asume la tarea de la tradición ya antes mencionada), es decir, una manera de ejercer su ciudadanía es la celebración de las fiestas cívicas: «el Descubrimiento de América, la Muerte de Atahualpa, el Establecimiento del Virreinato del Perú, la Batalla de Ayacucho, el Combate del 2 de Mayo y el Triunfo de la Candidatura Civil». Si bien la escuela forma parte de estas instituciones encargadas de reproducir la ideología del poder (civilista), al reproducirse en las mentes más jóvenes, cobra relevancia la figura de un agente de reproducción: el maestro. Como agente, es también una Autoridad, por lo que es portador del poder. El proyecto educativo civilista fue de alcance nacional, por ello, como sostiene Mc Evoy, es probable que los maestros, a fin de llegar a la población quechua hablante haya sido capacitada, para poder traducir el discurso civilista, puesto que este sector de la población eran la mayoría del país. La labor de concientización y adoctrinamiento de dicho sector solo podía darse a través de la escuela. Al respecto, escribe la historiadora peruana: «El ámbito donde los símbolos circularon profusamente fue básicamente la escuela. En esta el maestro jugó un rol importante al constituirse en el transmisor de la nueva ideología cívica» (p. 151).

Del mismo modo, la promoción de la educación fue también un intento por reformarla (y adecuarla a los fines del civilismo): «El Reglamento de Instrucción de 1876, dictado por el gobierno de Pardo constituyó un importante esfuerzo por subsanar la fracasada [anteriormente, la de 1855] y a la vez anhelada reforma educativa» (p. 154). El Estado, entonces, se dispone a la capacitación y contratación de maestros nacionales y extranjeros, asimismo, se inicia la fundación de escuelas universitarias, como la de ingenieros, la de ciencias políticas o agricultura. De esto modo, la formación del ciudadano para la república civilista no solo responderá a los valores cívicos de esta, como el respeto a la tradición y al gobierno mismo, sino que además, la educación, ahora en nivel superior, se encargará de (trans)formar a esos ciudadanos comunes en ciudadanos productivos. Nos dice Mc Evoy: «La virtud republicana, en su versión clásica, subraya la necesidad de priorizar el bien común al bien individual. Para cristalizarlo, el ciudadano debía de ser un ente activo en el bienestar en su comunidad» (p. 155), de este modo, se hace del ciudadano un agente del sector económico que aporte al crecimiento del país. Es así que el partido civil asumió ese rol legitimador, entre mediador de la individualidad y la colectividad, es decir, en palabras de Mc Evoy: «El partido, dentro del contexto anterior, fue el espacio público encargado de conformar la “verdadera” identidad del ciudadano y de canalizar, asimismo, sus energías individuales. La tarea esencial del aparato partidario fue, básicamente, constituir “un pueblo valeroso e ilustrado” capaz de oponerse “al pueblo belicoso y extraviado”» (p. 156). Además de la connotada función adoctrinante del partido se destaca cómo marca diferencias con los gobiernos anteriores. En su máxima “un pueblo valeroso e ilustrado” se conjuga las dos tendencias que persiguió el partido civilista: la educación y la formación ciudadano. Este sería el ideal de ciudadano de esta república.

Pero la injerencia del Estado aún va más allá: el 7 de abril de 1875, por decreto, se crea la facultad de Ciencias Políticas y Administrativas, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos: «El objetivo principal de la facultad, creada por el gobierno y dirigida por Pablo Pradiere Foderé, fue la generalización del derecho en sus diversas especialidades. La política, de esta manera, se convirtió en una cuestión de abogados profesionales altamente especializados y promocionados mediante el patronazgo estatal» (p. 161). Sin embargo, como lo anota la misma historiadora, lo más importante para esta investigación es que con esta especialización y profesionalización del político, se da una dinamización del campo intelectual (al cual pertenece los distintos campos culturales): «Los alumnos egresados de la Facultad, pusieron de manifiesto, en la calidad de sus trabajos y en lo intenso de sus labores académicas, la valoración que se daba, en la nueva administración, al mérito personal y al estudio» (p. 162). Como se ve aquí, la injerencia del Poder para la dinamización del campo intelectual es notoria, puesto que a partir de la creación de la Facultad, se ha institucionalizado la política, lo que a su vez deriva en producción de trabajos intelectuales. Es por eso también que debido a la contundente presencia de esta institución en el campo intelectual peruano, sus egresados tuvieron protagonismo y relevancia en el aparato estatal peruano y en la opinión pública, así como interactuar con otros agentes de otros campos culturales.

Sin embargo, nos hace notar Mc Evoy que: «Si bien es cierto la educación masiva, promocionada por la administración civil, prometió un paraíso democrático de conocimiento y libertad hubo una clara jerarquización y diferenciación entre las múltiples esferas del “campo intelectual” civilista» (ídem). Así, la historiadora nos hace notar las desigualdades en la distribución del poder cultural entre maestros de escuela provincianos y capitalinos, artesanos asistentes a las Escuelas de Artes y Oficios (actual Instituto Técnico José Pardo), profesores provincianos y limeños, escritores de textos escolares, académicos educados en el Perú o en el extranjero, personas más cercanas al Poder, los mismos catedráticos, etc. Es quizá está mala distribución del poder, con un marcado centralismo de la cultura hacia focos culturales con mayor cercanía al poder central un rezago que continúa al día de hoy. No solo eso, sino que esta distribución desequilibrada del poder (distribución real en cualquier sociedad) tienen otras implicancias sociales, como de qué manera, modo y reglas se ha de reproducir la ideología del poder. Así, por ejemplo, alguien a fin al Poder reproducirá de la mejor manera (salvo contadas excepciones) la ideología a fin de continuar con los privilegios que su posición en el campo le suponga. Para apoyar esto citamos lo escrito por Mc Evoy:

«La evidente hegemonización de la educación académica, puesta de manifiesto en la posición privilegiada de la Facultad de Ciencias Políticas y Administrativas, muestra cómo el sistema educacional, que emergió como producto de la dialéctica dentro del “campo intelectual” civilista, privilegió el rol dominante de los universitarios bien educados, inculcando, de esa manera, relaciones sociales diferenciadas dentro de la aparente democrática cultura cívica que se propiciaba. El sistema educacional al establecer una división del trabajo entre actividades manuales e intelectuales, Escuela de Artes y Oficios para artesanos-Facultad de Ciencias Políticas y Administrativas para burócratas-intelectuales, por ejemplo, tendió a reproducir o a recrear la tradicional distribución de capital cultural en lugar de alterarla» (pp. 162 – 163).

Es así que la brecha que el partido civilista quiso reparar, brecha concordante con la “educación del ciudadano”, en vez de subsanarse, se acentúo por la diferenciación de los oficios. En el campo literario esto podría verse reflejado en los productos culturales producidos por escritores que hayan sido instruidos o provengan de en una institución cultural legitimada y los productos de los llamados “aficionados” del arte de escribir, aquellos que sin formación académica previa ingresen al campo literario a disputar una posición. La historiadora continúa con la descripción del proyecto educativo y sus consecuencias:

«Las credenciales educativas o el tipo y calidad de educación obtenida, emergieron como los nuevos patrones del capital cultural. Dentro del esquema anterior los pobres en capital económico permanecieron generalmente pobres, también, en capital cultural y social. Sin embargo, “los operadores ideológicos” del régimen como el maestro e impresor Márquez fueron encargados de crear, consciente o inconscientemente, la sensación de que en un “mercado” educativo libre era posible acceder a los nuevos símbolos anhelados y novedoso status cívico-republicano». (p. 163).

Las aspiraciones de los ciudadanos, entonces, se orientan (o son orientadas desde el Poder) hacia el acceso de un mejor estatus social. La idea de que el conocimiento llevará al progreso, idea afín de la modernidad, se ve reflejada en cuanto a que la educación llevará al ciudadano a una mejor posición social. Las intenciones de reformar la educación anterior al civilismo derivaron, por lo tanto, en una transformación de la misma para la formación del ciudadano ideal, puesto que, al igual que en el pasado colonial, la educación técnica y manual, que era la que se le daba al ciudadano común, continuó bajo el control del Estado, es decir, continuó en manos de la élite, que eran los ciudadanos cultivados, egresados de la Facultad que el mismo Gobierno creó para sostenerse y perpetuarse.

Por lo tanto, a partir de este somero recuento del campo intelectual, y cómo se fue creando la identidad a través de la educación en uno de primeros textos aleccionadores (“Catecismo civil…”), que bien podríamos considerarlo como antecedente del denominado Plan Lector (y del canon pedagógico escolar) que hoy, en el siglo XXI, cobra fuerza en los colegios como formador de lectores y de subjetividades, podemos afirmar que es con la injerencia directa del estado, en la época del gobierno del Partido Civil, que se inicia, por este esfuerzo, la construyendo desde el campo intelectual, sometido al campo del poder, la figura de un canon literario peruano, basados en la tradición colonial. La construcción de este canon, a partir de la injerencia del Poder en el campo intelectual, literario, educativo, con la promoción de investigaciones, reformas, el mecenazgo y los premios, se hace una tarea de estado. Entonces, cabe señalar que dicha misión ya no es solo le compete al intelectual, al letrado, al agente cultural, sino que también a las esferas que ejercen un poder directo sobre las ciudadanía, como un nuevo agente.

Sin embargo, como pasaremos a revisar, este proyecto que se inició con los primeros años de la república para buscarnos una identidad nacional, continuó con la consolidación de una tradición nacional, y el patronazgo del gobierno como nuevo agente cultural (agente de canonizador y a la vez de legitimación) se vio interrumpida como tarea nacional a raíz de la Guerra con Chile (1879-1884).

* * *

A partir de 1877 el panorama dibujado por el Partido Civil empieza a trastabillar por la fuerte oposición por parte de sectores social descontentos con el proyecto civilista. Manuel Ignacio Prado asumió el gobierno en 1876, lo que se vio como una continuación del proyecto civilista; sin embargo, este se fue distanciando de las ideas anteriores (nombró a Antonio Arenas, opositor radical del Partido Civil, jefe del gabinete), lo que supuso una cancelación del proyecto civilista, ya que el nuevo gobernante tenía su propia agenda. Los grupos de poder desplazados por el civilismo se alinearon en torno al gobierno de Manuel Ignacio Prado, lo que trajo inestabilidad en el país y descontento por parte de los simpatizantes civilistas.

Tras la revolución de Piérola en 1877 y el levantamiento armado de los civilista en el Callao ese mismo año, el campo de batalla serían las urnas, por lo que el azuzamiento hacia la población por parte del expresidente Prado en contra del gobierno de Prado tenía ahora como objetivo la conquista del control del parlamento, pues ello posibilitaría el control del país y la concreción (y continuación) de los proyectos civilistas. Luego de la insurrección civilista, Manuel Pardo fue exiliado a Chile, por lo que el Partido Civil quedó acéfalo y desmoralizado, Sin embargo este golpe psicológico fue momentáneo, ya que, breve tiempo después, el objetivo volvió a retomarse, con la proclamación de un nuevo líder, Manuel Costas. Para lograr dicha revitalización, nos dice Mc Evoy, se logró el apoyo popular, que se demostró con una proclama que apareció en El Comercio (el 1 de septiembre de 1877) por parte de diputados y senadores civilistas, proclama que fue: «[…] seguida por centenares de firmas adherentes y simpatizantes [y que tuvo como consecuencia que], se recreó la antigua coalición de capitalistas, intelectuales, profesionales y artesanos que llevó al partido al poder en 1872» (p. 195). Como respuesta a la falta de respuestas concretas a la crisis económica del país y al autoritarismo de Prado, esta coalición se propuso retomar las riendas del país y la continuación de sus proyectos reformadores. El partido del gobierno, el Partido Nacional (denominados como “canallas”), y el Partido Civilista (autodenominados como “decentes”) no se enfrentaron solamente a nivel político, sino a nivel social y cultural. Entorno a los civilistas se alinearon los sectores sociales frágiles, como la burguesía emergente y la clase media, que buscaban posesionarse socialmente. Este grupo «conformado por abogados, bachilleres, comerciantes, agricultores, profesores, periodistas, burócratas y artesanos evitó, a todo trance, caer en el galopante proceso de “canallización”, o dicho en otras palabras en el temido desclasamiento social con el que la crisis económica los amenazaba» (p. 196). Esta tarea civil obtuvo su fruto anhelado: el 23 de julio de 1878, Manuel Pardo es nombrado Presidente del Senado de la República. A su llegada, la cual estuvo llena de amenazas de muerte y de levantamientos, Pardo tuvo una actitud conciliadora entre los nacionales y los civilistas, al asumir el cargo. Esto llevó a las negociaciones entre el partido de gobierno y los civilistas, lo que llevó a una reformulación del proyecto civilista. Como medida de apaciguamiento del descontento nacional y miseria que la crisis política, económica y social había llevado al país, se hizo una coalición que, como hemos apuntado, reformuló su proyecto inicial. En su discurso, Pardo señaló que dicha coalición buscaba el bienestar social, pues «el espacio nacional [es lo] “bastante ancho para que todos quepan”, podía ser compartido armónicamente por todos los peruanos». (p. 201) Claramente, la idea de cohesión y unidad se manifiesta, idea que si bien formuló en su educación al ciudadano el Partido Civil, traía reminiscencias del pasado político de Castilla:

«Desde el pasado, que el Partido Civil intentó destruir, llegaban al Congreso de la República […], no solo ecos lejanos de la política cohesiva del castillismo, sino uno de los rasgos más importantes del republicanismo peruano, la idea de unidad. Resultaba obvio que se había recorrido un largo camino para arribar a similares conclusiones a las que había llegado antes, Sánchez Carrión y Castilla. El círculo, aparentemente, volvía a cerrarse» (Ídem).

El recuerdo del pasado contra el que el gobierno de Pardo había luchado se convirtió en el presente en donde recuperaban el poder. Esto no fue bien visto por los afectados con el proceso de politización pasiva durante las elecciones. Nos dice Mc Evoy:

«Melchor Montoya, por ejemplo, un soldado provinciano de 18 años, percibió las cosas de otra manera. El sargento del batalló Pichincha, junto a un grupo de camaradas de armas, era consciente de que su carrera en el ejército, único vehículo de movilidad social para un cajamarquino de escasa preparación académica como él, estaba siendo acechada» (p. 203).

Quizá dicho descontento se haya debido por el cese de los conflictos, ya que este no permitiría a los que seguían en la carrera militar distinguirse, con lo cual, por las armas, les era factible el prestigio social, o que se haya sentido traicionado por el pacto de su partido con los enemigos, el caso es que sujetos desposeídos en busca de una posición social notable, como este soldado, o que pugnaban por posesionarse vieron sus búsquedas interrumpidas. El único lenguaje aprendido, nos dice Mc Evoy, por estos desposeídos fue el de la violencia, en una crisis nacional.

Esta problemática social y política desencadenó que el 16 de noviembre de 1878 sea asesinado Manuel Pardo, precisamente por Melchor Montoya. Al respecto de este hecho luctuoso, nos dices Carmen Mc Evoy: «[…] la eliminación del líder del Partido Civil puso de manifiesto los límites a los que había llegado la violencia política, principalmente exhibida durante la intensa campaña electoral de 1877-78, mostrando, de manera dramática, el epílogo de un inocultable conflicto social» (1997: 192). El asesinato del Pardo tuvo como consecuencia la desestabilización de la coalición. Pero el golpe de gracia llegó el 5 de abril de 1879 con la declaratoria de guerra por parte de Chile.

Los intentos de recuperar el proyecto civil fracasaron luego de los avatares recopilados. La preocupación de Manuel Ignacio Prado, desde un principio fue tratar de recuperar la economía, a diferencia de Manuel Pardo, quien se orientó más por educar al ciudadano a través de la lectura del “Catecismos civil…”, que ya hemos comentado más arriba. La injerencia del estado, sin embargo, como ya lo hemos rescatado con el decreto de 1877 que convoca a un concurso literario, sigue presente, es decir, a pesar de la crisis económica se sostiene como agente cultural. El objetivo de haber repasado esta parte de la historia peruana es ubicar la posición de las instituciones sociales y culturales y el papel que han cumplido en la estructuración de un canon literario moderno. Dicho proyecto se llevó a cabo durante los años del civilismo que se orientó a educar, y a promover la cultura. Con Prado, se siguió, aunque en menor medida, dicha tarea. Pero la Guerra con Chile significó para los intereses del campo intelectual, que fue el más beneficiado con el proyecto civilista, una traba en la modernización de la sociedad peruana, en consecuencia, una traba en la consolidación del intelectual (agente canonizador) como clase autoridad social (pedagógica y cultural). Dicho problema se desarrolló de forma paulatina, pues, tomando en cuenta cómo se fue desarrollando la guerra, en los inicios de esta, la injerencia del campo cultural en las decisiones del país, aún está presente: el Club literario de Lima, luego de reunirse el 16 de diciembre de 1879, pide a Manuel Ignacio Prado que se renueve al gabinete y se castigue a los culpables de la derrota en el sur(15). Lo notable de esta acción es que un grupo de intelectuales (entre los cuales figura Ricardo Palma) se presta a cuestionar y solicitar al Poder un cambio en sus acciones. Sin embargo la omisión del pedido es también sintomático de cómo, durante la guerra, el campo intelectual se ve interrumpido, entorpecido y hasta maniatado.

Luego de la declaratoria de guerra, de las primeras derrotas, de la fuga de Prado del país y de la toma del mando de Piérola, la agenda nacional se orientó hacia llevar esta guerra, esa fue la prioridad, por lo que ni el intelectual ni el agente cultural, en fines prácticos, era útil para la contienda, a menos, como sí sucedió, se encargue de la difusión y alentar la ansiedad unidad nacional frente al enemigo, que, precisamente, fue una tarea lograda por la prensa de entonces, durante los primeros bombardeos chilenos. Sin embargo, la clausura de la pertinencia del campo intelectual y cultural, al menos el silencio impuesto, en los asuntos del poder se dio cuando Nicolás de Piérola, asumió el mando y mandó a cerrar diarios, como El Comercio, e impuso una fuerte censura a la prensa.

Carmen Mc Evoy, al respecto de estos hechos (y otro más) recuerda que Manuel Atanasio Fuentes lo denominó como un gobierno de “farsas y bromas” «en el cual se crearon legiones de mérito, se fundaron míticas ciudades como “Ciudadela Piérola”, se establecieron inservibles secretarías de gobierno como la de Obras Públicas y Fomento, […]» (1997: 212). Durante la Guerra con Chile, con los intelectuales silenciados por el poder, el cierre de las instituciones culturales, el enrolamiento de agentes, sujetos o dinamizadores del campo cultural el Perú quedó desestabilizado, tanto de su proyecto modernizador, reflejado en el civilismo, como de sus intentos de conformar una tradición sólida, una identidad nacional.

Es llamativo cómo, a modo de metáfora, la caída de Lima en manos chilenas, significa la caída total de un país en crisis. Si bien se intentó reformar la política a fin de superar dichas trabas, la búsqueda de una tradición bajo la cual se cobijen todos los ciudadanos de la república quedó enrarecida en mitad de todo el tumulto bélico de la guerra. Pero no fue solo consecuencia de la guerra, sino que dicha tarea (predestinada al fracaso) se originó ya defectuosa desde los inicios de la república, con las luchas intestinas por el poder, con el caudillaje, por lo que una tarea que no tiene un asidero firme, como sí lo tuvieron las naciones europeas, está ya condenada al fracaso. Sin embargo, cabe destacar que la tarea por formar una tradición peruana, tarea alejada de las esferas directas del poder en un principio, asumida por el campo intelectual incipiente que buscaba consolidarse (y quién sabe si podría haberlo logrado) con la concreción de ese proyecto, legitimar una clase nueva, una historia y, sobre todo, una tradición literaria. Es por ello que la escena que Carmen Mc Evoy describe de la ocupación chilena de Lima nos resulta un buen ejemplo para comentar la interrupción de dicho proyecto:

«Las fracasadas batallas de San Juan y Miraflores, del 13 y 15 de enero [de 1881], respectivamente, y el horroroso incendio provocado por el descontrolado ejército chileno en el opulento balneario de Chorrillos preludiaron la marcial ocupación de la capital del Perú, el 17 de enero de 1881. Días antes de aquella y ante la ausencia de los mecanismos de control político tradicionales y el discurso enmascarador de Piérola, estallaron las tensiones sociales, comprimidas a lo largo de varios años. En efecto, entre el 15 y 16 de enero la desintegración del aparato estatal peruano era evidente. La fractura del mismo podía observarse no solo en el retiro apresurado de Piérola a la sierra y en la reducción del poder del Estado a su mínimo nivel de expresión, el gobierno municipal encabezado por el coronel Rufino Torrico, sino en el incontenible caos social que se apoderó de la ciudad […]. La “Comuna” limeña de 1881 fue, en consecuencia, la repetición potencializada del comportamiento social desbordado que preludió al derrumbe del “Estado Castillista” en 1872. En esta oportunidad, sin embargo, los encargados de recibir el deshecho aparato estatal limeño no fueron como en el pasado, otros peruanos encargados de refórmalo. La entrega de la ciudad […], a las fuerzas de ocupación, encabezadas por el general Manuel Baquedano, y el izamiento de la bandera chilena en el Cuartel Santa Catalina, pusieron de manifiesto además del dramático fracaso político de la dirigencia peruana, su pérdida de control sobre el espacio físico desde donde ella, tradicionalmente, se había articulado» (1997: 213-215).

Este fragmento citado nos deja una pregunta en el aire: ¿qué significó la Guerra con Chile para la construcción de la tradición peruana: un paréntesis o un fracaso? Los esfuerzos que fueron llevados a cabo por el campo cultural peruano por dotar de una tradición a la república, en efecto, se vieron interrumpidos, pues de ninguna manera puede afirmarse que se llegó a una consolidación de la tradición peruana. Cuando la guerra estalla, el fortalecimiento y legitimación de las incipientes instituciones culturales peruanas se están gestando como una labor ciudadana, con cierta independencia del campo político, es decir, el poder no tiene esa marcada injerencia que adquirió en el gobierno del Partido Civil.

Como balance, podemos decir que la injerencia del gobierno de Manuel Pardo resultó productivo para el campo cultural, pues se logró el ingreso de nuevos agentes y de una dinamización del mismo. Sin embargo, al fallar la economía, al entrar en crisis esta (aunque ya lo estaba para el gobierno de Manuel Pardo), el siguiente gobierno se ocupó más de este problema que de continuar la implementación de apoyo a la tarea del intelectual(16); sumado a ello, las contiendas civiles por dominar el país políticamente desde los medios legales, fue debilitando el campo cultural. Cuando estalla la guerra, como hemos revisado, el campo cultural e intelectual todavía tiene presencia en el campo de poder; pero esta se va acabando a medida que nos adentramos en la guerra (o esta se adentró en nosotros). El proyecto civilista, un proyecto modernizador por los propósitos iniciales que persiguió, agendó entre sus objetivos el impulsar la educación y la cultura, es decir, le dio espacio y acogida dentro de sí (dentro del poder, entiéndase) al proyecto del ciudadano intelectual de la república, con ello hizo de una forma de hacer ciudadanía, la forma de hacer identidad.


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1 Para Iuri Tinianov (1927) la serie literaria es el conjunto de hechos literarios dentro del campo de la literatura, al cual se relaciona directamente, y a su vez, necesariamente, se relaciona con otras series. Los hechos literarios son los textos producidos en determinado sistema. A su vez, el sistema literario es la suma de series literarias. Y las series literarias son la suma de secuencias. Entonces, en determinada serie literaria hay el predominio de una secuencia literaria, la cual impone su estética, es decir, de un modo de producir el hecho literario.
2 Otro ejemplo que nos da Cornejo Polar es que, en la época del guano, la riqueza obtenida se administra y reparte al “estilo colonial”.
3 Sobre este punto, Hugo Achugar escribe: «En este sentido, la argumentación de Cornejo Polar acerca de que las antologías, por el caracterizadas como recopiladoras en torno a un hecho hist6rico, "dicen poco acerca de la formación literaria nacional, porque en su criterio de selecci6n prima sobre cualquier otro factor la pertinencia temática" no resulta totalmente convincente pues precisamente en ese momento histórico lo constitutivo de un imaginario nacional o de una tradición nacional se basa en la función religante de un repertorio temático. La pertenencia a una tradición o a una comunidad nacional pasa por el reconocimiento como propios de una serie de hechos o mitos históricos que aspiran al diseño de un pasado diferenciado del de otras comunidades» (1997: 14 -15).
4 Respecto a esto escribe Alfredo Laverde Ospina: «De acuerdo con el crítico peruano, es posible demostrar que, en todo el continente, este tipo de selecciones inicia los procesos formativos de las tradiciones literarias nacionales.» (2010: 66). Y opondrá la opinión de Hugo Achugar, sobre el mismo tema: «No obstante, contrario a la opinión anterior, para el crítico uruguayo Hugo Achugar es, por efecto de aquellas primeras antologías de composiciones poéticas sobre la independencia continental que se posibilita la aparición de un imaginario nacional, paralelo con un repertorio temático religante y configurador de una tradición literaria» (Ídem). Sin embargo, no repara Laverde Ospina en que Cornejo Polar se ocupa de la formación de una tradición específicamente literaria, mientras que Achugar lo hace de una tradición nacional, más afín a la búsqueda de un nacionalismo. Es por eso que el crítico uruguayo escribirá luego: «mi interés radica precisamente en el examen de aquellos primeros parnasos o de aquellas primeras liras que contribuían mediante la representación artística a construir un imaginario nacional» (Achugar, 1997: 15).
5 Esta tarea de Polo fue parte del ideal hegemónico de los intelectuales de mediados del siglo XIX. Con ese mismo nombre (Parnaso Peruano), en 1871, José Domingo Cortés edita una antología de autores peruanos nacidos a partir de 1821. La salvedad es que se incorporó a algunos poetas nacidos aún en la colonia. Otra excepción es la presencia de Melgar, a quien se le toma como precursor de la independencia. (cfr. Cornejo Polar, ibíd.: 49). En una nota a pie de página, Cornejo Polar anota que el mismo Cortés se había propuesto a difundir las «glorias literarias nacionales». Se anota también que el mismo Cortés preparó otras antologías hispanoamericanas con el mismo fin, pues, Como el caso del Parnaso Peruano de Ventura García Calderón (1914) parece ser que la intención de estas colecciones era dar a conocer en el extranjero a los poetas republicanos..
6 Dicha conciencia hegemónica de dotar de una tradición, histórica o literaria, a la república es una tarea que los círculos literarios se autoimponen. Así lo sugiere Cecilia Moreano (2006) cuando escribe: «Desde su creación, en 1872, el Club Literario de Lima […] se propuso la elaboración de la historia nacional; para lograrlo, su estrategia fue, en primer lugar, recuperar y conservar los documentos históricos y literarios del pasado, ya que solo a partir de dichas fuentes podría elaborarse la historia» (p. 8). Y líneas más adelante, la autora cita lo dicho por Eugenio Larrabaure y Unanue, miembro del club antes mencionado: «en el estado naciente de nuestra historia, el bibliófilo tiene que prestar al Perú inmensos servicios, salvando de una pérdida segura documentos preciosos que deben formar la verdadera gloria nacional: servicios por el momento acaso mayores que los del historiador, porque nada puede hacer este sin el indispensable y valioso concurso de aquel. El bibliófilo es quien rebusca, escoge y prepara los materiales: el historiador es el arquitecto que, en vista de los elementos que se le ofrecen, traza hábilmente el plan del edificio y dirige su construcción. El poeta, a su turno, viene después a adornar y rematar la obra, infundiéndole belleza y sentimiento» (Larrabure y Unanue, 1874 en Moreano, 2006: 8).
7 Algunas respuestas positivas a esto las dará Luis Benjamín Cisneros con una composición elegiaca que exaltará la figura del rey Alfonso XII (cfr. Cornejo Polar, 1989: 49 – 50), en donde ve a España como la madre de las naciones latinoamericanas, con cuya comparación da cuenta del grado de admiración y de la mirada que se tiene hacia al colonizador. Si antes este era repudiado, ahora ha sido aceptado como lo que permitió ser lo que en el presente de la enunciación se es: una nueva nación.
8 Lo cual, según Cornejo Polar, «subraya la situación personal del ciudadano de una república en gestación» (p. 53), es decir, responde a caracteres más subjetivos, independientes de la situación cultural de entonces.
9 En un pie de página, Cornejo Polar menciona estudios como los de Cipriano Coronel Zegarra, Ricardo Palma y Eleazar Boloña, publicados en la Revista Peruana o El Perú Ilustrado. Además de estudios de José Toribio Medina o Juan María Gutiérrez.
10 La cita específica que hace la autora de Maingueneau es la siguiente: «Un salón […] por ejemplo, es un lugar polivalente. Allí se puede discutir sobre estética, encontrar colegas, mantenerse al corriente de la actualidad literaria (lugar de elaboración); se pueden también leer las obras a un primer círculo (lugar de predifusión). La obra será modificada en función de las reacciones de este primer auditorio, antes de ser leídas o representadas delante de un público mayor que los aconstumbrados invitados del salón. Eventualmente, la obra será impresa» (Dominique Maingueneau en Cecilia Moreano, 2006: 6).
11 Podríamos tomar el caso de José Toribio Polo y su Parnaso…, pues dispone de la libertad que de escoger los autores que él considera dignos de ser compilados.
12 En un artículo publicado en El Comercio, Carme Mc Evoy (2013) señala que este proyecto educativo civilista es una combinación del «pragmatismo de una burguesía emergente y el espíritu humanista demandado por una república en reconstrucción».
13 «La organización del manual, a través de un sistema de preguntas y respuestas, colabora en la memorización y repetición constante de los principales temas que intentaban relevarse. Tópicos determinantes a los ideales del gobierno como: sociedad civil, república y comportamiento cívico, eran tratados de manera clara y didáctica. La sociedad civil, organización “racional” por excelencia, era priorizada como el único elemento capaz de lograr “seguridad, civilización y felicidad común”. La “República”, por otro lado, era vista como la “inteligencia” dirigiendo al gobierno, y la revolución “criminal y fatal”, una situación que debía, a todo trance evitarse. La alternativa propuesta por el catecismo era la asociación y discusión, cuya finalidad resultaba en la formación de una “opinión pública”. Esta tenía como meta fundamental convencer al gobierno, por medio de la representación nacional, de la necesidad de llevar a cabo, por la vía legal, los requeridos por la ciudadanía» (Mc Evoy, 1997: 150 – 151).
14 La “patria municipal” era el lugar de nacimiento del individuo, y la “patria nacional” la reunión de diversas poblaciones, gobernadas por la misma ley y administración. (Cfr. Mc Evoy, 1997: 151).
15 Información tomada de: http://cavb.blogspot.pe/2010/07/mariano-ignacio-prado-el-presidente-que.html
16 Como lo fue la creación de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas en el gobierno de Manuel Pardo, lo que se traduce en la manera cómo el Poder, a través de sus instituciones, en el campo de poder, genera sus propios agentes, los capacita, los legitima y los incluye.
 
©Jeremías Brayan Martínez Rodríguez, 2019
 

Jeremías Brayan Martínez Rodríguez (Lima-Perú, 1989)
Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Cursa la maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana (UNMSM). Ha participado como ponente en diferentes congresos y coloquios a nivel nacional e internacional. Se desempeñó como director del Grupo de Estudios Literarios Edgardo Rivera Martínez (GELERM), con cuyo equipo realizó el I Taller de Literatura Infantil y Juvenil en la Facultad de Letras, y el Taller de Introducción al Psicoanálisis. Ha sido finalista en el Premio Copé de Novela del año 2015, concurso organizado por Petroperú, con la novela Saudade. En el 2013, obtuvo menciones honrosas en las categorías de cuento y poesía en el concurso Ha publicado textos de ficción en revistas como El Bosque y Entre Caníbales. Ha publicado la novela La conjura de los dinosaurios (Cielo Gris Editores, 2019) Su investigación se centra, actualmente, en el canon literario peruano, la autoficción y la literatura infantil y juvenil, sobre todo, el Plan Lector.

 
 
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